Capitulo 1
El aire estaba impregnado de café rancio y promesas incumplidas cuando empujé la puerta del "Café Fortuna" con el hombro. El movimiento me causó un dolor sordo en la cadera, ese tipo de molestia que ya ni siquiera anoto en mi lista diaria de incomodidades. El letrero de "Abierto 24 horas" se movía con un chirrido lastimero, como si también necesitara un poco de fisioterapia.
El barista, un tipo calvo con tatuajes de serpientes en los brazos, ni siquiera se molestó en mirarme cuando entré.
-Manzanilla. Con miel -dije, apoyando los dedos en el mostrador de madera.
-No me digas -respondió con voz rasposa mientras limpiaba una taza que ya brillaba-. Meses con lo mismo. Algún día deberías probar el café.
Por el rabillo del ojo, vi que él ya estaba en su mesa del rincón. El basquetbolista de sonrisa fácil y mentiras bien ordenadas. En mi mente, lo llamaba "Café con Canela", por su maldito pedido matutino que nunca se tomaba.
-El café es para viejos que necesitan un empujón artificial para seguir arrastrándose -respondí, pasando la lengua por el borde de mis dientes frontales, donde el hielo me había robado un pedazo de esmalte en mi última caída importante.
Esta vez, su risa ahogada llegó más clara. Me di la vuelta lentamente, tratando de que el movimiento pareciera casual, cuando en realidad cada giro de mi torso era un cálculo para no delatar mi limitación. Nuestras miradas se encontraron por un instante antes de que ambos hiciéramos como si no pasara nada.
El local era pequeño, con mesas de madera desgastada y sillas que crujían como mis articulaciones en invierno. Me senté en mi lugar habitual, cerca de la ventana que daba al hospital, donde podía observar entrar a los médicos sin que me vieran sudar durante las sesiones de fisioterapia.
La taza tembló levemente entre mis manos cuando la levanté. No era el temblor de antes, el que me había hecho dejar de patinar por seis meses, pero sí lo suficiente como para que un hilo de líquido caliente se deslizara por mis dedos. La quemadura en mi dedo me recordó que aún podía sentir algo.
Cuando me levanté para irme, mi pierna derecha decidió recordarme quién tenía el control. Un espasmo agudo subió desde el tobillo hasta la ingle, haciéndome aferrarme al borde de la mesa. Fue solo un instante, un parpadeo de debilidad, pero cuando levanté la vista, Café con Canela ya no sonreía.
Sus ojos miel, que normalmente estaban llenos de esa calma tan molesta, ahora reflejaban algo que me resultaba demasiado familiar. No era lástima. Era reconocimiento. El conocía el dolor como yo conocía cada grieta en la pista de hielo del Polideportivo Municipal.
El viento me golpeó la cara al salir, arrastrando hojas secas y el eco de mi propia voz resonando en mi cabeza: "El hielo no perdona".
El viento cortaba como una cuchilla de patín mal afilada cuando salí del café. Ajusté la bufanda alrededor de mi cuello, no tanto por el frío, si no para ocultar el gesto de dolor que me provocaba el contacto de mi pie derecho con el pavimento, que me dolía más de lo que esperaba. Tres escalones separaban el Café Fortuna de la acera, y hoy esos tres escalones se sentían como tres puñaladas.
Crucé la calle mientras miraba el reloj del hospital. Eran las 8:15. La fisioterapeuta, me esperaría con esa sonrisa de "vamos a lograrlo" que me daban ganas de tirarle una bolsa de hielo a la cabeza.
Un bocinazo me hizo levantar la vista. Un coche negro frenó a centímetros de mis piernas.
- ¿Estás ciega o solo idiota? -gritó el conductor.
Sonreí mostrando todos los dientes.
-Las dos cosas. Y además, tengo muy mal humor.
El tipo se quedó con la boca abierta mientras yo cojeaba hacia la otra acera. La rodilla me ardía como si tuviera astillas de hielo clavadas en la articulación.
La sala de fisioterapia olía a alcohol y derrota. La terapeuta, "Claudia", según su ridículo gafete en forma de corazón, agitó una botella de agua como si fuera una varita mágica.
-Hoy trabajaremos movilidad, Aitana.
-Qué emocionante -respondí, subiéndome a la camilla con movimientos calculados. El papel plástico crujió bajo mi peso.
Sus manos cálidas me sujetaron la pierna.
-Vamos, flexiona un poco más...
El dolor llegó antes que el movimiento. Agarré los bordes de la camilla hasta que mis nudillos palidecieron.
