Venganza Contra los Dioses

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Summary

Medusa nunca fue un monstruo. Fue una víctima de los Dioses. Su hijo, Phílos, tuvo que ver como mataban a su madre frente a sus propios ojos, dejándolo solo y con dolor. El odio creció y se prometió que algún día haría pagar a todos aquellos que participaron en el sufrimiento de su madre. Atenea. Poseidón. Hermes. Perseo. Todos esos dioses que fingen ser perfectos no son más que basura con poder. Los Dioses Griegos pecan mucho. Los más vulnerables son pisoteados por ellos. Phílos se aseguraría de que ninguno de ellos salga ileso. Todos pagaran.

Status
Ongoing
Chapters
34
Rating
n/a
Age Rating
16+
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PROLOGO

“Escóndete, cariño. Es hora de dormir y las noches son peligrosas”

Esas habían sido las últimas palabras que su madre le había dicho aquella fatídica noche.

Recordaba haberse acostado en uno de los huecos de la pared de la cueva, fuera de la vista de cualquier visitante inesperado e indeseado. Su madre se acurrucó con él, abrazándolo mientras las serpientes de su cabeza, que simulaban lo que alguna vez fue su hermoso cabello, siseaban una canción de cuna extraña que siempre le pareció reconfortante.

Recordaba el calor de su madre, oír el latido de su corazón, sus brazos alrededor de su cuerpo mientras los siseos de sus propias serpientes de su cabeza (causa de la maldición que ambos compartían) se enredaban gentilmente con las de ella.

Ella no dormía con él, ya que sería bastante peligroso que alguien lo descubriera al estar buscándola a ella. Por eso, cuando despertó aquella noche, no se sorprendió de que su amada madre ya no estuviera a su lado.

El sonido de aleteo, tan fuera de lugar en esa cueva, fue lo que lo había despertado. No había sido un sonido fuerte, pero su corazón se sintió inquieto. Lo único volador en esa cueva eran los murciélagos, pero ellos no aleteaban así.

No sería la primera vez que algún guerrero se aventuraba a entrar a su casa tratando de matar a su madre; todas las estatuas en la entrada habían sido orgánicos alguna vez, ellos también habían intentado matar a su madre, pero solo había bastado una sola mirada hacia ellos para convertirlos en piedra. No por maldad, sino por supervivencia de ella y el, su hijo.

Preocupado, se había asomado por el borde de la pared, solo para comprobar si su madre estaba bien. Y por un momento todo parecía bien, ella había estado dormida, no se veía a nadie en la cueva y él había pensado que quizás todo había sido su imaginación.

Fue entonces que, sin aviso alguno, un sonido cortante resonó en el silencio de la noche.

¡ZAS!

En el brillo del movimiento de una espada que no pudo ver, la cabeza de su madre fue separada de su cuerpo. Y Phílos observó, con los ojos muy abiertos por el horror, como la sangre brotó como una fuente en el cuello separado de su madre.

Un guerrero apareció de la nada, justo al lado del cuerpo de su madre. Tenía un escudo de bronce tan bien pulido que parecía un espejo [perfecto para no tener que ver a su madre directamente], la espada no era una espada, era un hoz de diamante [lo suficientemente fuerte como para poder cortar el duro cuello de su madre de un solo tajo], en una mano tenía un casco mientras extendía la otra y levantaba la cabeza de su madre como si fuera una simple fruta que había caído al suelo.

El extraño sonrió. ¡El muy desgraciado había sonreído con suficiencia y orgullo! Luego guardó la cabeza en una bolsa como si fuera un objeto cualquiera y hasta le dio palmaditas a la bolsa como si tuviera un tesoro y no la cabeza decapitada de su madre.

El extraño guerrero pareció elevarse y fue entonces que Phílos notó las extrañas sandalias con alasque llevaba puesto, haciendo ese sonido de aleteo que había escuchado antes. Phílos entendió con horror que ese sonido había sido el asesino acercándose para matar a su madre.

Antes de que pudiera digerir bien este descubrimiento, el hombre se puso de nuevo el casco, desapareciendo de su vista, fue entonces que comprendió como fue que se había acercado sin que pudiera verlo, de alguna forma, ese casco lo hacía invisible. [No habría podido verlo hasta que ya fuera muy tarde.]

El sonido de aleteo volvió a sonar, ahora fuerte y descuidado, como si supiera que ya no había peligro en hacer ruido, y se alejó rápidamente hasta que desapareció a la lejanía.

Él no pudo hacer nada. No pudo moverse, solo se quedó allí, inmóvil, viendo con los ojos muy abiertos el cuerpo muerto de su madre, sin cabeza, mientras lagrimas gruesas bajaban de sus ojos y su corazón latía sin control.

No supo cuánto tiempo estuvo así, tan inmóvil como las estatuas que decoraban la cueva, pero cuando finalmente pudo reaccionar, simplemente gritó.

Gritó, gritó y gritó.

Lloró, lloró y lloró.

Corrió y abrazó el cuerpo muerto y frio de su madre, llamando por ella y suplicando, pero ella ya no tenía boca ni vida para contestarle. Así que siguió gritando y llorando, pidiendo ayuda, pero su voz solo hizo eco en esa cueva oscura y lúgubre que ahora se sentía más fría y sola que nunca.

Mientras tanto, afuera tanto dioses como mortales celebraban la muerte del monstruo que había petrificado a tantos: Medusa.

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