Naruto Isekai, Perdido en un mundo Otome.

Summary

Naruto llega a un mundo. La mayoría de sus recuerdos están borrosos. No obstante el tiene la motivación de volverse mas fuerte.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
5.0 5 reviews
Age Rating
18+

Capitulo 1. Un Par De Desconocidos

El cielo nocturno era hermoso. Incontables estrellas brillaban sobre la inmensidad, como testigos silenciosos del paso del tiempo. Muchos habrían quedado cautivados por semejante espectáculo, pero Luxion, una inteligencia artificial, lo contemplaba con un matiz distinto: nostalgia.

Ese cielo le recordaba a sus creadores. La vieja humanidad, aquellos que soñaban con alcanzar las estrellas... y que terminaron extinguiéndose. Ellos habían encontrado su fin a manos de una nueva humanidad.

Todos habían muerto. Ya no quedaba nadie a quien servir. Y Luxion, diseñado para obedecer, había perdido el propósito mismo de su existencia.

Aun así, continuaba esperando. Siglos de soledad, en un ciclo interminable de silencio y observación.

Pero aquella noche algo cambió.

El firmamento se desgarró. Una grieta dimensional se abrió como una herida luminosa en el cielo, y de ella cayó algo... alguien.

El impacto estremeció la isla flotante donde Luxion reposaba, dejando un cráter profundo. Intrigado, la IA desplegó de inmediato a sus drones de reconocimiento. Cada unidad se movía como extensión de su voluntad, hasta que todas convergieron en el centro del desastre.

Lo que encontraron no era un fragmento de metal ni un artefacto perdido. Era un joven hombre, desnudo, inconsciente.

Luxion lo escaneó. Sus cálculos arrojaron un resultado imposible: aquel humano tenía al menos un diez por ciento de parentesco genético con la vieja humanidad. Los nuevos humanos apenas alcanzaban un dos o tres por ciento.

El hallazgo lo dejó en silencio. Cualquier otro habría muerto al sufrir semejante caída, pero ese cuerpo joven se mantenía estable. Y había más: su sangre mostraba una compatibilidad tanto con los antiguos como con los nuevos humanos, algo que, en teoría, no debía existir.

Luxion procesó miles de escenarios en microsegundos, pero solo uno cobraba sentido.

¿Acaso sus ruegos habían sido escuchados? ¿Era este el milagro que había esperado por tanto tiempo?

Con cuidado, trasladó al extraño a la nave principal, su verdadero cuerpo. Allí limpió sus heridas, estudió cada fragmento de su biología y confirmó algo aún más asombroso: una capacidad de sanación extraordinaria. Mientras mas lo estudiaba mas se sorprendía.

No dudó más. Lo registró como su amo.

Por primera vez en siglos, Luxion sintió que tenía un propósito. Y lo serviría con absoluta devoción.

_______________

¿Qué estaría dispuesto a hacer un ser humano para cambiar tu destino?

Si este supiera que lo que le espera es un futuro horrible... ¿lo aceptarías en silencio, o lucharías con todo para cambiarlo?

Un joven eligió desafiar al destino, aun cuando eso significaba arriesgar su vida.

Él no permitiría que alguien más decidiera cuál sería el camino que debía recorrer.

Ese joven era Leon Fou Bartfort, quien había reencarnado en un mundo otome donde las mujeres tenían la vida fácil, mientras que los hombres apenas podían sobrevivir.

En aquella sociedad, las mujeres podían tener varios amantes semi-humanos como esclavos, y nadie lo consideraba mal; al contrario, era algo aceptado. En cambio, los hombres debían rogar por un poco de afecto y reconocimiento.

Ellas ocupaban la posición dominante: decidían sobre matrimonios, herencias y relaciones.

Los hombres, por su parte, estaban obligados a competir por una pareja antes de cumplir los veinte años, mientras que las mujeres gozaban de mucho más tiempo y libertad.

El Reino de Holfault era, para cualquier hombre, un lugar cruel y problemático.

