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Rodeo

Summary

Regulus Black y James Potter han sido los campeones de rodeo estatales por lo que parece una década. Desde que Regulus despareció por completo, James se ha llevado todas las medallas doradas, pero tras un año sin rastro, Regulus vuelve al pueblo con un físico mejorado y una actitud ganadora que vuelve loco a James.

Genre
Young Adult
Author
Ana M
Status
1yr ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Siempre se había sentido libre sobre el lomo de un caballo, el viento pasando sus dedos por las hebras de su cabello, o el silencio que la velocidad le proporcionaba.

Esta mañana esperaba sentirse de la misma forma, pero seguía teniendo la misma mala suerte que siempre.

Cuando llego a la cuadra se dio cuenta de que la puerta del establo de su caballo estaba abierta, sus cintas, montura y látigo estaban esparcidos por el suelo, igual que sus medallas azules y plateadas. Se adentró poco a poco, sus botas hacía crujir el heno sobre el suelo, y eso era lo único que se oía en aquel lugar, al menos hasta que estuvo lo suficientemente cerca de la puerta trasera. Allí podía escuchar la respiración fuerte y malhumorada de su padre.

Era un hombre alto y ancho, su camisa perfectamente planchada y su gorro negro perfectamente colocado, le daban náuseas al pelinegro.

Se mantuvo a una distancia prudencial, esperando que el mayor no se diera cuenta de su presencia, pero su respiración se había alterado, alertando a su padre.

—Al fin te dignas a levantarte.

Regulus apretó los puños, sus uñas hundiéndose en su palma. Debía frenar la fuerza o acabaría haciéndose sangre.

—¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde está Kreacher?

Su padre se giró lentamente, su ceño estaba fruncido y tenía los brazos cruzados sobre su barriga. Lo miró como si realmente estuviera mirando a un niño estúpido, o a un animal que iban a sacrificar.

—Lo he vendido.

Regulus sitió que todo a su alrededor se desmoronaba. La sangre subió tan rápido a su cabeza que creyó realmente que había oído mal.

No podía haberle esto. Kreacher no. Él no. No podía vivir sin aquel caballo.

—Era inútil, viejo. No necesitamos desperdiciar dinero ni tiempo en un animal tan inservible.

Su palabras eran como dagas contra el corazón de Regulus, que apenas era capaz de latir.

—Con el poco dinero que he conseguido sacar con él será suficiente para pagar a alguien que recoja todo este desastre, o incluso para pagarte la entrada en la próxima competición.

El pelinegro no podía procesar lo que se estaba diciendo su padre, su cabeza únicamente podía pensar en que no volvería a verle, en que no pudo despedirse ni agradecerle todos los años que lo acompañó desde que su hermano se fue de casa.

Por eso lo único que podía hacer era abrir y cerrar la boca como un estúpido, tratando de encontrar palabras.

—¿Y qué ha pasado con este desastre?— sus ojos viajaron por todas y cada una de sus medallas, hechas trizas, sucias y asquerosas. Ahí tirados estaban todos esos días entrenando, las horas sin dormir, las lágrimas que había derrochado en cada competición, toda su vida estaba llena de barro.

—Simplemente son basura.

Basura.

Los ojos de Regulus se llenaron de agua, pero contuvo las ganas de llorar, no debía mostrarse débil frente a su padre. Había aprendido aquello por las malas.

—No puedo permitir que avergüences el apellido Black— señaló todas las medallas—. Ninguna es digna del apellido, no son más que recordatorios de que no eres lo suficientemente fuerte. Siempre dejas que ese Potter se lleve el oro. No lo permitiré más.

—Pero padre, todo esto... Estás medallas son mi esfuerzo. James es mayor que yo, tiene la misma edad que Si— frenó en seco, recordando que aquel nombre había quedado vetado en su casa—. Tiene mejor físico que yo, pero puedo ganarle.

Su padre se rió. La espalda de Regulus tembló ante el miedo que aquella risa le provocaba.

