Un Golpe Con Suerte (INEVITABLES 1)

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Summary

Oliver Dankworth despierta en lo que parece una vida perfecta: éxito, estabilidad, una prometida devota… y un hueco en la memoria que no le permite entender por qué todo está mal, pero se siente tan bien. A su lado está Alessia Rinaldi: la mujer que alguna vez fue su asistente, y que hoy asegura ser la dueña de su corazón. Pero cada gesto de ella —cada silencio, cada mirada contenida— le cuenta una verdad que su mente niega, pero su instinto reconoce. Ella no lo está esperando. Alessia ya sobrevivió al Oliver de antes, y ahora camina sobre cimientos nuevos, sólidos, donde no hay lugar para sombras del pasado. A veces, el amor no nace del encuentro, sino de la pérdida: de la distancia que ella marcó y del cambio que él eligió para alcanzarla. Porque el amor, cuando sobrevive al quiebre, ya no vuelve a ser el mismo… se vuelve más cierto, más real, más libre.

Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo


El inicio de todo

“Hay momentos que no se gritan, solo se sienten. Y desde entonces, todo cambia sin hacer ruido.”

—Alessia




-Alessia-

17 años.

Esta noche es el cumpleaños de Emma. Y aunque no lo ha mencionado, no puedo evitar imaginar que él estará ahí.

Nunca me he atrevido a preguntarle directamente por su familia. Mucho menos por él. Siempre he fingido que no me importa, que no pienso en eso. Pero ahora, mientras me termino de alistar frente al espejo, la verdad es imposible de ignorar. Me gustaría volver a verlo.

Tal vez me reconozca. Tal vez no. ¿Y si lo hago yo primero? ¿Será distinto? ¿Seguirá igual de guapo? ¿Notará que algo en mí ha cambiado?

Intento no darle tantas vueltas, pero llevo horas frente al espejo. Arreglándome. Desarreglándome. Dudando.

Primero me alisé el cabello —mal—. Luego lo até, lo solté, lo volví a atar. Después me maquillé un poco. Solo los ojos. Luego un poco más. Luego nada. Probé con jeans ajustados, pero me apretaban tanto que apenas podía respirar. Me los quité. Intenté con una blusa que adoraba, hasta que me vi de lado y ya no la adoré tanto. Pasé por cinco combinaciones distintas. Terminé con un vestido. Uno azul. Suelto, con mangas vaporosas. Lo que llamo “neutralmente decente”. No quiero que parezca que me arreglé para él. Aunque lo hice. Y aún así no sé si es suficiente. No quiero que sea una ilusión más. Pero tampoco quiero dejar de ilusionarme.

Hace dos años lo vi por primera vez. Y desde entonces, guardé ese recuerdo como se guardan los secretos más tontos: con pudor, con ternura, con miedo.

Emma no lo sabe. Nadie de hecho. Y está bien así.

No sé qué va a pasar esta noche. Pero antes de enfrentar lo que sea que me espere, necesito volver. Volver al principio. Volver al momento en que lo vi por primera vez.

Aunque ya pasaron dos años, todavía recuerdo con claridad mi primer día de clases en el colegio. Ese día conocí, sin querer, a mi primer y único amor: Oliver… y también a la que se convirtió en mi mejor amiga Emma, que para mi mala suerte, resultó que ambos eran hermanos.

Tenía quince años cuando mis papás acababan de traerme de Italia y todo me parecía ajeno, enorme e intimidante. Llevaba puesto el uniforme nuevo, que me apretaba justo donde no quería, y además íbamos tarde. Muy tarde. El tráfico había sido un caos y mamá aún no dominaba las rutas de la ciudad. Llegamos a la carrera. Recuerdo que bajé corriendo del coche, tratando de no hacer más evidente el retraso, pero no alcancé ni a llegar a la puerta cuando tropecé con la esquina de una jardinera. Mis libretas salieron disparadas y yo terminé en el suelo, con las rodillas raspadas y el alma hecha un ovillo.

