PRÓLOGO
ENTRE LA VERDAD, LA PAZ Y EL SILENCIO
"Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?"
JEREMÍAS 17:9
Las virutas de humo se desplazaban en el espacio cerrado de su oficina.
Tadashi Fujiwara se hundía en el cuero negro de su asiento mientras el incesante tick-tack del reloj ajado que reposaba en la estantería detrás de él cortaba el silencio sepulcral de su oficina. Afuera, los autos se deslizaban incansablemente sobre el asfalto mojado por la suave llovizna de la madrugada.
Era una noche helada y cerrada de marzo. Una noche en la que había recibido la noticia: Makoto había dado a luz a sus dos nuevos hijos.
Makoto.
Makoto.
Makoto.
Sus pensamientos se revolvían en una vorágine de deseo por poder abrazarla nuevamente, tenerla de todas las formas posibles entre sus brazos y bajo su dominio… pero también de rabia.
Esa rabia oscura que inunda la sangre y los pulmones, la que se asienta en la boca del estómago cuando se tiene la certeza de que es demasiado tarde para implorar a los dioses un poco de misericordia divina. Cuando se sabe que ni todo el poder ni todo el dinero del mundo pueden torcer el destino labrado por mano propia.
Makoto.
Su nombre es un fantasma, su cabello azabache es una mancha borrosa que se niega a ser borrada.
Tadashi apretó los dientes junto al vaso de whisky japonés que tenía en su mano izquierda. Había vaciado una botella entera y la segunda se le deslizaba de las manos callosas, como la fe se le escurre de las manos a un hombre que ya ha perdido todo, avivando las llamas de su infierno personal —como las almas condenadas a purgar una culpa irredimible, arrastrándose hasta llegar al noveno círculo del infierno.
Ella era una pérdida. Un lamento que no sabía, ni quería, acallar. Una herida abierta que seguía sangrando en lo profundo del pecho de forma constante.
La memoria es un enemigo cruel.
En esa noche humeante de nicotina quemada bajo la luz de su oficina, Tadashi volvió a recorrer las curvas sinuosas de Makoto como un pecador que implora a los cielos su última súplica de misericordia.
Vagó por los recovecos de su mente, quebrada por la cantidad de sangre y actos atroces que le recorrían el cuerpo. Y volvió a la primera vez que la vio. Al movimiento de las caderas de ella contra él. Al sutil sonido de su risa mezclada con gemidos y promesas rotas. Al aroma a jazmín que lo había embriagado mucho más que el Hibiki que le mojaba los labios rotos.
Allí, en la penumbra de la opulenta oficina que lo rodeaba, tuvo una epifanía: su condena no era perderla; su castigo no era haber probado sus labios y bailado contra ellos en la clandestinidad.
No.
Su castigo fue tenerla entre sus brazos, haber sentido la forma de su cadera contra la palma ensangrentada de su mano.
Porque ahí, en la sombra de la oficina iluminada por la luna y en el sillón donde el líder de Kurobe encomendaba a los hombres más eficaces de todo el país a matar a sus enemigos, se dio cuenta de lo irremediablemente desdichado que era. Y odió cada letra que componía ese pensamiento.
El amor es un cuchillo de doble filo. Es peor que una bala incrustada en la cabeza, peor que horas de tortura, peor que los gritos de los familiares de las personas que osan traicionarlo.
Porque no te mata instantáneamente, no te corroe los sentidos ni te afila la mirada. Te mata paulatinamente, te debilita por debajo de la piel hasta que es muy tarde para poder parar los golpes estridentes del propio corazón contra las costillas.
Izumi. Iori.
Los nombres de sus nuevos hijos se le tropezaban en la lengua como si fueran palabras sacadas de una lengua arcana. No los había visto. No los iba a conocer. Pero imaginaba que tal vez eran una mezcla de él y de Makoto.
Dio una nueva calada al cigarrillo que reposaba en su mano, aquel que hacía rato se burlaba de él, soltando virutas de humo en su oficina. El tabaco ardía lento y susurraba los errores del pasado, uno a uno.
Se preguntó si Izumi tendría los ojos de Makoto. Si Iori, el mellizo mayor, heredaría sus rasgos. Si ellos tendrían algo de él, como su inteligencia fría para los negocios o las cadenas que lo ataban al submundo japonés.
Un segundo mensaje llegó a su teléfono. El mismo contacto, desde aquel hospital perdido entre las sombras de la ruta vacía que le había informado el minuto a minuto del nacimiento de sus nuevos hijos, le decía ahora que Iori, el mayor, no había llorado.
Que su cuerpo era más pequeño de lo que debería ser, que no reaccionaba a estímulos como la luz o el llanto de su melliza. Que sus manos se movían con esfuerzo, como si vivir fuese un reto y no algo inherente.
Iori, decía el mensaje, era frágil. Frágil como la línea divisoria entre el amor eterno y la ruina celestial. Como si su nacimiento fuera la prueba ferviente de todos los pecados que Tadashi había cometido en su vida.
Estrelló el vaso contra el piso de su oficina. El ruido del vidrio roto se comparó al de su alma quebrándose.
Él, que no había llorado cuando su padre murió, que había alzado a regañadientes a los hijos que su esposa oficial le había dado. Él, que era siervo de la muerte y se codeaba con los tipos más implacables del país… lloró como un niño pequeño.
Estampó su frente contra el escritorio de madera de caoba mientras rezaba como loco a un Dios que no terminaba de entender. A un Dios que se escapaba de su control calculado y letal. Un Dios que no pactaba con hombres como él.
Porque Tadashi había pactado con demonios. Con los que te regalan el poder y te matan lentamente. Con las sombras de un linaje que no había pedido pero había abrazado como si fuera su propia cruz. Una cruz que había cargado a sus espaldas sin flaquear, una que no le hablaba de fe.
Porque la fe, como la esperanza y las lágrimas, era para los débiles.
Y qué débil se sentía esa madrugada entre el hedor del tabaco combinado con la madera y la tristeza que le inundaba las cicatrices del corazón.
Porque ni siquiera Dios, en toda su magnanimidad, podía salvar a quien había pactado con el infierno.