Mi piel anhela tu toque.
Fue tanto el tiempo sin ti que mis manos tiemblan solo con el recuerdo de tu cuerpo.
El buque cortaba las olas mientras disminuía la velocidad al llegar a la costa. Mi corazón martilleaba en mi pecho, queriendo salir. Varios buques ya habían tocado tierra y los marines salían entre abrazos y lágrimas de sus familiares. Mi mente voló a la sonrisa de labios carnosos que me había acompañado en toda la travesía de la milicia. La bruma golpeaba mi cara; susurré su nombre como una plegaria: —Jimin. Estuvo a mi lado por tanto tiempo... Mis ojos se aguaron al recordar el día en que el general lo nombró capitán de la flota norte, enviándolo al frente sin mí, con la promesa de que me esforzaría aún más para alcanzarlo. Apreté mis manos sobre la borda. Meses después, me nombraron capitán del Sur y tuve que partir, incumpliendo mi promesa. Las cartas cada vez eran más escasas; lo único que quedaba en mi corazón era la esperanza de este día, cuando todo habría acabado y por fin me reuniría con el hombre que amaba.
Mi piel ardía por sentir su calor nuevamente, por tocar su delicada y nívea piel. Solté el aire retenido, encaminándome a toda prisa a la rampa. Descendí casi corriendo, preguntando por la flota del norte; todos decían lo mismo: ellos fueron los primeros en llegar, todos ya se habían retirado. Mi pecho dolió, embargado por la melancolía de su ausencia. Abrí el portal de la marina en mi teléfono; su nombre, seguido de la leyenda , fue un puñetazo en el estómago.
Subí de nuevo al buque, dispuesto a acabar con mi dolor. La gente comenzó a ser un borrón hasta que la soledad me acompañó. Tomé mi K5 9mm, la coloqué en mi cabeza con la resolución brillando en mis ojos.
—Jeon Jungkook, pero qué demonios...
Su voz, ¿acaso estaba en el cielo? Pensé, hasta que sus fuertes manos arrebataron la pistola de las mías.
—¿Jimin? —dije sorprendido.
Él me sonrió fundiéndose en mi cuerpo con un férreo abrazo, seguido de un urgente beso que me transportó a la misma gloria. Sus cálidos labios moviéndose sobre los míos eran como tocar el cielo; la ropa estorbaba, nuestros cuerpos se reclamaban con urgencia temblando. Nuestras hábiles manos no tardaron en arrancarnos el uniforme el uno al otro, dejándonos completamente desnudos, imitando el anhelo de nuestras almas. Su suave piel me llevó al recuerdo de todas las noches que pedí al universo tenerlo entre mis brazos, amándolo. Besé y mordí con desesperación cada extensión de esta y le susurré cuánto lo había extrañado a cada minuto de esa cruel soledad, declarando mi amor y devoción entre jadeos, culminando con esa ansiada entrega total.
El ambiente calmado, la brisa del mar nos golpeaba; aquella bruma marina envolvía nuestros cuerpos desnudos, haciéndonos estremecer. La felicidad era casi palpable entre nosotros y la fascinación de todas esas sensaciones nos llevaba al límite.
La voz sensual de Jimin era como una dosis de adrenalina que corría por mis venas; escuchar sus suspiros y sentir sus besos era todo lo que podía pedir como recompensa a los años de soportar su ausencia.
—Jungkook, quiero que me demuestres cuánto es que extrañaste mis dedos, mi piel... mi presencia en estos años de nuestra lamentable separación. La voz de mi pareja era tan malditamente dulce que alteró mis sentidos aún más. Mi excitación era tanta que estaba seguro de que podría hacerme venir con algunos roces de más. Mi estadía en la milicia en estos años sin él había sido bastante dura, solitaria y cien por ciento célibe, debido a lo cual tenerlo ahí entre mis brazos había disparado el fuego a un nivel exorbitante.
