EAdlP 2: El Código Maestro (en curso)

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Summary

Zoe es estudiante de informática, hacker, rolera empedernida y amante de todo lo geek. Aburrida de la rutina de la realidad, se lanza a la aventura al recibir la llamada del Archivo de los Portales. Llega así a un mundo lleno de magia y aventureros, donde conoce a Lysander, un enigmático pícaro que despierta en ella una pasión que nunca imaginó. En este reino gobernado por narramantes, Zoe deberá reparar el patrón oculto que sostiene todos los relatos. Cada movimiento, cada decisión y cada secreto que descubre la acerca más a un poder capaz de cambiarlo todo… o destruirla. Entre intrigas, enigmas y magia narrativa, Zoe aprenderá que incluso los hilos más finos pueden sostener un destino épico… si sabe cómo leerlos.

Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
18+

Variable resuelta

Variable resuelta: Elemento de un sistema cuyo valor ha sido determinado de forma inequívoca tras la ejecución de un proceso lógico o computacional. Una variable resuelta deja de ser fuente de incertidumbre y pasa a integrarse como constante dentro del flujo operativo.


La sala estaba mal ventilada. La luz del proyector era tenue, las persianas cerradas, y el profesor hablaba con una cadencia monocorde que podía haber sido reemplazada por un archivo de voz automatizado sin que nadie lo notara.

Zoe cruzó los brazos y se recostó en la silla. Segunda fila desde atrás, en la esquina donde la señal Wi-Fi llegaba mejor y nadie interrumpía su espacio vital con conversaciones intrascendentes. En la pantalla, la clase trataba sobre estructuras de datos en Java. Otra vez.

Repitió mentalmente la definición de árbol binario balanceado mientras el profesor intentaba —con escaso éxito— explicar la diferencia entre una cola y una pila. La diapositiva mostraba una imagen caricaturesca de una serpiente tragándose su propia cola. Humor universitario.

Zoe entrecerró los ojos. La pila LIFO. El último en entrar, primero en salir. Como su paciencia.

—¿Lo pilláis? —dijo el profesor—. LIFO. Como cuando metéis ropa en una mochila: lo último que metéis es lo primero que sacáis. Muy lógico, ¿verdad?

Algunos se rieron. Zoe no. Su mente ya estaba tres pasos por delante, planteando mejoras al algoritmo de búsqueda que habían mencionado por encima sin implementar. Las comparaciones mal explicadas le producían una especie de comezón mental.

Alzó la mano.

—¿Sí, Zoe?

—La implementación que muestra en la diapositiva tiene un fallo en la condición de salida del bucle. Se puede provocar una condición de carrera si dos hilos acceden al mismo nodo simultáneamente sin sincronización adecuada.

Silencio. El profesor parpadeó.

—Ejem. Bueno, eso lo veremos más adelante.

Ella asintió y bajó la mano. No se molestó en responder. Lo había visto muchas veces: cuando alguien no sabe algo, lo pospone.

Terminada la clase, recogió su portátil y salió. En el pasillo, un grupo de compañeras charlaba sobre una fiesta. Zoe detectó automáticamente los patrones de conversación: validación social, exhibición de estatus, anécdotas irrelevantes. Variables vacías para ella. No era que las despreciara, simplemente no compartía el mismo sistema operativo.

Comprobó en su móvil los mensajes. Diego la estaba esperando en el aula 3B, y por todos los gifs que le había mandado, parecía desesperado. Resopló y le envió de vuelta uno de Gandalf llegando a la comarca, con el texto “Un mago nunca llega tarde, Frodo Bolsón”.

El aula 3B del edificio de informática olía a café recalentado y cables quemados. Diego miraba la pantalla de su portátil con desesperación. Su pelo revuelto mostraba que había estado pasando las manos por él, un signo claro de su frustración.

—Te estaba esperando. No tengo ni idea de por qué la función no devuelve lo que debería —dijo, sin preámbulo.

Zoe se sentó junto a él, encendió su máquina, y abrió el proyecto. El código estaba sucio, redundante, plagado de comentarios innecesarios. Lo depuró con la eficacia de un bisturí quirúrgico. Ni un gesto de emoción. Solo concentración.

—¿Cómo lo haces? —susurró Diego, a su lado, con una mezcla de fascinación y agotamiento—. Juro que llevo dos horas buscando el fallo.

