Prólogo
Bosque de Zelian. Octavo día de la cuarta luna.
Lo llevaba soñando semanas, pensó.
No era posible que le hubieran mandado un mensaje equivocado, aunque la parte más desconfiada de ella no parase de sugerirlo. Era una idea intrusiva que se metía en su mente y apenas la dejaba dormir por las noches.
Itaria estaba con los codos apoyados en la sucia repisa de piedra de la ventana. Al otro lado se extendía el estrecho valle que llevaba viendo tantos años, con el serpenteante río de aguas rápidas y transparentes corriendo por un lado de la torre redonda. Más allá no se veía nada aparte de las montañas que cercaban el valle por los cuatro costados.
No había cristales, ni siquiera unos postigos para evitar que el viento se colara en el interior de la torre. En su momento los hubo, pero hacía mucho que los cristales se habían resquebrajado y los postigos de madera se habían podrido hasta que, al final, Itaria los había arrancado. En las paredes de piedra quedaban marcas allí donde habían estado los goznes.
Pasó la mano por la piedra y suspiró, rememorando cada parte de su sueño de nuevo. Estaba tan claro… Pero ¿y si habían logrado colarse en sus sueños y engañarla? Era su mayor miedo. Que la engañaran y pusiera en peligro a quien más amaba.
Hubo un ruido detrás de ella, un susurro suave contra el suelo, pero no se alarmó. Itaria sintió la presencia de Mina antes siquiera de verla. Se giró y miró hacia el interior de la torre en la que llevaba encerrada tanto tiempo.
—Mina, no deberías estar aquí arriba, ya lo sabes —le advirtió a su hermana pequeña, que estaba acurrucada contra la puerta entreabierta que había al otro lado de la habitación redonda. Un resplandor amarillento y sucio se derramaba por el suelo desde el otro lado e Itaria escuchó los débiles sonidos que provenían del piso inferior.
—Lo sé, pero madre Ceoren me ha mandado subir. Dice que la molesto. —La voz de Mina se convirtió en un susurro lastimero y dolido.
Itaria se separó por completo de la ventana y se acercó a Mina, alargando una mano e invitándola a acercarse. Su hermana, como siempre, lo hizo de forma tímida, dudando y con los ojos de un rojo virulento escondidos detrás de una mata desgreñada de pelo negro tan incontrolable y maltratado como ella.
Se encontraron a la mitad del camino. Itaria se arrodilló en el suelo, sobre la fría piedra manchada por el tiempo y agarró a Mina por los hombros con cuidado.
—Seguro que madre Ceoren solo quería que salieras de ahí un poco. No te preocupes, cariño —le aseguró con una sonrisa. Apartó un mechón negro y deslucido de cabello, revelando el rostro pálido de Mina. Bueno, «pálido», era una forma suave de decirlo. Parecía un cadáver, ambas lo parecían, en realidad, después de tanto tiempo allí encerradas, aunque al menos Itaria salía a veces al valle que se extendía bajo su torre. Pero Mina hacía tanto tiempo que no se alejaba que ya había perdido todo el color en sus mejillas. Odiaba estar fuera y solo lo hacía cuando ella la obligaba.
—Madre Ceoren no me soporta.
—Solo está cansada. —«De estar aquí», añadió en su mente. «Igual que yo». Pero no lo dijo.
Se levantó del suelo y caminó hasta un lado de la habitación, donde estaba su cama. Mina la siguió como una sombra. Itaria notó el cambio en el ambiente, como el anterior cálido espacio de la torre pasó a ser glacial, seco; el frío penetraba en su piel hasta llegar a sus huesos, pero contuvo el escalofrío que estuvo a punto de recorrer su cuerpo y tragó saliva al mismo tiempo que se sentaba en el borde de la cama, que crujió bajo su peso. Como todo en la torre estaba vieja, tan solo mantenida en buenas condiciones gracias a la magia de Ceoren.
Todo era una farsa. Aquella torre, las plantas que colgaban de cuerdas del techo, el valle que las rodeaba… Todo era una mentira creada para mantener enjaulada a Mina. Y al final ella también había terminado allí dentro, aunque en su caso había sido elección propia.