—¿Estás bien? —preguntó una voz grave, serena.

Levanté la vista. Y ahí estaba él.

Un chico alto, de cabello claro y ondulado, cejas marcadas, mandíbula firme. Su rostro transmitía calma, pero sus ojos… sus ojos eran otra cosa. Azul eléctrico. Inteligentes, seguros, casi arrogantes. No supe qué decir. Solo asentí.

Él se agachó sin prisa, recogió mis libretas con cuidado y me las tendió con una sonrisa leve. Luego señaló hacia el edificio principal y, con voz suave, me sugirió ir a enfermería para desinfectar las heridas. Yo apenas pude asentir de nuevo. No podía respirar, mucho menos hablar. Era guapísimo. De esos que parecen salidos de una película en la que todo se resuelve con una mirada.

No me pidió el nombre y yo tampoco pedí el suyo. Solo lo observé alejarse con paso firme, sin mirar atrás.

Caminé hacia la dirección con las piernas temblorosas y el corazón al galope. Me había enamorado. Así, sin remedio.

Más tarde, tras una rápida visita a la enfermería y una espera que se me hizo eterna, por fin me asignaron un salón. La profesora me señaló un pupitre libre, al lado de una chica de cabello largo y ondulado, con pecas en la nariz y unos ojos curiosos, chispeantes. Emma.

—¿Te caíste? —preguntó, señalando mis rodillas raspadas.

Asentí, sintiendo todavía el ardor.

—Fue horrible. Mis cosas volaron por todas partes.

—¿Y nadie te ayudó?

—Sí… un chico. Alto, rubio, ojos azul eléctrico. Me ayudó a levantarme y a recoger todo. Fue muy amable.

—¿En serio? ¿Era guapo? ¿Cómo se llama?

Tragué saliva.

—¿Guapo? Ufff… demasiado. Pero no me preguntó el nombre, y yo tampoco el suyo. Me bloqueé por completo. Me puse nerviosa...

Emma sonrió como si acabáramos de sellar un pacto invisible.

—Conozco a casi todos aquí. ¿Qué te parece si en el receso lo buscamos? Seguro lo encuentro. Me sé todos los pasillos.

Y así, sin más, nos hicimos amigas.

Durante semanas recorrimos juntas el comedor, la biblioteca, las canchas, los talleres... pero nunca volvimos a encontrarlo. Yo ya me había rendido. Hasta que una foto cayó en mis manos. Y ahí estaba él. El chico con el que soñaba todas las noches.

Emma me la mostró con total naturalidad, mientras me hablaba de su familia.

—Mira, estos son mis hermanos. El más chico es Fabrizio. Se tomó un año sabático, según él, para encontrarse a sí mismo. Y este… —señaló al mayor, con una sonrisa brillante— ese es Oliver. Le queda un año para graduarse. Está montando una empresa de zapatos con su mejor amigo.

Mi corazón se detuvo.

Era él. El chico del primer día. El que me había robado el aliento en menos de un minuto. Y ahora... era el hermano de mi mejor amiga.

Emma siguió hablando, sin notar cómo se me helaba el rostro.

—Por eso me cuesta tanto confiar. Hay quienes se me acercan por el apellido, por mis hermanos… por lo que creen que pueden conseguir de mi familia. A veces ni siquiera disimulan. Pero tú… tú no sabías nada. Habías llegado de Italia, sin conocer a nadie, sin prejuicios ni expectativas. Y fue ahí cuando lo supe. Que contigo podía bajar la guardia. Ser solo Emma. Sin máscaras. Sin etiquetas. Sin la sombra de nadie.

No podía decírselo. No después de escucharla abrirse así, sin defensas. ¿Cómo iba a confesarle que el chico que me había robado el aliento desde el primer día… era su hermano?

Yo también había pasado años deseando una amiga verdadera. No quería arruinarlo. Emma era genuina, luminosa. Y, por primera vez, alguien me miraba sin burlas, sin etiquetas.