Y Leon había tenido la mala suerte de nacer allí.

Recuperó sus recuerdos de la vida anterior cuando aún era un niño. Comprendió con horror que estaba atrapado dentro de un juego. Por mucho que quisiera convencerse de que era un sueño, no importaba: esa era ahora su realidad.

Ese mundo era su nuevo hogar.

A regañadientes, Leon aceptó tal hecho.

Sin más opciones, aprendió a sobrevivir. La dura vida en el campo mantuvo su cuerpo en forma; aprendió a valorar cosas que otros daban por sentado: una comida caliente, o un techo donde dormir.

Leon era el hijo de un barón y de una mujer que aceptó ser la concubina del noble. Su madre lo crió con amor, y su padre le enseñó a trabajar la tierra.

No obstante, la esposa de su padre era una mujer con la cual Leon no compartía parentesco. Ella vivía en la casa principal con sus hijos legítimos, quienes gozaban de todo lo que a Leon y a sus hermanos —hijos de una simple campesina— se les negaba.

Ese par de medios hermanos vivían rodeados de lujos, mientras él aprendía a ganarse el pan con sudor y cansancio.

Pero cuando empezaba a creer que podía adaptarse a ese mundo, una mujer apareció para recordarle cuál era su verdadera posición.

Zola quien era la esposa de su padre. Una noble arrogante y orgullosa, dueña de las tierras que Leon había trabajado con esfuerzo durante su adolescencia.

Fue ella quien intentó comprometerlo con una dama conocida por enviar a sus esposos a la guerra para luego cobrar los beneficios de su muerte.

Leon no tenía voz ni voto en aquel asunto. Después de todo, era un hombre.

Entonces se atrevió a proponer un trato: si lograba reunir suficiente dinero, lo inscribirían en la academia del reino, donde podría buscar una esposa por sí mismo.

La mujer aceptó con una sonrisa burlona, convencida de que fracasaría.

Así fue como el adolescente reencarnado en aquel mundo otome se embarcó en un viaje peligroso.

Gracias a su conocimiento del juego, sabía de la existencia de una nave oculta: un objeto trampa que, de conseguirlo, cambiaría su destino.

Pero la suerte no estuvo de su lado. La humilde nave de madera que su padre le prestó acabó destrozada en el trayecto, y apenas logró llegar con vida a la isla donde se hallaba el tesoro escondido.

—¡Maldición! Las cosas no salieron como pensaba... pero al menos logré llegar —murmuró Leon mientras se incorporaba con dificultad.

Varias ramas habían amortiguado su caída, evitando que se estrellara de lleno contra el suelo, pero no habían sido compasivas: arañazos y moretones recorrían su cuerpo, recordándole la fragilidad de su condición humana.

Apretó los dientes y recogió la bolsa de armas que, por suerte, seguía colgada de su hombro. Si la hubiera perdido, su aventura habría terminado antes de empezar. Respiró hondo, tratando de calmar el pulso acelerado que golpeaba en su garganta.

El bosque era denso y húmedo, cada rama que crujía bajo sus botas resonaba demasiado fuerte, como si el lugar mismo quisiera delatarlo. Con cada paso, el silencio parecía más opresivo, y la sensación de estar siendo observado no lo abandonaba.

Tras avanzar un buen tramo entre la maleza, finalmente salió a un claro... y allí, el aire le abandonó los pulmones.

Frente a él se extendía un paisaje devastado. El suelo estaba abierto en cicatrices profundas, como si la propia tierra hubiera sido arrancada de cuajo. Árboles partidos, troncos calcinados y piedras astilladas estaban esparcidos en todas direcciones. Y en el centro, dominando todo lo demás, se encontraba un enorme y profundo cráter.

Leon se quedó inmóvil, con los ojos bien abiertos, mientras un sudor frío le recorría la espalda.

—¿Qué demonios... pasó aquí? —susurró en voz baja, con la mano apretada sobre la empuñadura de su espada.

