𝔈𝔩 𝔄𝔯𝔱𝔦𝔰𝔱𝔞
ℭ𝔞𝔭𝔦𝔱𝔲𝔩𝔬 𝟷
Nunca comprendí el verdadero valor de la vida hasta que aprendí a quitársela a otros. Las historias y gritos de aquellos a quienes se las destruí se convirtieron en parte de mis macabras fantasías, el arte que dio forma a mis escritos.
Apenas era un niño cuando jugaba en los bosques de mi hogar, un lugar apartado y aislado del mundo, cuando vi pasar un pequeño gato perdido. Él se acercó a mí como si supiera que no había a quién más acudir. Me acerqué a él con la misma inocencia que cualquier otro niño, y cuando cerré mis ojos y los volví a abrir, me encontraba en una sala con mis manos y pantalones llenos de sangre, escuchando el llanto de mi madre y los gritos de mi padre entrelazándose por los aires, pero yo no podía entender qué pasaba a mi alrededor. Mi mente se perdió en el tiempo, no podía sentir los latigazos de mi padre hacia mis delgados brazos llenos de heridas. Todo fue tan espontáneo, no había dolor, yo no estaba allí.
Los criados de mi familia me regresaron a mi habitación. Noté cómo la señora Brown me miraba con miedo, como si, en sus cincuenta años de vida, supiera lo que realmente me ocurría, pero careciera del valor para decirlo. Ella, una mujer negra, y yo, un niño blanco. Aunque hubiese tenido el valor, la acusarían de mentirosa, y nadie se atrevía a desafiar las reglas de la casa, mucho menos a enfrentarse a los castigos de mi padre. Nadie quería afrontar su ira.
Y ahora, cuento mi historia ante los amables lectores que me leen. Nací con los privilegios que cualquier niño en la calle soñaría con tener, pero nunca me sentí suficiente. Aún existía un vacío enorme en mi corazón, el cual llené con el pecado más cruel que un hombre podía cometer: me gané el odio de Dios. Pero yo sabía algo, y es que el no importaba, no importaba en qué clase me colocara. Nací con el corazón podrido, lleno de maldad, y anhelando amor solo por mi arte.
Pero por obra del destino, en mi camino conocí a Saphire. Ella, tan hermosa y radiante, llenaba de vida todo lo que la rodeaba, logrando dar calidez a mi agotado corazón. Fue capaz de ver en mí lo que otros se negaban a ver: no era un monstruo, solo un desgraciado solitario. Pero fue una pena que, al casarse conmigo, perdiera toda la gracia que una vez tuvo. Verla allí, en un mar de sangre, saber que fui el castigo de alguien inocente, saber que por mi culpa perdió la vida… ella trató de sacarme de un lugar al que pertenecía.
Mis emociones estaban bloqueadas. Solo tomé sus manos frías, observando los cortes en su muñeca, su piel pálida aún empapada por su última ducha. Se miraba tan hermosa, incluso muerta, que sentí la necesidad de conservarla por un tiempo… hasta que su piel se pudriera. Me aseguré de que nadie notara su ausencia, hasta esa tarde de invierno en que su hermano me visitó por sorpresa.
Él encontró los frascos donde conservaba los huesos molidos de Saphire, sus ojos azules dentro de una solución para preservarlos, su corazón que parecía palpitar. Traté de explicarle lo hermoso que era, pero en cambio, él intentó apuñalarme. Corrí como un cobarde fuera de la casa, hasta que él me atrapó, tratando de asfixiarme. Tomé una roca y lo golpeé con ella sin parar, una y otra vez, hasta que sus sesos se desparramaron.
La imagen era hermosa, bella, magnífica. La nieve fue pintada por el rojo de Teodoro. Me quedé allí, admirando mi obra, el arte que él construyó conmigo. Y sé que lo admiraría si mirara el mundo con mis ojos. Ese día, ese 23 de diciembre, me di cuenta de cuál era mi razón de vida: el mundo es mi lienzo, una hoja en blanco y yo su artista.