Así que me tragué la emoción y la convertí en un secreto suave. Una ilusión tibia que guardé solo para mí. Y, a escondidas, también me quedé con esa foto. La deslicé de su carpeta sin que se diera cuenta, como quien roba un tesoro. Desde entonces, la guardo en el cajón de mi mesa de noche… y siempre la miro antes de dormir.

Estoy llegando a la casa de Emma y siento que el corazón se me va a salir del pecho. Pero en cuanto abren la puerta, Emma me recibe con un grito alegre y un abrazo apretado.

—¡Pensé que ya no ibas a venir! —dice, separándose apenas para mirarme de arriba abajo—. Estás preciosa. Te lo dije, ese color es tuyo.

—Gracias… —murmuro, algo incómoda—. Me tardé años en decidir qué ponerme.

—¿Años? ¡Si todavía tienes la etiqueta en la muñeca!

Reímos juntas. La sigo hasta el interior de la casa. Todo está iluminado, decorado con luces tenues, y la música suena suave al fondo. Los papás de Emma están en el vestíbulo y me saludan con afecto. Ya me conocen, me han visto varias veces en el colegio y hasta me han invitado a almorzar un par de domingos. Me sonríen como si yo también formara parte de la familia.

—Alessia, ¡qué gusto verte! —dice su mamá, acercándose a darme un beso en la mejilla—. Estás hecha toda una señorita.

—¿Ya te ofrecieron algo de tomar? —pregunta el papá, siempre atento.

Antes de que pueda responder, aparece Fabrizio.

—¡Cumpleañeraaa! —grita, y carga a Emma sin previo aviso. Ella patalea y se ríe, gritándole que la baje.

Cuando finalmente la deja en el suelo, Emma se gira hacia mí y hace las presentaciones.

—Ella es Alessia, mi mejor amiga. La que te mencioné.

—Un placer —dice Fabrizio, dándome un apretón de manos. Tiene la misma sonrisa fácil de Emma, pero sus ojos son un poco más pícaros.

—El placer es mío. De inmediato me siento más tranquila de lo que pensaba.

Fabrizio es simpático. Cordial. Nada pretencioso. Me agrada que todos aquí me reciban con tanto cariño. Después de un rato, la familia comienza a dispersarse entre saludos, música y charlas. Emma me toma del brazo y me lleva a la cocina diciendo que necesita botanas para reabastecer la mesa del jardín. La sigo entre risas. Mientras ella discute con una tía sobre qué platos usar, aprovecho para servirme algo de limonada.

—Voy por servilletas, no tardo —anuncia antes de salir, dejándome sola en medio de la cocina.

Pasan un par de minutos. La casa sigue llena de voces y música baja, pero aquí solo se oye el zumbido del refrigerador. Siento el impulso de salir a explorar por la casa. No sé si es el ambiente, la confianza que me ha dado su familia o el hecho de que ya no quiero quedarme esperando, tal vez me encuentre con algún compañero del colegio mientras Emma regresa.

Camino hacia la sala. Y entonces, lo veo. A Oliver.

Está recargado contra el marco de una puerta, medio girado hacia el grupo de chicos que lo rodean. Ríen por algo que dijo uno de ellos. Tiene una copa en la mano y la misma expresión serena de la foto que robé hace años. Pero en persona se ve más alto. Más serio. Más sexy.

No espero a que Emma vuelva. No quiero que me lo presente. No quiero que este momento esté medido o filtrado por nadie.

Puedo hacerlo. Solo es un saludo y listo.

Me acerco.

Los latidos en mi pecho suenan tan fuerte que siento que alguien más podría escucharlos. Me detengo a un par de pasos, esperando que alguien me note. Nadie lo hace.

—Hola —digo, en voz más firme de lo que esperaba—. Soy Alessia. Amiga de Emma.

Oliver me mira. Solo un segundo. Como si lo forzara a levantar la vista. Y entonces, su ceja se arquea.

—¿Ajá? —responde, sin sonreír.

Su tono es seco. Lo suficientemente alto para que los otros lo escuchen.

Trago saliva.

