The Witcher: Fe Roja (universo 349278)

Summary

No hablaras de los ángeles No pintaras a los ángeles No escribirás sobre los ángeles No tallaras a los ángeles No cantaras a los ángeles por sus nombres Porque la fe se propagará por si misma Geralt de Rivia, un antiguo brujo experimentado que recientemente posee pérdida de memoria, luego de años es encontrado por sus colegas que lo atienden pese a la sorpresa de verlo con vida. Sin embargo, los cuestionamientos se dejaron de lado cuando invasores de ojos rojos asaltaron la fortaleza de Kaer Morhen, llevándose consigo varios de los mutagenos de la escuela del lobo. Emprendiendo una búsqueda exhaustiva para recuperar los mutagenos, Geralt y su acompañante Leo el reciente aprendiz de brujo, dirigen su camino hacia la capital de Temeria: Wyzima. Donde no solo les espera lidiar con cierta organización criminal que está vinculada al robo de los mutagenos de su escuela, sino además de un misterioso culto religioso nunca antes visto que es portador de ideas radicales y un perturbador secreto que puede representar la condena de su mundo. ¿Podrá el veterano brujo y el aprendiz que le acompaña lograr su cometido y lidiar con aquella amenaza que los sobrepasa?

Status
Complete
Chapters
23
Rating
n/a
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18+

Prologo

The witcher: fe roja prologo

Las afueras de Wyzima, Capital de Temeria, Ciénaga

El cielo nocturno pesaba la casi solitaria ciénaga que no se convertía en un lugar de silencio absoluto debido al frecuente tintineo de los grillos y demás fauna que habitaba la zona. Lo que se sabía del terreno es que era lugar para una solitaria comunidad de campesinos que se dedicaban a la elaboración de ladrillos a bajos costos, pero mal pagados. Un área custodiada por druidas que generalmente evitaban a la gente externa, pero habiendo sus excepciones siempre y cuando no se dañara el área natural que era muy preciado por ellos. Y lo más interesante eran los rumoreados campamentos Scoia’tael que habitaban la zona.

Escuchándose los pasos de botas pesadas pisando sobre el suelo lodoso. Un contingente de caballeros de la rosa llameante marchaba firme sobre el terreno poco sólido, pero eso no los detuvo de seguir el paso. Eran una cifra aproximada cincuenta; con un número fijo de diez ballesteros y cuarenta miembros de infantería. Sus armaduras eran en general de una totalidad gris, pero eran cubiertos con telas que las hacían ver de un color rojo, generalmente llevando en el pecho un emblema de una rosa en llamas.

La orden de la rosa llameante es una orden de caballeros cuyos orígenes remontan apenas unos años antes con sus predecesores de la orden de la rosa blanca que habían caído en la corrupción al centrarse más en obtener riquezas y reconocimiento de los nobles que ejercer la justica. Remontaron desde sus cimientos luego de que el gran maestre anterior Rudolf Valaris falleciera durante la segunda guerra con Nilfgaard. Siendo su sucesor Jacques de Aldersberg quien bajo su liderazgo reformo por completo la orden renombrándola la orden de la rosa llameante que emplearía su labor en mantener el orden y la paz frente a las inclemencias del mundo. Promoviendo consigo la fe del fuego eterno que era la religión indiscutible de los caballeros.

Por norma general, ninguno de los caballeros cobrara por sus servicios en contra del mal de los herejes, no humanos, y monstruos que amenazan la gente del común. Siendo ese el dictamen que promulgo su actual maestre.