Itaria se retorció la trenza en la que llevaba atado su cabello rubio, pensando en una forma de tranquilizar a Mina.
Al final, terminó pasando un brazo por los hombros huesudos de su hermana y la acercó a su cuerpo con mucho cuidado, como si se tratara de una frágil estatua de cristal. No, más bien como si fuera una fiera salvaje y atemorizada.
Siempre procuraba ser lo más suave y cariñosa con ella para evitar que tuviera uno de sus ataques, cada vez más peligrosos, cada vez más difíciles de extinguir, como un incendio fuera de control. Estar en aquella habitación, en la parte superior de la torre, hacía que los ataques fueran más frecuentes, así que Mina solía pasar los días encerrada en el piso inferior, con Ceoren vigilándola de cerca.
—Mina —susurró, su voz apenas audible—. Tienes que calmarte, ¿vale? Puedes quedarte aquÍ. Puedo ir a buscar tu muñeca si...
—Vale —respondió la niña, sin dejarle terminar. Mina se apartó de su lado y gateó por la cama hasta que llegó a la parte superior. Apartó las sábanas y mantas que Itaria siempre mantenía perfectamente arregladas y se metió en el interior; se tapó hasta que lo único que se pudo ver de ella fue un bulto informe.
De repente, Mina se destapó y dijo:
—Madre Ceoren quería que te dijera que vayas a verla. Dice que es importante.
—Está bien. —Mina volvió a taparse, la única prueba de que había alguien ahí bajo era el ligero movimiento de su respiración.
Itaria no había tenido ninguna intención de ir con Ceoren, pero su petición era tan extraña que le causó curiosidad.
El frío antinatural no desapareció, pero sí se hizo más soportable. Ahora que Mina no la podía ver, Itaria dejó de contener el escalofrío que había estado aguantando todo el tiempo. Todo su cuerpo tembló y cuando se levantó, apenas notaba las piernas y los pies de lo fríos que estaban. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca y la garganta resecas.
Con el rabillo del ojo captó una sombra en la pared, una que no coincidía con ningún objeto de la habitación. Alargada, se proyectaba sobre la pared como una mancha oscura, mucho más oscura de lo posible para una sombra normal. Por suerte, ahora Itaria ya no se asustaba al verlas, pero la primera vez que las vio, poco después de nacer Mina, no había sido así.
Se giró y contempló durante unos segundos el bulto de sábanas y mantas en el que se había convertido su hermana. Ella no tenía la culpa de cómo era, pensó. Ambas habían nacido así, no se podía hacer nada contra el deseo de los Dioses, le había dicho su padre miles de veces. Ella lo había aceptado, pero Mina… Sus poderes eran demasiado violentos para ella, y más cuando, después de más de cien años, seguía teniendo el cuerpo de una niña de diez años. Efectos del hechizo de Ceoren para que no las encontraran.
Ceoren. Debía bajar y hablar con ella y, de paso, buscar a la dichosa muñeca de Mina.
Con las piernas algo más recuperadas, caminó hacia las escaleras que descendían hasta el piso inferior haciendo caso omiso de las Sombras que alargaban sus esqueléticas manos de humo y frío hacia ella, deseando que sus poderes no fueran un foco para ellas, sino un repelente. En las escaleras de caracol pudo respirar aliviada. Las Sombras no se iban a alejar de Mina, por mucho que Itaria las atrajera como la llama a las polillas.
Ceoren vivía eternamente escondida en las entrañas de la torre, entre probetas, frascos llenos de líquidos que Itaria no sabía cómo conseguía y mesas de trabajo atestadas de objetos. Cuencos, morteros, balanzas, cuchillos y hierbas se desparramaban por todas partes, con el penetrante olor del humo y los vapores que salían de los calderos que se cocinaban a fuego vivo en las chimeneas o, de forma increíble, flotando en el aire mientras hervían gracias a la magia. Bajar allí siempre era asfixiante y a los segundos de entrar en la amplísima sala ya estaba lagrimeando por culpa del humo y deseando marcharse.
