El Montaje

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Summary

En un hospital, un anciano Neil Armstrong sufre una crisis, gritando que la llegada a la Luna fue un montaje. Aunque todos lo consideran una demencia, para Armstrong la pesadilla es real, un eco de un pasado que no puede recordar por completo. A medida que el relato avanza, la historia se invierte para revelar los extraños eventos que llevaron al hombre a creer en la conspiración más grande de la historia, cuestionando lo que es real y lo que no.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Nota del autor: este relato corto es producto de un taller de escritura, donde en cosa de 48 horas había que escribir un relato “en sentido inverso”, de forma que empezara con una crisis y que ésta se fuera explicando por si sola sin abusar demasiado de “enlaces temporales”. Espero que os guste.

—¡No! ¡Fue todo una mentira! ¡Nunca aterrizamos en la Luna! ¡Fue todo un montaje! —gritaba el anciano con una desesperación húmeda de lágrimas y saliva, con los puños a los lados de la cabeza, sin saber si apretarlos para que el dolor le trajera paz o arrancarse el pelo y el cuero cabelludo por la misma razón.

Era la tercera crisis de ese día, y los enfermeros y TCAEs estaban al límite de su paciencia; todos, excepto uno de ellos, que acababa de reincorporarse a su turno.

—¿Qué le pasa a este? —preguntó, rodeando la cama donde se encontraba el anciano fuera de sí, mientras su compañero se acercaba por el otro lado preparando una jeringuilla.

—Te presento al gran Armstrong —empezó a contestarle mientras comprobaba la dosis—, el primer hombre que pisó la Luna.

—¡No! ¡Tenéis que creerme! —gritó con renovadas fuerzas al oír que mencionaban el pequeño satélite—. ¡Kubrick decía la verdad! ¡Me lo dijo mil veces! ¡Aquello no fue ciencia… era propaganda! ¡Jamás puse un pie en la Luna!

—Je, je, je… —empezó a reírse el que había estado fuera, mientras apretaba las cinchas sobre las piernas y cintura del trastornado—. Lo que hay que ver: Louis Armstrong se ha convertido en el mayor negacionista de todos.

—Es Neil Armstrong, ¡idiota! —le contestó su compañero mientras le administraba el calmante.

—Perdón, perdón… ¿Y cómo acabó así? —preguntó, para resarcirse de su pequeño ridículo.

—A saber —dijo el otro, negando con gesto triste.

Dos décadas atrás, Armstrong defendía su aterrizaje en la Luna frente a los fanáticos que lo perseguían, junto con uno de sus compañeros, Buzz Aldrin. Durante la entrevista, un negacionista, un loco llamado Bart Sibrel, rompió el cordón de seguridad y le exigió que jurara ante la Biblia que realmente habían caminado sobre la Luna.

Armstrong estaba detrás y, por respeto a los presentes, se rió con disimulo tapándose la boca, mientras Buzz la emprendía a puñetazos con aquel loco. Pero el movimiento de la policía abalanzándose para detener el altercado le produjo un pequeño shock… un fuerte déjà vu que lo hizo rememorar de golpe todas las dudas que había tenido durante aquella misión. Y más… recordó mucho más. Tanto, que notó su rostro perlándose de sudor y un escalofrío que lo atravesaba, mientras su hijo Eric se acercaba para sostenerlo.

—¿Papá, estás bien? —le preguntó con preocupación, sujetándolo por el brazo.

Pero Neil no estaba bien. Se sentía tan confuso como aquella vez en 1969, bajo los focos, que le preguntaron:

—Señor Armstrong. BBC News aquí. ¿Cómo se siente al haber sido el primer hombre en pisar la Luna? ¿Y qué significa para usted que Estados Unidos haya vencido en la carrera espacial?

Ninguno de los tres astronautas parecía estar en sus cabales, pero ante el logro alcanzado, todos los disculparon atribuyendo su estado a la presión mediática y al gran hito que habían conseguido. Porque, ¿quién era capaz de presumir de haber pisado el suelo lunar?

