La Extraña de la Ciudad Amarilla

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Summary

Victoria no puede creer lo que está viendo en la estación de la Ciudad Naranja: una mujer extrañísima que viste de forma anticuada, no sabe cómo funciona el dinero y, para colmo, ¡decide seguirla a todas partes! Victoria es una mujer adulta con un buen trabajo, una vida romántica nula y un secreto peligroso que proteger, y lo último que necesita es una compañera de piso inesperada. Acompáñala en esta novela corta de ironía y fantasía, mientras intenta que la extraña a la que acaba de conocer no ponga su mundo patas arriba.

Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

La extraña

No puedo apartar la mirada de la peculiar mujer que deambula con seguridad entre la abarrotada estación de carros de pasajeros de la Ciudad Naranja.

¿Qué narices lleva puesto?

Diría que es un vestido largo, pero le cubre completamente los brazos y las piernas y no adquiere ningún tipo de forma definida sobre su cuerpo. Lo peor es el color: un intento de púrpura suave que parece haberse lavado demasiadas veces en la lavadora. ¿Y esos adornos dorados en las mangas? ¡Qué cosa más hortera!

La mujer se detiene ante un enorme carro negro tirado por, al menos, siete caballos. Con ese tamaño, lo más probable es que se dirija hacia la Capital, la Ciudad Azul.

Dado su aspecto, lo más seguro es que la extraña haya venido de visita desde allí y que se disponga a regresar a su hogar.

Me acurruco en el banco en el que estoy sentada, intentando ignorar a los otros dos pasajeros con los que lo comparto. Mi chaqueta de franela no es lo suficientemente gruesa como para lograr calentarme lo suficiente. A pesar de haberle dado diez vueltas a la bufanda alrededor de mi cuello, el helado aire de la estación ha conseguido alcanzar mi garganta.

Todavía me quedan unos minutos de espera hasta que llegue el carro que me llevará de vuelta a mi hogar después de haber pasado casi una semana fuera. No puedo decir que haya sido un buen viaje, pero a veces es necesario visitar a la familia.

―Le estoy diciendo que el carro va lleno ―una gruñona voz masculina me arranca de mi morriña―. Me da igual la cantidad de dinero que lleve encima. Tendría que haber comprado el billete antes, como han hecho el resto de pasajeros.

Me giro, al igual que los demás viajeros de la estación, hacia el origen de la discusión. El conductor del gran carro negro está hablando con la extravagante mujer que se encuentra a medio camino de subir la escalerilla que da entrada al vehículo. Ella parece responderle algo, pero a diferencia de su interlocutor, habla en voz baja y no puedo escuchar nada de lo que sale de su boca.

―Le estoy diciendo que es imposible ―continúa el hombre―. No tengo tiempo para esto, tengo un horario que cumplir. Como siga insistiendo, no me quedará más remedio que avisar a la Policía Ciudadana para que resuelva este asunto.

Un escalofrío me recorre la espalda. No me apetece tener que lidiar con la Policía Ciudadana de la Ciudad Naranja en estos momentos. En general, no me conviene encontrarme con la Policía Ciudadana de ninguna ciudad. Eso es lo que tiene guardar en secreto tu verdadera identidad.

Me levanto de un salto y me acerco hacia el conflicto, a diferencia de lo que hacen el resto de pasajeros que se han ido alejando progresivamente del mismo.

―… si me pudiera explicar qué es un billete y cómo adquirirlo, no habría necesidad de avisar a las autoridades.

La voz de la extravagante señora es dulce, pero a la vez falta de emoción, como si se viera obligada a pronunciarlas.

Me detengo a la altura de la escalerilla e intento elevar mi propia voz para que se me escuche por encima del murmullo generalizado que ha llenado e la estación. Tengo que esmerarme más de lo que esperaba porque el gruñón conductor ha comenzado a llamar a gritos a algún tipo de becario para que avise a la Policía Ciudadana.

No son cosas mías, literalmente está gritando la palabra “becario”.