Lo tomé en brazos, dándole una sonrisa coqueta; luego caminé hasta mi camarote sintiendo su miembro palpitar en mi pecho y sus uñas clavándose en mi espalda. La urgencia de estar juntos era mutua; podía sentirlo y eso desbordaba aún más mis sentimientos.
En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, la pasión nos sobrepasó. Sentí las piernas de Jimin apretar mi cintura y sus labios viajar entre mi lóbulo izquierdo hasta mi mandíbula.
—Jungkook, te necesito. Fueron tantos años, quiero sentirte en mí, ahora. Su voz jadeante me hizo reaccionar.
Mis grandes manos amasaron sus enormes y firmes glúteos buscando su húmeda entrada. Su cuerpo se retorcía entre mis brazos y pecho al tiempo que mis dedos trataban de entrometerse en esa estrecha zona y sus jadeos comenzaban a volverse gemidos de placer cuando por fin lo logré.
—Estás tan apretado, Jimin... si te sientes incómodo, yo... Traté de moderarme, lo que menos quería era que mi bestia interior arruinara nuestro tan soñado reencuentro.
Sus labios se deslizaron hasta los míos dejándome saber sus intenciones. —No tengas miedo, recuerdo que siempre has sido tan considerado conmigo, mi amor, pero ha pasado demasiado tiempo y los dos hemos vivido miles de cosas terribles allá afuera, que deseo que ahora, en este preciso instante, te descontroles, Jungkook. Necesito a ese tornado de pasión del que me enamoré, no soy de porcelana, ahora soy mucho más fuerte, así que ámame como solo tú sabes.
Suspiré, dejando de aprisionarme a mí mismo. Él hombre que amaba estaba ahí, tan cerca, y yo lo único en que pensaba era en que tal vez todo eso era un sueño del cual podía despertar si me comportaba con brusquedad. Mi corazón tambaleaba por el miedo, acompañado de mi cordura. Busqué sus labios, dejando mis temores a un lado, determinado a darle la mejor noche de todas.
Empujé otro dígito en su cavidad, haciéndolo gemir más fuerte, sintiendo sus dedos aprisionar mis hombros.
—¡Jungkook...!
Su voz encendida era música para mis oídos. Mordisqueé su cuello, succionando con fuerza, llevándolo a la cama recostándolo con suavidad. Tomé sus manos para llevarlas arriba de su cabeza, sosteniéndolas con firmeza. Seguí besándolo con ardor y sutileza, recorriendo sus brazos hasta llegar a sus labios, tomándolos entre mis dientes; nuestras lenguas se devoraban entre sí. Siguiendo mi camino, bajé por su cuello, mordiendo la piel y dejando algunas pequeñas marcas en él. Lo solté para acariciar sus pectorales, embriagándome con su perfección.
Mis labios llegaron a sus duros pezones; los saboreé con mi lengua primero, tan delicado que parecía un delicioso tormento, para después succionarlos con fuerza, jalándolos un poco con mis dientes en el proceso. El cuerpo debajo se sacudía, mordiéndose los labios y pidiendo más atención.
Seguí bajando lentamente, definiendo su cintura con mi lengua, así como su vientre plano. Lamí su ombligo, descendiendo por sus abdominales y aquella V perfecta que me volvía loco, hasta llegar a su erección, que esperaba firme, perlada de líquido preseminal. La tomé entre mis manos, llevando mis labios a ella; lamí y succioné con esa veloz cadencia que sabía elevaba a Jimin al mismo cielo. Embistiendo su entrada con mis dedos, continué con la felación, acompasando ambos movimientos.
Sus dedos jalaban mi oscuro cabello en repetidas ocasiones, reclamando más atención y velocidad. Tomé sus rígidos testículos, jugando con ellos, lamiéndolos y chupándolos totalmente, sin dejar de atender su erecto miembro. Al sentir el espasmo de su cuerpo, recibí su esencia como un manjar; el líquido se deslizó por mi garganta caliente, salado, aunque también dulce y mínimamente amargo.
