Prólogo : El Velo del Sueño
Antes del despertar de las estrellas, cuando aún el tiempo no respiraba y la forma era un susurro olvidado en las profundidades de lo informe, existía solo el Velo del Sueño. Un océano vasto y sin límites, donde la realidad dormía en su cuna de tinieblas primigenias, aguardando ser revelada. En su seno danzaban las Corrientes Crudas, ríos sin cauce, de un fulgor iridiscente, fluyendo en caprichosos lazos de energía pura, como si fueran los ecos de un canto aún no entonado, los vestigios de aquello que podría ser.
Y fue allí, en ese abismo de promesas no pronunciadas, donde surgió Khaorûn, la Conciencia Primaria. No nació del tiempo ni del propósito, sino del impulso inmemorial de la creación misma. Era pensamiento y voluntad, sin forma, sin límite, un latido en la inmensidad que al abrir los ojos contempló el vasto vacío y decidió poblarlo con maravillas. De su esencia brotó un himno, no de palabras, sino de pura intención, y con él, tejió los primeros hilos del Velo: filamentos de luz y sombra, de gloria y temor entrelazados, y en su infinita belleza, también una grieta oculta.
Pues en la perfección de su obra, Khaorûn reflejó sin querer la fragilidad de su propia voluntad. Y así, de esa falla brotó Khaorathûn, el Eco Oscuro. No un ser, sino una ausencia, una sombra vacía y hambrienta, un espejo distorsionado de su creador. Un susurro de lo que jamás debería haber sido, una manifestación del temor que todo gran poder engendra.
Para sostener la creación naciente, Khaorûn dividió su esencia en cuatro fragmentos vivos: los Erlôn, tejedores del mundo y guardianes del equilibrio. A Naorê, le confió la extensión de los vastos horizontes y la forja de los cimientos del mundo; a Ishvarûn, el soplo de vida y el canto del corazón de todas las criaturas; a Thesmaë, el flujo dorado del tiempo, hilando con hilos delicados la danza eterna de pasado, presente y porvenir. Pero a Kaeryth, el más oscuro de los cuatro, le otorgó un poder más sutil y peligroso: deshacer lo imperfecto, corregir lo fallido, arrancar las tramas defectuosas.
Pero Khaorûn, en su sabiduría, percibió que el mundo aún carecía de la sutileza necesaria para sostener el equilibrio. Así, de las hebras mismas del Velo, tejió a los Lharûn, espíritus menores de luz y canto, cuya melodía resonaba entre las Corrientes Crudas. Entre ellos destacaban Nîrion, el Tejedor del Viento, que con su danza etérea movía las mareas del Velo; Aëlyra, la Guardiana del Amanecer y el Ocaso, cuyo resplandor dorado guiaba los ciclos de la creación; y Eälenôr, la Dama de las Estrellas, cuyo canto tejió las primeras constelaciones.
Mas en la noble tarea de Kaeryth nació el error, pues al desgarrar los hilos que él creía corrompidos, las Corrientes Crudas se retorcieron y de esas fisuras surgieron los primeros Fragmentados, criaturas distorsionadas y retorcidas, nacidas del caos que escapa a todo diseño. Y Khaorathûn, la sombra olvidada, vio en ellos el reflejo de su propio ser.
Para contener este desequilibrio, Khaorûn tejió un último acto de esperanza: los Zharûn, nacidos del cristal de la esencia más pura del Velo. Eran formas de luz sin mancha, guardianes del equilibrio, reflejos de lo que el mundo debía ser. Pero aún entre ellos surgió Eryndra, distinta, pues su esencia danzaba entre la perfección y la sombra, capaz de comprender tanto la armonía como el caos.
Y así dio comienzo, la Era de la Creación. Las Islas Etéreas flotaban, vastas y majestuosas, sobre un océano sin fin de energía latente, suspendidas por hilos invisibles que solo los Erlôn podían percibir. Pero ya la sombra de Khaorathûn se agitaba en las profundidades, susurrando promesas de poder a través de las Corrientes Crudas, y los hilos del Velo temblaban con la tensión del conflicto aún no desatado.
Así se entrelazaron la luz y la sombra, el orden y el caos, en un equilibrio frágil. Un equilibrio destinado a ser probado. Pues esta es la historia de los comienzos, del tiempo antes del tiempo, cuando los hilos del Velo aún eran nuevos y la canción de la creación apenas había comenzado a resonar.
“Y en el centro de todo, la voluntad de un creador y la sombra de lo que temía. Así fue tejido Nîrthëon, con hilos de luz y de sombra, de canto y de silencio, de esperanza... y fragilidad.”