El plan C (EunHae)

Summary

En los tres años que Hyukjae y Donghae han sido compañeros de trabajo tres cosas han quedado claras: UNO: El resto de sus compañeros mueren por Hyukjae. DOS: A Hyukjae le gustan los hombres, varios hombres, entre ellos Donghae. TRES: Donghae detesta a Hyukjae. Cuando casi accidentalmente ambos se embarcan en un viaje de una semana a Mokpo para escribir un artículo, ninguno de los dos piensa que siete días podrían cambiar lo que se ha confirmado por tres años…hasta que sucede. ¿Serán capaces de adaptarse a las nuevas verdades de su corazón y de su vida en general? *** Adaptación. Todos los créditos a la autora de la historia original.

Genre
Romance
Author
Leehy
Status
Ongoing
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. La oportunidad

¡Maldita sea, Lee! ¡Piensa, piensa, piensa! Pero ¿pensar qué? Estaba encerrado en uno de los baños de su trabajo con un ramo de rosas que debía hacer desaparecer ya. No había muchas opciones. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!

¿Eso que había oído era la puerta de acceso a los lavabos? Se quedó quieto como una estatua, con el maldito ramo de flores sujeto contra su pecho y sin apenas respirar. El corazón le bombeaba a todo lo que daba, pero debía mantener la calma. Un movimiento en falso y no tendría escapatoria posible.

—¿Hyukjae? —escuchó aquella voz estridente y un escalofrío recorrió de arriba abajo su metro setenta y seis de estatura— Hyukjae, sé que estás aquí.

Dio un respingo al escuchar un golpe brusco unos metros a su derecha. Volvió a sobresaltarse con otro igual de fuerte dos segundos después.

¡Mierda! Aquel lunático debía de estar abriendo todos los cubículos a patadas, como en las películas. Dos puertas más y llegaría a la suya. Las rosas empezaron a quemarle en las manos. Ahora o nunca, Lee. Ahora o nunca.

No iba a funcionar y lo sabía, pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas y en aquellos momentos no podía haber nadie más desesperado que él en todo el planeta Tierra. Levantó la tapa del inodoro, arrojó las rosas dentro, tiró de la cadena y con la escobilla y kilos y kilos de angustia interna intentó por todos los medios hacerlas desaparecer. Pero no, qué va, lo único que consiguió fue atascar el inodoro. Normal, porque aquel plan había sido una mierda de plan desde el principio. Aquel plan era una puta vergüenza y los demás planes se reirían de él por siempre jamás, señalándolo con el dedo y cuchicheando a sus espaldas.

Debía aceptarlo. Su vida había llegado a su fin. Bueno, habían sido treinta años maravillosos, sobre todo los catorce últimos desde que perdió la virginidad. Un placer haber sido Lee Hyukjae, atractivo hasta rozar lo imposible, con un cuerpo de diez y una cara de portada de revista. El buen Dios había sido generoso cuando repartió sus genes, pero él había utilizado sus superpoderes para el mal, para seducir a chicos inocentes. Bueno, y a los no tan inocentes también, porque se los llevaba de calle a todos. Estos pensamientos dibujaron una pícara sonrisa en su rostro y una bota reventando la puerta del baño de al lado la hizo desaparecer en microsegundos. Como si nunca hubiera estado ahí.

Su apocalipsis había llegado e iría directo al infierno. Aniquilado por uno de esos chicos a los que había embaucado sexualmente. Muy poético todo.

¡Y no iba a tener tiempo de confesarse para salvar su pobre y atractiva alma! Porque había pecado tantísimo en tan poco tiempo que debía de ser récord olímpico o algo. En un último intento desesperado, bajó la tapa del inodoro y se sentó encima justo cuando la puerta de su escondite cedía ante el calzado de diseño de su penúltima conquista. Las flores que le había mandado la última a la redacción estaban justo debajo de su trasero. Si aquel loco las veía: adiós mundo cruel.

— Lee Hyukjae — casi escupió él muchacho al encontrarlo allí.

— Ey, Junsu.

La saludó con media sonrisa nerviosa y un leve movimiento de mano. El corazón se le iba a salir por la boca.

— ¡Llevo llamándote días! ¡Días! Y ni siquiera me has devuelto los mensajes.

— Si, eh… es verdad, Junsu. Yo… verás… — titubeó levantándose y salió del cubículo.