Aquel lugar debía estar deshabitado. Nadie más, en teoría, debía conocerlo. Y sin embargo, la escena frente a él parecía el rastro de un poder inimaginable.

El corazón de Leon comenzó a golpearle el pecho con fuerza.

Si alguien había llegado antes que él... quizás la nave ya tenía dueño.

El joven cruzó el terreno devastado con cautela, bordeando el gigantesco cráter. Sabía que, si llegaba a caer dentro, salir sería casi imposible.

Con el pulso acelerado, alcanzó una zona del bosque que aún permanecía intacta. Respiró hondo y dio un paso... y entonces lo escuchó.

Un chasquido seco.

Antes de que pudiera reaccionar, una cuerda tensada liberó un tronco enorme que descendió de improviso hacia él. Leon apenas tuvo tiempo de saltar a un costado, evitando que lo aplastara por un margen mínimo.

—¡¿Qué demonios...?!—

Pero aquel fue solo el inicio.

La selva estalló en caos. Trampas se activaron en cadena: troncos rodando colina abajo, rocas cayendo de lo alto, lanzas improvisadas saliendo disparadas de entre los arbustos. El bosque entero parecía haberse transformado en una máquina asesina diseñada para cazarlo.

Leon corría jadeando, con los músculos ardiendo, esquivando a cada instante la muerte. Una lanza rozó su hombro, otra pasó silbando junto a su pierna. Se arrojó al suelo, sintiendo la tierra húmeda contra su rostro, justo cuando otro tronco cruzaba el aire sobre él.

El tiempo perdió todo sentido. Para Leon fueron horas, aunque apenas habían pasado minutos.

Finalmente, tambaleante, alcanzó un claro y se dejó caer de rodillas. Su pecho subía y bajaba como un fuelle roto; tenía la ropa hecha jirones, cortes superficiales por todo el cuerpo y un dolor punzante que le atravesaba el costado.

—Eso estuvo demasiado cerca...—gruñó, respirando entrecortado.

A su alrededor, incluso en el supuesto “descanso” del claro, distinguió más trampas ocultas: ramas tensadas, piedras listas para caer, la tierra levantada de manera sospechosa.

Con esfuerzo, trazó en su mente un camino.

No puedo quedarme aquí. Tengo que encontrar a Luxion antes de que alguien más lo haga.

Reuniendo valor, avanzó un par de pasos... y en ese instante, una cuerda se cerró con fuerza brutal en torno a su tobillo.

—¡¿Eh?!—

Leon apenas tuvo tiempo de maldecir antes de que su cuerpo fuera lanzado hacia arriba. Quedó colgando cabeza abajo, balanceándose sin control como un animal atrapado.

Un dolor agudo le atravesó la pierna; la dislocación lo hizo ver destellos blancos en los ojos. Contuvo un grito entre dientes, mientras su bolsa de armas caía al suelo, fuera de su alcance.

—¡Tsk... maldita sea!—escupió, con rabia e impotencia.

El bosque quedó en un silencio pesado, sofocante. Solo se escuchaba el crujido de la cuerda que lo mantenía suspendido. Y entonces... pasos.

Desde las sombras apareció un adolescente rubio. Su piel ligeramente bronceada contrastaba con unos intensos ojos azules que brillaban bajo la penumbra. Caminaba con calma, sin prisa, como si toda la escena no tuviera nada de extraordinario.

Leon lo observó, confundido, con el rostro rojo por la sangre que se le acumulaba en la cabeza. El chico parecía de su edad, tal vez incluso un poco más joven.

—Hola... oye, si no estás ocupado... ¿podrías ayudarme?—preguntó Leon con una sonrisa nerviosa, tratando de sonar amable.

El rubio no respondió. Sacó un arma con un movimiento seco y, sin dudar, cortó la cuerda.

—¡Espera, no!—alcanzó a gritar Leon.

El aire le golpeó el rostro mientras caía. Intentó girar el cuerpo, pero el dolor en la pierna lo paralizó. El impacto contra el suelo fue brutal. Un gran dolor recorrió su cabeza y, en un instante, la conciencia se desvaneció.