¿Podían afirmarlo ellos mismos?

Neil sonreía mientras sudaba. De las dos preguntas que le hicieron, su mente solo había registrado la primera, y se sentía como si tuviera una palabra en la punta de la lengua, pero multiplicado por cien. ¡Sabía que se estaba olvidando de algo! Sin embargo, nada de lo que hacía conseguía poner en funcionamiento su mente… repasaba los últimos días al detalle; repetía las conversaciones que había tenido con sus compañeros.

¡Todo estaba bien!

Y todo estaba mal… ¿Cómo se sentía?

—Yo me he sentido confundido —empezó a decir Buzz, siempre el más lanzado de los tres—. Es… una magnificencia desolada.

—Yo no sentí que la Luna fuera un lugar acogedor —lo apoyó de pronto Collins, saliendo de su mutismo.

«¿Qué estaban haciendo aquellos dos?», pensó Armstrong, dándose cuenta de la pobre imagen que daban.

—El interés en el espacio es un fenómeno universal —empezó a recitar Neil como capitán de la misión—. A través de toda la historia, ha habido una gran curiosidad sobre lo que hay más allá de nuestra Tierra…

Y de nuevo, aquel silencio; aquella sensación de que se le olvidaba algo, semejante a un mudo encerrado en un barril y con la mandíbula desencajada, forzando un grito que jamás salía.

Era como estar en la Luna.

Armstrong recordó los nervios y la tensión que sintió en la cámara de presurización, preparándose para el exterior. Tenían que esperar mientras la presión del módulo de salida se igualaba con la del vacío lunar, y durante ese tiempo reflexionó sobre lo bien que había ido todo. El viaje apenas duró poco más de tres días. ¡Tres días para llegar a la Luna!

No era peor que irte a otro continente con un par de escalas y, si te lo planteabas así, casi era mejor ir a la Luna que visitar la India.

Durante su preparación habían contemplado mil eventos que podían poner en riesgo la misión: polvo estelar, una llamarada solar, un simple meteorito del tamaño de una moneda habría sido su perdición… pero todo había ido bien. Extrañamente bien, de hecho. Y así lo comentaban entre ellos, aunque la única respuesta que podían ofrecerse era tocar madera y entrecruzar los dedos.

El “Eagle” había aterrizado sin grandes sobresaltos y, sin darse cuenta, ahí estaba, con la puerta abriéndose al suelo lunar. Cuando esta terminó su recorrido, Neil se enfrentó al silencio y al eco de su voz en la estática de la radio.

Bajó los peldaños mientras recitaba las palabras que había preparado: —Un pequeño paso para el hombre… —y, cuando sus pies por fin tocaron el suelo lunar, una serie de dudas lo asaltaron.

¿No había sido Kubrick el que le dijo que aquello era un gran paso para la humanidad? ¿Es posible que le hubiera sugestionado de alguna manera la frase?

El director era un hombre simpático, pero de naturaleza enigmática. Y habían mantenido largas charlas durante los ensayos, ya que el gobierno quería que todo saliera perfecto. Mil frases resonaban en su mente como un mantra: «Nunca mires directamente a la cámara», «no actúes, simplemente sé», «el silencio también dice cosas».

Pero ninguna le caló tanto como la que le hacía rechinar los dientes cuando la recordaba:

—Esto no es ciencia… es propaganda.

Neil Armstrong se dio la vuelta, se enfrentó a la vastedad lunar. Tampoco es que tuviera mucho tiempo que perder, así que se puso en movimiento con “diligencia militar”. Tenía que tomar muestras, instalar aparatos de medida, un espectrómetro portátil entre una larga serie de “cachivaches”. Pero mientras trabajaba, una compulsión lo obligaba a ignorar detalles: la textura del polvo lunar era muy homogénea, al punto de parecer preparada, y no se adhería al traje. Las sombras eran increíblemente nítidas. Y la bandera temblaba, lo cual no tenía sentido, ¿verdad?

