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El sol recién estaba saliendo. Se asomaba débil, como yo, la diferencia es que tenía todo el día por delante. Me tomo la sien con las palmas de ambas manos y lo único que veo es el piso bajo mis pies. Mientras busco razones para levantarme, Alicia se acerca y, entre ronroneos, frota su cabeza con mi brazo izquierdo. Le sonrío y la acaricio, no sé qué haría sin ella.
Me levanto para ir a la cocina a darle de comer; es lo único que me empuja a estas horas. Ella camina entre mis piernas, obligándome a prestar atención a dónde piso. Luego paso a bañarme. Enciendo el agua y, cuando la siento caliente, entro. Disfruto de la caída sobre todo mi cuerpo; paso más tiempo en eso que aseándome.
Cuando salgo, luego de secarme, me dirijo hacia el cuarto. Alicia pasa rapazmente por mi costado, haciéndome trastabillar y caer sobre el escritorio. Mi mano se aferra inconscientemente de la manija del cajón, el cual se abre y cae sobre mí. Me tomo de las rodillas, lamentándome por el golpe. Me enojo con mi compañera, ¿cómo puede ser que la que me trae tanta paz por dentro me dé, de la misma manera, tantos problemas por fuera? Me río por la dicotomía y procedo a juntar lo caído. Nada más que un grupo de hojas, envoltorios y suciedad del cajón.
Mientras que junto todo, siento una electricidad en mis dedos. Cuando presto atención veo una pequeña llave formada por círculos concéntricos en una punta, una especie de pétalos hacia arriba y un cilindro que llega hasta el diente. Una pequeña llave de bronce. La tomo y la observo. Siento una energía correr sobre mí mientras el calor de un pasado mejor me abraza. Telefoneo al trabajo y finjo enfermedad: el día se puso interesante. Me visto, saludo a Alicia y salgo a la calle.
El sol va tomando fuerza, pero todavía es temprano. Mientras camino, recuerdo esos viejos tiempos. Mi tío me dejaba pistas por la casa para encontrar esta llave. Cuando podía resolver todos los acertijos (no recuerdo que nunca no haya podido), íbamos hacia el cofre para abrirlo. Dentro los tesoros variaban: algunas veces ponía cosas que le pedía yo, a veces ponía cosas que él quería, pero siempre rodeado de chupetines.
Antes de que parta, me dejó la llave, la caja y una carta. No tuve la fuerza para leerla y sé que paso un año, pero creo que nunca es tarde para hacerlo. Dejé la carta en la casa de mis padres, por lo que aprovecho las energías renovadas para buscarla.
Al poco tiempo llego a mi vieja casa. Toco el timbre y mamá se asoma envuelta en su bata. Se sorprende y me sonríe al verme. Luego del saludo, entramos para tomar una taza de café.
-No entiendo para qué tocas timbre si te di una llave para entrar – me dice mientras sirve las tazas, negando con la cabeza.
-Ya no vivo acá, má, no me corresponde.
-Siempre vas a corresponder a este lugar – responde con una sonrisa mientras me entrega la taza humeante.
-Hablando de llaves, por eso vine – le digo, sacando la llave del bolsillo y dándosela.
-¡Ay! Creí haber olvidado sus juegos – puedo ver cómo se empiezan a humedecer sus ojos mientras observa el objeto - solían corretear por toda la casa – termina diciendo, conectando su mirada con la mía.
-Sí, yo también pensé que me había olvidado.
Su hermano solía darle problemas frecuentemente, pero conmigo era completamente diferente. Siempre me sonreía; siempre sentí que se alegraba de verme. Nunca noté que algo perturbara su tranquilidad. Incluso cuando le diagnosticaron su enfermedad, pasó casi como un día más. Así hubiera continuado si no fuera porque a cada día se veía el desgaste físico. Poco a poco se fue quedando sin fuerzas para levantarse, hasta que ya no lo pudo hacer más. Sin embargo, su sonrisa no cambiaba. Por más que su cuerpo se veía enfermo y maltrecho, tenía un aura que no se podía borrar. Como si algo en su sonrisa, entre labios resquebrajados, no pudiera morir nunca.