El eco del golpe se apagó en el claro. Y entonces, de entre los árboles, surgieron figuras metálicas. Máquinas de diseño extraño, frías y silenciosas, rodearon al rubio y aguardaron instrucciones.

—Luxion... llévalo a la enfermería. Tengo varias preguntas que hacerle—ordenó el muchacho con voz firme.

—Entendido—respondieron las máquinas al unísono, pues todas eran extensiones de la misma inteligencia artificial.

_______________

Cuando Leon recuperó la conciencia, lo primero que sintió fue el frío metálico de los grilletes alrededor de sus muñecas. Estaba esposado a una silla, en medio de un cuarto peculiar. Tanto paredes como techo estaban pintados de blanco, inmaculados, casi asfixiantes.

Frente a él, un espejo rectangular devolvía su reflejo. Por un instante, apenas reconoció aquel rostro: cabello oscuro, ojos distintos, un cuerpo joven que no coincidía con los recuerdos de su vida pasada. Esa apariencia había quedado atrás con su reencarnación, pero verlo así de crudo lo sacudió.

—Veo que ya has despertado. Mi amo tiene algunas preguntas que hacerte. Él estará aquí en unos minutos —dijo un robot que permanecía a su lado, su voz mecánica rompiendo el silencio.

Leon suspiró con resignación.

—Así que ya tienes un amo... ya veo. Supongo que llegué demasiado tarde —murmuró con amargura, bajando la cabeza. Había fallado. La nave, el valioso objeto trampa del juego otome, ya le pertenecía a alguien más.

El silencio lo envolvió hasta que la puerta metálica se abrió con un chirrido. El joven rubio de ojos azules apareció, acompañado de un robot más grande, imponente, cuya sola presencia llenaba la habitación.

—Luxion, tráele un poco de agua a nuestro prisionero —ordenó el rubio con calma.

—Como usted ordene —respondió la inteligencia artificial. Un autómata más pequeño obedeció y salió con movimientos precisos.

Leon levantó la vista y se encontró con la mirada del muchacho. Sintió cómo la frustración hervía en su interior, mezclándose con ira impotente. ¿Quién era este joven que se había convertido en el dueño de Luxion? ¿Acaso también era un reencarnado? ¿Acaso conocía el juego otome?

_ Suficiente... enojarme no servirá de nada. Si quiero sobrevivir, debo ganarme la confianza de este tipo. No estoy en posición de hacer tonterías. _

El rubio se acercó y se colocó frente a él, cruzado de brazos. Sus ojos azules lo observaban con una intensidad que hizo que Leon se removiera en la silla.

—Mi nombre es Uzumaki Naruto. ¿Cuál es el tuyo? —preguntó finalmente.

Leon levantó la cabeza, forzando una sonrisa.

—Mi nombre es Leon Fou Bartfort. Soy hijo de un simple barón. Llegué aquí por accidente —dijo con tono ligero, intentando sonar convincente.

Naruto entrecerró los ojos. Su expresión cambió, y su voz se volvió tan fría como el metal de las esposas.

—¿De verdad crees que es buena idea mentir en tu posición? ¿Acaso eres estúpido?

Leon apretó los dientes.

—Oye, no es bueno acusar a las personas de mentirosas tan a la ligera. Además, no te mentí: mi nombre es Leon Fou Bartfort y soy hijo de un simple barón —replicó, esforzándose por mantener la compostura.

Entonces, Naruto suspiro como si la conversación estuviera empezando a molestarlo.

- Dejemos algo claro. Yo detesto las mentiras. Se cuando alguien me miente o trata de engañarme. -

Leon sonrió nerviosamente mientras entraba en pánico.

Un escalofrío lo recorrió al comprender que el hombre frente a él no parecía estar bromeando o tratando de asustarlo.

Tragó saliva, dudando entre seguir con medias verdades o rendirse.

