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Relatos de la campaña de la paloma blanca

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Summary

A partir de una serie de historias no verificadas, este libro narra la saga familiar de los Conti y los Bustamante a lo largo de varias generaciones en Uruguay. Comienza con la historia de los hermanos Lucas y Andrea, su familia y sus amigos. Lucas es un muchacho dramático y Andrea tiene una personalidad más calmada. Ambos viven en La Grasera, un pueblo ficticio donde pasan sus días jugando al fútbol en un club social y conviviendo con su familia. Las historias también siguen a Hilario, un cazador solitario, y a su compañera, María, quienes se aventuran a sobrevivir a las duras condiciones de las sierras de Maldonado. A lo largo de la historia, se narra la historia del hijo de la pareja, Taita, y su esposa, Clara. Juntos, y a pesar de sus orígenes dispares, fundan lo que se convertiría en el pueblo de La Grasera. El libro entrelaza la vida de los descendientes de Hilario y María, los Conti y los Bustamante, con sus propias vivencias y las de sus amigos. La novela culmina con la formación de una banda de murga llamada Paloma Blanca. A través de la murga, los personajes honran su historia, celebran el espíritu de su comunidad y la "garra charrúa".

Status
Complete
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
13+

Relato 1: Tortas fritas, gritos de un perro con complejo de alarma

Cada sábado, sin falta, el cielo parecía confabularse para acompañar el ritual semanal: nubes suaves, sol amable, y ese aire húmedo que prometía tortas fritas calientes. El motor del auto apenas se apagaba cuando Lucas ya estaba abriendo la puerta con un gesto amplio, exagerado, como si descendiera de una limusina en una alfombra roja.

—¡Oye, qué te pasa! —gritó con las manos agitadas hacia el asiento trasero, donde Andrea estaba aún acomodando su mochila. Su cara era todo un teatro de expresividad: cejas levantadas, boca torcida, una sonrisa al borde de la burla.

Andrea, sin decir una palabra, alzó una ceja y giró lentamente los ojos. Luego, muy despacio, extendió el dedo del medio por encima del respaldo. Lucas rió. Ya estaban en modo hermanos.

Apenas bajaron del vehículo, el ruido del motor fue reemplazado por otro más estruendoso: pequeños chapoteos combinados con ladridos entusiastas, el sonido inconfundible de patas mojadas sobre tierra. Cachito, un mestizo desbordado de entusiasmo, apareció como un misil peludo.

Lucas extendió los brazos como si esperara una ovación del público. —¡¿Quién es un buen chico, eh?! —se inclinó, palmeando sus muslos.

Cachito se lanzó contra él con un salto mal calculado, dejándole dos perfectas huellas de barro en el pecho. Lucas no se quejó, solo se dejó caer en el pasto con un ruido sordo, riéndose mientras el perro le lamía la cara como si quisiera confirmar que no era un impostor.

Andrea lo esquivó todo con maestría: mochila al hombro, pasos rápidos y secos, mirada fija en la puerta de entrada. Se detuvo justo antes de tocar el picaporte, olfateó el aire con la concentración de un sumiller, y sonrió sin abrir la boca.

—Mmm... —dijo, como si ese murmullo pudiera capturar todo lo que significaba el aroma a grasa caliente y masa dulce. Dio dos pasos más y se metió en la casa como si persiguiera un sueño.

Desde adentro se escuchó un rugido que parecía salido de una caverna:

—¡¡DALEEEE!! ¡¡NI SABÉS DAR UN PASE BIEN, HDP!!

Andrea soltó una risita aguda. Se inclinó por el marco de la puerta y alzó ambas cejas hacia su tío Mario, que estaba frente a la televisión, revoleando un control remoto con movimientos tan dramáticos que bien podría estar coreografiando un ballet de furia futbolera.

Él giró la cabeza hacia ella un segundo, hizo una mueca rápida —una sonrisa que no alcanzó a ser completa— y volvió a gritarle a la pantalla, esta vez con menos pulmones y más resignación.

—¿Qué hacés, tío? —dijo Andrea con tono burlón mientras se tiraba sobre el sillón como si fuera suyo desde siempre.

Mario no respondió. Solo estiró el brazo hacia el pasillo como un director de orquesta invocando a los metales, y gritó:

—¡Diositaaa! ¡Los gurises llegaron! ¡Traé el mate y unas tortas!

Desde la cocina, una voz apenas audible respondió con un “¡Ya vaaaa!“, pero lo que se escuchó más fuerte fue un choque de cacerolas y un improperio silencioso contenido entre dientes.

Lucas entró justo cuando Cachito intentaba colarse detrás. Cerró la puerta en el último segundo, dejando al perro afuera con un ladrido ofendido que terminó en un gemido trágico, como si el alma se le hubiera roto.

Mario se llevó la mano al pecho teatralmente. Miró a Lucas con una expresión que decía ¿Cómo pudiste?

Lucas levantó las dos manos como si estuviera en un asalto.

—Fue él o las tortas —dijo, señalando con el pulgar hacia la cocina.

Mario asintió con solemnidad. Un pacto había sido sellado.

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