Debía alejarlo de allí con discreción, porque ya se sabe que «sin pruebas no hay delito» y tal vez, ¡solo tal vez!, su encanto natural pudiera salvarlo en el último segundo. Si alguien podía salir de una situación así era él. Confianza, Hyukjae, confianza. Una sonrisita por aquí, un besito por allá y el hechizo Lee haría el resto.

— Ya sabes que Jungsoo me encargó a mí el artículo sobre el sacerdote queer.

Aunque pudiera parecer lo contrario, eso del artículo de la sacerdote queer de Las Vegas no se lo estaba inventando. Era bien cierto, y estaba mal que él lo dijera, pero si había algo que no lo caracterizaba era la modestia, de modo que iba a decirlo de todas formas: ¡tremendo artículo le había quedado! Bajo el título «Más cerca del Señor que de la Virgen María» había dejado al director de la revista literalmente «Sin. Palabras».

— ¿Qué tiene que ver una sacerdote queer de Las Vegas con el hecho de que no me hayas cogido el teléfono en tres días, Lee? — quiso saber Junsu y por los decibelios de su tono su enfado estaba en pleno apogeo.

— ¡Me dejé el teléfono en casa! No me di cuenta de que no lo había cogido hasta que fui a apagarlo en el avión. Me he pasado tres días usando cabinas de teléfono de dudosa salubridad para poder hablar con la revista.

— Por su cara, Junsu no estaba muy convencido y no podía culparlo, tenía una reputación — ¿Tienes idea de cuántos chicles he comido para conseguir cambio? ¡Pregúntale a Jungsoo si no me crees!

Lo retó con un tono cuidadosamente pensado para sonar herido por la desconfianza.

Abracadabra y… ¡ahí estaba! Las facciones de Junsu se habían suavizado considerablemente, señal de que estaba empezando a tragarse el anzuelo. Muy bien, Lee, ahora recoge el sedal y cenaremos trucha.

— Junnie, dime… ¿por qué iba yo a no querer hablar contigo? ¿Eh? — inquirió tomándolo por ambas manos y acarició con su nariz la del chico.

— No lo sé — admitió el otro, sonrojándose levemente cuando le sonrió.

— Te he echado de menos.

— Yo también te he echado de menos. Pensé que estabas ignorándome, que habías conocido a otro.

Diablos… estaría loco, pero su buena intuición era innegable, porque había dado en el clavo. Bueno, Lee, un beso ahora y callará para siempre; uno de los buenos, vamos. Tampoco era un gran sacrificio porque por algo se había acostado con él, porque estaba bueno. Como una puta cabra, eso sí. Pero era una puta cabra muy atractiva. Lo besó sujetándolo por la barbilla con su dedo índice y casi de inmediato sintió cómo el pobre se olvidaba de que había tenido que seguirlo hasta los baños, de que no lo había llamado en tres días y seguro que también de cómo se llamaba, porque es que sus besos eran así de increíbles.

— ¡Vayan a un hotel, carajo!

Cho Kyuhyun, su compañero de piso y de trabajo, acababa de entrar en los lavabos aparentemente con el único objetivo de admirar su rostro en el espejo. Y luego el vanidoso era él. Se apresuró en sacar a Junsu de allí, porque Kyuhyun tendría muchas virtudes, pero la de la discreción no era una de ellas y a lo mejor se le escapaba algo del chico con el que había tenido que desayunar aquella mañana en su casa. Efectivamente, el chico del ramo de rosas.

Le susurró al oído a Junsu que le invitaba a un café y se lo llevó de allí esquivando a la muerte por los pelos.




Había salido bien, ¿verdad? Contra todo pronóstico, lo había conseguido. Una jugada maestra, una obra de arte, jodidamente brillante, su interpretación ganadora en los Globos de Oro y la favorita de todos para los Óscar. Se le había pasado la taquicardia y los sudores fríos del que ve próxima su hora, y estaba tomándose un café en la sala de reuniones con Junsu y un par de compañeros más. Tranquilo, sosegado, hasta cómodo y con la guardia baja, porque lo peor ya había quedado atrás.

Y entonces sucedió.

Algunos lo llaman fatalidad, otros lo llaman tragedia, él lo llama «Kyuhyun entrando en la sala de juntas con el puto ramo de flores machacadas goteando por todo el piso». Pero qué demonios…

— Oye, Hyukjae, ya puedes decirme dónde guardas esos cereales que te tomas para cagar así, porque evidentemente son mucho mejores que mis Special K. Deben de tener más fibra o algo, ¿no? — inquirió acercándole las rosas empapadas a la cara.