—Solo quería saludarte. Hace años… nos vimos en la entrada del colegio. Tú me ayudaste cuando me caí. No creo que lo recuerdes.

Sus ojos se deslizan por mi rostro y luego bajan, recorriendo mi cuerpo. Lo que ven no parece agradarle. Su mandíbula se tensa.

—Tienes razón —dice—. No me acuerdo.

Su mirada vuelve a mis ojos. Esta vez más directa. Más dura.

—Pero dime algo… ¿Cuánto tardaste en convencer a Emma que eras su “amiga” y que te dejara que vinieras a saludarme?

El silencio cae entre los chicos que lo rodean. Uno suelta una risa ahogada. No sé si por nervios o por burla. Mis mejillas arden.

—Yo… no… ella no sabe que estoy aquí —respondo, sintiéndome cada vez más expuesta.

Oliver da un sorbo a su copa, como si necesitara tragar el asco.

—Claro… porque como ya usaste a Emma para que te dejara entrar a la casa, supongo que el resto puedes hacerlo sola, ¿no?

Me paralizo.

—Pero no —continúa, con una media sonrisa que no llega a los ojos—. No te voy a dar una foto. Y mucho menos vas a calentar mi cama. Con ese cuerpo, créeme, jamás lo harías.

Uno de los chicos suelta una carcajada. Otro solo baja la mirada, esquivando la mía.

Yo no me muevo. No sé cómo.

Pero por dentro, algo empieza a caerse.

Mis piernas no reaccionan. No de inmediato. Mi mente trata de procesar lo que acaba de pasar, pero las palabras rebotan dentro de mí como piedras en una caja cerrada. “Con ese cuerpo, jamás lo harías.”

No sé cuánto tiempo pasa. Quizá unos segundos. Quizá toda una vida. Solo sé que, de pronto, el calor en mis mejillas se convierte en un ardor insoportable. Y me doy cuenta de que no puedo quedarme ahí. No frente a él. No frente a todos.

Doy un paso atrás. Después otro. Camino hacia la salida sin mirar a nadie, con el pecho apretado y las manos temblorosas. Me cruzo con gente. No los veo. No escucho si alguien me llama. Solo sé que necesito salir.

Cruzo la puerta principal. El aire de la noche me golpea con fuerza. Está frío, pero yo estoy hirviendo. Camino sin rumbo, como si huyera de un incendio. Las lágrimas se acumulan, pero las retengo con fuerza. No voy a llorar. No aquí. No por él.

Ni siquiera sé si tomé mis cosas. No me importa. Mi cuerpo se mueve solo, como si ya no me perteneciera. Y por dentro… todo se viene abajo.

Al llegar a casa, corro directo a mi cuarto y me planto frente al espejo, bajo una luz cruel. Blanca. Implacable. Ahí estoy yo.

La niña tonta e ingenua que guardó una foto robada en la mesita de noche, la que soñó con un reencuentro mágico, la que creyó que algún día él la miraría como ella lo miró a él… esa niña acaba de morir.

Todo lo que veo ahora es la ropa apretada y fea, la forma de mi cuerpo. Grande. Mis brazos y piernas gruesas, mi cara redonda. Todo parece fuera de lugar.

Me acerco un poco más. Llevo los dedos al vidrio y toco mi reflejo. Recorro la silueta de mi mejilla, intento secar las lágrimas, aunque ya no caen tantas. Solo quedan los rastros. El ardor.

—Adiós —susurro, sin saber si me hablo a mí o a esa versión de mí que ya no sé si volveré a ver.

Apago la luz. Ya no quiero verme más esta noche y tal vez por el resto de mi vida.


Bienvenido(a) querido lector.

Escribí cada capítulo con la esperanza de que encuentres en estas páginas no solo un relato, sino también un lugar donde sentir, reflexionar y acompañar a mis personajes en su camino.

Te invito a quedarte y a leer con calma. Deja que las emociones te guíen.

Gracias por estar aquí.

Con cariño,

Vanessa Edeza