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Ojos de Pescado

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Summary

Una caravana custodiada, un tesoro con candados de plata y un grupo de forajidos hambrientos, ¿podrán Anzu y los suyos obtenerlo?

Genre
Fantasy
Author
Aílouros
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Ojos de Pescado


El pequeño Anzu veía con asombro a su madre poner los pescados crudos en el lavadero de piedra. Ella tarareaba una suave melodía mientras tomaba el viejo cuchillo que acababa de afilar y empezaba a cortar las aletas para dejarlas a un lado. Luego, removía las escamas con movimientos que las hacían saltar y brillar bajo el sol del patio, haciendo reír a Anzu. El niño apenas llegaba a la altura donde sus ojos podían ver por encima de la superficie, notando con curiosidad cómo la sangre y las vísceras tan coloridas se iban regando, junto con un aroma salino y fuerte, tan característico de la carne fresca. Ella lo miraba a los ojos con una sonrisa.

—Esta era mi parte favorita —comentó con nostalgia, tomando una cabeza con cuidado—. Cuando era niña, vivíamos en Marbordo, mi padre me regalaba esa carne fresca, “recién cortada”, algo tan delicioso. ¿Quieres?

Anzu asintió con curiosidad, ya que las cabezas solían dárselas de comer a los cerdos junto con las demás sobras. Pero, con sorpresa, se quedó congelado viendo a su madre tomar el cuchillo y sacarle los ojos crudos a la cabeza para comérselos como si fueran caramelos. Ella tomó otra cabeza y repitió la acción, pero esta vez le ofreció uno a su hijo más chico. El niño contuvo la respiración con mucho asco y se limitó a abrir la boca para recibir el obsequio. Al ponerlo en su paladar, la textura era gelatinosa y densa. Al morder el resbaladizo y grasoso objeto, arrugó la nariz al sentir un sabor dulce en vez del salado del mar. El crujido en sus dientes y un indescriptible gusto prolongado que cubría la lengua y dejaba una sensación metalizada lo hicieron apretar los párpados, mientras su madre reía a carcajadas y acariciaba su cabello.

—Ya, cariño. No puedes recordar el regusto de un dios caído si nunca lo has probado...

Cuando Nabu le da un golpe a Anzu para que deje de pensar en tonterías, el hombre sale del recuerdo de aquella tarde de hace más de cuarenta años. Los forajidos rodean la mesa. Nanna, la líder implacable de los forajidos, alza la mirada; sus ojos arden con una fiereza descomunal. Muestra un mapa garabateado en un trozo de tela ajada, manchada con tinta desvanecida, imposible de entender lejos de la luz de las velas. La mujer ha guiado al grupo durante décadas. Cuando su voz resuena con autoridad, señala el camino, dando órdenes por doquier, mientras los hombres asienten, recordando el golpe. La caravana del rey Enki ya ha partido, escoltada por sus letales fuerzas de élite, y el tiempo apremia. Nanna traza con un dedo firme la ruta por la cual interceptarán el objetivo. La parte más difícil será salir vivos de la batalla, pero, una vez puedan poner sus manos encima del carro sellado con pesados candados de plata, podrán robar el tesoro tan preciado que el mismísimo templo en Marbordo espera con un fervor casi religioso. Nadie, ni siquiera los mercenarios más astutos ni los soldados más diestros, imagina que la temida Nanna y su grupo están al acecho. Con un golpe seco en la mesa, ella sella sus destinos. A primera hora, cuando la oscuridad está por romperse con el primer rayo del amanecer, el grupo rodea el camino de tierra, ocultos en la vegetación, con los rostros pintados de barro y cubiertos de hojas. Acechan, atentos a los estruendosos carruajes: enormes, pesados y pintados con el mimo que solo un artesano bajo las órdenes del rey puede poseer. Avanzan lento y ceremonioso, saliendo de las grandes murallas de piedra del reino del noreste, cargados con algo que han empacado con recelo desde la torre de la perla.

Los escoltas, vestidos con pesadas armaduras de placas, avanzan con la mirada fija, iguales a caballos con anteojeras. El aire está cargado con una tensión palpable: casi se puede saborear la sangre en la brisa. Entonces, el chiflido de la flecha de la arquera más joven atraviesa la noche y la yugular del conductor del objetivo. El peso cae a tierra, alertando a los soldados, que desenvainan sus espadas rodeando la caravana. Las flechas silban, cayendo letales en las gargantas del enemigo, haciendo que los cuerpos se desplomen como muñecos de trapo. El pánico se extiende entre los soldados semejante a un incendio en la hierba seca. Las fuerzas empiezan a avanzar contra los árboles, donde los arbustos los reciben con cuchillos envenenados. El choque de armas, con la ventaja del terreno, hace que los ecos metálicos resuenen entre las montañas, mezclándose con los gritos de los que caen, perdiéndose en el espeso bosque negro como boca de lobo.

