El chico de las acuarelas

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Summary

En un pequeño taller de arte, Hyunjin encuentra su refugio: el ruido de la ciudad se apaga, la lluvia se convierte en música de fondo y los colores son su única verdad. Hasta que Felix entra en su vida con la misma naturalidad con la que entra la luz por una ventana. Lo que empieza como una simple coincidencia se transforma en algo más: miradas que arden, roces que despiertan la piel, silencios que dicen demasiado. Pero el arte no siempre es limpio: hay manchas de celos, distancias que duelen, inseguridades que pesan y palabras que nunca se dicen a tiempo. Entre pinceladas y acuarelas, Hyunjin aprenderá que el amor puede ser tan suave como una gota de tinta… o tan devastador como cuando el agua lo borra todo. ¿Podrán sus colores sobrevivir al paso de las estaciones? ¿O terminarán disolviéndose antes de secar? -- Ɗ

Genre
Romance
Author
Ɗ
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Primer trazo

La lluvia caía sin descanso, tiñendo la ciudad con un gris melancólico que parecía no tener fin. Hyunjin caminaba rápido por las calles empedradas, con la capucha subida y las manos enterradas en los bolsillos. El aire olía a tierra mojada y a hojas viejas, y cada paso lo acercaba más a ese único lugar donde sentía que podía respirar: el pequeño taller de arte al final del pasillo, en el tercer piso de la facultad.

Empujó la puerta y, como siempre, el aroma a papel húmedo, acuarelas y café olvidado lo recibió. Había mesas de madera con las marcas de miles de pinceladas pasadas, tarros de agua con restos de pigmentos flotando y ventanas empañadas que dejaban pasar una luz suave, casi íntima.

Pero esa tarde algo era distinto: no estaba solo.

—Hola… ¿este es el taller de acuarelas? —dijo una voz nueva, cálida y curiosa.

Hyunjin levantó la mirada. Frente a él había un chico que no había visto antes. Cabello castaño claro, húmedo por la lluvia, ojos profundos color miel y una sonrisa que parecía iluminar el espacio sin pedir permiso. Tenía una carpeta bajo el brazo y la respiración un poco agitada, como si hubiera corrido para no llegar tarde.

—Sí… es aquí —contestó Hyunjin, con voz neutra, aunque algo en su pecho se movió sin explicación—. ¿Eres nuevo?

—Felix —respondió, extendiendo la mano—. Es mi primera clase aquí. Pensé que llegaba antes de que empezara, pero parece que ya hay alguien trabajando.

Hyunjin dudó unos segundos antes de estrechar su mano. Tenía la piel cálida, suave, y un gesto sincero que no encontraba a menudo.

—Hyunjin. Yo suelo venir temprano para adelantar cosas.

Felix miró alrededor, observando los colores desperdigados sobre la mesa, las hojas arrugadas y un boceto aún húmedo.

—¿Esto es tuyo? —preguntó, acercándose con curiosidad.

—Sí, pero… solo es una prueba, nada importante —dijo Hyunjin, queriendo apartarlo con cierta timidez.

Felix inclinó la cabeza y sonrió.

—Pues a mí me gusta. Tiene… no sé, algo que parece que está a punto de contar un secreto.

Hyunjin lo miró de reojo. Nadie hablaba así de su arte. Ni siquiera él.

Se acomodaron en mesas contiguas, y la lluvia siguió cayendo mientras los otros estudiantes llegaban poco a poco. El profesor entró, dio unas indicaciones breves y los dejó trabajar. Durante la hora siguiente, Hyunjin se sumergió en sus pinceladas, pero no podía evitar mirar de vez en cuando a Felix. El chico no parecía tener mucha experiencia, mezclaba los colores con torpeza, dejaba caer gotas fuera del papel y fruncía el ceño como si cada línea fuera un misterio que debía descifrar.

—¿Te ayudo? —preguntó Hyunjin al verlo batallar con una sombra que no se dejaba difuminar.

—¿Tanto se me nota que no tengo ni idea? —Felix se rió, y esa risa fue clara, ligera, casi contagiosa.

Hyunjin se inclinó hacia su mesa y le mostró cómo diluir la pintura sin que se acumulara. Sus dedos rozaron los de él por un segundo. Solo un segundo, pero suficiente para que Hyunjin se diera cuenta de que algo pequeño, extraño y peligroso estaba empezando a dibujarse entre ellos.

El tiempo se fue sin que lo notaran. Los demás fueron guardando sus cosas, y el taller quedó casi vacío. Hyunjin recogió sus pinceles mientras Felix intentaba secar su hoja con cuidado.

—¿Vienes siempre a esta hora? —preguntó Felix, guardando su carpeta.

—Casi siempre. Me gusta cuando está más tranquilo —respondió Hyunjin.

—Entonces… supongo que nos veremos más seguido.

Hyunjin asintió, sin saber por qué esa frase le había parecido más importante de lo que sonaba. Salieron juntos al pasillo, y la lluvia los recibió de nuevo con su murmullo constante. Caminaron un par de metros bajo el mismo paraguas que Felix había abierto sin pensarlo, compartiendo el frío y el vapor de su aliento.

Y aunque apenas se conocían, Hyunjin sintió algo que hacía tiempo no sentía: que, quizá, en ese otoño gris, alguien había traído un poco de color a su mundo.


-- Ɗ



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