— ¡Ugh! Aparta eso.

Era agua del inodoro, ¡por el amor de Dios!

— ¿Platos acumulados en la fregadera durante días? Lo dejo pasar — Uno de los sermones de su compañero de piso ahora no, Señor, por favor. No con Junsu atando cabos justo a su lado — ¿Cajas de pizza y botellines de cerveza permanentes en la mesa del salón? Puedo soportarlo. ¿Tu ropa tirada por todos los rincones de la casa? Lo tolero, aunque aún tienes que explicarme cómo llegó tu ropa interior a la lámpara de la cocina después de tu aventurilla con Kwon Jiyong. — Recordó de pronto y sonrió al revivir en su mente aquella noche tan memorable, pero enseguida borró el gesto porque Junsu lo estaba mirando y casi echaba fuego por los ojos— ¿Esto, Hyukjae? Esto no lo puedo aguantar. No sabía si estaba en un urinario o en los putos Kensington Gardens. — Continuó su amigo sacudiendo las rosas frente a su cara y salpicándole con aquella agua de inodoro —. Estos lavabos son de toda la plantilla de la revista, Lee. Los desechos de tus múltiples amantes los tiras en otro sitio.

Dicho esto, su compañero de piso y, por supuesto, «ex mejor amigo», le arrojó las flores y salió de la sala dejándolo allí, junto a un extremadamente cabreado Junsu. En el noveno círculo del infierno.

— ¡¿Cómo se puede ser tan rastrero, Hyukjae?! — se puso a gritar aquel loco.

En serio, le gritaba como si hubiesen estado juntos toda la vida en vez de solo haber echado un par de polvos. Jesús Bendito… ¡cuánta susceptibilidad! Y él se estaba limpiando el agua de inodoro de la camiseta con una servilleta y tampoco le prestaba mucha atención, pero es que el resto de la plantilla de la revista había acudido en masa, alertadas por un nuevo drama en la redacción. Buff… gays.

— Junsu, déjame que te explique… — lo intentó, aunque aquello ya no tenía remedio. Los Lee mueren intentándolo.

— ¡No necesito que me expliques nada! ¡¿Te has estado tirando a otro a mis espaldas?!

Sonó medio a pregunta, medio a acusación, y, por un momento, no supo si lo había dicho así, en plan retórico, o si realmente esperaba una respuesta.

— Mmm… ¿preguntas o afirmas? — quiso aclarar y al parecer Junsu no era muy amigo de las aclaraciones, porque puso una cara que… ¡madre mía! Y se puso muy muy rojo de la rabia.

— ¡No he conocido a nadie tan despreciable como tú! ¡Nunca! — chilló tan alto que casi solo los perros pudieron oírlo.

— Junsu, por favor, tómate el café y déjame que…

— ¡Vete al infierno, Lee! ¡Y métete tu café por donde te quepa!

Y para poner punto final a aquel drama decidió derramar el contenido de su vaso de café contra su camiseta y salir de la sala en modo amante despechado, llorando y sorteando a sorprendidos compañeros periodistas.

¡Me lleva el demonio! ¿Aquel café lo hacía esa máquina o el puto Vulcano en su fragua? Porque, mierda, ¡cómo quemaba! Separó la camiseta de su cuerpo tomando el tejido con solo dos dedos e intentó ventilar la zona afectada, porque se le estaba escaldando la piel. Entonces se dio cuenta de que al menos ocho pares de ojos lo observaban de lo más entretenidos. Genial, sería la comidilla de la redacción durante los próximos dos meses, mínimo.¡Mínimo!

— Ya se ha acabado el espectáculo — masculló al pasar por entre sus compañeros para intentar minimizar los daños a su camiseta en el lavabo.

Escuchó algunas risitas a sus espaldas y se tragó un suspiro. ¿A quién quieres engañar, Lee? Te lo has buscado todo tú solito saltándote la regla de oro de «no salir con compañeros de trabajo». Esquivó mesas en dirección a los baños y localizó a la única persona de toda la redacción que no había acudido a la sala de juntas como un tiburón al oler la sangre. Allí estaba, tecleando en su ordenador, como si aquello no fuera con él. Imperturbable. Y podría haberse llamado perfectamente Dalai Lama, pero se llamaba Lee Donghae.