Nos quedamos un rato conversando. Luego de beber el último sorbo de la taza, subo al primer piso donde solía estar mi cuarto a buscar la carta olvidada. Cuando entro, mis ojos recorren lo que mis manos no se atreven a tocar. Mi vieja biblioteca con libros, muchos que me los regalo él, hasta que le tomé gusto y compré los propios. Cajas que recuerdo perfectamente están llenas de dibujos que solíamos hacer juntos. Todo ahora pisado y apartado, ya que se volvió una especie de almacén para cosas inútiles de la casa.
Mientras que busco, me pongo a pensar en mi vida actual. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Nada suele pasar, más que alguna que otra salida con algún que otro conocido, pero no mucho más. Y yo solía ir a todos lados. A pasear por la ciudad, en colectivo, tren... ¡incluso en bicicleta! Pero en todos esos recuerdos estaba él. Siento como la energía de la mañana empezó a mermar. Hasta que, en un momento, ya con cansancio de la búsqueda sin resultados, me rindo y me voy.
Cuando bajo y me acerco a la cocina para saludar a mamá, veo un sobre, color negro y rojo que no estaba ahí antes.
-Intenté leerlo, pero no entiendo nada.
-Siempre quisiste meterte en el medio, ¿no? - le digo sonriendo, mientras vuelvo a sentarme.
-No estaba sellado, pero creo que quería que lo leyeras vos solamente – me mira con ternura - ¡Bue! Creo es un decir, está bastante claro... – mientras que dice esto último, toma las tazas y las lleva a la bacha.
Agarro el sobre y me quedo observándolo. Rojo y negro eran sus colores favoritos; solía decir que no había mejor combinación que esa. Presto atención a lo que visto. Rojo y negro... creo que no lo olvidé tanto como creía.
Luego de saludarla, me retiro de la casa. Ya es el medio día, el momento más fuerte del sol. De la misma manera me siento. Mis energías se renovaron, la fuerza de voluntad vuelve. Me gustaría ir a un viejo restaurante al que solíamos frecuentar, pero ya hace mucho que cerró. La segunda opción es un lugar que hace poco abrió cerca de ahí.
Cuando entro, elijo una mesa al lado de la ventana. Se acerca la camarera y me ofrece la carta. No la necesito, pido una milanesa de carne con puré y una gaseosa. No me importa el precio, no estoy para gastos, pero hoy lo vale. “El tiempo con vos es el mejor precio que estoy dispuesto a pagar” fue lo que me dijo una vez que le pregunté.
Fue hace mucho tiempo y me incomodaba de la espera, entonces inventábamos canciones. El tono era siempre el mismo, pero la creatividad salía de las cosas que veíamos por la calle. Me pasé toda la espera inventando canciones. Realmente no entiendo por qué fue que dejé de hacerlo... realmente me gustaba.
Terminado el almuerzo y masticando un escarbadientes, como solíamos hacer - ¡igual que en las películas! -, saco el sobre de mi bolsillo. Siento algo en el pecho mientras le doy vueltas. Lo abro y saco de su interior una hoja. Se nota la dificultad que tuvo al escribir, pero se entiende. Son todas letras y números, nada tiene sentido a simple vista. La primera frase del texto dice:
“¿Bt7m8ñ shd9o0 gz7qz ozrz4ñ gzr2z p5d uñkuhr2d z 9tfzq?”
Es una de las tantas contraseñas que usábamos. Pido a la camarera un lápiz y una hoja. Me mira extrañada cuando me lo da y rápidamente me pongo a jugar. Las letras corresponden a la directamente anterior y los números, a su vez, corresponden a la cantidad de letras que hay después de la letra ya resuelta, pero antes de cambiar.
