ᴅᴀᴅᴅʏ ʟᴏᴠᴇs ᴍᴇ

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Summary

Desde que mamá se fue, soy yo quien cuida de él. Cocino su comida, lavo su ropa... y sueño con ser todo lo que necesita. Sé que está mal, pero cuando me mira con esos ojos oscuros, siento que soy suya.

Genre
Erotica
Author
Kashi_E
Status
Complete
Chapters
6
Rating
4.9 7 reviews
Age Rating
18+

𝖢𝖺𝗉𝗂́𝗍𝗎𝗅𝗈 𝟣

𝖨𝖲𝖱𝖠𝖤𝖫

La vida era una maldita hija de puta. Te hacía conocer el amor, te dejaba saborear su dulzura, jurar eternidades entre suspiros y caricias… solo para arrebatártelo sin piedad. Y luego, ¿qué? ¿Cómo seguías adelante cuando la mitad de tu alma se marchaba de ti? Tres años. Tres largos años desde que el cáncer se llevó a Marina, mi esposa, mi compañera, la mujer que juró quedarse a mi lado "hasta que la muerte nos separara". Y vaya que lo había cumplido.

Ahora solo quedaba yo… y Blythe.

Mi hija. Diecinueve años, cabello castaño como el de su madre, pero con mis ojos oscuros, profundos como pozos sin fondo. Desde que Marina se fue, ella había tomado el rol de cuidarme. Cocina mi comida, lava mi ropa, mantiene la casa en orden… y cada vez que me mira, siento algo que no debería. Algo que me hace maldecirme a mí mismo en silencio.

El bar "Eclipse" se había convertido en mi segundo hogar. Después del turno en la fábrica, no iba a casa. No directamente. Primero, una botella de whisky barato para ahogar los recuerdos. El alcohol quemaba mi garganta, pero el dolor en el pecho persistía.

Otra vez por aquí, Israel —murmuró el cantinero, Jaime, sirviéndome otro trago sin preguntar.

Asentí, ahogando las palabras en el líquido ámbar. Las imágenes de Marina me asaltaban: su risa, el modo en que se mordía el labio al concentrarse, cómo se arqueaba bajo mí en las noches de pasión desenfrenada…

Y luego, sin querer, mi mente comparaba. Blythe tenía su misma sonrisa tímida, pero su cuerpo… Dios, su cuerpo era joven, firme, curvilíneo de un modo que me hacía apartar la vista con culpa.

La caminata a casa fue un borrón. El frío de la noche no lograba enfriar el fuego del alcohol en mis venas. Al llegar, la casa estaba sumida en la oscuridad.

¿Blythe? —llamé, pero solo el eco me respondió.

Supuse que habría salido. Tal vez con algún chico. La idea me encendió de ira, aunque no tenía derecho. Me serví otro trago, derramando un poco sobre la mesa. El sofá me recibió como un viejo amigo, y mientras el licor me nublaba la mente, recordé.

Marina. Siempre Marina.

Pero también… Blythe.

¿Cuándo había empezado a mirarla diferente? ¿Cuándo dejé de ver solo a mi hija y comencé a notar a la mujer en la que se había convertido?

El trago se terminó. Decidí subir a mi habitación, arrastrando los pies por las escaleras. El pasillo estaba en silencio, salvo por…

Un sonido.

Suave. Húmedo.

Provenía de mi cuarto.

La puerta estaba entreabierta, una rendija de penumbra que invitaba a espiar. El corazón me golpeó las costillas. ¿Qué demonios…?

Me acerqué, el aliento entrecortado. Y entonces lo vi.

Ella.

Blythe. Desnuda. Arrodillada sobre mi cama, su piel pálida brillando bajo la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Tenía mi almohada entre sus piernas, frotándose contra ella con movimientos lentos, sensuales. Sus senos, redondos y firmes, se mecían con cada balanceo, sus pezones erectos como bayas maduras.

Mmm… —su gemido fue un susurro cargado de deseo.

Me quedé paralizado. La sangre corrió violentamente hacia mi entrepierna, mi miembro endureciéndose al instante, traicionándome. Debía irme. Debía cerrar la puerta, hacer como si no hubiera visto nada. Pero mis pies estaban clavados al suelo.

Ella hundió su rostro en la almohada, inhalando profundamente.

Papi… —susurró, y el sonido de esa palabra en sus labios, mientras se tocaba, me electrizó.

¿Estaba… oliéndome? ¿Imaginándome?