Vislumbró la figura de Ceoren entre el humo, encorvada sobre una mesa al otro lado de la habitación. Itaria fue sorteando las mesas hasta llegar a ella, pero la bruja la escuchó mucho antes.
—Has tardado en venir. —No se apartó de la mesa de trabajo. Cuando se puso a su lado, Itaria descubrió que estaba trabajando con un delicado disco de bronce bruñido; poco a poco, iba adquiriendo un ligero resplandor azulado. Una gran lupa mágica le ayudaba a ver mejor los efectos de su trabajo. Retorcía los dedos encima del disco, y de las puntas salían pequeñas chispas azules que desaparecían en el interior del metal.
—Mina dormirá esta noche conmigo, solo quería que lo supieras.
—¿Estás segura? La última vez que durmió en el piso de arriba terminé teniendo que coserte un corte en el brazo porque hizo estallar unos jarrones de cristal.
—No es culpa suya no saber controlarse.
—Cierto, pero sigue siendo peligrosa. —Ceoren alzó por fin la mirada y clavó en ella los ojos marrones. Su cabello, lacio y castaño oscuro, caía por su espalda como una cascada lustrosa. Vestía con sencillez, pero con gusto, con un vestido rojo con el cuello redondo; un cinturón de cuero descansaba en su cintura y de él colgaban varios pequeños cuchillos manchados de savia.
A Itaria le costaba mantener las ganas de arreglarse todos los días, pero a Ceoren no le ocurría lo mismo. A pesar de los años que llevaba allí encerrada con ellas, seguía levantándose cada mañana con una férrea determinación y se dedicaba a su trabajo con pasión.
—No es su culpa —sentenció al fin Itaria.
—Esa es tu frase para todo lo que hace Mina —bufó la mujer, apartando de forma brusca la lupa y colocando las pálidas manos en la mesa—. ¿Mata a un conejo y se lo come crudo? No es su culpa, es así. ¿Hace explotar todos los cristales de la torre? No es su culpa. ¿Qué dirás cuándo nos mate a alguna de las dos?
—Ella no haría nada así.
Ceoren soltó una risa burlona; después, se dio la vuelta y se apoyó en el borde de la mesa. Cruzó los brazos y la miró durante unos instantes antes de decir:
—Sigue pensando lo que quieras, yo no voy a sacarte de tu fantasía si no quieres salir. —Negó con la cabeza y no dijo nada más. Por unos segundos se quedaron en silencio y lo único que se podía escuchar era el chisporrotear de las llamas y de los calderos hirviendo. Habría sido un sonido relajante en otra situación, juzgó Itaria.
Ceoren soltó un débil suspiro y se frotó los ojos con una mano antes de seguir hablando.
—Lo siento, estoy ocupada y me está sacando de quicio. —Señaló con la cabeza a la mesa en la que había estado trabajando, al disco abandonado a medio terminar. Ella no lo veía, pero con la lupa de Ceoren estaría segura de que podría vislumbrar como el metal y la magia se entrelazaban lentamente. Un disco de comunicación, adivinó Itaria. La había visto hacerlo muchas veces.
—¿Un trabajo nuevo? Hacía tiempo que no hacías discos de comunicación. Creía que los odiabas.
—Y los odio. Profundamente. Requiere un trabajo minucioso, preciso y repetitivo hasta la muerte. Pero me lo ha pedido alguien que conozco, un buen amigo, y no podía decirle que no. —Ceoren se encogió de hombros.
—¿Necesitamos algo de nuevo? —inquirió Itaria preocupada.
Cuando las tres terminaron en aquella torre, incomunicadas del resto del mundo, Ceoren había tenido que ingeniárselas para conseguir ciertas cosas que necesitaban. Hierbas extrañas, algunas medicinas que ella no podía crear… esa clase de cosas. Así que había decidido pedir ayuda a sus amigos brujos, gente en la que se podía confiar que no desvelarían dónde se encontraban ellas y, a cambio, Ceoren les fabricaba poderosos objetos o pociones, aunque la mayor parte del trabajo que hacía se quedaba en la torre, para mantenerla.
