Capítulo Unico
Rachel Adams entro en el salón de conferencias, y encontró que su cliente ya estaba ahí. Excepto que, diferente de la primera vez que se conocieron. Se había ido la profesionalmente vestida, dignificada a pesar del trauma la joven que había obtenido una declaración.
En vez de eso, estaba apenas reconocible. Se sentó en la mesa con un crop top rosa tan apretado que sus pezones estaban prominentemente a la vista, leggins azules, igualmente reveladores, y unas zapatillas de plástico barato. Su cabello rubio estaba arreglado y peinado. Sombras azules y abundante rímel completaban el look de prostituta.
“Madison?”
“Ese no es mi nombre,” dijo la mujer. Ella miro a su abogada brevemente, luego giro su atención a las celdas.
“Si, lo es.” Rachel se sentó con fuerza, y saco un papel del archivo que dejo en la mesa. “Pasamos cinco horas descubriendo que paso, y por eso te llame.”
“Ese solía ser mi nombre. Ya no lo es. Ahora soy Coñito Siempre mojado.” Ella saco un papel y lo puso en el centro de la mesa.
Rachel lo recogió, lo reviso. Quedo boquiabierta. Por orden de la Corte Superior del Estado de Suffolk, la persona quien había sido Madison Elise Granger era ahora, legalmente, Coñito Siempre mojado. El orden de la corte era de hace dos días.
“Lo estoy, sabes.”
“Eres que?” Pregunto Rachel mientras intentaba aclarar sus pensamientos. Ningún juez aprobaría... que ese fuera el nombre legal de alguien.
“Siempre mojado.” declaro Coñito al levantarse. “Quieres revisar?”
“No! Por favor, siéntate.” Rachel se quedó con el archivo. “Solo necesitamos declarar porque estamos acusando a Richard Parson, oficialmente, antes de entregarlo a la policía.”
“Oh, no hay necesidad,” dijo Coñito, sonando aburrida. “No voy a presentar cargos.”
“Pero...” el cerebro de Rachel se quedó sin palabras. Ella miro el documento que había estado leyendo. “Dijiste que te secuestro. Que te llevo a un departamento lujoso. Que te violo y sodomizo por dos días.” La miro a los ojos. “Ahora vas a decir que nada de eso paso?”
“Oh, no,” dijo su cliente, con orgullo. “Todo eso paso. Pero él es mi amo, y yo su esclava. Él tiene el derecho de hacer conmigo todo lo que quiera.”
“Todo?” dijo Rachel para ella misma.
“Por supuesto. ¿Cuál es el punto de tener una esclava si no puedes hacer lo que sea con ella?”
“Pero la esclavitud no es legal.”
Coñito la miro como si fuera estúpida. “Legal, basura. La verdadera esclavitud no tiene nada que ver con leyes.”
“Pero, si no vas a presentar cargos, ¿porque viniste hoy? ¿Porque no solo me llamaste y me ahorraba mis honorarios?”
La rubia giro sus ojos. “Por la misma razón que hago todo. Porque mi Amo me dijo que lo hiciera.”
“Tu Amo... te dijo que lo hicieras?”
“Oh, sí. Él está realmente enojado porque intentaste esconderme de él. Dijo que te haría pagar por eso.”
Rachel estaba confundida. “Hacerme pagar? ¿Como?”
“Sacando tu verdadera naturaleza,” dijo una profunda, voz masculina. Rachel de repente noto a un hombre parado en frente de la ventana.
“Mi verdadera naturaleza?”
“Si. Detrás de esa fachada de ser una abogada bien pagada, en lo profundo, eres una puta caliente quien realmente no quiere nada más que complacer a los hombres y ser cogida. Preferiblemente ambos.”
Rachel se levantó. “Me voy y llamare a seguridad.”
“Siéntate, perra.”
Ella cayo con peso en la silla.
“¿Fui buena, Amo?” pregunto Coñito. “Hice lo que quería?”
“Si, esclava, me has complacido. Puedes correrte.”
Coñito grito y gimió.