El contingente era liderado por el reconocido caballero Siegfried de Denesle, un varón audaz y honorable de más de veinte que no llevaba yelmo como sus otros compañeros, dejándose ver su rostro y cabello rubio. Era hijo de un reconocido caballero de nombre Eyck de Denesle que desde antaño era un cazador de monstruos: desde marticoras y grifos, hasta dragones, que ejercía sus servicios sin ofrecer nada a cambio. De lo que se cuenta de él, tras ser convocado en la caza de un dragón que eran acompañado de demás personas en lo que sobresalió cierto brujo, hechicera, y bardo, fue el quien primero se enfrentó a la bestia, perdiendo trágicamente el encuentro y quedando paralitico. En un inicio se creyó que su parálisis e inmovilidad serian permanente tras sufrir daños severos en la columna vertebral y las piernas, pero milagrosamente, años después logro recuperarse y volver a poder hacer su labor de combatir el mal, salvo con el detalle de tener su movilidad limitado por el daño que resulto permanente, no impidiéndole ese obstáculo cuando incluso se conocía que ayudo a la Reina Meve de Lyria y Rivia en unos asuntos que los caballeros de la orden desconocían a detalle. Fue cuando Siegfried no estuvo en casa que Eyck tuvo su pelea final con una manticora que acabo con su vida, aunque consiguiendo (indirectamente) matarla cuando lo ingirió. Mucho se habló del tema, sobre que el fuego purificador de Eyck logro matar a la bestia desde adentro por parte de los miembros de la orden y demás, hasta la cosa más mundana que se decía de parte de blasfemos que simplemente la manticora al no poder quitar la armadura del caballero cuando se lo trago, termino por ahogarse en el proceso. Sea como fuere, eso condujo a que siegfried se motivara a seguir los pasos de su padre fallecido. Si bien Eyck de Denesle no era reconocido por los caballeros por venerar directamente al fuego eterno sino a otras figuras religiosas que para los caballeros considerarían paganas, no impidió que la reputación del padre de Siegfried diera buena vista a su imagen.

El contingente avanzo en la oscuridad absoluta. Cosa imprudente si se tomaba en cuenta que casi iban a ciegas, pero el ataque sorpresa que ya habían planeado previamente era el motivo de ello, evitando llamar la atención encendiendo alguna antorcha que los delatase.

El miedo en los corazones de los caballeros era palpable. No por nada los Scoia’tael eran temidos por los incautos que eran tomadas por sorpresa cuando una flecha se les clavaba por el ojo sobre los caminos, tan bien camuflados con su entorno que era difícil saber la posición de los terroristas no humanos, atemorizando a cualquiera que se sintiera vulnerable por ese hecho. Aun así, teniendo a alguien como Siegfried que levantara la moral de las tropas, era suficiente para que cualquiera de los caballeros a su mando le siguiera pese al peligro notable.

Pronto el avance paró cuando Siegfried alzo la mano como señal para se detuvieran.

—Exploradores, revisen y regresen para informar de la posición enemiga. Aquí debe de ser uno de los tantos lugares donde esos malditos elfos se esconden.

—A la orden, señor.

Se sabía bien que los Scoia’tael no eran solo elfos quienes se componían solamente, también se encontraba enanos y medianos entre sus filas que se hallaban igual de inconformes con el trato que los humanos les daban. Pero para alguien como Siegfried, tales detalles le eran menores para tomarse la molestia de corregirse, sabiendo además que técnicamente la mayoría de esos no humanos se componían de elfos.

Tras la espesura de innumerables árboles que bloqueaban la vista de los caballeros. Los exploradores avanzaron con cautela, perdiéndose entre la oscuridad de la noche mientras los demás caballeros aguardaban. Paso unos largos minutos hasta que finalmente ellos regresaron.

—¿Y bien? ¿Cuál es la situación?

—Efectivamente mi señor —declaro el explorador de nombre Nadiezhda Ovich— había un campamento de esos no humanos tras la espesura de estos árboles.

Siegfried medito por un momento las palabras del explorador. Notando consigo algo que le llamo la atención.

—Mencionaste que había ¿es que ya no hay acaso? ¿escaparon?

—No sabría decirle con certeza mi señor —admitió el explorador antes mencionado—. Pero está claro que hubo signos de lucha por este lugar.

—Muéstrame entonces. Es deber nuestro saber que paso exactamente aquí.