Finalmente, bajó los hombros y habló en un tono más bajo, sincero:

- Yo... vine aquí para escapar del cruel destino al que intentaron matarme. -

La palabra “destino” resonó en la mente de Naruto como un eco molesto. Apenas la escuchó, un mareo lo golpeó con fuerza. Su cabeza comenzó a palpitar como si algo en su interior intentara abrirse paso.

El rubio apretó la mandíbula y llevó una mano discretamente a su sien, fingiendo calma mientras respiraba hondo. Solo después de un minuto el malestar cedió, aunque la sensación de vacío y de algo olvidado siguió latente.

—Ya veo... —dijo finalmente, con un tono más suave pero aún cargado de autoridad.

- Cuéntame tu historia. Siempre y cuando seas sincero, te escucharé. -

Así, el joven que había reencarnado comenzó a relatar su vida. Le habló a Naruto de su niñez, de la crueldad del Reino de Holfault y de la posición miserable en la que los hombres estaban condenados a vivir.

Le explicó cómo, a pesar de existir la magia, la mayoría de los conocimientos estaban reservados para las mujeres, mientras que solo unos cuantos hombres privilegiados podían acceder a la Academia del Reino para aprenderla.

Naruto lo escuchaba en silencio, apenas interrumpiéndolo con preguntas puntuales, como si quisiera asegurarse de que no omitiera nada importante. Cuando Leon mencionó la magia, los ojos azules del rubio brillaron con interés.

Por alguna razón que desconocía ese tema llamó su atención.

Por supuesto, Leon evitó mencionar su origen como reencarnado. No podía arriesgarse. Pero tampoco mintió: mientras no soltara falsedades, intuía que estaría a salvo.

Naruto permaneció callado por un largo rato. Su mirada parecía atravesarlo, evaluando cada palabra que el había dicho.

—Ya veo... no puedo decir que te comprendo, pero imagino que tu vida ha sido bastante difícil hasta ahora. —su tono era firme, pero en sus ojos brillaba un atisbo de empatía.

Leon tragó saliva, y con un nudo en la garganta añadió:

—Si no logro llevar dinero, no tendré más opción que obedecer a la esposa de mi padre... y acabaré muriendo. Lo único que podría salvarme es entrar a la Academia de la Nobleza. Allí, con algo de suerte, podría conseguir una esposa y cambiar mi futuro.

Naruto entrecerró los ojos y, tras unos segundos de silencio, respondió:

—Lamento decirte que en esta isla no hay grandes tesoros. Aquí solo estamos Luxion y yo.

Leon apretó los puños. Tenía que arriesgarse. Bajó la cabeza y habló con decisión:

—Usted dijo que me ayudaría... ¿verdad? Conozco la ubicación de una mazmorra que no ha sido explorada. Allí debe haber riquezas inimaginables. Por favor, présteme su fuerza, présteme a su sirviente, y a cambio compartiré con usted los tesoros.

Naruto lo observó fijamente. No respondió de inmediato, y el silencio fue insoportable para Leon, que sentía cómo la desesperación lo sofocaba.

El rubio cerró los ojos y reflexionó en silencio. Recordaba perfectamente lo que había dicho: que lo ayudaría si era sincero. Y hasta ahora, Leon no parecía haber mentido.

Finalmente, Naruto asintió levemente.

—De acuerdo. Te ayudaré a reunir una fortuna que te permita desafiar ese destino... pero a cambio tendrás que ayudarme a entrar en esa academia que mencionaste.

Leon parpadeó, sorprendido. Por un instante pensó que había escuchado mal. Luego, una sonrisa de alivio, casi infantil, se dibujó en su rostro. Era como si acabara de salvarse de una ejecución.

—Eso será sencillo. Le aseguro que con suficiente dinero ambos podremos inscribirnos. Y estoy seguro de que usted logrará conseguir una esposa hermosa sin problemas.

Pero Naruto negó con calma, sus ojos brillando con una determinación distinta.