—No y sí. No lo sé, en realidad. —Itaria nunca había visto a Ceoren dudar tanto. Algo dentro de ella se removió y tragó saliva con fuerza. ¿Qué estaba ocurriendo?, ¿alguno de sus amigos le habría dado una mala noticia?
—¿Qué ocurre, Ceoren? Mina me ha dicho que querías hablar conmigo, pero parece que estés evitando a toda costa la conversación. —Ceoren torció la cabeza y parte de su cabello tapó su rostro, como si se estuviera escondiendo de ella. Al final, la mujer soltó un suspiro y se apartó el cabello con una mano.
—Necesito enseñarte algo. —Alargó los dedos hacia Itaria y ella se acercó. Sabía lo que quería.
Notó los dedos calientes de Ceoren en sus sienes e Itaria apretó los dientes con la punzada de dolor que laceró sus sienes, clavándose en su cerebro como si los dedos de Ceoren estuvieran escarbando dentro de su cráneo. Su visión se volvió borrosa y lo último que vio fue el rostro preocupado de Ceoren antes de que todo se volviera negro.
La imagen mental de Ceoren apareció en su mente y sintió que sus piernas temblaban tanto que no sabía ni cómo la estaban aguantando.
Era la misma que sus visiones, la misma horrible imagen que se le había quedado grabada a fuego en la cabeza, la misma que veía en sus pesadillas, al despertarse y al irse a dormir. Su mayor miedo.
Mina estaba tirada en la hierba, muerta. Tenía los ojos cerrados y un enorme agujero en el pecho; la sangre se había acumulado en el suelo, manchando la tierra y las finas hojas que parecían blancas bajo la luz pálida de la luna.
Itaria alargó una mano fantasma hacia el cadáver de su hermana y la imagen se sacudió. Cuando volvió a mirar, los ojos de Mina estaban abiertos, el rojo sangriento se clavó en ella con una mirada acusatoria. La cabeza de su hermana se movió, como una muñeca articulada; después se movieron sus brazos, sus piernas, giradas en un ángulo imposible mientras el cadáver reanimado de Mina se arrastraba lenta y tortuosamente hacia ella, cada vez más cerca, cada vez más cerca...
Su boca se abrió y de sus labios salieron sangre y palabras en un idioma que Itaria no comprendía, un sonido suave, lánguido y que le puso los pelos de punta.
—Ceoren, por favor —logró susurrar, su voz sonaba totalmente desconectada de ella, lejana, muy lejana.
La imagen desapareció de repente y todas sus fuerzas se escaparon de su cuerpo en el momento en el que Ceoren apartó los dedos de su rostro. Le dio tiempo a sujetar a Itaria, que se aferró a sus brazos como si le fuera la vida en ello. Su cuerpo se sacudió por un escalofrío, un puño de hierro frío y duro se le instaló sobre el pecho, impidiéndole respirar.
—Itaria, escúchame —logró entender. Tenía la mente nublada y apenas era capaz de comprender lo que ocurría a su alrededor. Solo veía el rostro de Mina una y otra en su mente tal y como lo había visto en su visión.
Muerta, muerta, muerta, muerta...
De repente, alguien le sacudió los hombros con energía y le obligó a centrar la mirada. Ceoren seguía sujetándola e Itariaasía sus brazos con tanta fuerza que tenía los dedos blancos y le clavaba las uñas en la carne a través de las capas de ropa. Volvió a sacudir su cuerpo como si de una muñeca de trapo se tratara y susurró:
—Escúchame, niña. —Itaria asintió con la cabeza sin saber muy bien porqué—. Lleváis mucho tiempo aquí, lo sé. También sé que debes tener miedo por lo que te encontrarás afuera, pero ha llegado el momento de salir de la torre. Ambas sabíamos que este día llegaría, que alguien nos encontraría en algún momento, y siempre hemos estado preparadas para este día.