Y Lee Donghae salió de su nirvana privado tan solo un momento para lanzarle una mirada de esas que le lanzaba de vez en cuando a él y que decían «típico, típico» con un tono de desaprobación bastante importante, la verdad. Ya ni se molestaba en verbalizarlo, con esa mirada le bastaba para dejárselo bien claro. No tenía ni idea del porqué, pero él a Lee Donghae no le caía demasiado bien. Y era un misterio, porque, en general, le caía bien a todo el mundo. Era muy simpático y era bastante divertido, y un poco promiscuo, sí, pero en plan entrañable.

Y era verdad que cuando Donghae se incorporó a la plantilla hacía ya tres años, él lo había visto allí, en aquella misma mesa en su primer día de trabajo, con ese pelo tan castaño y esos ojos tan intensamente cafés que deberían estar prohibidos. Y, bueno, tenía un pequeño enamoramiento por el chico nuevo. Pero luego había descubierto que Donghae no venía del planeta Tierra, en la redacción se rumoreaba que no tenía ombligo porque no era humano, era una máquina de precisión milimétrica, cinco estrellas en puntualidad, cinco estrellas en orden y pulcritud, y cinco estrellas en discreción, porque nadie sabía nada en realidad de aquel castaño. ¿Hablaba con la gente? Sí, por supuesto. ¿Hablaba con la gente de sí mismo? No, nunca, jamás. Sabían que era gay porque en aquella revista todos lo eran, porque era una revista gay que trataba temas gays, por y para los gays. Muy gay todo.

Pero eso era todo lo que sabían de Lee Donghae: que era gay, imperturbable por los asuntos de los simples mortales, que le gustaba que todo estuviera ordenado, que clasificaba las cosas por colores, tamaños o formas, que era puntual como el más británico de los británicos y que Hyukjae no le caía del todo bien.

A pesar de eso, quien tuvo retuvo, y en el presente más inmediato esa actitud que se traía Donghae le gustaba un poco, la verdad. A veces intentaba tontear un poco con él, pero aquel Buda reencarnado parecía ser tristemente inmune a su encanto natural y le lanzaba su mirada desaprobadora de «típico, típico» y seguía ordenando los post it por colores sin prestarle más atención.

Pero él era una Lee, y los Lee no se rinden jamás, de modo que al pasar por su lado le dijo «Hola, precioso» y le guiñó un ojo. Donghae lo miró por un segundo, bajó la vista a su camiseta manchada de café e hizo «Pfff» negando con la cabeza y devolviendo de nuevo la vista a la pantalla del ordenador.

Bueno… no había ido tan mal.

Prosiguió su camino hasta llegar al baño y, antes de entrar, pidió a Dios mentalmente que, por favor, por favor, por favor, Junsu se hubiera ido a casa deprimido y no estuviera al otro lado de esa puerta. Accedió a los servicios casi conteniendo la respiración y, cuando los encontró vacíos, suspiró aliviado. Se acercó al lavabo más cercano para echar agua sobre la extensísima mancha de café en que se había convertido su camiseta. Una verdadera pena, era de sus preferidas. Y eso estaba haciendo, limpiarse la camiseta, cuando escuchó el sonido de una cisterna. ¡Oh, mierda! Que no fuera Junsu, que no fuera Junsu. Y no, no era Junsu, era la segunda persona a quien menos le apetecía ver en esos momentos: Kyuhyun.

— Ey, Hyukjae — lo saludó tan tranquilo mientras se colocaba a su lado para lavarse las manos— Menuda escenita te han montado ahí afuera, ¿eh?

— Gracias, por cierto — le contestó irónicamente mientras se frotaba la camiseta con papel secamanos.

— Oh, no me las des a mí. Dáselas al rubio con el que he tenido que compartir mis tostadas esta mañana — le reprochó sacudiendo sus manos justo frente a su cara cuando terminó de lavarlas, y él le pegó un manotazo para que parara — Eres una rata de cloaca, Lee, ¿lo sabías?

— Sí, pero me quieres de todas formas. — le sonrió, y cuando Kyuhyun terminó de secarse las manos hizo una bola con el papel y se lo tiró a la cara para borrar aquel gesto.