Retiré mis dedos haciéndolo estremecer. Levantándole las piernas, comencé a besar sus lindos dedos para seguir por sus hermosos y torneados muslos, poco a poco acercándome a las nalgas que apreté y acaricié, dejando besos y algunas marcas que se harían más visibles en unas horas, hasta llegar a su húmeda entrada, para comenzar a follarlo con mi lengua, sintiendo la palpitación de los músculos rosáceos.
No podía esperar más; las sensaciones, las llamas que abrazaban mi cuerpo entero, la sensualidad de mi pareja y sus gemidos me alteraban más allá de lo racional, por lo que alineé mí ya adolorida erección, enterrándome en su cuerpo con poca mesura hasta llegar al final. Limpié el sudor que adornaba su frente, esperando hasta que él se sintiera cómodo con la intromisión. Lo observé con detenimiento; sus rasgos habían cambiado ligeramente, eran un poco más maduros, pero su belleza parecía haberse asentado, tan hermoso como etéreo, por lo que sabía que mi veneración hacia esa criatura hermosa se había magnificado en estos años.
Jadeé cuando sentí cómo sus caderas se empujaron, tomándome por sorpresa, por lo que comencé a moverme lentamente, elevando la velocidad gradualmente, hasta que Jimin enterró sus uñas en mi espalda mientras pedía por más entre pausadas palabras, lo que me llevó a tomar con fuerza sus caderas, hundiéndome en él una y otra vez. Con cada estocada y choque entre nuestra piel, el ardor aumentaba, volviéndose un agradable suplicio; nuestro ser se revolvía, sumergiéndonos en el placer más puro que podría existir.
Levanté sus piernas, colocándolas en mis hombros; su cadera se alzó, dejando aún más al descubierto su entrada, lo que me dio acceso completo, así que me empujé con fuerza, mi erección golpeando su próstata, haciéndolo gritar de gozo. El deleite de nuestros cuerpos estaba por llevarnos al exquisito orgasmo, por lo que paré de inmediato ante las quejas de Jimin.
—¡Kook, no pares! —dijo casi gritando.
Acaricié sus hermosos cabellos castaños; sus dulces y vidriosos ojos ambarinos transmitían el deleite que sentía. Mis ojos oscuros le devolvieron la mirada, sus férreos sentimientos uniéndose a los míos. Me acerqué a besarlo, levantándolo un poco más para volver a penetrarlo, siguiendo con ese vaivén casi armonioso que lentamente nos acercaba a la enajenación de ese estallido de dicha y satisfacción. Nos corrimos al mismo tiempo entre besos y palabras de adoración.
Jimin pasó sus dedos pausadamente por mi piel, atrayéndome a su pecho para recostarme sobre él. Rodeé su cintura con mis brazos, sintiéndome seguro, en casa, por lo que, con voz casi ceremonial, le dije:
—Te amo. Repitió aquel “te amo” con voz cargada de melosidad, luego acarició mis cabellos dejando un beso en ellos, de manera que yo besara su pecho. La realidad era que yo no era un hombre que lo sobrecogía con palabras dulces, constantes o demasiado animosas; yo prefería demostrarle cada día lo importante que era para mí con acciones y detalles poco comunes, como subir una montaña para traerle nieve, correr miles de kilómetros solo para buscar su postre favorito o simplemente cocinarle bolitas de queso a las tres de la madrugada.
Lo apreté un poco más, escuchando el ritmo melódico de sus latidos, sintiéndome tan cerca de la calma y la quietud espiritual.