Zoe alzó una ceja sin apartar los dedos del teclado.

—¿Ves este “==” aquí? —tecleó rápidamente— Debería ser “===”. Comparación estricta. Tu función cree que “2” y 2 son lo mismo. Error de novato, padawan.

Diego soltó una risita nerviosa.

—Eres como... un debugger viviente.

Zoe se echó hacia atrás en la silla, estirando los brazos por encima de la cabeza. Su camiseta negra, estampada con el mapa de Hyrule y la inscripción It’s dangerous to code alone, take this, se tensó ligeramente sobre su torso. Un leve temblor de satisfacción se dibujó en sus labios.

—No es magia —dijo, aunque sabía que para algunos lo parecía—. Solo hay que prestar atención al código.

Diego la miró con devoción. Zoe, en cambio, ya había cerrado su portátil y estaba recogiendo sus cosas.

—¿Ya te vas? ¿Y la práctica de redes?

—La hago luego —respondió—. Necesito aire. Y cafeína.

A las seis de la tarde, su smartwatch vibró una sola vez. Evento sincronizado: “Encuentro semanal de D&D.”

Cerró su portátil y lo guardó en la mochila sin prisa. Este sí era un plan interesante. A diferencia de las clases, donde todo era estructura y repetición, el rol ofrecía una variable estimulante: improvisación. Caos controlado. Y un entorno donde ser diferente no era un problema, sino una ventaja.

Llegó al club antes de la hora acordada. Cada semana jugaban en una pequeña aula que había quedado en desuso en el sótano de la facultad. En la puerta, una hoja de papel pegada con celo mostraba un d20 pixelado sobre una pantalla retro con letras verdes estilo ASCII en la que se leía:

Club de Rol de la Facultad de Ingeniería Informática y Telecomunicaciones

Ctrl+D20

🕒 Partidas todos los martes y viernes de 19:00 a 21:00 horas 🕒

Entró en el aula y no pudo evitar sonreír por primera vez en todo el día, por fin algo de acción y aventura. En la última sesión habían quedado encerrados en una mazmorra a punto de ser atacados por una horda de goblins. En la mesa, Santi reorganizaba sus notas detrás de la pantalla del director de juego, preparando el desafío al que iban a enfrentarse hoy. Emilio y Clara aún no habían llegado. Al otro lado de la mesa, con sus hojas de personaje y los dados preparados, estaba sentado Erik y un chico nuevo que no había visto nunca.

Zoe saludó mientras sacaba de la mochila su hoja de personaje: una maga elfa de nivel 7. La sala, mal ventilada, olía a snacks y sudor leve. El chico nuevo levantó la vista hacia ella y se quedó a mitad camino, concretamente en su pecho. Zoe estaba acostumbrada, al fin y al cabo, tenía unos pechos grandes y sabía que eran evidentes a pesar de no enseñar nada de escote.

Carraspeó con una sonrisa y sus ojos se encontraron por un segundo, antes de que el chico apartara la mirada ruborizado. Erik, a su lado, no se había percatado del intercambio de miradas.

—¡Hola Zoe! Este es Alex, está en mi clase de Criptografía Avanzada. Como nos faltaba un jugador, le dije que viniera.

—¿No has jugado nunca a rol? —Zoe enarcó una ceja. Esperaba que al menos no destrozara la partida.

—No a dungeons—Alex volvió a mirarla, y esta vez sonrió de lado, mostrando mucha más seguridad —pero tenía ganas de probarlo. Seguro que volveré.

Zoe se encogió de hombros. Era atractivo y estaba coqueteando. Bien, pero ella había venido a reventar goblins y eso era lo único que le apetecía en ese momento. La puerta se abrió y Emilio y Clara entraron discutiendo como siempre. Aún tuvo que esperar unos cinco minutos a que se apagaran las conversaciones, mientras se dedicaba a repasar qué hechizos tenía aún disponibles.

Santi inició la partida con su entusiasmo habitual.

—¡Vamos! Hoy tenemos un jugador nuevo. Os va a ir bien, porque os recuerdo que estáis encerrados en la mazmorra de Kar-Thum rodeados de goblins. Tirad iniciativa.

