Capítulo I "El Animal De Piedra"
El sonido de la cadena arrastrándose se escuchó por primera vez la madrugada del 3 de marzo, a las 3:17 de la mañana. Nadie quiso mencionarlo al día siguiente. Algunos lo habían oído desde sus casas, un chirrido metálico como de algo antiguo, oxidado, arañando las piedras del cerro. San Andrés, como cada día, amaneció con sus calles polvosas, el pan recién salido del horno en la esquina de don Clemente, y las campanas de la iglesia repicando con fuerza desde que el padre Leonardo tomó la parroquia.
Aurora estaba harta del padre Leonardo. Siempre la miraba demasiado tiempo cuando se acercaba al altar. Le hablaba con una voz susurrante que le causaba escalofríos. Pero su madre, Mireya, le tenía una fe ciega. "Es un hombre de Dios", le decía. "Nos salvó cuando tu padre murió". Aurora apenas tenía trece años cuando su padre desapareció. Oficialmente, un accidente en el cerro. Un derrumbe. Nadie encontró su cuerpo. Y el párroco fue el primero en decir que era la voluntad de Dios.
Ahora, con veintidós años, Aurora ya no se tragaba esas explicaciones.
Esa mañana, Salvador, su hermano de diecisiete, desayunaba rápido antes de irse al taller mecánico donde trabajaba. Aurora lo observaba masticar con la boca abierta mientras pensaba en el extraño sonido de la madrugada. No se lo mencionó. Salvador tenía sueños que no recordaba, pero siempre se despertaba agitado, diciendo que alguien lo llamaba desde el cerro.
-Hoy soñé que la tierra sangraba -dijo de pronto, mientras tomaba su mochila.
Aurora se quedó en silencio.
Esa misma noche, el primer derramamiento de sangre ocurrió.
Doña Remedios fue encontrada a las 2:40 de la madrugada en su pequeña milpa, cerca de la falda del cerro. No quedaba mucho de ella. Las piernas arrancadas desde los muslos, los brazos desmembrados, el pecho destrozado como si algo le hubiese arrancado el corazón con la mano. El rostro… nadie supo si estaba gritando o si eso era solo el gesto que quedó.
Lo que sí escucharon fue el sonido. Una cadena arrastrándose por la tierra. Un lamento profundo, como de algo que jamás debería estar vivo. Y luego, un silencio pesado, como si el mismo aire tuviera miedo de moverse.
La noticia se regó como pólvora al amanecer. El pueblo entero se reunió en la capilla pequeña, la que está junto al panteón viejo. Aurora no quería ir, pero Mireya la obligó. Allí, entre veladoras y murmullos, apareció don Julián, un anciano que llevaba más años en el pueblo que la iglesia misma. Tenía una mano paralizada y la mirada siempre clavada en el suelo. Se sentó, y sin pedir permiso, habló.
-No es la primera vez que lo escuchamos -dijo con voz quebrada-. Lo de la cadena. Hace cien años, el abuelo de mi abuelo lo oyó también. Y alguien murió. Así comenzó todo. Lo llamaron "El Animal de Piedra". Dicen que vive enterrado dentro del cerro, en una cámara de obsidiana. Que no es un demonio. Que es algo peor. Algo hecho por manos humanas… para castigar a los mismos humanos.
La gente murmuró.
-¿Y cómo es que nadie dijo nada? -preguntó alguien.
-Porque si lo nombras muchas veces, se despierta -respondió Julián, con una seriedad seca-. Y cuando despierta, come. Come carne. Come pecado. Come hasta que se sacia… o hasta que el pueblo entero queda vacío.
Aurora sintió un escalofrío. No por la historia. Por la mirada del padre Leonardo, justo detrás del anciano. Una mueca torcida en los labios. Como si disfrutara que alguien contara la leyenda.
Esa noche, no hubo rosario. Pero el padre Leonardo pidió una misa especial. Dijo que el pueblo necesitaba fe, unidad, arrepentimiento. Habló con un fervor violento desde el púlpito. Su voz retumbaba en los muros, y sus palabras parecían cuchillos.
-¡El pecado se arrastra entre nosotros! -gritó-. ¡Y si no limpiamos nuestras almas, vendrá por todos!
Aurora observó a su madre, de rodillas, rezando con los ojos cerrados y lágrimas en las mejillas. "¿Qué sabes tú, mamá?" pensó.
Esa noche no pudo dormir. Y a las 3:17 exactamente, escuchó la cadena de nuevo. Esta vez, más cerca. Esta vez, sintió que algo pasaba por la calle. Un temblor leve en el piso. Como si alguien -o algo- caminara arrastrando los pies.
La segunda muerte ocurrió al día siguiente. Un niño. Uno de los que ayudaba en la iglesia, Martín. Encontraron su cuerpo en el campanario, colgado con las cuerdas de las campanas, el estómago abierto, las tripas colgando como si fueran parte de la decoración. Las campanas no habían dejado de sonar desde las 2 de la mañana. Nadie sabía por qué.
Aurora se quebró. No lloró. Pero algo dentro de ella se rompió. Caminó hasta la cima del cerro al atardecer. Lo hacía desde pequeña cuando necesitaba estar sola. Desde ahí se veía todo el pueblo. Las casas, las calles, la iglesia. Y ahora… algo más. Una figura en la base del cerro. Grande. Inmóvil. Como una estatua deforme.
Parpadeó. Y ya no estaba.
-Se está despertando -dijo don Julián al día siguiente-. Lo llaman Animal, pero no es bestia. Es castigo. Y si alguien lo liberó… no fue por accidente.
Esa noche, el aire olía a tierra húmeda y sangre. Salvador no volvió a casa. Su cama estaba tendida, pero su mochila aún colgaba en la silla. Nadie lo había visto desde las 5 de la tarde.
Aurora bajó sola a buscarlo. Entró al taller. A la casa de su amigo Elías. A la cancha. Nada. El pueblo estaba demasiado callado. Y entonces lo escuchó.
La cadena. Justo detrás de ella.
Se dio la vuelta. Nada.
Caminó hacia el centro del pueblo. En el atrio de la iglesia, encontró al padre Leonardo, solo, mirando el cielo. Al verla, sonrió.
-¿Lo escuchaste, hija? -dijo sin girar la cabeza.
-¿Qué cosa? -respondió, helada.
-El llamado. Él está hambriento. Pero no por ti. A ti te quiere para otra cosa…
Aurora retrocedió. El padre la miró por fin. Sus ojos brillaban como brasas.
-A ti te conoce.
El cuerpo de Aurora se paralizó. Una sombra se deslizó por el muro de la iglesia. Algo enorme. Algo que no caminaba como un hombre. Y el sonido. La maldita cadena otra vez. Más cerca. Más pesada. Como si cada eslabón arrastrara siglos de muerte.
Y entonces, desde la oscuridad, un rugido. Como un trueno que brotara de las entrañas de la tierra. El cielo pareció abrirse. Las campanas comenzaron a sonar solas. Y Aurora sintió que el mundo se le venía abajo.
El Animal de Piedra había comenzado a cazar.
Y el pueblo, sin saberlo, ya estaba condenado.