Miré su perfil recordando la primera vez en que mis ojos lo observaron a la distancia entre miles de personas en la estación de Busan, donde cada día, una hora antes, acudía para esperarlo y así volverlo a ver. Dejaba pasar tres o cuatro trenes diariamente, sin importarme llegar tarde a la escuela y terminar parado por una hora en la intemperie, tan solo por ver ese brillo en sus ojos miel y su sonrisa, que podía hacer que el día más helado pareciera una tarde de verano en el Caribe.
Desde ese instante supe que Jimin era el hombre de mi vida e hice hasta lo imposible para que supiera de mi existencia. Siempre me regalaba una sonrisa cuando nos encontrábamos en el andén, me preguntaba por el clima o me ofrecía de los snacks que normalmente llevaba consigo. Yo me sonrojaba, tartamudeaba y me quedaba totalmente en blanco. Aún con ello, le cedía mi lugar o le llevaba algunas bebidas. Nuestra relación comenzó como dos desconocidos encontrándose por casualidad, ascendiendo a una bella amistad, donde yo pasaba por él a su instituto, llevándole a casa y donde ambos terminamos trabajando en el mismo café cerca de la escuela.
La voz de Jimin me atrajo a nuestra realidad y, como si estuviéramos conectados, me preguntó:
—¿Recuerdas cómo nos conocimos? —dijo con una voz casual pero nerviosa.
—Por supuesto, ¿cómo no hacerlo? Si eres lo mejor que pudo haberme pasado aquel día.
—Si no mal recuerdo, eras un pésimo acosador... —soltó con la voz repleta de inocente burla.
—Y yo que pensé todo este tiempo que lo había hecho muy bien —le mencioné en tono risueño.
Su risa voló por la habitación para después comenzar a conversar sobre nuestros recuerdos, dejándonos llevar hasta el día en que declaramos los sentimientos que habíamos mantenido ocultos el uno del otro.
Después de algún tiempo, nuestra amistad parecía avanzar con rapidez y pasar tiempo juntos se volvió algo habitual, hasta ese día en que nos tocó cerrar el café y todo en nuestra relación cambió en su totalidad. Como siempre, lo acompañé a su casa; cenaríamos fideos instantáneos y luego me marcharía con el corazón explotando de felicidad al poder estar con el motivo de mis latidos. Nos dirigimos a la estación como cada noche; al abrirse las puertas, un grupo de tres chicos que hablaban haciendo demasiado bullicio se encontraba de pie junto a una de las puertas. Algunas personas mayores los miraban mal. El vagón no tenía asientos disponibles, por lo que nos dirigimos a las puertas alejadas de aquel grupo. Recargué mi cuerpo en la puerta, cargando la mochila de mi acompañante, mientras él se quedó frente a mí. Ambos conversamos con prudencia para evitar molestar a los demás pasajeros más de lo que aquellos chicos lo hacían.
El grupito se dedicaba a mirar en nuestra dirección con insistencia; uno de ellos caminó hasta nosotros, colocándose detrás de mi pequeño amigo, tomándolo de las caderas con fuerza y casi adhiriéndose a él, simulando que lo embestía sobre la ropa. Jamás olvidaré cómo sus ojos se agrandaron y se cristalizaron, volviéndose confusos, como si su mente procesara cómo reaccionar. La furia me invadió y, sin pensarlo, jalé a Jimin hacia mí, apartándolo de él y colocándolo detrás, para arrojarme sobre el tipo como un perro rabioso. Lo golpeé con toda mi fuerza mientras sus amigos corrían en su ayuda; ambos me tomaron por los brazos para comenzar a golpearme, amenazando con que se llevarían a Jimin y lo obligarían a lo inimaginable.
No negaré que sentí el terror invadir mi mente al pensar que era débil y no podría defender al chico que había comenzado a amar, pero la cólera iracunda me sobrepasó al escuchar los sollozos y súplicas de mi pequeño amigo pelirosa. Así que los golpes que me acertaban con fuerza pasaron a segundo plano; me liberé recordando las pocas clases que tuve en la escuela de defensa personal para volver a golpearlos con toda la ira contenida. En cuanto llegamos a la estación y las puertas se abrieron, uno de ellos escapó al ver el estado de sus dos acompañantes.