―Si necesita ayuda para comprar un billete, yo puedo ofrecérsela. Seguramente salga otro carro con el mismo destino en pocas horas.

Ella se vuelve hacia mí y unos inexpresivos ojos marrones se fijan en los míos. Inmediatamente, comienza a bajar por las escalerillas y se coloca a mi lado. Ahora que la veo más de cerca, creo que lo que lleva es una túnica.

¿Quién lleva túnicas a día de hoy? Es algo tan pasado de moda…

El conductor, entre infamias e insultos, grita:

―No hace falta que los avises, la loca ya se ha bajado.

Me pregunto si tiene algún problema que le impida mantener un tono de voz normal. Probablemente no.

En menos de un minuto, el gritón conductor azota con las riendas a los caballos para que hagan avanzar el carro, y desaparece entre el resto de vehículos que se acumulan a la salida del recinto.

―Venga conmigo ―le digo a la mujer antes de volverme hacia el edificio principal.

El edificio principal de la estación de carros es una estructura rectangular formada por paredes de ladrillos de color ocre, con dos grandes puertas de madera cobriza a cada lado como único modo de entrar y salir. En su interior se encuentran diez mostradores cubiertos por cristaleras transparentes con un brillo anaranjado, tras los que se esconden los aburridos vendedores de billetes de la estación.

La extraña me sigue obedientemente, aunque sin perder su aire de seguridad.

―¿Hacia dónde se dirige? ―le pregunto una vez nos colocamos en la cola que he decidido, de manera totalmente aleatoria, que avanza más rápido.

Asumo que será a la Ciudad Azul, pero la veo un poco despistada en lo referente a cómo utilizar los carros de pasajeros públicos, así que prefiero asegurarme. Es posible que llegara a la Ciudad Naranja en un carro privado.

―¿Hacia dónde debería ir? ―me pregunta ella con la mirada vacía..

Joder. A ver si va a estar loca de verdad.

―Yo… no lo sé. Usted iba a subirse en un carro de pasajeros. Imagino que querría llegar a algún lado. ¿Podría ser a su casa?

―¿Qué es una casa?

¡Ay, mierda! ¡Está loca!

Vale, Victoria, piensa en cómo vas a escapar de este lío en el que te has metido tú solita. Todavía quedan dos personas delante de nosotras en la fila. Menudo momento tan apropiado para acertar con la cola más rápida. Quizás, si le digo que voy a ir rápidamente al baño, pueda salir corriendo y…

―¿A dónde te diriges tú? ―me pregunta ella con un tono neutro y dejando de lado las formalidades cuando se da cuenta de que no le voy a explicar lo que es una “casa”.

―A la Ciudad Amarilla.

¡Pero no le digas la verdad, zoqueta!

―Nunca he estado en la Ciudad Amarilla. ¿Es un lugar interesante?

―¿Interesante? No mucho, la verdad.

Ella parece algo confundida por mi respuesta. Me alegra saber que su rostro puede crear expresiones, la hace parecer menos psicópata.

―Si no es interesante, ¿por qué vives allí?

¿Es este uno de esos momentos en el que un extraño te hace preguntas muy básicas que te ayudan a reflexionar sobre tu modo de vida y te das cuenta de que es una mierda y de que tienes que empezar de cero en otro sitio? Ojalá que no. Hoy estoy demasiado cansada como para pensar en otra cosa que no sea darme una ducha e ir a la cama.

―Tengo un trabajo no muy malo y una casa decente, aunque es de alquiler. Puede que no sea muy interesante, pero es un buen sitio para vivir.

Esa es la respuesta estándar que tengo preparada para cuando mis padres me dan la vara con el tema de haberme marchado de la casa familiar.

La extraña asiente y yo doy gracias porque la cola se esté acabando y seamos las siguientes. Una mujer vestida de naranja con una sonrisa falsa y demasiado maquillaje nos pregunta con desgana:

―¿A dónde?

