Capítulo 1
Cuando Serien le informó que ese era el lugar donde cada semana Zero Kiryuu acudía, no podía creerlo; pero ahora que lo veía con sus propios ojos...
Salió del coche y con porte elegante caminó hacia ese mismo lugar donde Zero Kiryuu había salido hace unos minutos sosteniendo lo que parecía ser una maleta negra, muy parecida a la que cualquier joven llevaría a un gimnasio. El problema era que ese sitio no era un gimnasio, sino un bar infestado de ebrios.
Se detuvo en la puerta. Entraría, y averiguaría qué era lo que tenía aquel lugar para que el cazador se metiera ahí cada semana. Lo que sea que fuese, tenía que encontrar la respuesta a la pregunta que no dejaba de taladrar su cabeza: ¿desde cuándo uno de los estudiantes más destacados de la academia Cross, y uno de los cazadores más sobresalientes de la asociación de cazadores —sin olvidar, claro, que era hijo de la presidenta—, se inmiscuía en aquellos lugares?
«Tal vez desde que descubrió que en este lugar no piden identificación», concluyó el sangre pura, pues al atravesar la puerta, quien se suponía tendría que hacer aquel trabajo, no lo hizo. A él no le habían pedido identificación, y lo más seguro, a Zero tampoco.
Pero Kaname no dio ni dos pasos a lo que creía que era una barra de bebidas, cuando el aroma a sexo inundó su nariz, algo que lo confundió e hizo detener en seco. Su vista se agudizó, y con detenimiento observó a su alrededor. La sala era grande y oscura, iluminada solo por algunas lámparas en tonos rojos y azules, casi negros. Los rincones estaban llenos de sombras: parejas y pequeños grupos dispersos por el lugar. Al mirar con más detenimiento vio pantalones de cuero, arneses corporales y corsés rojos y negros. Las mujeres y hombres llevaban collares: algunos de cuero, otros de metal reluciente. Aquí y allá, había instrumentos apoyados en las paredes. Reconoció los bancos de cuero para los azotes, hechos expresamente para que la persona a la que estuvieran azotando pudiera inclinarse y apoyar las rodillas en la barra inferior acolchada. Y al fondo, una cruz de madera de dos metros empotrada en la pared.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y tragó saliva. Retrocedió dos pasos, tropezando con una pareja que entraba en ese momento. Murmuró una disculpa y, antes de que la pareja pudiera reaccionar, se marchó con una velocidad impresionante, aunque lejos de la que un vampiro usaría normalmente. Se tambaleó en cuanto estuvo fuera. Estaba mareado, pero, sobre todo, estaba estupefacto.
«¿Qué demonios?», se preguntó mientras luchaba por procesar lo que acababa de ver, una imagen tan inesperada que lo había dejado completamente desarmado.Se recargó en la puerta del automóvil y llevó ambas manos a su rostro, como si tratara de borrar de su mente aquella visión.
—Kaname-sama, ¿se encuentra bien? —le preguntó su chofer, que lo miraba con genuina preocupación mientras se debatía entre ir a la ayuda del sangre pura o no.
Kaname no respondió. Las imágenes pasaban una tras otra en su cabeza, con la intención de quedarse grabadas en su memoria para siempre.
Sus ojos estaban totalmente abiertos cuando entró al auto y su mente, hecha un caos. Luchó por encontrar una explicación coherente a lo que había visto, pero, sobre todo, al porqué Zero Kiryuu había salido de ese lugar. Respiró hondo y pidió a su chofer que lo llevara de vuelta a la Academia Cross, pero no pudo evitar que su mente se llenara con la imagen del cazador siendo azotado de mil maneras diferentes.
Sin embargo, la imagen que más se negaba a desaparecer era la de su rostro, ese mismo rostro tan inexpresivo y frío, contraído en éxtasis y placer.
Se preguntó, entonces, cómo sería verlo en persona; cómo se sentiría golpear esa blanquecina piel, y cómo sonaría su carne al ser azotada con la palma de su mano. Tuvo que removerse, incómodo, sobre su asiento cuando la imagen de unos glúteos rojos, redondos y firmes despertó una parte de su cuerpo que comenzaba a doler como nunca lo había hecho.
La incomodidad no desapareció cuando llegó a los dormitorios de la luna, y tampoco lo hizo cuando se duchó con agua fría. Por primera vez en su vida, tuvo que tomar el asunto en sus manos.
Se imaginó a Zero frente a él, arrodillado y con la cabeza baja, y esa sola imagen calentó aún más su sangre. Se acarició, rodeando su sexo erecto con la mano. Gimió y se apretó el miembro con más fuerza mientras levantaba las caderas al ritmo de sus manos.
Se imaginó como aquella viperina lengua, la que no se cansaba de provocarlo cada vez que se veían, le lamía el sexo; como sus dedos apretaban aquella cabellera plateada mientras embestía una y otra vez aquella húmeda y caliente boca.
«Zero…»
Arqueó la espalda sin dejar de masturbarse. Rozó la punta de su necesitada erección con las yemas de los dedos. Sabía que estaba a punto de correrse por el pálpito impetuoso que le golpeaba la palma.
«Zero…»
Se lo imaginó gimiendo cuando su mano golpeara la tersa piel de esos glúteos. Se imaginó aquellos labios formando una «O» cuando lo penetrara. Y se dio cuenta de algo…
Deseaba sentirlo.
Deseaba ser él quien lo hiciera venirse una y otra vez.
Entonces se corrió, y el placer fluyó caliente en su mano. Se estremeció y siguió masturbándose para expulsar hasta la última gota de semen; hasta la última gota del deseo que en ese momento sentía por el cazador.