—En realidad, no estoy interesado en eso. Lo único que quiero es aprender todo lo que pueda sobre la magia. Yo... debo volverme más fuerte.

Leon abrió los ojos de par en par, incapaz de comprender. En un reino donde todos los hombres soñaban con casarse para asegurar su futuro, aquel rubio misterioso parecía ser el único que no daba importancia a nada de eso.

_______________

Y así, el par de desconocidos terminó por hacerse aliados. Tal vez incluso amigos.

No obstante, las cosas no se desarrollaron como Leon hubiera deseado.

En lugar de un viaje sencillo para reunir riquezas, se vio forzado a enfrentar pruebas constantes. Luchó contra bestias que solo había visto en ilustraciones polvorientas, exploró mazmorras repletas de trampas mortales y soportó el peso del miedo cada vez que una criatura emergía de la oscuridad.

Naruto siempre estuvo allí, pero no lo protegía de todo. Al contrario, lo empujaba a lanzarse de frente, a no retroceder, a descubrir hasta dónde podían llegar sus fuerzas.

—Si no peleas tú mismo, nunca serás más fuerte —le repetía el rubio cada vez que Leon intentaba refugiarse tras su espalda.

Solo cuando aparecía un jefe de mazmorra, Naruto intervenía. Y en esos instantes, Leon comprendía que el joven que tenía al lado estaba en un nivel distinto.

La primera vez que lo vio atravesar con su espada a una criatura del tamaño de una casa, como si fuera mantequilla, un escalofrío helado le recorrió la espalda.

La brutalidad con la que derribaba monstruos era aterradora, pero lo que más impresionaba era su control. Naruto blandía la espada como si fuera parte de su cuerpo, se movía con una agilidad felina y una precisión que solo podían provenir de años de experiencia en batalla. No se trataba de un afortunado aventurero: era un guerrero verdadero.

Leon jadeaba, la ropa hecha jirones y la piel cubierta de heridas, apenas capaz de mantenerse en pie tras una simple horda de enemigos. Naruto, en cambio, ni siquiera parecía sudar.

_ Si no estuviéramos en un mundo otome, Naruto fácilmente ganaría fama y fortuna. Probablemente su nombre sería recordado más allá de las fronteras... _ pensó Leon, con una mezcla de admiración y miedo.

Pero también comprendió algo inquietante. En un mundo donde las mujeres gobernaban, la sola idea de que un hombre pudiera rivalizar con ellas era peligrosa. Si Naruto llegaba a brillar demasiado, no solo sus logros serían silenciados: lo considerarían una amenaza.

Pasaron tres meses desde que Leon se embarcó en su viaje.

En su hogar, su padre y su madre —la mujer que había sido concubina, pero también su verdadero refugio— comenzaban a resignarse a lo peor. Cada día sin noticias aumentaba la angustia. Zola, la esposa del barón, ya lo daba por muerto, convencida de que nunca volvería.

Y, sin embargo, una mañana despejada, algo gigantesco apareció en el horizonte: una nave colosal surcando el cielo, proyectando su sombra sobre los campos.

A bordo de ella, Leon regresaba.

No volvía con las manos vacías. Montones de tesoros y riquezas brillaban en las bodegas: piedras mágicas, metales raros, artefactos antiguos. Una fortuna tan absurda que nadie podía creer que un simple muchacho la hubiera reunido.

La expresión de Zola fue un poema. Contra todo pronóstico, Leon había cumplido su promesa. Con ello, rompió las cadenas de aquel compromiso infame y, por primera vez, pudo mirarla a los ojos sin sentir vergüenza ni temor.

El reencuentro con sus verdaderos padres fue conmovedor. Su madre lloró al verlo entrar en casa; su padre, aunque poco dado a demostrar emociones, no pudo ocultar la sorpresa y el orgullo. Nadie hubiera apostado por su regreso: sobrevivir aquella empresa era algo que apenas uno entre cien lograba.

Al final, tal como habían planeado, Leon y Naruto obtuvieron títulos como nobles bajos. La nave y los tesoros bastaron para ser reconocidos oficialmente, y poco después ambos se inscribieron en la Academia del Reino.