El atravesar la senda de árboles que casi les obstruía el camino, más considerando la cantidad de gentes que tuvo que cruzarlo y chocando entre si ante los lugares estrechos que tuvieran que verse obligados a pasar. Finalmente consiguieron llegar al sitio que deseaban.

Efectivamente, había tiendas improvisadas y cajas con posibles suministros almacenados en su interior sin usar, situado todo en un espacio suficiente donde los arboles no obstruyeran… pero eso no fue lo inusual. Lo que pudieron notar con la poca luz que les brindo la luna, vieron la sangre que manchaba tanto las tiendas improvisadas: seis en concreto, como el suelo cercano a estas. Materiales que fueron abruptamente arrojados y una que otra arma tirada por el piso. El olor a podredumbre también llego hasta las narices de los caballeros que conscientemente llegaron a taparse el rostro con tal de evitar el olor. Pudieron notarse incontables huellas para que incluso los Scoia’tael los hubieran provocado, pues eran conocido el hecho que estos no andaban por grandes números por unidad, normalmente rondaban por siete u once integrantes máximo. Explorando el interior de las tiendas, toparon con los cadáveres en descomposición de tres enanos que ya habían tenido pocos días en los que habían fallecido y no de una forma agradable, pues las laceraciones de mayor grado que encontraron, así como de profundos cortes en sus cinturas que daban indicios de haber sido asesinados por un hacha o cualquier objeto pulso cortante lo suficientemente afilado como para poder traspasar la armadura pesada que portaban los enanos fallecidos.

—Esto es raro mi señor —hablo uno de los capataces del grupo—. ¿Qué habrá provocado la desaparición de los elfos y la muerte de los enanos? ¿habrá sido uno de los wyvernos que merodean por el área?

Siegfried lo pensó, no era extraño pensar eso sabiendo que esas mortíferas criaturas habitaban la ciénaga, pero las huellas dejadas aquí parecían indicar otra cosa. ¿Acaso de trato de una riña interna entre diferentes grupos Scoia’tael que termino en la muerte de las partes participantes? Los cadáveres de los enanos podrían afirmar esa idea. No obstante, la absoluta falta de presencia elfica seguía sin dar una respuesta clara de lo sucedido en el campamento.

—No, no lo creo —admitió Siegfried—. No descarto la posibilidad que un monstruo hubiera acabado con esos infames no humanos, pero no deberíamos de hacer suposiciones sin pruebas. Informa a todos que se reagrupen, quiero avisarles que los planes cambiaron y ahora nos repartiremos en grupos para poder abarcar espacio e inspeccionar a los alrededores a ver si encontramos una pista de lo que sucedió. Si acaso un wyverno o cualquier monstruo es el responsable, debemos erradicarlo y asegurarnos que no llegue a poblaciones humanas.

Antes de que el capataz obedeciera las ordenes de su superior y fuera dar aviso a los caballeros. El antes mencionado explorador Nadiezhda que se encontraba unos pocos metros más alejado del grupo que el resto noto algo fuera del campamento. Al visualizar bien noto extraños brillos rojizos que incluso en la oscuridad se hacían notar.

—¡Señores! —empezó a llamar el resto de caballeros—, hay algo extraño merodean…

Nadiezhda no pudo terminar de concretar lo que decía, puesto que una flecha le había perforado la garganta con la punta de la flecha sobre saliendo al frente de su cuello. No demorando en caer muerto en agonía.

Los que atestiguaron esto cuando escucharon el llamado del explorador no demoraron en alertar al resto de sus compañeros, dándoles el suficiente tiempo de prepararse cuando una lluvia de flechas provenientes de la oscuridad les cayó encima.

—¡Alcen los escudos! —ordeno Siegfried severamente por el repentino ataque que sufría él y los caballeros bajo su mando.

