La última Lección by Zombie Pepper’s at Inkitt
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La última lección

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Summary

Marian, una maestra de primaria, nunca imaginó que su instinto por salvar a un alumno marcaría el inicio de su condena. Al practicarle respiración boca a boca a un niño enfermo, entra en contacto con algo más que saliva y sangre: la primera chispa de una infección desconocida. Lo que al principio parece un simple resfriado se convierte en fiebre, pesadillas y hambre insaciable. Mientras la ciudad cae en caos y los rumores de pacientes violentos se multiplican, Marian registra su transformación en un testimonio desgarrador que mezcla lucidez y delirio. La última lección no es una historia de supervivencia, sino de caída: el viaje íntimo de una mujer que pasa de ser maestra a convertirse en aquello que más temía.

Status
Complete
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
16+

El niño febril

El lunes había comenzado como cualquier otro: con el olor a café en los pasillos de la escuela, las mochilas arrastrándose contra el piso encerado y el eco de risas infantiles que llenaban las paredes. Marian adoraba esas primeras horas del día, cuando todavía reinaba un orden dulce antes de que la energía de treinta niños de primaria explotara como un enjambre.

Ese día, sin embargo, el aire parecía más denso. Desde la ventana podía ver el cielo encapotado, con un gris extraño que le recordó a tormenta, aunque el pronóstico no había anunciado lluvia. En el aula, los niños acomodaban sus útiles con la distracción propia de los ocho años: unos se lanzaban papelitos, otros tarareaban canciones de moda, y un par discutía sobre quién sería portero en el recreo.

Fue entonces cuando lo notó. Santiago, en la tercera fila, no se unía al bullicio. Estaba con la cabeza apoyada en su pupitre, los brazos colgando a los lados como si hubieran perdido fuerza.

—Santi, ¿estás cansado? —preguntó Marian, acercándose.

El niño levantó apenas el rostro. Tenía la piel perlada de sudor, los labios resecos y los ojos vidriosos. Abrió la boca como para contestar, pero sólo emitió un gemido apagado antes de dejarse caer otra vez sobre el escritorio.

El murmullo de la clase se desvaneció. Los compañeros lo miraban, algunos con preocupación, otros con esa curiosidad morbosa de los niños que intuyen que algo grave está ocurriendo.

—Todos tranquilos —dijo Marian con firmeza, aunque sintió un escalofrío. Tomó al niño por los hombros—. Santiago, mírame. ¿Me escuchas?

No hubo respuesta. Su respiración era mínima, apenas un silbido entrecortado. Y de pronto, nada. El pecho dejó de moverse.

—¡Ve a la dirección, rápido! —ordenó Marian a la alumna más cercana a la puerta. La niña salió disparada.

El tiempo pareció volverse líquido. Marian recostó a Santiago en el suelo y colocó sus manos sobre su pequeño tórax. Empezó las compresiones con la precisión que le habían enseñado en los cursos de primeros auxilios: “uno, dos, tres, cuatro…”. Su voz temblaba, pero no podía detenerse. Los demás niños se agolpaban alrededor, con los ojos abiertos como platos.

—Denle espacio, ¡atrás! —les gritó.

Inclinó la cabeza de Santi hacia atrás, cerró su nariz con los dedos y selló la boca del niño con la suya. Soplando con fuerza, trató de insuflarle vida. Una vez, dos veces.

En la tercera, el niño se estremeció. Tosió con una violencia brutal y una mezcla caliente de saliva y sangre le explotó en la cara. El líquido espeso entró en su boca antes de que pudiera apartarse. Sintió el sabor metálico en la lengua, como un golpe de óxido.

La náusea le recorrió la garganta, pero no podía detenerse. Repitió las compresiones. Otra insuflación. Santi abrió los ojos de golpe, y por un instante Marian sintió alivio.

Hasta que lo miró bien.

No era la mirada de un niño que vuelve de un desmayo. Eran pupilas dilatadas, negras, fijas, sin reconocimiento. El pequeño emitió un gruñido gutural y se arqueó hacia ella, como si algo lo impulsara desde adentro. Marian apenas logró sujetarlo contra el piso.

—¡Tranquilo, Santi! ¡Tranquilo! —decía, más para sí misma que para él.

En ese momento entró corriendo otra maestra, alertada por los gritos.

—¿Qué pasó?

—Se desmayó… ¡no respiraba! —respondió Marian, sin apartar los ojos de aquel rostro transformado en una máscara de fiebre y rabia.

La otra maestra retrocedió un paso, visiblemente asustada.

En el pasillo, el ruido crecía: padres llamando a sus hijos, pasos apresurados, y hasta el llanto de un bebé. Era como si toda la escuela vibrara con un mismo presentimiento de desastre.

Un par de maestros arrastraron a Santiago fuera del aula rumbo a la enfermería. Marian se quedó sentada en el suelo, con las manos temblando y la garganta ardiendo. Sintió la urgencia de lavarse la cara, de escupir ese sabor metálico que aún le llenaba la boca, pero no se movió. El murmullo de sus alumnos la devolvió a la realidad.

—¿Se va a morir, miss? —preguntó uno, con la inocencia cruel de la infancia.

Ella respiró hondo y sonrió, aunque el gesto se le quebraba en los labios.

—No, tranquilos. Todo va a estar bien.

Pero ni ella lo creía.

Cuando finalmente logró quedarse sola en la sala, prendió la vieja radio que usaba a veces para música de fondo en las clases de arte. Buscaba distraerse, encontrar normalidad en un día que ya no lo era.

Una voz temblorosa llenó el salón:

“Última hora: hospitales de la ciudad reportan casos inusuales de pacientes que, tras entrar en estado febril, presentan ataques violentos contra personal médico. Autoridades recomiendan calma, aunque insisten en que eviten el contacto con fluidos corporales de personas enfermas. Repetimos: eviten el contacto directo…”

Marian apagó la radio de golpe. Sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Se llevó una mano a los labios aún húmedos, recordó la tos caliente del niño contra su boca.

En su interior, la duda comenzó a crecer. Lo que no sabía era que, en ese instante, la semilla de su condena ya germinaba en su cuerpo.

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