— Es posible que te tenga cierto cariño — admitió — pero, Hyukjae, amigo del alma mía, la próxima vez que te tires a un chico y desaparezcas a lo Houdini por la mañana dejándome a mí el problema, te mataré mientras duermes. Te mataré y luego esparciré tus restos por todos los vertederos de la ciudad para que todos los miembros de tu extensa familia de ratas puedan acudir a tu velatorio. ¿Ha quedado lo suficientemente claro?

— Sí, vale. Lo que tú digas. — asintió distraído mientras seguía peleándose con el desastre.

La mancha de café que decoraba su camiseta le preocupaba mucho más que las vacías amenazas del psicópata que tenía por amigo. Kyuhyun se había apoyado en la pared y se miraba las uñas distraídamente.

— ¿Sabes? Me gustaría no tener que decirte esto, Hyukjae, pero… — comenzó a decir. Y las dos dijeron «Te lo advertí» a la vez— ¡Te lo advertí, Lee! ¿Qué te dije?

Puso los ojos en blanco y suspiró.

— Que es mejor no mezclar el trabajo y el placer.

— ¡No se puede mezclar el trabajo con el placer! Y mucho menos si el placer te lo da el psicótico de Xiah Junsu. Da gracias a que lo único que ha hecho es tirarte el café a la camiseta, porque lo mismo te podía haber tirado ácido a la cara y sin pestañear, ¡esta loco!

— Me habría dolido menos, ¿sabes cuánto me costó esta camiseta? — rebatió frotando con más fuerza.

— ¡Olvida la camiseta, Lee! Y repite conmigo — dijo y lo sujetó por los hombros con las manos para centrar su atención — «No mezclaré trabajo con placer».

— No mezclaré trabajo con placer.

— «Donde tengas la olla, no metas la po…».

— ¡Kyuhyun! — puso cara de disgusto total y absoluto y se libró de los brazos de su amigo—nEstás enfermo, ¿lo sabes?

— ¡Son dichos de mi abuela!

— Pues tu abuela está enferma — sentenció dándose por vencido y tirando el papel a la basura. Si tenía que estar el resto de la jornada con la camiseta manchada de café, que así fuera. Se encaminó a la salida de los baños con Kyuhyun pisándole los talones.

— Si te repites estas cosas en plan mantra, esta mierda funciona, Hyukjae. ¿Acaso me has visto fumar desde que voy a esas clases de meditación? — le preguntó mientras pasaba descaradamente de él dirigiéndose a su mesa de trabajo.

Se sentó frente a su ordenador, se hizo con la libreta en la que escribía sus brillantes ideas para posibles artículos y miró a su amigo cuando éste se apoyó en su mesa. Al parecer para él la conversación del baño no había terminado aún.

— Si vas a seguir sermoneándome, tengo trabajo que hacer — le advirtió fingiendo escribir algo en la libreta para darle más credibilidad a sus palabras.

— Sé que no tienes nada que hacer porque acabas de entregar el artículo ese del sacerdote. — le desmontó la coartada — Y debe de ser bueno, porque desde que se lo entregaste, Jungsoo ha estado como levitando por los pasillos, así que: o es el mejor artículo que ha leído en su vida o esta mañana se le ha ido la mano con los Xanax. Y se le ha tenido que ir mucho, porque ese tipo se los toma como si fueran Tic Tac — dijo mientras jugaba con uno de sus bolígrafos — Y, cambiando de tema, ¿te lo tiraste?

— ¿Perdona? — preguntó, dejando a un lado la libreta.

— Al sacerdote. ¿Te lo tiraste?

— ¡¿Qué?! ¿Pero qué diablos…? — exclamó con el ceño fruncido en señal de disgusto— ¡Es un sacerdote! ¿Cómo voy a tirarme a un sacerdote? ¿Qué te pasa en la cabeza?

— Él es sacerdote, pero tú eres Lee Hyukjae. Y no lo has negado todavía.

— ¡Claro que no me he acostado con un sacerdote! ¡Están casados con la iglesia!

— Las esposas a ti nunca te han frenado.

Se pasaron al menos diez minutos de reloj discutiendo acaloradamente acerca de si se había acostado o no con el padre Hwang, y Kyuhyun le preguntó treinta veces que si debajo del hábito llevaba ropa sexy y él le contestó cuarenta «¡Estás enfermo!». Y, entre tanto «Te has acostado con un sacerdote» por aquí y «No me he acostado con un sacerdote» por allá, Lee Donghae pasó por al lado de su mesa con unos folios grapados y cuidadosamente alineados en sus manos y algo debió de captar acerca de trajinarse a religiosas, porque lo miró brevemente, «típico, típico», y desapareció en el despacho de Jungsoo.