Los caballeros hicieron caso a las órdenes de su superior. Formaron una muralla de escudos que les protegió de los disparos de aquel desconocido enemigo, y pese a que los disparos provinieron de una dirección en concreto, no corrieron riesgos y también lo hicieron desde su retaguardia. Decir que no hubieron bajas después de eso sería mentir, puesto que dos de los ballesteros habían perecido por los disparos al no haber sido alcanzados a ser protegidos a tiempo por sus compañeros, junto al hecho de que astutamente como cobardemente los disparos de flechas lograron insertarse sobre los caballeros desde su cintura de abajo donde sus escudos no alcanzaban a cubrirles.

Luego de unos intensos minutos, los disparos cesaron, dejando desconcertados a los caballeros que no dejaron de alzar sus escudos.

Desde la dirección un poco más amplia que el camino que tomaron los caballeros. Pronto brillos rojos se hicieron visibles para los caballeros que osadamente asomaron su cabeza para poder siquiera visualizar a sus atacantes. Aunque eran muchas, todas ellas se mantenían unidas en un par de dos y estaban formadas en fila de manera horizontal. De una forma ordenada, los brillos comenzaron a acercarse y hacerse notar más la figura de que eran realmente entre los árboles.

—¡Los negros!

—¡Nilfgaardianos!

Los caballeros de la rosa llameante vociferaban a medida que veían los siluetas humanoides. Bajo la tenue luz de la luna, se hizo notar a personas con armaduras negras que iban provistas con equipamiento decente como para tratarse de bandidos o al menos de bandidos comunes. Y lo que antes interpretaron como brillos rojos, se trataba de nada más que los ojos de aquellos individuos que portaban ese brillo antinatural.

Siegfried quien veía esto y otros de sus compañeros pensaron otra cosa. A pesar de que muchos confundían a esos individuos con los no tan antiguos enemigos de los reinos del norte. La falta de símbolos como lo era comúnmente el sol daban la idea de que no se trataban de ellos. A su vez noto que los diseños de las armaduras no eran de los nilfgaardianos y viéndolo bien algunas eran más grises que negros que solo se llegaban a confundir con la falta de luz en medio de la oscuridad. El caballero alzo la voz hasta los desconocidos.

—¡Soy Siegfried de Denesle! ¡Nosotros somos caballeros pertenecientes a la orden de la rosa llameante! ¡Exigimos su rendición a cambio de tener la oportunidad de perdonarles la vida por el agravio que cometieron!

Sin embargo, aun con el tono de severidad que expreso el caballero, no inmuto ni un poco a sus atacantes que permanecieron en un silencio antinatural. Pronto los atacantes alzaron sus armas como anticipación de su agresión, no demorando en cargar contra los caballeros de la rosa llameante.

—Que así sea —expreso enojado Siegfried, dirigiéndose a sus compañeros—. ¡Que paguen por nuestros camaradas caídos!

Los caballeros no tardaron en cargar también contra los atacantes de armaduras grises y negras. El choque entre ambos bandos se produjo con estruendos de metal chocando con el metal o la madera de los escudos dependiendo del material. La primera impresión que se dio en cuanto ambos grupos chocaron, fue de la inmensa fuerza que portaban los individuos de ojos rojos al poder derribar a los caballeros aun cuando se protegían con sus escudos, o el simple choque de sus armas hacían que los caballeros casi perdieran el equilibrio ante las inmutables personas de ojos rojos.

Por la retaguardia de los caballeros, sus ballesteros prepararon las flechas para disparar contra las personas de ojos rojos. Cuando las cosas fueron más visibles, notaron que la infantería enemiga era una cantidad menor a ellos, poco más de veinte personas de ojos rojos que sorprendentemente se estaban sobreponiendo a los caballeros pese a la superioridad numérica, pero notando a su vez que los disparos de flechas se reanudaron desde la oscuridad de los árboles. Advirtiendo que provenían personas de ojos rojos que se quedaron por detrás de sus aliados. Ya fuera que portaran arcos o ballestas, los ballesteros de los caballeros no dudaron en devolver los disparos con total rabia; tanto a ellos como la infantería.

