Capítulo 1 – La puerta cerrada
El pasillo estaba vacío.
Solo el eco de mis pasos y el zumbido intermitente de las luces me acompañaban. A esa hora, la instalación debería estar en completo silencio… pero había algo distinto. Un rastro húmedo, rojo oscuro, se extendía como un hilo torcido sobre el suelo metálico.
Me detuve.
Apreté la manzana que tenía en la mano, como si fuera un amuleto. El crujido de mis dientes al morderla rompió el silencio y me devolvió, por un instante, a la realidad. El sabor ácido me mantuvo despierta, enfocada.
Pero el rastro no desaparecía.
Seguía, torcido y errático, hasta la puerta de mi oficina.
Me acomodé los audífonos en el cuello.
El corazón golpeaba rápido, aunque por fuera mantenía la calma que tanto me había costado construir. Extendí la mano —vendada, como siempre— hacia el picaporte. Estaba frío, más de lo normal.
La abrí.
Mi oficina estaba exactamente como la había dejado: los estantes repletos de archivos, los cuadernos abiertos con mis garabatos de criaturas imposibles, las luces bajas. Y sin embargo… había algo distinto. Sobre el escritorio, entre mis papeles, descansaba un expediente cerrado con un sello rojo.
No era mío.
Nadie entra aquí sin mi autorización.
Tragué saliva, dejé la manzana mordida a un lado y acerqué los dedos temblorosos al sobre. El sello parecía fresco, como si alguien lo hubiera dejado hace segundos. Lo rompí despacio, con esa mezcla de miedo y curiosidad que siempre me ha definido.
Dentro había solo una hoja.
Mi nombre escrito en letras negras:
“Dra. Jennifer Smith – Objetivo de Contención Inmediata.”
Y más abajo, una anotación escrita a mano, con tinta torcida y oscura:
“Ya saben lo que eres, Cuervo.”
El expediente cayó de mis manos.
Las luces parpadearon.
Y detrás de mí, juraría que escuché el crujido de pasos… pero yo estaba sola.