Su padre comenzó a acercarse a él y cada paso que daba ahogaba más y más a su hijo. El establo no tenía el suficiente aire y Regulus comenzó a sentirse mareado.

—Claro que lo vas a vencer, por tu apellido. Pero mírate— sus ojos mostraban asco y desprecio—. No eres más que puro hueso, nunca estarás a su nivel así, ni practicando con ese viejo animal.

Una gota comenzó a bajar por su palma hasta golpear el suelo, tiñendo la paja de rojo. El escozor de la herida en su palma era lo único que le hacía permanecer estable, de pie.

—Te irás de casa— los ojos grises de Regulus se abrieron de par en par—. Marcharás mañana de madrugada. Tu madre y yo hemos acordado que no deberás despedirte de nadie—el corazón de Regulus se estrujó pensando en que sus amigos pasarán días buscándole—. Ya he hablado con un amigo, me ha costado mucho conseguirte un puesto en su grupo de entrenamiento, no lo desperdicies.

Su padre pasó por su lado y golpeó el hombro de su hijo con su enorme mano, haciéndole tambalear.

—A partir de mañana entrenarás y vivirás en el rancho Ridle. Tom Ridle será tu entrenador.

Siguió caminando hacia la salida.

—Limpia todo este maldito desastre—ordenó.

Cuando la puerta de madera se cerró a su espalda, Regulus se dejó caer sobre el heno.

Se dobló sobre sí mismo y apoyó la cabeza sobre sus rodillas. Las lágrimas no tardaron en salir, se mezclaron con la sangre de sus palmas cuando trató de quitárselas.

Todo lo que podía sentir era ira y miedo.

Se lo había quitado todo. Todo.

Primero su hermano, luego su caballo y ahora sus medallas.

No le quedaba nada a lo que agarrase, nada que lo ayudara a levantarse por las mañanas o a mantenerse con vida.

Golpeó el suelo con un puño y sintió como un gruñido de desesperación le arañaba las entrañas y luchaba por trepar por su garganta y hacerse libre a través de su boca.

Miró a su alrededor y analizó sus medallas. Había aprendido él solo a montar, Sirius le había ayudado los primeros años, antes de que sus padres le obligaran a abandonarle. Pero había sido él mismo quién se había obsesionado con el rodeo hasta tal punto de volverse realmente bueno.

Pero nunca lo suficiente.

Nunca lo sería para sus padres.

Era el segundo en todo el maldito condado, con dos años menos que los demás en su categoría.

Pero daba igual, lo único que importaba era la maldita medalla de oro.

Ridle había sido el campeón de rodeo hace aproximadamente una década. Desde que se rompió la muñeca y dos costillas en su último rodeo se había retirado y creado una escuela exclusiva de equitación.

La gente del pueblo hablaba en susurros sobre ella. Decían que era una secta. Gente tan obsesionada con montar que habían venido su alma al demonio.

Decían que Ridle era un hombre viejo pero ridículamente estricto. Nunca se le veía en el pueblo, sus hijos se encargaban de las compras y de relacionarse con la gente del pueblo. Él se había desterrado a su rancho cuando su mujer murió misteriosamente.

Regulus había estado recogiendo sus sucias medallas, pero se había distraído pensando en aquel hombre y sin darse cuenta había dibujado sobre el barro.

Una calavera escupía una serpiente.

Era un símbolo tenebroso e hizo que la piel de Regulus se erizará.

Durante años estaría bajo el cuidado de aquella marca.

Se levantó aterrado y tiró sus medallas de nuevo sobre su dibujo, volviendo a destrozar el lugar, salpicando la madera de las paredes de barro.

Regulus elevó los hombros y con su rostro teñido de indiferencia, salió de aquel lugar dando un portazo.

—Total, mañana no pisaré este maldito cobertizo, por mí como si se hunde en la tierra. A partir de mañana yo estaré condenado a vivir en la oscuridad.




Rodeo © 2025 by Ana María Millán is licensed under CC BY-NC-ND 4.0. To view a copy of this license, visit https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/

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