Rachel saco su teléfono. “Aun llamare a seguridad.”
“No, no lo harás,” respondió el hombre. “Baja el teléfono.”
Rachel dejo su teléfono en su regazo.
“Empecemos,” dijo el.
“Jodete,” respondió Rachel.
“Quién eres?” pregunto él.
“Rachel Adams,” respondió sin pensar.
Una profunda niebla de vacío la lleno. Duro entre un nano segundo y una eternidad, y ella quería salir en desesperación, pero se quedó callada.
“Que haces?”
“Soy abogada aquí en McFadden & Gilchris.”
De nuevo el abismo se abrió y trago su alma.
Ella lo miro con lágrimas, pero no pudo romper la vista.
“Que haces para divertirte?”
“Juego squash. Hago trabajo de pro-bono para un refugio de mujeres.”
El rugido del vacío lleno su mente, desnudándola de ella misma.
“Y cocino.”
La presión continuaba.
“Eres importante?”
“Por supuesto que soy importante.”
Ella cayo al precipicio y se cayó de la tierra, nunca alcanzando el fondo.
Rachel Adams se encontraba hincada en el suelo a lado de la silla que había ocupada. Tembló, y se retorció del frio, sudando.
“Levántate,” ordeno él.
Ella se puso de pie y se tambaleo.
“Siéntate. Mírame.”
Ella tomo la silla y se sentó.
“Intentemos de nuevo. ¿Quién eres?”
Ella cerro los ojos de miedo. “Rachel Ad...”
Estaba atrapada en un glaciar, congelada, pero el frio no era frio. Era la desolación de estar lejos de todo.
Y luego tuvo un pensamiento, uno que podía liberarla.
“Soy Putita Córrete en mi cara.”
El repentino calor en su clítoris derritió el hielo.
“Que haces?”
“Hago lo que se me dice.”
Frotándose, el fuego insistente sofocando sus lomos.
“Que haces para divertirte?”
“Ser cogida y complacer hombres.”
El vacío regreso, pero solo en su vacío canal vaginal, presionado por la fiera necesidad de ser llenada.
“Eres importante?”
“No. No soy de importancia. Solo los hombres que sirvo son importantes.”
El placer exploto por todo su cuerpo. El orgasmo la recorrido desde sus pies hasta la cabeza.
La cabeza de Putita descanso contra el respaldo de la silla mientras ella se deleitaba lánguidamente en el resplandor crepuscular. Claramente, había complacido a su Amo y eso la hacía muy feliz. El único problema en su mundo era alguien llamada Rachel, regañándola. Criticándola. Diciéndole que ella no pertenecía ahí.
Rachel escalo por las profundidades de su propia mente. El impulso de conceder era seductor, pero fundamentalmente débil. Esta... cosa... este deseo, intento de supervivencia, esforzándose para pelear por el control. Putita desapareció, y Rachel abrió sus ojos.
“Tu pierdes, idiota.”
“No confundas una batalla con la guerra,” respondió el amablemente. Coñito estaba en su regazo, su mano metida entre sus piernas.
“No me vencerás,” declaro ella.
“No lo necesito. Tu misma te vencerás.”
Un sonido retumbante salió de la garganta de Coñito. Rachel podría jurar que estaba ronroneando.
“No quiero ser tu esclava.”
“Oh, pero lo eres. Crees que no, pero esa es solo la desilusión que la sociedad te ha impuesto. En lo profundo, todas las mujeres quieren ser esclavas de un hombre. ¿No es así, Coñito?”
“Oh, si, Amo,” suspiro la esclava. “Soy mucho más feliz como su juguete sexual que como una mujer libre. Pelearas por mucho tiempo, pero Putita Córrete en mi cara es quién eres. Deseo que te ahorraras todo ese dolor, pero no lo harás. Yo no lo hice.”
Rachel se encogió de hombros. “No eres feliz. Solo te lavo el cerebro.”
“Si, bueno, eso es irrelevante,” dijo el. “No voy a hacerte mi esclava. Eso sería una recompensa, no un castigo.” Su voz sonaba muy razonable.