—Tú también has tenido esas visiones, ¿verdad? —consiguió murmurar, su voz apenas audible incluso para ella, aunque era una tontería de pregunta. Por supuesto que Ceoren había tenido las mismas visiones que ella. Solo agradecía que al menos las suyas no habían sido tan macabras. En sus sueños, Itaria tan solo había visto la primera imagen, Mina tirada en la hierba con ese agujero en el pecho que la había matado. El resto... Itaria sentía ganas de vomitar solo de recordarlo. Dudaba que la imagen desapareciera de su cabeza.
—Si al igual que yo has visto esto, entonces sabes lo que debes hacer ahora. Hoy —le dijo Ceoren, bajando el tono. Miró hacia la puerta y ella lo entendió al instante. Mina—. Trata de mantenerla lo más tranquila posible, aunque debas usar la fuerza, Itaria. Adoro a Mina, pero es incapaz de controlarse a sí misma y me temo que jamás será capaz de lograrlo.
De pronto, Itaria entendió lo que ocultaban las palabras de Ceoren. Se separó con cuidado de la mujer, los brazos de Ceoren cayeron a sus lados mientras Itaria trataba de mantenerse en pie. La bruja tenía el rostro pálido, pero había una firmeza que era difícil de obviar.
—No vas a venir, ¿no?
Ceoren negó con la cabeza, pero no fue capaz de mirarla a los ojos.
—Lo he pensado mucho, y si queremos tener alguna oportunidad de que esto no ocurra, tendremos que separar nuestros caminos. Intentaré conseguir ayuda como sea. —Su voz sonaba cortada, llorosa. Estaba intentando contener las lágrimas. Itaria jamás la había visto así.
—¿De tus amigos?
—Sí. —Por fin se giró hacia ella e Itaria vio los ojos brillantes por las lágrimas, por la pena—. Yo apenas sé mucho más que tú sobre cómo está el mundo allí afuera, pero ellos serán de mucha ayuda si queremos sobrevivir. Son brujos y brujas fuertes. —Ceoren cerró los ojos con fuerza y se volvió a girar, apoyando las manos en la mesa en la que apenas unos minutos había estado trabajando tranquilamente, absorta del mundo.
—Creo que será mejor que te vayas, Itaria. Prepara todo lo que necesites para esta noche e intenta convencer a Mina como sea. Eso te va a llevar un buen rato.
—Sí, claro. —De repente, Itaria recordó la segunda razón por la que había bajado allí. Con todo lo que le había dicho Ceoren, casi se le había olvidado—. La muñeca de Mina, ¿dónde está?
Ceoren hizo un gesto descuidado con la mano y, un segundo después, un trozo de tela mal cosida cayó sobre sus manos abiertas. Lina, la muñeca de su hermana, la miró con sus ojos de botón. Itaria sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, como si las Sombras de Mina la hubieran tocado con sus gélidas manos.
—No podrás llevártela, lo sabes, ¿verdad? —comentó Ceoren. Itaria lo sabía, pero dejó que hablara; parecía necesitarlo—. Ya será suficiente con tener a la Guardiana de la Muerte paseándose por el mundo como para encimar llevar a esa maldita muñeca con vosotras. Si cayera en malas manos, podría convertirse en una catástrofe.
—Haré como que la he perdido, pero creo que lo mejor ahora será que la tenga, para que se mantenga tranquila hasta que nos marchemos.
Ceoren asintió mecánicamente. Itaria se dio la vuelta e hizo el camino de regreso hasta la puerta de entrada a la habitación. Antes de salir, escuchó el chisporroteo de la magia: Ceoren volvía a su trabajo como si no fuera a ocurrir nada en unas horas. O tal vez buscaba un respiro en el trabajo monótono y repetitivo que siempre había odiado.
Itaria subió corriendo las escaleras y cuando llegó a su habitación se encontró de nuevo con el frío tacto de las Sombras en la piel. Mina dormía profundamente en su cama, así que dejó la muñeca con suavidad a su lado; después, se acercó a la ventana y contempló el paisaje que le había dado los buenos días desde hacía más de cien años. Le costaba creer que no volvería a verlo.
