1. Moler granos finamente
「ちょっと聞いて 」
El alba siempre llegaba lenta en invierno, pintando el horizonte con un gris apenas manchado de rosa, y Aki, como cada mañana, había instalado su cuaderno en el pequeño claro que quedaba a unos metros de su carpa, el mismo lugar desde donde podía ver el bosque abrirse como un lienzo interminable. Sus dedos se movían con calma, perfilando las siluetas de los árboles y las manchas de nieve mientras el silencio lo envolvía como una manta conocida. El lápiz arañaba el papel con un sonido tenue, casi reconfortante, y él pensó que aquel sería un día tan común como los demás, un día de dibujos, trabajo pendiente y el silencio familiar de su refugio. Pero algo, un movimiento en el rabillo del ojo, rompió la cadencia de la rutina.
Levantó la cabeza con una ceja arqueada, el lápiz aún suspendido, y lo vio, un grupo de hombres en la distancia, figuras oscuras contra la nieve. Estaban demasiado lejos para distinguir sus rostros, pero sus movimientos eran tensos, rápidos, como si el bosque los mirara con desconfianza. Aki se inclinó hacia adelante sin darse cuenta, su lápiz obedeciendo más a su instinto que a su intención, y empezó a dibujar aquellas siluetas, largas y deformes, como sombras alargadas por el frío. No sabía por qué lo hacía, pero algo en ellos le parecía urgente, extraño.
Se quedó quieto, observando en silencio, hasta que notó el bulto que dejaban caer en la nieve. Fue entonces cuando el aire se volvió más pesado, como si el bosque se negara a respirar. Aki parpadeó, desconcertado, mientras ellos cavaban, con movimientos mecánicos, un hueco en la tierra helada. No podía escuchar nada, ni sus voces ni el golpe de las palas, pero el lenguaje de sus cuerpos hablaba con claridad... lo que enterraban no era algo que quisieran encontrar después.
Cuando se fueron, llevándose con ellos el ruido y la tensión, Aki permaneció inmóvil. Sentía los dedos entumecidos por el frío y el lápiz a punto de caer de su mano. No quería moverse. No quería pensar. Pero algo lo arrastró hacia adelante. Guardó el cuaderno en el bolsillo interior de su abrigo, ajustó la capucha con el borde forrado de piel y caminó hasta el lugar, sintiendo cómo la nieve crujía bajo sus botas, cada paso más rápido que el anterior, hasta que estuvo de pie frente al montículo. Y allí lo escuchó, un sonido, casi imperceptible, como un quejido ahogado por la tierra.
El corazón le dio un vuelco. Se agachó, apartando la nieve con las manos desnudas, ignorando el ardor en sus dedos. No pensó en los hombres que podían regresar, no pensó en lo que estaba haciendo, solo sintió ese impulso irracional, el mismo que había sentido tantas veces, el que lo empujaba a lanzarse a salvar a cualquiera que pareciera débil. La tierra estaba dura, pero sus manos seguían moviéndose, frenéticas, hasta que finalmente tocó algo... una tela húmeda, un brazo frío, y luego un rostro cubierto de barro y escarcha.
—Dios… —pensó para sí, mientras dudaba de cualquier decisión que tomó para llegar aquí, el peligro de descubrir '.esto' era más de lo que su corazón podía resistir.
El cuerpo se estremeció. Apenas un movimiento, casi imperceptible, pero suficiente para que Aki soltara un jadeo silencioso y comenzara a cavar con más desesperación. No se detuvo hasta que logró sacarlo por completo, hasta que la figura, ligera como una rama seca, estuvo tendida sobre la nieve. Su pecho subía y bajaba con dificultad, cada respiración un suspiro al borde de apagarse, y Aki, con el corazón golpeando como un tambor en su pecho, se quitó la bufanda y la enrolló alrededor de aquel cuello, intentando darle un poco de calor.
No había tiempo para pensar, ni para analizar qué hacía ni quién era esa persona. Lo arrastró, apoyando su peso en los hombros, sintiendo cómo sus piernas temblaban con el esfuerzo mientras el cuerpo inerte dejaba un rastro en la nieve. El bosque parecía más oscuro, más grande, como si lo vigilara. Cada crujido entre los árboles lo hacía girar la cabeza con los ojos muy abiertos, temiendo ver las sombras de los hombres regresar, pero no había nadie. Solo él, el cuerpo y el silencio.
Llegó a la cabaña con los pulmones ardiendo y los músculos al límite. Abrió la puerta de un empujón, dejando que el calor lo envolviera, y acomodó el cuerpo sobre el sofá, temblando mientras buscaba mantas y agua. Cuando volvió, el desconocido seguía allí, inmóvil pero respirando. Aki lo cubrió con cuidado, y cuando se inclinó para comprobar su pulso, notó algo que lo hizo apartar la mano de golpe: la piel estaba tibia, demasiado tibia para alguien que había estado enterrado en nieve y tierra. Y cuando volvió a mirarlo, las heridas que antes habían estado abiertas parecían menos profundas, casi cerrándose ante sus ojos.
Retrocedió hasta quedar contra la pared, el corazón aún desbocado. No sabía qué era aquello que había llevado a su refugio, pero una certeza empezó a instalarse en su pecho, fría y pesada... no era normal, no era humano. Y aun así, mientras observaba cómo el extraño respiraba un poco más estable, sintió que sus manos no podían soltarse de ese impulso, el mismo que lo había hecho lanzarse sin pensar. Estaba asustado, pero no iba a dejarlo morir.