-Así está bi-
-No me mienta -interrumpí, respirando por la nariz-. Sé cuándo lo hago mal.
Claudia parpadeó. Luego asintió.
-Está mal. Pero mejor que la semana pasada.
Por primera vez en meses, creí que tal vez no estaba mintiendo.
Al salir del hospital, la lluvia comenzaba a caer. Maldije en voz baja, tratando de calcular cuánto tardaría el autobús. El primer goterón me golpeó la frente como un recordatorio: el universo siempre tiene la última palabra.
-Toma.
Una sombra se inclinó sobre mí. Café con Canela sostenía un paraguas negro, su mano firme como si nunca hubiera roto nada en su vida.
-No lo necesito -dije, mintiendo.
-Claro que no -respondió, pero no retiró el brazo-. Pero mi madre dice que ayudar a idiotas obstinados trae buena suerte.
La lluvia corría por su perfil, pegándole el pelo a la frente. Por primera vez, noté que tenía una cicatriz sobre la ceja izquierda. Era fina, blanca, casi elegante.
- ¿Siempre haces lo que dice tu madre? -pregunté, mientras aceptaba el paraguas.
Sus labios se curvaron mientras la lluvia le empapaba los hombros.
-Sólo cuando tiene razón.
La lluvia caía en cortinas gruesas, convirtiendo el pavimento en una pista de hielo maldita. El paraguas que sostenía en mis manos pesaba más de lo que debería.
-Cuando pare -dijo él, apartándose el pelo mojado de la frente-, si quieres, te llevo. Conozco bien el barrio.
Mi rodilla latía con un dolor sordo. Subirme a una moto sería tan inteligente como intentar patinar sobre cemento.
-No me gustan las motos -mentí, mirando hacia la calle donde el autobús comenzaba a acercarse-. Son como ataúdes con ruedas.
Se rió, un sonido cálido que rompió el frío de la lluvia por un instante.
-Siempre hay uber -dijo, como si no le importara que mi rechazo fuera algo personal.
El autobús frenó con un chirrido justo frente a nosotros. Agarré el pasamanos con demasiada fuerza al subir.
-Gracias por el paraguas -le dije desde la puerta del bus-. No lo necesito.
Le lancé el paraguas justo cuando las puertas se cerraban. Lo vi atraparlo en el aire con esos reflejos de deportista que ni cinco lesiones podrían quitarle.
Desde la ventana, lo vi sacudir la cabeza. Sus labios formaron claramente la palabra "terca".
El vidrio se empañó con mi respiración. Sin darme cuenta, había dibujado un giro de tres, la figura que solía dominar antes de... antes. Lo borré con la manga mientras el dolor en mi rodilla latía al compás del motor.
Bajé frente al polideportivo, aunque sabía que no debería estar allí. El guardia, un hombre canoso y muy amable que me había visto entrenar desde que tenía doce años, me miró con esa mezcla de pena y reproche que ya me resultaba tan familiar.
-No deberías venir sola, mi niña.
-Lose señor Miguel, pero necesito ese video-respondí, pasando mi tarjeta de acceso que, para mi sorpresa, seguía funcionando.
El sonido de las cuchillas raspando el hielo me detuvo en el pasillo. A través del vidrio, vi a Daniela-mi reemplazo-realizando mi rutina con mi música. Mis movimientos. Mis giros.
La entrenadora Márquez apareció como un fantasma entre las sombras del corredor.
-No. -Cruzó los brazos, impidiendo el paso a su oficina-. No te voy a dar ese video.
-Es mi caída. Mi lesión. Tengo derecho a ver qué hice mal.
-No cometiste ningún error, Aitana -sus ojos se fijaron en mi rodilla-. A veces, el hielo simplemente te juega una mala pasada.
-Tu padre estuvo aquí ayer -dijo de manera directa, con los brazos cruzados sobre su sudadera del equipo nacional-. Preguntando por ti.
- ¿Preguntando por mí o asegurándose de que no estuviera patinando a escondidas? -respondí, sin apartar la vista de la pista donde Daniela se preparaba para un salto.
-Eres dura con él, Aitana.
-Y él lo es conmigo.
Un golpe seco resonó en la pista. Daniela había caído de lleno sobre su cadera. Ese sonido. Ese crujido húmedo contra el hielo me hizo estremecer. Mis dedos se aferraron al marco de la ventana sin que yo lo decidiera.
-No fue tu culpa -murmuró Márquez, siguiendo mi mirada-. Los accidentes...
- ¿Qué quería papá?
Antes de que pudiera responder, una voz grave resonó detrás de nosotras:
-Quería asegurarme de que no estuvieras arruinando tu recuperación por terquedad.