Y el caos empezó. El bardo lanzó un hechizo de miedo, la clériga evitó que murieran varias veces con sus curaciones y el guerrero se lanzó de cabeza como siempre. Zoe lanzó varias bolas de fuego. El grupo ya lo conocía bien. Previsibles, pero funcionales. Alex, en su primera intervención, presentó a un pícaro que abría un pasadizo secreto con una sonrisa teatral:

—Si no queréis morir aquí, seguidme. O podéis quedaros a jugar con los duendecillos gritones.

Había elegido un pícaro. Tópico, pero lo manejó bien.

—¿Vamos a tomar algo? —preguntó Alex al terminar—. Unos amigos organizan una fiesta en una casa cerca del campus. Hay cerveza artesanal, piscina climatizada y probablemente un tipo tocando el ukelele.

Clara y Diego aceptaron enseguida. Zoe se levantó, guardó sus cosas y negó con la cabeza.

—No me interesan ni el alcohol ni la gente que habla sobre sí misma durante horas.

Alex se acercó un paso más, entrando en su espacio. Ella no se apartó.

—¿Y qué te interesa?

Zoe lo miró con atención por primera vez. Ojos azules, pelo rubio ceniza y cuerpo en forma. Sin duda, atractivo.

—¿Estás intentando ligar? No me interesa la fiesta —ella se encogió de hombros—. Pero si lo que quieres es sexo, podemos resolverlo en menos de veinte minutos en el baño de la primera planta.

Él parpadeó, entre sorprendido y divertido.

—¿Hablas en serio?

—¿Parece que estoy bromeando?

Zoe ya caminaba por el pasillo antes de que contestara. Y él la siguió.

El baño estaba vacío. A esas horas era lo esperable. Zoe lo empujó contra la pared y lo besó. En momentos como ese, se permitía dejar a un lado sus pensamientos lógicos, matemáticos. Había algo muy satisfactorio en el contacto físico, y eso era precisamente lo que buscaba. Sin ternura, sin promesas, sin siquiera una conexión emocional. Solo fricción, presión, liberación.

Sin dejar de besarla, Alex deslizó sus manos por debajo de su camiseta hasta llegar a sus pechos, acariciando sus pezones. El contacto envió una descarga de placer directa a su vientre, y sin ceremonia, desabrochó sus vaqueros liberando su erección.

Sin dejar de bombear su polla con la mano, buscó un condón en su bolsa y se lo puso. Luego se desabrochó los vaqueros y le dio la espalda mientras los bajaba junto a su ropa interior, arqueando la espalda para exponer su entrada a la polla palpitante de Alex, que la miraba con una mezcla de sorpresa y fascinación.

—Joder— le oyó murmurar tras ella, justo antes de penetrarla con fuerza, empujándola contra la pared.

Sus cuerpos chocaron con una necesidad creciente, aumentando el ritmo y la fuerza de las embestidas, mientras Zoe se apoyaba en la pared del baño y Alex la sujetaba con fuerza por las caderas.

Zoe cerró los ojos y se concentró solo en sus sensaciones: el sonido de las caderas de Alex estrellándose contra ella y el placer que la sacudía cada vez que sentía su polla llenándola, más rápido, más fuerte.

Se arqueó aún más cuando llegó su liberación, y sintió cómo él se inclinaba hacia atrás y doblaba ligeramente las rodillas, permitiéndole entrar más profundamente. Tras unas embestidas más, Alex se quedó inmóvil dentro de ella, y sus gruñidos le hicieron saber que él también había llegado al orgasmo.

Esperó unos segundos para calmar su respiración y se separó de él sin ceremonia.

—Gracias por la colaboración— sonrió mientras se acomodaba la ropa —. Ha sido liberador.

Él la miró desde la puerta, todavía abrochándose el cinturón.

—¿Y ya está?

—Ya hemos dado una solución a una necesidad fisiológica. No hay que darle más vueltas.

—Mmmmm… Puedo darte mi número. Ya sabes, por si tienes más necesidades fisiológicas que solucionar.

—Eso suele llevar a dar más vueltas a las cosas.

Salió del baño sin mirar atrás.

Esa noche, en su cuarto, hizo la práctica de redes. El encuentro con Alex no le ocupó más de dos líneas de pensamiento. Marcó la variable como “resuelta” y liberó memoria.