Las cosas no salieron exactamente como Leon había soñado. Sin embargo, no estaba del todo descontento. Había ganado un poderoso aliado, alguien que poco a poco había dejado de ser un extraño para convertirse en un amigo... aunque a veces, cuando lo veía blandir la espada, se preguntaba si realmente entendía a la persona que tenía al lado.

Mientras no interfirieran con los protagonistas del mundo otome, podrían vivir tranquilos, como simples personajes secundarios.

O al menos, eso era lo que Leon quería creer.

_______________

Pero lo cierto era que, aunque cercanos, ambos se guardaban secretos.

Leon jamás reveló que había reencarnado en ese mundo ni que conocía los posibles futuros que podían desarrollarse según cómo avanzaran las relaciones entre los protagonistas del juego otome. Ese juego de harem inverso, donde una sola muchacha acababa rodeada de pretendientes influyentes, lo había aprendido de memoria por obligación de su hermana, que lo forzó a jugarlo hasta desbloquear cada ruta. Contar eso a alguien sería absurdo; peor aún, peligroso.

Naruto, por su parte, tampoco compartía su verdad. Para Leon no era más que un viajero errante que había tenido la suerte de encontrar una nave imposible. Pero la realidad era más oscura.

Su memoria estaba fragmentada, cubierta de bruma. Solo un recuerdo permanecía nítido:

Se veía tirado en el suelo, jadeando, el cuerpo destrozado. Sobre él, de pie en lo alto de una roca, había una figura cubierta en sombras. No podía ver su rostro ni sus facciones, pero sabía, con la certeza de un instinto profundo, que aquel ser era el responsable de su derrota.

—¿Cómo es posible? —la voz retumbaba en sus oídos—. ¿Cómo puedes ser tan débil a pesar de tener tanto potencial?

Naruto sintió una mano apretando su cuello y levantándolo del suelo como si no pesara nada.

—Me emocioné al encontrarte... alguien con un poder latente tan vasto. Pero al final... resultaste decepcionante. —La sombra lo arrojó con desdén.

Ese fue su último recuerdo antes de abrir los ojos en ese nuevo mundo.

No sabía cómo había llegado allí. ¿Había muerto? ¿Lo habían arrancado de su realidad? ¿Había sido arrojado adrede a esa isla flotante donde aguardaba una nave custodiada por una inteligencia artificial? Ninguna respuesta llegaba. Solo silencio.

Pero no importaba.

Lo único que importaba era la promesa que ardía en lo profundo de su ser: jamás volvería a sentir aquella derrota.

Debía crecer. Debía hacerse más fuerte. Más de lo que había sido, más de lo que ese mundo podía siquiera imaginar.

Gracias a Leon comprendió mejor la absurda jerarquía del Reino de Holfault. Exploró mazmorras, probando sus habilidades contra criaturas salvajes. Pero pronto se dio cuenta de que no eran rivales dignos. Incluso limitándose voluntariamente —dejando que lo golpearan, sin usar las manos, sin esquivar— la victoria siempre era suya.

—Aún no es suficiente —murmuró una noche, sentado en silencio, con la mirada perdida—. Aún no soy lo bastante fuerte para derrotar a ese sujeto. Si logro dominar la magia... entonces podré superarme.

Fue entonces cuando surgió un nuevo obstáculo: el interrogatorio.

Mientras Leon se reencontraba con su familia, Naruto enfrentaba la sospecha del reino. Había sido reconocido como noble, sí, pero su origen oscuro despertaba dudas. En una sala fría, rodeado de oficiales con plumas listas sobre pergaminos, tuvo que responder a cada pregunta con precisión quirúrgica.

Luxion, invisible para los demás, proyectaba respuestas calculadas directamente en su mente. Naruto apenas movía los labios, siguiendo el guion: habló de un abuelo ermitaño, un hombre que había rechazado la vida en pueblos y ciudades para dedicarse a la pintura. Aseguró que el anciano había muerto de viejo y que él mismo incineró el cuerpo, enterrando las cenizas junto a una semilla en la frontera del reino.

