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La corona

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Summary

Una corriente visita al dentista es el inicio de una aventura que llevará a un hombre corriente a convertirse en un héroe en un submundo de la mafia rural.

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Esa mañana tenía cita con el dentista. Normalmente, cuando despertaba, las primeras imágenes o pensamientos que llegaban a mi cabeza tenían un carácter nostálgico, con imprecisas imágenes de la infancia. Era la primera vez en mi vida que lo que se alojaba en mi lóbulo frontal era un apunte de agenda tan simple como importante. Me extrañé por ese cambio de hábito, inusual en alguien tan apegado a la rutina como yo. Soy funcionario público, y en aquellos momentos llevaba ya quince años ocupando el mismo puesto, sentándome en la misma mesa y saludando a la misma persona, Julia, mi secretaria, a la misma hora exacta. Esa bella rutina, con la sensación de confort que me producía, tan solo se modificaba por extrema necesidad, como la de acudir al médico y, en algún caso que siempre quería evitar, al dentista. Una de mis malditas muelas me había empezado a molestar unas semanas antes y, esperando que fuera algo pasajero, proveniente quizás de una inflamación de las encías, esperé prudentemente unos días antes de decidirme a visitar al doctor Goyo, mi dentista de toda la vida, que antes había tratado a mi madre y cuyo padre había empezado a cuidar los dientes de mi abuela, o lo que quedaba de ellos, porque una vida sin mucha higiene bucal le había dejado las piezas dentales en la mínima expresión. Cuando decidí ir a ver a mi querido Goyo, ya era muy tarde, y no se pudo salvar la muela, por lo que a una dolorosa endodoncia siguió una cara, pero reluciente, corona que me tenían que colocar ese mismo día.

Me duché, me atusé y vestí y fui a la calle, hacia la parada del 146, que me llevaría hacia la zona de Las Ventas, en donde bajaría de mi transporte, tendría mi sesión —esperemos que no muy dolorosa— y, posteriormente y ya con una sonrisa saludable, volvería a mi rutina en el Ministerio de Fomento. Todo siguió el patrón preestablecido y llegué a la consulta a las 8:50, diez minutos antes de mi cita, prefiriendo salir con tiempo no fuera que el autobús llevara algo de retraso, algo desgraciadamente común en las mañanas de invierno en las que había bastante tráfico.

Según entré, saludé a Pilar, la recepcionista, guapa y sonriente, y una de las pocas personas cuya visión, anual o bianual en circunstancias normales, alegraba mi rutina. La necesidad de una endodoncia y una corona había multiplicado mis visitas al dentista y, en paralelo, mis contactos y conversaciones con Pilar, pero por ahora nuestras charlas tan solo se habían ceñido a diversas recomendaciones para una sobrina suya que quería opositar a la función pública. Miré a mi alrededor, tan solo me acompañaba en la consulta una señora bien vestida y elegante, que se sentaba a mi derecha. Parecía estar allí poco antes de viajar, porque llevaba una maleta mediana de color rojo, demasiado chillón para mi gusto, y de un estilo de eso que se denomina “vintage”. La recepcionista la llamó, dejándome solo en la sala, junto a la colorida maleta que no se llevó a la consulta, algo que no parecía preocupante ya que mi deseada recepcionista estaba a escasos dos metros de nosotros y vigilaba con sus certeros ojos las entradas y salidas de la clínica.

En ese momento entraron dos hombres corpulentos y con cara de pocos amigos. Miraron a la maleta y, acto seguido, fijaron sus ojos en mí.

—Por fin te encontramos —dijeron, mientras uno de ellos se acercaba a la recepcionista, que, aterrada, les preguntó que quiénes eran, recordándoles que estaban en una mera clínica de un dentista. No le valió de mucho y uno de ellos la golpeó con el puño de tal manera que cayó al suelo desvanecida. Yo estaba inmóvil de terror, a pesar de que el otro me hizo el gesto de que les siguiera.

—¡Pero señores, esa maleta es de otra persona! Es de una mujer que está dentro de la consulta del dentista —gritaba yo mientras me agarraban del brazo y me obligaban a levantarme.

—¡No es a nosotros a quienes tienes que dar explicaciones! —gritó el que parecía el jefe—. ¡Vamos, con nosotros!

Como mis pies estaban paralizados a causa del terror, el otro me dio un certero puñetazo en el estómago, lo que aflojó mis músculos de tal manera que fui incapaz de resistir sus empujones, que me llevaron desde la clínica hasta un coche mal aparcado frente a la puerta del edificio. Abrieron el maletero y, tras otro rotundo puñetazo, sumisamente me metí dentro.

A partir de ahí, entre el dolor, la oscuridad y la falta de sonido, salvo el propio del motor del coche, no recuerdo muy bien lo que pasó. No sabría decir si fueron diez minutos o dos horas las que estuve encerrado en esa cueva de metal. Pero durante el trayecto fui capaz de recomponerme ligeramente y empecé a buscar mi teléfono móvil. No estaba, me lo habrían quitado antes de meterme en el coche. Empecé a buscar algo que me sirviese como arma, a pesar de que era consciente de mis pocas posibilidades de éxito contra esos dos corpulentos esbirros que me habían secuestrado. Pero nada, el maletero estaba vacío, aunque, para mi horror, vi algunas manchas que mi mente identificó de manera rápida como sangre. En ese momento ya me preparaba para morir, con mucha más entereza de la que siempre había pensado que sería capaz. Sin embargo, un golpe seco y unos fuertes ruidos me sacaron de mi pre-muerte, rebotando dentro del maletero como una pelota. El golpe hizo que se abriera la puerta, pero en vez de abrirla del todo y salir corriendo, el terror y la prudencia hicieron que me quedara quieto, extremadamente inmóvil y callado, esperando a que algo me diera pistas de lo que había ocurrido. Pero pasaron los minutos y nada aconteció, tan solo un silencio taladrante. Empujé la puerta del maletero; se abrió chirriando, pero no provocó nada especial. Me levanté y me tiré al suelo. Desde mi posición podía ver que había otro coche delante del nuestro y un cuerpo caído y teñido de sangre a pocos metros. Me alcé ligeramente, lo suficiente para ver el cristal del coche, que estaba lleno de agujeros de bala, y a mis dos secuestradores completamente inmóviles con la cabeza caída.

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