— ¡Mierda, Lee! Con las miradas que te echa el androide se podrían derretir glaciares — observó Kyuhyun cuando Donghae ya no estuvo a la vista.

— ¡Cállate! — exigió golpeándolo en la pierna — Y cuida esa boca, porque una mañana de estas podrías encontrártelo para desayunar en nuestra cocina.

La risotada que soltó su amigo al escucharlo dejó bastante claro que estimaba que las posibilidades de que eso llegara a pasar eran más bien escasas. ¡Bah! ¿Qué sabía él? Al menos había logrado que dejara de meterse con el castaño. No le gustaba que lo llamaran cosas como «androide», porque estaba bien, puede que fuera un tipo raro, pero sí que era un ser humano. Él le había visto el ombligo una vez mientras se estiraba a coger unos folios para recargar la fotocopiadora.

—Lee, llevas como dos vidas enteras metiéndole fichas. ¿Merece la pena tanto esfuerzo por un polvo? — quiso saber mientras husmeaba en su libreta de ideas brillantes.

— Ey, ¡busca tus propios artículos! — le recriminó arrebatándosela de entre las manos — ¡Y sería un polvo magnífico!

— Bueno, supongo que si te has follado a un sacerdote, aún tienes alguna posibilidad con él

Volvieron a discutir como otros diez minutos acerca de si se había tirado o no se había tirado al sacerdote queer de Las Vegas y, cuando su discusión estaba llegando al punto más álgido, se vio bruscamente interrumpido por el sonido de la bocina de aire comprimido de Jungsoo. Era una de esas que usan los hinchas de fútbol, las que emiten un pitido infernal, debía de habérsela comprado a un hooligan durante la semana que pasó en Londres a principios de año, porque desde que había vuelto de Europa aquella se había convertido en la manera de captar la atención de la plantilla cuando tenía algún asunto importante que tratar. ¡Y, carajo, si era eficaz! Silencio absoluto, todos habían parado su actividad y observaban a su jefe; bueno, a su jefe y a Lee Donghae, que estaba a su lado con sus ordenadísimos y engrapadísimos folios abrazados contra su pecho.

— Compañeros y amigos, periodistas todos. — Comenzó Jungsoo su discurso como siempre lo hacía, con ese tonillo que sonaba a mitin político de izquierdas, solo le faltaba llamarles «camaradas» — Primero, los felicito por el último número, porque se está vendiendo como si fuera marihuana a las puertas de un instituto público. Cho, muy bueno el artículo del gay ciego adicto a los deportes de riesgo, debe ser una inspiración para todos nosotros. ¡Superación, superación!

Hizo sonar de nuevo la bocina de aire comprimido dejándose llevar por la emoción, y a lo mejor Kyuhyun tenía razón y aquella mañana se había pasado con los Xanax o los Valiums, o lo que quiera que fuese que tomaba. Su amigo le sonreía henchido de orgullo por la mención especial al artículo que había publicado en el número pasado y, a decir verdad, se lo merecía, porque se había pegado una semana entera andando por la casa con los ojos vendados para poder meterse más en la piel del protagonista de su artículo.

— Dicho esto, pasamos al asunto que nos ocupa en el momento presente— prosiguió Jungsoo — Nuestro cotrabajador, Lee Donghae, acaba de proponerme una idea que…

Bah… menuda tontería. ¿Qué sería en esta ocasión? ¿Mesas alineadas hacia la meca de los ángulos rectos? ¿El puto feng shui en la oficina otra vez? Porque de verdad que Donghae estaba bueno y le gustaba, pero es que como siguiera en esa línea y dando esas ideas, se le iban a quitar las ganas de defenderlo delante del resto de la plantilla. Kyuhyun tampoco parecía estar muy entusiasmado ante la perspectiva de otro discursito Lee, porque bostezó sin mucho disimulo, y estirándose y todo, con uno de sus brazos le tiró el bote de los bolígrafos al suelo, luego le dijo«Perdona», pero no hizo ni el más mínimo amago por ordenarlos de nuevo. Idiota.