Luego de un largo rato, creí que lo tenía terminado, pero algo no estaba bien. En ese momento recordé: ¡¿Cómo podría haberlo olvidado?! El siete, el número de la suerte, su número favorito, es un comodín. Siempre me costaba eso, debería haberlo recordado, pero creo que extraño que me susurre al oído cuando me veía en el suelo sin poder terminar de resolver el acertijo.
El primer siete es una “A”, el segundo es una “B” y así sucesivamente hasta que no quedan más. A dar vuelta la hoja y a volver a empezar.
Pedí un budín con crema para tener algo dulce en el estómago. Siempre me dijo que ayudaba cuando tenías que tomar decisiones difíciles. Una vez que llegó, lo probé, y con la primera cucharada comencé la lectura:
“¿Cuánto tiempo habrá pasado hasta que volviste a jugar? Sé perfectamente que no lo vas a hacer enseguida, pero realmente espero que no tardes mucho. Jugar con vos fue la mayor felicidad que mi vida tuvo. Realmente no tengo nada que valga la pena. Todos los días buscaba excusas para levantarme a la mañana. Pero al ver tu rostro, algo en mí se movía, como una electricidad que no podía manejar. Fuiste el mejor regalo que podría haber tenido en esta tonta y corta vida. No sabés lo mucho que desearía poder levantarme de esta cama y hacer un último juego, una última búsqueda, pero esto es todo lo que puedo. Te dejo mi cofre, lleno de todos mis deseos por vos. No es mucho, pero es todo lo que tengo. Nunca te olvides de jugar, eso me lo enseñaste vos, no importa que tan gris sea el día. Espero que nunca lo olvides, ya que cada vez que te veo, una sonrisa escapa de mi boca.
Te amo”
La lectura se dificultaba y se hizo larga, ya que las lágrimas brotaban sin freno. Su sonrisa, nunca la voy a olvidar, todas ellas.
Guardé todo, pagué y me retiré del establecimiento. Mis pies se movían solos ya que mi mente estaba en otro lado. Sentí una gota caer en mi nuca mientras tenía la cabeza gacha. Miro hacia el cielo y las nubes ya había tomado posición. ¿En qué momento se nubló?
Antes que pudiera darme cuenta, la lluvia cayó con todas las fuerzas. Me cerré en mí mismo, maldiciendo el tiempo. ¿Por qué ahora? Ahora necesitaba del sol, me acompañó todo el día, ¿justo ahora se va? En ese preciso momento, una frase se me vino a la mente “Nunca te olvides de jugar”.
Me detuve en seco, me pare firme y miré hacia el cielo. Las gotas me golpeaban el rostro y desdibujaban mis lágrimas. No era sol lo que necesitaba. Comencé a jugar con los charcos. Solíamos cantar una vieja canción en inglés, nunca supe que significaba, pero recuerdo las palabras. La lluvia hacía que la sonrisa sea pura.
Riendo llegué a mi casa. Me desvestí en el baño y volví a bañarme. Alicia me miraba desde la puerta como cantaba bajo la lluvia; no quería que ese sentimiento se terminara. No pudiendo secarme bien, ya que la toalla no se había secado correctamente a causa de la humedad que no noté anteriormente, me vestí con mi pijama. Acaricié a Alicia y busqué la pequeña llave.
-¿Dónde fue que la metí? Sé que tengo la caja por algún lado, tiene que estar por acá.
Luego de dar vuelta todo el cuarto, la encuentro. Una caja, no muy grande, toda marrón con metales color bronce. Sencilla, pero lo suficientemente grande para guardar cosas de no tan pequeño tamaño. Estaba ya oxidada, pero no recuerdo haberla visto pulida alguna vez. Era realmente un cofre. La lengua escapa de mi boca mientras ingreso la llave por la ranura; la niñez vuelve a mí. Giro y la abro.
Me detengo a observar su interior. Una hoja escrita en códigos sobre una hoja blanca, un lápiz, una goma y, por supuesto, un chupetín.