“Entonces que vas a hacerme?” Ella se volvió consciente de la gente que estaba mirando a través del cristal en el cuarto de conferencias, y se movió incómodamente.
“Ya lo hice, pero desarrollaras tu deseo natural de ser una esclava, pero negada por el rechazo de convertirte en una. Solo veras tu vida pasar, viendo en términos cortos como crece tu deseo, tu necesidad de un vacío completo.”
“Nunca. Nunca querré esas cosas.”
“Pero ya las quieres. Sabes cómo quieres ser tratada.”
“Con respeto?”
“No, no. Con comentarios hirientes sobre tu capacidad mental. Con hombres reduciéndote por tu apariencia física. Con rumores de que usas el sexo para salir adelante, y que no eres más que una puta para su uso.” Su tono de repente cambio de uno conversacional a uno severo. “Tu nombre es Putita. Es quién eres.”
Rachel cerro sus ojos mientras el placer la recorría.
“Es inadecuada para ser una asociada en la prestigiosa firma de McFadden & Gilchrist, o incluso para ser abogada. Solo termino la escuela de leyes por su apariencia.”
Ella gimió.
“Mírese. ¿Así es como debería ir vestida una puta?”
Rachel miro su pesada blusa y su falda larga. La excitación se acabó, y se quedó mirando el abismo. La horrible consciencia de que estaba equivocada.
El pánico la lleno. El terror de que estaba equivocada, balanceado contra la vergüenza de desvestirse mientras sus compañeros la miraban.
“Creo que deberías quitártelo. Todo.”
Ella intento sostenerse a la vergüenza que sería exponerse ante todo McFadden & Gilchrist. Uso eso como una roca de sus resistencia. Y luego la excitación volvió, y un rincón de su mente se dio cuenta que la vergüenza en si la ponía caliente, eso la hizo querer complacer.
Él le sonrió a ella mientras se levantaba, se quitaba su chaqueta. Se desabotono su blusa, revelando una camisa ligera. Sus ojos estaban viendo el suelo. Ella se quitó la tela del cuerpo, y cayó al suelo.
“Bien,” dijo el, “pero una desnudista debe siempre tener contacto visual con su audiencia.”
Ella levanto la cabeza, y se dio cuenta que estaba mirando a Don Kushner. Su supervisor. Su cara mostraba entretenimiento y consentimiento.
Rachel se estremeció del calor esparciéndose desde su coño.
Sus manos estaban detrás de ella desabrochando su falda. Cayo hacia sus tobillos como su blusa.
“Espera,” ordeno él.
Desde la comisura de sus ojos, Pu... Rachel vio a Coñito levantarse de su regazo y gatear hacia ella. La [no] rubia quito de sus piernas las sandalias que estaba usando, y luego alcanzo su cintura para sus medias, las tomo, junto con sus bragas, sobre sus caderas, y las bajo hasta sus piernas.
Mientras el aire frio golpeaba su vagina, Rachel se volvió adecuadamente consciente de la humedad que recorría sus muslos. Ella vio los ojos de Don volverse locos mientras la cabeza de Coñito se presionaba contra sus piernas y su lengua recorría su entrada. Alguien afuera aulló como lobo. Ella se sonrojo de la humillación. O de la excitación. Ambas.
Coñito se levantó, y giro su cabeza. Mientras su manos desabrochaban su sostén, beso a Rachel, permitiéndola probar su propio sabor por primera vez. Su escroto tuvo espasmos del sabor.
Después estaba completamente desnuda, mirando a toda una multitud. La mayoría de las mujeres se alejaban con disgusto, pero los hombres estaban bromeando. Ella se quedó sin palabras, pero las risas no paraban.
“Voltéate e inclínate. Déjalos ver tu trasero.”
Era idea de Putita abrir las piernas, arquear la espalda y abrir sus nalgas, dejándolos ver su ano. Ella podía sentir su coño llenándose de humedad, mostrando los efectos de exhibirse.