Un caballero de la orden le toco ser el siguiente en enfrentarse a uno de aquellas misteriosas personas luego de que con su mazo abollara y aplastara consigo la parte superior del cráneo de uno de sus compañeros, y a otro uso ese mismo mazo para que luego de destrozar el escudo y consigo el brazo que le hizo turbar al suelo al desafortunado caballero, siguió su pecho que destrozo las costillas, haciendo que sus pulmones y corazón fueran perforados por las astillas de hueso y se desangrara internamente.

El caballero miro con temor aquel acto de violencia puro que ejerció el de ojos rojos como si ni se inmutara, pero con la emoción de vengar a sus compañeros caídos, recogió el valor para poder lanzarse con espada en mano contra su oponente. El de ojos rojos hizo lo mismo cargando contra el caballero. El resultado fue que el ojos rojos dio el primer golpe, esquivándolo afortunadamente el caballero para poder desarmar a su oponente golpeando el mazo y haciéndolo caerse entre sus. Sin embargo, no anticipo que la persona de ojos rojos aun desarmada tomara de la cabeza del caballero y aplastara tanto su yelmo como su cabeza en el proceso, sobresaliendo la sangre y pedazos de carne y hueso desde debajo del yelmo y la abertura de los ojos. Afortunadamente el ojos rojos fue apuñalado del cuello por parte de Siegfried que le ataco por la espalda clavando su espada y derribándole. El ojos rojos trato de pararse, pero Siegfried le remato clavando nuevamente su espada que consiguió atravesar la armadura.

Luego de asegurarse que quedara inmóvil, Siegfried rápidamente retiro la espada. Justo cuando otro ojos rojos se precipitaba sobre el con espada en mano y el caballero se preparaba para repelerlo, una flecha cruzo el aire y se clavó sobre el ojo derecho del ojos rojos, matándolo al instante y haciendo que cayera inmóvil. Siegfried supuso que se trataba de sus ballesteros que estaban haciendo bajas importantes contra los ojos rojos, que era relativamente sencillo destacar su posición y distinguirlos del resto de caballeros justamente por sus característicos ojos.

Otro ojos rojos que portaba tanto espada como escudo vino contra el Denesle.

Las espadas de ambos chocaron, con Siegfried batallando en mantener el agarre de su espada y el equilibrio de sus piernas mientras era de apoco empujado hacia atrás por su oponente. Las espadas se separaron luego del primer tajo que se dio, Siegfried fue quien contrataco dando una apuñalada directo al pecho de su enemigo, salvo que el ultimo hizo uso de su escudo para protegerse y dando su propio tajo. Denesle uso su propio escudo para protegerse; era de decir que no falto que su brazo le doliera bastante por la potencia y fuerza ejercido de la espada por parte del ojos rojos. En una jugada magistral como prueba de su habilidad con la espada, logro acertar un tajo que cerceno la mano del ojos rojos que sostenía el arma. Sorprendentemente, a pesar de imaginarse Siegfried que el ojos rojos empezaría a sollozar y quejarse por el dolor, no paso y en cambio el ojos rojos siguió atacando haciendo uso de su escudo para intentar de golpear al caballero como si la pérdida de su mano no le importará en lo más mínimo. Siegfried fue rápido en hacerse a un lado, aprovechando la abertura que tenía disponible para conseguir cortar esta vez el brazo que sostenía el escudo. Aun sin brazo y mano con el cual empuñar cualquier objeto, el ojos rojos siguió atacando al caballero esta vez envistiéndole con su torso, solo acabando cuando harto de aquello Siegfried clavo su espada en el pecho del sujeto en medio de la envestida. Forcejearon un momento y el caballero juro oír como el ojos rojos gemía no de dolor, sino de rabia mientras miraba sus penetrantes ojos rojos que le veían fijamente, quedando inmóvil luego de unos segundos y no escucharle respirar.

Siegfried retiro su espada, dejando caer el cuerpo inerte del ojos rojos para centrar su atención en la batalla a su alrededor. Las cosas habían retornado hacia su bando cuando vio que los demás caballeros lograban abatir a los demás ojos rojos pese a no permanecer ilesos en sus enfrentamientos.