―A la Ciudad Amarilla ―responde la extraña sin dudarlo.

Me muero.

Espero que la noticia de mi asesinato no salga mañana en la portada de todas las revistas de El Reino.

―¿Dos billetes?

―Solo uno.

La empleada mueve los dedos a través de su teclado e imprime el billete mientras yo maquino cuál va a ser mi siguiente paso. Todavía estoy a tiempo de montarme en un carro que se dirija a otra ciudad, pasar allí la noche y regresar mañana a la Ciudad Amarilla.

―Serían dos monedas de plata ―nos informa la empleada, abriendo una pequeña trampilla que hay en la parte inferior de la cristalera.

Abro mi bolso para sacar el monedero porque dudo mucho que la señora que me acompaña lleve dinero encima. Obligo a mi mano a sacar la cantidad requerida (dos monedas de plata es lo que me cuesta el alquiler de un mes) y se las cambio a la empleada por un pequeño trozo de papel naranja con las letras “Ciudad Amarilla” escritas en él.

El gran fallo de mi plan es que no soy tan solvente económicamente como para comprar otro billete y pasar la noche en un hotel de una ciudad aleatoria.

Arrastro los pies de vuelta al exterior de la estación. La extraña me sigue con paso firme y confiado. Elevo la vista y veo como el carro marrón que se dirige a la Ciudad Amarilla se detiene con brusquedad en su andén.

Tengo que planificar con exactitud mi huida. Voy a dejar que ella se ponga delante de mí en la cola para subir y, cuando entre en el carro, saltaré la escalerilla y correré lo más rápido que pueda, que probablemente no sea mucho. Pero espero que sea lo suficiente como para que decida que no merece la pena gastar su energía de psicópata en seguirme.

Una bolsa de tela tintineante aparece en mis manos cuando nos colocamos en la cola para entrar al carro.

―Coge lo que hayas pagado de ahí. Nunca he sabido muy bien cómo funciona el “dinero”.

Abro la bolsa y un brillo dorado me hace cerrar parcialmente los ojos. No duran mucho así porque cuando me doy cuenta del origen del destello, se me abren de par en par.

Calculo rápidamente que habrá al menos quinientas monedas de oro ahí dentro.

Cierro la cremallera con rapidez y miro hacia todos lados para comprobar que nadie nos está observando. Con lo que hay ahí dentro podría no volver a trabajar y vivir cómodamente lo que me queda de vida.

―¿No… no tiene nada más pequeño? ―consigo preguntar mientras agarro con fuerza la bolsa.

―¿A qué te refieres con más pequeño?

No sé si reírme o llorar. De verdad que espero que esto sea algún tipo de broma.

―Una moneda de estas podría comprar cincuenta billetes a la Ciudad Amarilla ―le susurro, acercándome a ella.

Ya hemos llegado a la escalerilla y mi pie está en el primer escalón. Tengo que prepararme para saltar cuando sea el momento apropiado.

―¡Vaya! ―exclama la extraña, y sus cejas se arquean como si estuviera realmente sorprendida de ser tan rica.

Luego se queda pensativa unos segundos, tras los cuales asiente y me dice:

―Coge una moneda. Una parte por el billete y el resto por la ayuda.

Justo antes de entrar en el carro se gira hacia mí y me dirige lo que me parece que es una sonrisa. Es como si su cara no estuviera acostumbrada a hacer ese tipo de gesto porque las arrugas no se forman en los lugares correctos. Luego desaparece en el interior del vehículo sin decir nada más.

―Es ahora o nunca ―me advierto mentalmente.

Pero acaba siendo nunca.

Esa mujer me acaba de entregar mi sueldo de un año por ayudarla a comprar un billete para ir a la Ciudad Amarilla. Y por alguna extraña razón, parece que se encuentra genuinamente perdida en este mundo moderno.

Suspiro y entro en el interior del vehículo, abandonando mi descabellado plan de huida y esperando haber tomado la decisión correcta.