PRÓLOGO
Una gota de sangre, espesa, caliente, con vida, se abrió paso entre las grietas, desafiando la tierra seca de antaño, al igual que el polvo e insectos muertos que intentaron interponerse en su camino. Cómo si su único propósito fuera llegar al cuerpo frío que descansaba dentro de la lápida, que no respiraba, que no se movía, pero que mantenía su piel firme contra sus huesos pese a los siglos que llevaba sumergido en su letargo.
Tras largos minutos de extenso recorrido, el resto de ella, lo que no logró impregnarse en la piedra cayó, finalmente, sobre uno de los dedos del hombre, justo en la hendidura entre la carne y la uña.
Fue un toque sutil, similar a una cálida caricia lo suficientemente poderosa como para provocar que unos intensos ojos rojos se abrieran de par en par y que un quejido brotara de los labios malditos de aquella criatura hermosamente perfecta.
Una exhalación profunda retumbó bajo la tierra del camposanto, estremeciendo el suelo ante su gélido aliento; quebrando el mármol a su paso, y marchitando en un instante la vida de la hierba mala que se atrevió a crecer dentro del mausoleo. La cripta familiar que tenía el apellido de un clan antiguo, los Draugr.
La rabia nubló su razón al percatarse de que no estaba sumergido en un sueño como estuvo haciendo durante todo ese tiempo. Sin siquiera pensarlo, sus uñas crecieron largas y puntiagudas, clavándose en la piedra que lo mantenía prisionero. Todo estaba oscuro, húmedo, impregnado con un fuerte olor a tierra y a los árboles que, incluso con tanto peso encima, lograron colar su fragancia por las grietas abiertas y malgastadas por el paso del tiempo. Entonces, el dulce olor de la sangre enloqueció sus sentidos. Podía percibir el calor adherido a la punta de su dedo índice, justo donde descansaba un anillo de oro blanco con un rubí en el centro.
Reuniendo la poca fuerza que aún mantenía, pese el dolor acalambrando sus músculos tensos por haber permanecido tanto tiempo en la misma posición, colocó las palmas de sus manos en la piedra que lo aisló del mundo, empujando ésta hasta que finalmente cedió. La piedra se desplomó estrepitosamente, rompiéndose como grano seco contra el suelo. Apretando los ojos con fuerza, con sus dientes rechinando por la tensión ejercida en ellos, tomó impulsó para sentarse y así poder mirar la soledad de su encierro. No tenía idea de dónde estaba, ni cuánto tiempo había pasado durmiendo, pero todo aquello se eclipsó, dejó de serle relevante cuando bajó la mirada a su diestra, la cual aún poseía un rastro tenue de sangre humana.
Le tomó un momento que sus sentidos despabilaran, sin embargo, la oscuridad no fue impedimento suficiente para distinguir el destello carmesí. Era una gota diminuta, tan pequeña que ni siquiera podía contar como aperitivo. Aún así se la llevó a la boca, curioso por el sabor, mas no esperó que fuera tan dulce, mucho menos que esa dulzura encendiera, en cuestión de segundos, la insaciable sed que lo quemó por dentro.
Aturdido por los recuerdos distorsionados y sentimientos ajenos que se presentaron en su mente, salió de la lápida de un movimiento rápido, un salto que lo llevó justo a la puerta del mausoleo que, para su sorpresa, se hallaba entreabierta.
Al salir, la luz de la luna lo recibió en su punto más alto. El viento le arrebató el aliento, y el aroma de la vida floreciendo en la muerte curvó sus labios en una sonrisa.
No tenía idea de quién había sido tan osado como para despertarlo, ni el motivo de semejante sacrilegio, pero estaba seguro de que no debía estar lejos; podía sentirlo vibrar en su piel.
»Voy a hacerte sufrir. Lamentarás haberme despertado«.
El pensamiento resonó fuerte y claro en su mente, y estuvo a punto de lanzarse en busca de aquella alma desdichada que lo había condenado nuevamente a la agonía, cuando un aleteo extraño, seguido de un zumbido sórdido lo hizo detenerse.
—Es verdad lo que dicen los muertos. Ezequiel Draugr ha vuelto.
La voz de aquel hombre se deslizó en el aire como el roce de las piedras al quebrarse.
Ezequiel se giró lentamente, con sus ojos brillando más que nunca, encendidos en un rojo profundo, iracundo, del mismo tono de la sangre que aún guardaba en su lengua; de haber sido visto por un alma mundana, seguramente ésta, estaría refugiada en el inframundo.
—Pensé que un ángel sabría cómo asesinar a un monstruo como yo —susurró con desprecio—, pero mírate… ni siquiera eres capaz de mostrarte ante mí.
La estatua de mármol que custodiaba la lápida, aquella tallada con el divino rostro del ángel Uriel, volvió a crujir, forzando una sonrisa.
—Es una lástima que tu perra no hiciera bien su trabajo —se lamentó entre suspiros—. Me han condenado a vigilarte de cerca, por si un día despertabas.
La mención de ella, soltada con tanto desprecio lo habría hecho enloquecer de ira en otro tiempo, cuando era joven y su existencia no había sido condenada a la agonía eterna. Cuando sabía amar, y veía lo mejor de las personas. Cuando era joven nunca podría haber permitido que alguien se expresara así de ella, pero ya no era el mismo Ezequiel de aquel entonces, y ella, que le mintió con ingeniosa sinceridad, no formaba parte de su vida. Nunca más lo haría.
—Nunca fue mi intención volver —replicó con todo grave—. Pero ahora que lo he hecho, no voy a detenerme hasta encontrarla.
—Acaba con ella, Ezequiel, y cuando lo hagas, ven a mí… Yo te llevaré de regreso al infierno…