Pero las cosas eran así y ahora solo le quedaba pensar en aquel nombre que hacía años había escuchado por primera vez y que creía que jamás tendría que pronunciar. Myca Crest, la Reina.
Itaria apretó las manos en puños. No iba a dejar que tocara a Mina. No iba a permitir que las encontrara.
No iba a dejar que les arrancara el corazón.
Itaria se había equivocado en una cosa, pensó fríamente Ceoren mientras escuchaba como la chica cerraba la puerta de la sala al salir. No estaba construyendo un disco de comunicación, sino un disco de rastreo.
Había sentido la presencia del intruso hacía solo unas horas, en el momento en el que puso un pie en su bosque y desde entonces había sentido como se acercaba cada vez más a su torre. Sabía que iba a por ellas, a por Itaria y Mina. Si quería darles una oportunidad a las chicas tendría que ser más inteligente. Lo vigilaría con el rastreador y les conseguiría tiempo para huir. Si hubiera sido por ella, las habría mandado ya fuera de la torre, pero antes debía quitar los hechizos que rodeaban el lugar y eso le llevaría un par de horas.
El mejor momento para que huyeran sería al amparo de la noche, pensó. No dejó de trabajar en ningún momento; si dejaba de hacerlo temía que los recuerdos del sueño regresaran. Traidora, eso era lo que había estado susurrando el cadáver de Mina una y otra vez, como un mantra.
Ceoren cerró los ojos y apoyó su peso en la tosca madera de la mesa, escuchándola una y otra vez.
Traidoratraidoratraidoratraidora.
—¡Para!—Ceoren se llevó las manos a la cabeza, trastabillando, pero la voz, una que conocía mejor que la suya propia, no la dejaba en paz.
Traidoratraidoratraidoratraidora.
Gavin escuchó a lo lejos el aullido lastimero de un lobo herido, o al menos él esperaba que estuviera herido. La luna iluminó al cazador una última vez antes de internarse en la parte más espesa del bosque, un sinfín de ramas y troncos tan juntos que era difícil ver a través de ellos. La oscuridad era tan intensa que no veía ni al caballo en el que iba montado, aunque sentía el pelaje y la carne caliente, los huesos, los músculos fuertes. Solo eso hacía que el hombre no creyera estar encima de pura oscuridad.
El Bosque de Zelian estaba encantado, todos lo decían, pero él había hecho caso omiso a las advertencias de los pueblerinos que, cada vez que se detenía en una aldea, le preguntaban dónde iba. Él siempre les respondía con sinceridad.
—Ese lugar está maldito y lleno de monstruos. Todos los que han entrado han terminado muertos —le decían siempre.
—Entonces no os tendréis que preocupar por volver a verme —les respondía él.
En otras circunstancias jamás habría dicho cuál era su destino, pero el nombre del bosque provocaba tanto temor a la gente que era hasta beneficioso para él. Creían que estaba loco, que se dirigía a una muerte asegurada y anunciada; nadie se atrevería a seguirlo por miedo a ser arrastrados a ese lugar y eso le convenía. Cuántos menos mirones tuviera a su alrededor, mejor.
Pero ahora que se encontraba solo, en lo más profundo del bosque, tan solo rodeado por la oscuridad de la noche y los sonidos de los animales, Gavin empezó a replantearse su misión.
La carta le había llegado tres meses antes: un brujo amigo suyo lo había recomendado a la Reina; si lo hacía bien, ganaría muchos puntos ante Myca Crest. Había aceptado de inmediato y en seguida se había marchado a buscar al resto de la expedición que se había formado en Nerith. Si la Reina quería a las Guardianas de la Vida y la Muerte, las tendría a toda costa y Gavin había estado dispuesto a llevarle él mismo a las princesas si con eso lograba su inmortalidad. Todos habían estado allí por eso, en realidad. Esa era la recompensa que recibiría quien lograra capturar a las princesas: inmortalidad.