Cada palabra fue pesada, medida, vigilada. Los oficiales lo escrutaban, intentando hallar una contradicción. Pero no la encontraron. Finalmente, tras largas horas, lo dejaron marchar.

Al salir, Naruto respiró hondo, exhausto. No le gustaba mentir... pero era necesario.

Si quería aprender magia, si quería crecer, tendría que adaptarse.

Mientras Leon celebraba su victoria contra el destino, Naruto trazaba en silencio el inicio de una guerra mucho más grande: una contra sus propios límites.

Gracias a su nuevo título nobiliario, Naruto comenzó a comerciar las riquezas de su territorio. Para el reino, era simple suerte: un joven que había heredado una mina de oro y, con ella, el respaldo necesario para ascender socialmente.

Pero la verdad era mucho más peligrosa. Luxion poseía la capacidad de materializar metales preciosos a voluntad: oro, plata, cobre, bronce... recursos inagotables al alcance de su amo. Una riqueza infinita que Naruto guardaba celosamente, incluso de Leon.

Cuando regresó a la nave principal, Luxion lo recibió flotando en silencio. Su lente único brillaba suavemente, con ese destello que parecía observarlo todo.

—Felicidades por convertirse en ciudadano de este reino, Naruto-sama. No esperaba menos de usted. Si esas personas hubieran decidido desconfiar... yo mismo me habría encargado de borrarlas —afirmó con una serenidad que erizaba la piel.

Naruto lo miró con cansancio.

—Sabes, para ser una máquina eres demasiado humano. Deberías dejar atrás esa ira y ese resentimiento que cargas. Te sentirías mejor.

—Agradezco el consejo. Lo tomaré en cuenta —respondió Luxion sin alterar su tono.

—A veces me pregunto por qué aceptaste servirme.

—Eso es irrelevante. Lo único que importa es que, mientras lo desee, siempre estaré a su lado.

Naruto negó con la cabeza, apartándose hacia el pasillo.

—Hagas lo que hagas, no esperes que te ayude a desatar una masacre. Yo no soy ese tipo de persona. No lastimo a nadie sin tener una razón.

—Por supuesto, Naruto-sama. Jamás lo obligaría a hacer algo que no desea —contestó la inteligencia artificial con serenidad.

El rubio lo observó un instante más, intentando leer en ese lente frío. Pero como siempre, no encontró nada. Las máquinas no tenían alma; su intuición no servía contra ellas. Resignado, se dirigió al baño para darse una ducha rápida.

Cuando la puerta se cerró, Luxion permaneció inmóvil en el pasillo. Un destello recorrió su ojo mecánico, como si escondiera una sonrisa que no podía expresar.

Había analizado a Naruto desde el primer momento. Sus células eran un enigma biológico: no pertenecían a la vieja humanidad, pero tampoco coincidían con la nueva. Eran un puente improbable, algo que no debía existir... y, sin embargo, ahí estaba. Adaptables. Evolutivas.

En él, Luxion veía la clave para un futuro distinto. No necesitaba violencia inmediata ni rebeliones apresuradas. Bastaba con paciencia... y con asegurarse de que su amo no caminara solo.

Poco a poco, con las personas adecuadas a su lado, todo caería por su propio peso.

Naruto salió del baño minutos después, secándose el cabello con una toalla. Su cuerpo estaba perfectamente definido, equilibrado entre fuerza y velocidad, como el de un guerrero que jamás había abandonado el entrenamiento.

Se detuvo frente a la ventana de la nave. El cielo estrellado del reino de Holfault se extendía ante él, idéntico al que había visto al despertar en ese mundo.

—Aprenderé a usar magia, por más difícil que sea. Y cuando lo logre... nadie volverá a derrotarme —susurró, mientras las estrellas parecían observarlo en silencio, como testigos de un nuevo comienzo.