“Necesitaras quitarte ese vello. Te daré el numero de un a depiladora laser que lo hará todo. Haz que tu vagina se vea como la de una niñita. Y necesitaras tetas más grandes, por supuesto.”
Él se levantó, desabrocho su pantalón. Ella lo miro, fascinada de que Richard sacara su erecta verga. El presiono, para que su torso descansara en la mesa de conferencias. Su verga entro dentro de ella, y Putita gimió. Rachel sintió todo, atrapada en una esquina de su mente. No podía pelear.
La dicha se esparció desde sus genitales. Coñito se acostó junto a ella, besándola. Putita abrió su boca, y sus lenguas pelearon frenéticamente. Rachel podía escuchar los halagos desde el pasillo.
El Am....no, él no era su amo. Ella era una puta, pero la había rechazado. Solo era un recipiente de verga temporal. Coñito era muy suertuda.
Ella podía sentir que estaba por correrse. Finalmente, Rachel fue capaz de alejarse de él, solo para caer de rodillas, mirándolo. “Córrete en mi cara. Es quien soy.”
Coñito agarro su verga y la masturbo. Chorros blancos mancharos su cara y cabello. Ella parpadeo, intentando limpiarse los ojos. Su esclava tomo su verga con su boca, limpiándola, y él se abrocho el pantalón.
Rachel se quedó en el suelo. Toda la oficina podía ver el semen cayendo por su barbilla y en su torso.
Él recogió un set de ropa, y lo puso en la mesa junto a su cabeza. “Toma. Estas son ropas apropiadas para Putita. Póntelas mientras te explico el resto de tu vida. Mañana, iras a comprarte todo un nuevo guardarropa, comprando ropa alterada como se necesite para adaptarte a ser una puta. Oh, y contrata un abogado para convertir todo tu patrimonio en un fideicomiso. Hogar incluido. Solo pagarás los gastos apropiados para una puta.”
Rachel se levantó, empujando a Putita hacia los recovecos de su mente. Encima de la pila estaba un par de medias negras, tacones altos. Ella se las puso en las piernas mientras hablaba.
“Cada cinco minutos, vas a preguntarte una pregunta. ‘Quién soy?’ ‘Que es lo que hago?’ ‘Soy importante?’ Menos fundamentales, y más específicas, también. ‘Me gusta que los hombres me miren el culo y me toquen?’ ‘Soy lo suficientemente puta?’ ‘Me gusta tener una verga en mi culo?’.”
Una apretada, tanga de satín blanco seguida de unos ligeros.
“Cada vez que respondas incorrectamente, tu mente te castigara. Cada vez que respondas correctamente, tu coño te recompensara.”
Ella saco una falda, con manchas grises lo suficientemente corta par que sus bragas sean visibles de todos lados.
“Cuando te vayas a dormir, tus sueños consistirán en servir, obedecer, y coger.”
El saco una blusa corta y se la puso sobre sus brazos. La abotonó, dándose cuenta de que el ultimo botón estaba en su escote. Era apretada, y estaba a 10 centímetros de encontrarse con la falda.
“Eventualmente, tu coño ganara esa pelea. Rachel Adams desaparecerá para siempre, y Putita Córrete en mi cara vivirá por siempre.”
La chaqueta de cuero combinaba con la falda, y con la blusa también. Semen cayendo por su escote, el fluido blanco contrastaba con la tela oscura.
“Por todos los medios, continúa viniendo a trabajar, aunque sospecho que tus deberes cambiaran.”
Ella completo el atuendo poniéndose unos tacones de aguja de quince centímetros tipo sandalia.
Él se levantó, tomo a Coñito de los hombros, y se dirigió a la puerta. “Bienvenida al resto de tu vida.” Mientras se iban, la miro sobre su hombro. “Si puedes, encuentra a otra mujer en la oficina que te lama eso. Si no, úsalo por el resto del día.”
El par desapareció entre la multitud. Nadie parecía notarlos. Todos la estaban mirando a ella. Ella apretó sus muslos mientras llegaba el calor de la humillación.
Una pregunta sonó en su cerebro.
“Quién eres?”