No era tarea fácil, lo sabía, y menos cuando estaba rodeado de una docena de brujos de sangre y elementales que buscaba lo mismo que él. Gavin había pensado muchas veces durante las noches en vela cuando le tocaba una guardia en huir, pero no era lo bastante definitivo. Necesitaba matarlos. A todos. Si dejaba alguno con vida, podrían perseguirlo y entonces sería él el cazado y no las princesas.
Conforme pasaban los días, Gavin perdía más y más la esperanza de deshacerse de ellos, hasta que, una noche, los atacaron.
Habían acampado en un pequeño claro al borde del viejo sendero que seguían. Les había parecido un buen lugar, un sitio ligeramente elevado desde el que se podrían defender con facilidad de los monstruos que sabían que los vigilaban. Pero nadie había sentido los seres que se les acercaban, ningún escudo había saltado ante su presencia. En cuestión de segundos, lo que les había parecido un lugar perfecto para pasar la noche se convirtió en una pesadilla.
El suelo bajo ellos se volvió una masa gelatinosa y espesa que se había tragado sus enseres y la fogata que habían encendido para calentarse y alumbrar; en menos de un parpadeo, el claro se quedó a oscuras, apenas iluminado por una luna cuya luz parecía deslizarse por una pared invisible que cubría el lugar, como si no quisiera participar en aquello. Se quedaron en silencio unos instantes, hasta que los escucharon.
Fuegos fatuos.
Quien dijera que esas pequeñas bolas de luz eran buenas y amigables era porque jamás había visto a sus compañeros ahogarse en un pantano, atrapados por las arenas movedizas y con la risa aguda y eléctrica de los fuegos fatuos a su alrededor. No podía decirse que los echara de menos, cierto, pero en noches como aquella… Bueno, su presencia lo habría reconfortado un poco al menos. Sacudió la cabeza. Ahora ya no servía de nada lamentarse por estar solo.
Cuando cayeron en la trampa de los fuegos fatuos, Gavin se había apresurado a escapar, a esconderse. Casi no le había dado tiempo a llegar a terreno sólido, pero cuando se giró, se dio cuenta de que era la oportunidad perfecta para librarse de ellos de una vez por todas. Había alargado una mano hasta el arco que había atravesado a lo largo de su espalda y la otra hacia el carcaj lleno de flechas que se sujetaba en el muslo y fue disparándoles uno a uno desde la seguridad de su posición hasta que el único sonido que se escuchaba en el claro era la risa de los fuego.
—Esta noche cenaréis bien —había susurrado, bajando el arco lentamente.
Gavin no se había quedado a mirar, no era tan morboso. Lo único malo de su improvisado plan había sido que había perdido su caballo, pero no le importó mucho. Usó la magia para hacerse con una Pesadilla, un corcel infernal de ojos brillantes y rojos y de crines anaranjadas; sus cascos eran ascuas que dejaban el suelo marcado, como si hubieran clavado unas tenazas al rojo vivo con forma de herradura. Cabalgaban más rápido que cualquier caballo normal y pronto estuvo en lo más profundo del bosque, en el corazón de lo que había sido el Reino de Etrye.
Desde entonces llevaba días cabalgando, siguiendo los viejos senderos que se habían convertido en apenas unas piedras aquí y allá, consumidos por el bosque. Ahora estaba cerca, aunque no estaba seguro de cómo lo sabía. Algo dentro de él se lo decía, algo que se retorcía como un animal herido y perseguido, que le gritaba que diera media vuelta y regresara por dónde había venido.
Ya anocheciendo, llegó a un pequeño claro de hierba verde y húmeda. Había empezado a llover, al principio con suavidad, pero pronto se había convertido en una tormenta que le empapaba la ropa y le calaba el frío hasta los huesos. Estaba congelado. Unos cuantos relámpagos brillaron muy cerca de él, seguidos por el ensordecedor sonido de los truenos.
Delante de él se alzaba una inmensa montaña, coronada del blanco de la nieve. Quedaban por detrás los últimos árboles del bosque, oscuros en medio de la noche. Suspiró de felicidad al saber que pronto todo aquello terminaría. Solo esperaba que la segunda parte del camino no fuera muy difícil de encontrar.