Él mismo se agachó para recogerlos porque, a lo mejor, si estaba haciendo algo físico, evitaba quedarse dormido durante el monólogo del señor perfección. Estaba bajo su mesa, intentando alcanzar un portaminas, y a sus oídos llegaban retazos de lo que Jungsoo comentaba en el exterior. «Una historia conmovedora… bla, bla… puede ser un gran artículo… bla, bla, bla…portada del próximo número… bla, bla, bla… ¿algún voluntario que quiera escribirlo con Donghae?».

Eh… ¿Cómo?

¡Uh, uh, uh!

Él, ¡carajo!

¡Él era voluntario! ¡Se ofrecía como tributo!

¡Él!

¡Por favor!

¡La oportunidad perfecta de derretir sus barreras de hielo con el calor de sus encantos!

— ¡Yo! ¡Yo quiero! — exclamó tratando de salir de debajo de la mesa a la velocidad de la luz, pero falló en sus cálculos y se pegó un cabezazo contra la madera de esos que hacen historia. ¡Mierda! Maldita sea, ¡qué daño! Su cociente intelectual debía de haber descendido en diez puntos por lo menos. Igual estaba sangrando y todo, pero le dio lo mismo — Yo quiero escribir el artículo con Donghae.

Insistió una vez de pie frotándose el lugar del impacto con la mano. A través del dolor, le guiñó un ojo al castaño y le sonrió, y a cambio consiguió que él pusiera los ojos en blanco y preguntara en voz muy alta y casi desesperada si nadie más se presentaba voluntario. ¿Nadie? ¿En serio?

Miró a su alrededor en busca de manos levantadas y, por supuesto y tal como esperaba, no vio ninguna. Donghae lo preguntó una vez más, y dos y tres. Nada. Ni una sola manita en el aire. A la cuarta, casi se sintió ofendido, pero Jungsoo intervino poniendo fin a aquella seudosubasta y dijo:

— Hyukjae a la una… — ni rastro de más voluntarios — Hyukjae a las dos…— el gesto de Donghae era casi agónico llegado ese punto— ¡Y Hyukjae a las tres! — exclamó alegremente e hizo sonar de nuevo la maldita bocina — ¡Vendido a Lee Hyukjae! Los dos afortunados, pasen a mi despacho, por favor. A los demás: muchas gracias por su atención, y ya pueden seguir creando magia gay con sus prodigiosas mentes. ¡Fin de la reunión informativa!

Un último bocinazo y desapareció en el interior de su oficina, y, tras mirarlo por unos segundos con un gesto indescifrable en sus ojos, Donghae hizo lo mismo. En serio, ¿por qué lo odiaba tanto? Kyuhyun lo sacó de su ensimismamiento pegándole un golpe en el brazo. De los fuertes.

— ¿Se te zafó un maldito tornillo, Lee? Ya sé que siempre bromeamos con eso de probar lo de aspirar pegamento, pero ¿te has metido un tubo entero o qué? ¿Vas a pasarte una semana entera en el culo del mundo con un tipo que tiene ordenados de menor a mayor hasta los jodidos dígitos de su carné de identidad?

¿Una semana? ¿En el culo del mundo? ¿De qué demonios estaba hablando su amigo? A lo mejor era él el que se había metido el tubo entero de pegamento, porque solo había accedido a escribir un artículo con el castaño, eso le daría unas horas por aquí y por allá para poder ir ablandándolo poco a poco. El plan perfecto.

¿Unas horas con Donghae? Genial. ¿Una semana entera con Donghae? Un maldito suicidio.

Porque era verdad que el castaño le gustaba un poco, con su actitud de «qué bien huelo», «menudo culo me hacen los vaqueros» y su mirada de «típico, típico». Le atraía un poco esa actitud estirada tipo profesor de matemáticas de instituto. Pero ¿una semana entera de miradas desaprobadoras y líneas rectas?

— ¿De qué estás hablando?

Necesitaba aclararlo, aunque sabía que la esperaban en el despacho de su jefa.

— ¿Que de qué estoy…? ¡ios!— se exasperó Kyuhyun.

Y lo que dijo a continuación. ¡Mierda, lo que dijo a continuación! Demasiada información y muy poco tiempo para asimilarla:

«Te vas una semana».

«Con Lee Donghae».

«A Mokpo».



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¡Hola! Les doy la bienvenida a esta historia :)

Antes de seguir, es importante aclarar que ésta es una adaptación de la historia original de Anna Pólux, así que todos los créditos a ella.