«La gravedad», pensó, aunque sin identificar que la fuente de aquella idea fuera suya. Pero así era: la gravedad era menor que la de la Tierra, lo que lo obligaba a ir dando saltitos mientras se sentía mucho más ligero, moviéndose en una piscina traslúcida. Con una travesura infantil, incluso cogió una llave inglesa y un lápiz y los dejó caer para hacer la “prueba de Galileo”. Y, tal como esperaba, ambos objetos bajaron lentamente llegando a la vez al suelo, demostrando que, sin atmósfera, la gravedad actúa de la misma manera sobre todos los objetos.

Era cierto. Ya no tenía ninguna duda: estaba en la Luna. Y eso que ya se lo habían advertido justo antes del despegue, en la Tierra, cuando el general Phillips le dijo:

—Recuerde, Armstrong, todo será auténtico, aunque no lo parezca.

Aquella fue una despedida extraña, ¿no? Pero no tenían tiempo que perder, iban con un horario ajustado. Los tres astronautas entraron en el cochecito que los llevaría hasta el transbordador, y se acomodaron sonriéndose con nerviosismo, para luego cada uno otear por la ventana, mientras pensaban en lo que dejaban atrás… y lo que tenían por delante.

Neil miró hacia el frente, soñoliento. Y vio cómo se acercaban lentamente a la enorme plataforma, que aún estaba a varios kilómetros de distancia. Pero, espera, ¿ese conductor sí que viste raro, no? Eso no era un atuendo militar. Parecía una capa negra, como de terciopelo. ¿Y eso era una máscara?

Cuando se le pasó la mezcla de morriña y tensión que lo llevó a ejecutar todos los movimientos y comprobaciones de casco, botellas de aire y cinchas que lo aseguraban a su sillón dentro del transbordador, constató casi asombrado que, ya está, estaba de camino hacia la Luna.

Solo quedaba la cuenta atrás. Y no era la primera vez que la oía.

Durante los entrenamientos, los simulacros, incluso en las circulares que se pasaban con los continuos cambios y advertencias, metían esa regresión como punto culminante.

Pero hubo una vez que se extrañó al oírlo.

Iba caminando por los pasillos del Manned Spacecraft Center cuando escuchó a Kubrick haciendo la cuenta atrás.

Sonrió para sí mismo, dada la entrega del director, aunque muchas veces se seguía preguntando qué hacía en el proyecto. Vio una puerta entreabierta, y se dirigió hacia allí, aunque se detuvo justo antes de empujarla al escuchar al general Phillips, que decía:

—Exacto, en ese momento los dormimos, los llevamos al plató y ejecutamos el plan.

—¿Y por qué todo este atrezo? —preguntó Kubrick a alguien que Neil todavía no había visto—. ¿No es más fácil implantarles los recuerdos y listo?

En ese momento el astronauta oyó una voz extraña: granulosa y metálica, como si la emitiera una laringe que no estaba diseñada para ello:

—La manipulación directa es ineficiente —dijo la voz con un timbre que parecía retumbar por las paredes—. Mejor que crean lo que ven. Y con nuestra plataforma gravitacional, la ilusión será estable en el tiempo.

Armstrong se quedó quieto, paralizado ante lo que acababa de oír. Pero contuvo la respiración tan fuerte que los tres ocupantes de la sala se volvieron hacia la puerta. ¡Ahora podía verlo! Una figura alta, envuelta en una capa oscura como la noche, con los bordes cubiertos de símbolos extraños trenzados y diamantes.

Neil dio un paso atrás, pero ya era demasiado tarde. Desde donde estaba vio una mano de tres dedos y color grisáceo salir de la capucha, mientras aquella terrible voz ordenaba:

—Duerme.

Neil parpadeó cegado por el sol. Cuando sus ojos dejaron de lagrimear, pudo leer el cartel: Manned Spacecraft Center – NASA.

Aquel iba a ser un gran día. Y estaba de buen humor, un humor que lo acompañó al atravesar aquellas puertas.

Había quedado finalista después de múltiples pruebas y, por fin, hoy le dirían si sería astronauta.

Con suerte, iba a ser el primero en pisar la Luna.