Sus caderas se movían más rápido ahora, sus dedos se deslizaban entre sus piernas, jugueteando con sus pliegues ocultos. Podía ver el brillo de su excitación en sus muslos.

Dios… —murmuré, tan bajo que ni ella podría oírlo.

Mi mente gritaba que esto estaba mal. Que era mi hija. Pero mi cuerpo… mi cuerpo ardía.

Y así me quedé. Observando. Robándole ese momento íntimo mientras una parte de mí, cada vez más grande, deseaba ser esa maldita almohada.

El aire en el pasillo se espesó, cargado con el aroma dulzón del deseo femenino mezclado con el olor a alcohol que aún emanaba de mis poros. Mis dedos se aferraron al marco de la puerta, las uñas clavándose en la madera mientras observaba, hipnotizado, el espectáculo prohibido que se desarrollaba ante mí.

Blythe.

Mi hija.

Mi sangre.

Y, sin embargo, en ese momento, solo podía ver a una mujer.

Sus caderas se arqueaban con un ritmo lujurioso, frotándose contra la almohada con una necesidad que me hizo tragar saliva con dificultad. El sonido húmedo de su sexo rozando la tela resonaba en mis oídos, cada gemido suyo una puñalada de culpa y excitación.

Papi… —volvió a susurrar, esta vez más fuerte, y sentí cómo mi pulso se aceleraba hasta el punto de que el latido en mis sienes ahogaba cualquier pensamiento racional.

¿Por qué me llamaba? ¿En qué clase de fantasía se había sumergido?

Mis ojos se desplazaron por su cuerpo, deteniéndose en cada detalle como un condenado admirando su perdición. La curva de su espalda, tensa y arqueada como la de una gata en celo. Sus nalgas, redondas y firmes, moviéndose con descaro. La humedad que brillaba entre sus muslos, pegando los finos vellos rubios a su piel enredados en su propio néctar.

Dios mío.

Me ajusté el pantalón sin pensar, el tejido áspero rozando mi erección con una presión que casi me hizo gemir. ¿Era el alcohol lo que nublaba mi juicio? ¿O era ella, su inocencia pervertida en algo tan pecaminosamente tentador que no podía apartar la mirada?

Blythe giró ligeramente, y por un momento terrorífico, creí que me había visto. Pero no. Sus ojos estaban cerrados, sus labios entreabiertos, respirando entre jadeos cortos. Una mano se deslizó hacia sus pechos, pellizcando un pezón con tanta fuerza que un grito ahogado escapó de su garganta.

Sí… así… —murmuró, y su voz sonó tan quebrada, tan necesitada, que sentí mi propio cuerpo responderle.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Segundos? ¿Minutos? El tiempo había perdido todo significado. Solo existía ella, el movimiento hipnótico de sus caderas, los dedos que ahora se hundían entre sus pliegues con urgencia, los músculos de su vientre contrayéndose mientras se acercaba al borde.

Y yo…

Yo era solo un espectador.

Un cobarde.

Un depravado.

Porque aunque cada fibra de mi moral gritaba que esto estaba mal, que debía girarme y marcharme, no podía. Mis piernas temblaban, no de vergüenza, sino de necesidad. La misma que hacía que Blythe se retorciera sobre mi almohada, buscando alivio a un fuego que, tal vez, yo había encendido sin querer.

Ella gemía más fuerte ahora, sus muslos temblando, sus uñas arañando las sábanas.

Ah… ah… Papi, por favor…

El último hilo de mi cordura se rompió.

¿Por favor qué?

¿Qué quería?

¿Qué necesitaba?

Y, lo más importante…

¿Cuánto hubiera dado en ese momento por ser yo quien la llevara al éxtasis en lugar de esa maldita almohada?

El sonido de un auto pasando por la calle me sacó bruscamente de mi trance. El sudor frío me recorrió la espalda. ¿Qué demonios estaba haciendo?

Antes de que pudiera reaccionar, Blythe se tensó, su cuerpo convulsionando en un clímax silencioso pero violento. Su boca se abrió en un grito mudo, sus piernas se estiraron y luego se cerraron, como si intentara retener la ola de placer que la inundaba.

Y yo…

Yo me retiré en silencio, con el corazón golpeándome el pecho como un animal enjaulado.

Bajé las escaleras a toda prisa, casi tropezando en mi estado de embriaguez y excitación. Me serví otro trago con manos temblorosas, derramando más licor del que lograba beber.

¿Qué mierda me pasaba?

¿Era solo el alcohol?

¿O era ella?

Mientras el whisky ardía en mi garganta, supe una cosa con certeza:

Nada volvería a ser igual después de esto.