Una niebla sobrenatural rodea la caravana en la fría madrugada, mientras la noche devora a los mercenarios que han dejado los carruajes desprotegidos. La élite sigue resguardando en círculo el único que de verdad importa. Los caballos, asustados, empiezan a inquietarse, golpeando el suelo. El miedo los hace salir corriendo desbocados cuando Anzu y Nabu se abren paso a toda velocidad desde la hierba alta para cortar las riendas y gritar, sembrando el caos en la formación enemiga. Los animales se llevan por delante a más de uno. El carro sagrado de candados de plata queda expuesto por un costado, mientras los hermanos enfrentan a los guerreros, ganando tiempo. Más forajidos, armados hasta los dientes, rodean el objetivo, encarando a la élite del rey. Entre el caos de la batalla, Nanna se aproxima para abrirlo, golpeando los candados con un martillo especial, forjado por un herrero versado en las artes mágicas.

Un sonido ensordecedor recorre el bosque. Alguien ha arrojado una bomba incendiaria: la vegetación empieza a arder, y más de un forajido con ella. Los cuerpos corren, iluminando el camino cual antorchas, mientras los soldados tratan de defender el carro, confundidos al ver que los pocos mercenarios vivos parecen querer escapar de la siguiente bomba, que los asaltantes han guardado, un último recurso. Nanna maldice entre dientes cuando todo se estremece y el fuego aumenta. Entregándole el martillo a un confundido Anzu, se va corriendo entre el caos para activar el plan de repuesto en caso de que sean superados en número. El hombre, con el cabello empezando a teñirse de canas, toma el arma con fuerza y, esquivando como puede las espadas, los ataques y los golpes de los soldados, llega al carruaje, cuyos caballos muertos lo han volcado. Soltando un grito de guerra, salta sobre el carro y, con un único golpe, destroza uno de los candados. Una flecha cruza justo a su lado, por lo que, presuroso, rompe otro y, desesperado, mientras ve a Nabu tratando de mantener a raya a los soldados, quiebra la madera para ver el interior del objetivo.

Nadie nunca les creería, a ninguno de los presentes. Dentro no hay ningún tesoro de joyas, metales preciosos ni artículos sagrados que valgan su peso en oro. Allí reposa una criatura en una pecera forjada en cristal y plata, iluminada por un brillo propio, como si el ser dentro de ella rechazara la oscuridad del mundo exterior. Anzu jadea, colocando su mano en el cristal, perdido en los ojos dorados cuya pupila semeja una luna llena, oscilando entre el negro absoluto y ráfagas de luz de estrellas. Coloca una mano palmeada en el cristal. El ignora la carnicería a su alrededor mientras sonríe a los ojos que reflejan el mundo con tristeza y entendimiento, parece que supiera lo que está a punto de suceder. Un golpe de otra bomba resuena contra la madera del carro, arrojando por los aires al hombre. Nanna sigue entre el fuego, ordenando que lluevan flechas sobre el enemigo, sin saber que las bombas incendiarias lo han quebrado: el único tesoro que sobrepasaría el poder de un emperador, la frágil forma de los que son considerados avatares del poder y la voluntad de los dioses contenida. La ofrenda del Rey ante el templo principal, donde han sido venerados por generaciones. El estruendo del cristal roto, derramando el agua entre el fuego, solo da paso a que todos se detengan en shock.

El amanecer llega cuando los forajidos quedan en silencio. La batalla se olvida por un instante ante la presencia de algo que no debe estar en sus manos ni en las de nadie. Los soldados del rey Enki caen de rodillas al comprender lo que ha sucedido. Derrotados, corren al auxilio de la sirena. Aquello que no debe ser profanado yace en el suelo polvoriento, mientras su cráneo, aplastado por una pesada rueda del carruaje, ha derramado sus sesos y destrozado su hermoso rostro. Nanna se acerca junto con sus guerreros al puñado de soldados sobrevivientes. Ya no queda ni la tercera parte de los que han comenzado la madrugada. Nabu y Anzu llegan con la jefa, quien se arrodilla y toca el charco de sangre y lodo. Cuando siente que la boca se le hace agua, lame las yemas de sus dedos; el sabor es embriagador. Un hambre visceral los inunda a todos. La urgencia, imposible de explicar con palabras, los lleva a la locura. La criatura más bella y sagrada para los habitantes de ese continente no ha terminado de retorcerse en el espasmo final cuando el capitán clava el cuchillo en su cola de escamas, tan hermosas cual joyas. Nanna lo aparta, comenzando a tirar de la herida con una espada y abriéndola en canal se agacha con el mismo gesto que un león devorando una gacela, varios la imitan alrededor del cuerpo.

Y, sin más, comienzan a comer. La piel, los órganos, la carne, los huesos... todo es consumido en un frenesí voraz, pero Nabu y Anzu siguen allí, de pie, sin moverse, viendo a las fieras engullir el festín. Solo queda disponible la cabeza aplastada. Anzu se agacha, toma los que han saltado de sus cuencas y le entrega uno a su hermano mayor. Ajenos, se los comen con gestos y cierta curiosidad.

—Saben cómo los ojos de pescado —se ríe Anzu con la boca llena.



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