Me giré y vi a mi padre de pie en el umbral, su traje caro arrugado como si hubiera estado sentado en las gradas demasiado tiempo.
-Tranquilo, papá -le respondí, esforzándome por soltar el marco de la ventana-. Solo vine a recoger el video de mi última competencia.
- ¿Para qué? ¿Para torturarte viéndolo una y otra vez?
En la pista, Daniela se levantaba con dificultad. La vi sacudir la cabeza, rechazando la ayuda del asistente, justo como yo solía hacer.
-Para entender qué hice mal.
-No hiciste nada mal -intervino Márquez-. Fue una...
-Fue mala suerte -interrumpió mi padre, ajustándose el reloj en su muñeca-. Como cuando te resbalas en la calle. No hay técnica que lo evite.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier discusión. Daniela volvía a intentar el salto. Yo seguía aferrándome al marco de la ventana. Papá miraba mi rodilla como si pudiera ver la fractura a través del vendaje.
-Los valientes aprenden a caer -dijo finalmente, dejándome caer un sobre manila en las manos antes de girarse hacia la salida-. Los inteligentes aprenden cuándo no levantarse.
El golpe de la siguiente caída de Daniela resonó en mis huesos mientras el sobre se me hundía entre los dedos.
El sobre ardía en mis manos mientras salía cojeando del polideportivo. La lluvia fina había convertido el estacionamiento en un espejo distorsionado donde se reflejaban las luces de los faroles.
-Sube -la voz de mi padre rompió el aire húmedo desde la ventanilla del Audi negro.
No era una invitación. Era una orden.
El cuero frío del asiento del pasajero crujió bajo mi peso. El auto olía a limpio, a alcohol desinfectante y café fuerte. Como su oficina. Como toda su vida.
- ¿Así que ahora me vigilas? -pregunté, arrojando el sobre sobre el tablero.
Mis dedos dibujaron círculos en el vidrio empañado mientras arrancábamos.
-No necesito vigilarte -respondió, cambiando de marcha con una precisión casi quirúrgica-. El GPS de tu teléfono habla por sí mismo.
Mis dedos golpeaban el sobre contra mi rodilla, justo donde el dolor se intensificaba con cada bache del camino.
- ¿Y qué más dice tu espionaje? ¿Que fui al café? ¿Qué cojeo cuando nadie me ve?
El semáforo en rojo nos obligó a detenernos. Por primera vez en el trayecto, giró hacia mí. Sus ojos. Los mismos que heredé. Eran fríos como el hielo que tanto extrañaba.
-Dice que faltaste a dos sesiones de fisioterapia la semana pasada. -Su mano golpeó el sobre -. Y que aquí están los resultados de tu última revisión. El Dr. Rivas no está contento con tu progreso.
El dolor en mi rodilla se volvió tan agudo que tuve que morderme el labio para no gritar. No era solo físico: era la traición de mi propio cuerpo, negándose a sanar como debería.
-Estoy haciendo los ejercicios -mentí, mirando por la ventana cómo la lluvia comenzaba a golpear el pavimento.
-No lo suficiente. -Aceleró bruscamente-. Los García no nos quedamos en la derrota, Aitana. Tu abuelo jugó al rugby con una fractura en la costilla. Tu tía aprobó el examen de la corte con fiebre de cuarenta grados.
Apreté el sobre hasta arrugarlo. Dentro estarían las frías estadísticas de mi fracaso: porcentajes de movilidad reducida, gráficos de inflamación persistente, pronósticos cada vez menos optimistas.
-No es una competencia, papá.
-Todo lo es -respondió mientras doblábamos hacia nuestro barrio-. La vida, el derecho, hasta la maldita rehabilitación. ¿O crees que Daniela está tomando té de manzanilla mientras tú...?
El timbre de mi teléfono interrumpió su sermón. Un mensaje de la fisioterapeuta: "Mañana sesión doble. Trae el informe nuevo".
El auto se detuvo frente a nuestra casa justo cuando un trueno retumbaba en la distancia. Los escalones de entrada .siempre demasiados, siempre empinados. Parecían burlarse de mí.
-No te vas a rendir -dijo mientras apagaba el motor. No era solo un deseo, era una orden de la familia-. Los García no...
-...no nos quedamos en la derrota -completé su frase, abriendo la puerta de un golpe que me hizo ver estrellas por el dolor.
El sobre quedó olvidado en el asiento. La lluvia me empapó en los diez pasos hasta la puerta, pero no me importó. El agua ocultaría las lágrimas de frustración que finalmente se escaparon.