Un movimiento inesperado, muy a pesar que la mayoría de ojos rojos que entraron al cuerpo a cuerpo yacían mal heridos con notables aberturas en sus armaduras que dejaban ver las heridas infringidas por los caballeros de la orden de la rosa llameante. No tuvieron problema alguno de moverse para retirarse con velocidad y movilidad decentes aun portando tales heridas, junto a sus aparentes arqueros o ballesteros que siempre se quedaron atrás que empezaban a hacer lo mismo.

—¡Que no escapen! —ordeno Siegfried hacia los caballeros que empezaron a perseguir a los ojos rojos que huían por donde habían aparecido antes.

Los ballesteros de los caballeros dispararon contra los ojos rojos que repentinamente como aparecieron, prendieron la retirada de manera espontánea en medio de la lucha. Si bien se logró abatir a algunos de estos disparándoles por la espalda directo a zonas vitales: llegaba el caso en que a pesar de permanecer con una flecha o más incrustadas sobre sus espaldas, seguían corriendo con su mismo silencio antinatural como si no les pasara nada o aparentaban que no portaban ningún daño. La persecución de los caballeros hacia los atacantes de ojos rojos prosiguió hasta varios minutos en los que no consiguieron ser abatidos por las flechas de los ballesteros o por las armas cuerpo a cuerpo de la infantería: consiguieron perderse entre los arboles a velocidad impresionante en su andar aun con las heridas que debían de portar consigo.

Los caballeros entonces intentaron de seguir el rastro de sangre que hallaban a su paso, así como los cuerpos que parecieron antes sus flechas. Sin embargo, extrañamente los rastros de sangre terminaron sin ningún rastro a los cuales seguir en un área determinada sin aparentar serlo al ser como el resto de la ciénaga con un montón de árboles que se perdían en medio de la noche. Los caballeros supusieron que de adentrarse más probablemente les esperaría una emboscada de parte de más atacantes, por lo que optaron por la opción más sensata de irse del lugar no sin antes llevarse los cuerpos de sus compañeros caídos y algunos de los enemigos para inspeccionar más sobre estos al menos de lo que destacaba de sus armas, armaduras, y saber más de su peculiar característica que eran sus ojos de color carmesí.

De los cincuenta que eran antes: Solo quedaron siete ballesteros de los diez y veintiuno de los cuarenta combatientes cuerpo a cuerpo que había.

—Mi señor Siegfried —exclamo uno de los caballeros sobrevivientes de la pelea—. ¿Qué le diremos al resto de la orden y al gran maestre Jacques? No podremos tolerar que estos bandidos de poca monta dañen a la orden.

—Paciencia mi amigo —le respondió cortésmente pese a la tensión de la batalla pasada—. Tal ofensa no pasara desapercibida para nosotros ni ningún otro. Pero, antes que nada, debemos de saber de qué trata este nuevo enemigo —fijo su atención hacia uno de los cadáveres de los ojos rojos que estaba siendo arrastrado por dos de los caballeros sujetándole desde sus axilas. Su atención fija hacia aquellos ojos de color anormal para una persona común le daba un escalofrío, y una sospecha de algún tipo de elixir involucrado, o peor aún, directamente de algún embrujo del que hayan sido expuesto para portar no solo esos ojos, sino aquel extraño comportamiento que presentaban y de la descomunal fuerza y resistencia física que presentaban—. Algo me dice que las cosas podrían empeorar a partir ahora.

Asi con sus números reducidos a casi la mitad del número que portaban anteriormente. Los caballeros de la rosa llameante abandonaron la ciénaga. Partiendo directo hacia Wyzima: Capital de Temeria donde su sede residía desde su interior. Llevando tanto los cuerpos de sus camaradas como de los enemigos recién encontrados, un signo indirecto de que las cosas en el continente no serían las mismas a partir de aquel momento.