Jimin me tomó por los hombros, pidiendo que parara o podría matarlos. Antes de que la seguridad de la estación llegara, los obligué a pedir perdón y luego los entregué a las autoridades. Sin saberlo, había detenido a una banda de acosadores que una noche antes habían violentado a dos chicas jóvenes, por lo que la noticia y mi fotografía salieron en el diario a la mañana siguiente.
En cuanto llegamos a la casa de mi pequeña obsesión pelirosa y vi mi estado, me sorprendí; tenía un labio roto e hinchado que seguía goteando sangre, al igual que la ceja abierta; la nariz también me sangraba. Uno de mis ojos estaba tan inflamado que ya comenzaba a ponerse amoratado. Jimin corría de un lado a otro buscando el botiquín de primeros auxilios, mojó una gasa con antiséptico para luego pasarla sobre mis heridas, causándome ardor.
Sus lágrimas caían silenciosamente sobre sus mejillas, mojando mi camisa ensangrentada. Recuerdo tomar su mano y limpiar sus lágrimas, disculpándome por no reaccionar antes de que pasara por ese mal rato.
Él me abrazó, confesando lo que sentía por mí; mi rostro se iluminó a pesar del dolor, correspondiendo el abrazo y confesando mis propios sentimientos desde nuestro primer encuentro. Nuestro primer beso fue salado entre las lágrimas y la sangre de mis labios, y desde esa noche no hubo poder humano que pudiera separarnos.
Así mismo, tras aquel encuentro, ambos decidimos optar por la opción de una carrera militar sin saber que las reyertas entre el sur y el norte nos separarían por lo que pareció una eternidad.
Mi novio puso sus recuerdos en palabras como si hubiera sido ayer y confesó lo orgulloso que se sintió al verme defenderlo a pesar de mi dolor, pues supo que yo siempre lo pondría primero ante cualquier situación, algo en lo que no se equivocaba. Su voz, cargada de nostalgia, me hizo levantarme para mirarlo directamente a los ojos. Toqué sus cabellos castaños, mencionando lo que él ya sabía: que siempre podría contar conmigo, pese a lo que sea.
Sin más, me besó con emoción, girando sobre mi cuerpo, quedando sobre mí.
—Jeon Jungkook, ¿te quedarás junto a mí? —me preguntó, comenzando a moverse con lentitud, despertando mi erección enseguida.
—De por vida, cariño —respondí, cerrando los ojos por el placer que invadía mi cuerpo otra vez.
Sentí sus dedos recorrer los intrincados tatuajes que adornaban mi brazo izquierdo, parte de mis pectorales y cuello, hasta llegar a mi pecho y apoyarse para autopenetrarse, sentándose en mi miembro erecto y sonriendo con picardía.
—Es mi turno de darte placer, mi amor —me dijo, comenzando a subir y bajar una y otra vez, haciendo círculos y moviéndose de un lado a otro, hasta que giró dándome la espalda y la erótica visión de sus enormes nalgas abriéndose para engullir por completo mi miembro en repetidas ocasiones.
Nuestros gemidos y espasmos se mezclaban con la velocidad de sus movimientos, haciéndome tocar el mismo firmamento con aquel frenesí que solo él podía desatar en mí. El disfrute que ambos teníamos en esos momentos parecía devorarnos completamente, borrando paulatinamente el tiempo que pasamos separados e instalando entre nosotros la confianza para una entrega tan íntima y satisfactoria que podría llevarnos a la locura.
Mis manos se deslizaban por esos firmes globos que subían y bajaban sobre mi falo, marcándolas tras algunas nalgadas y suspiros de Jimin. Nuestros orgasmos crecieron lentamente entre el regocijo del placer que pareció envolver cada célula de ambos cuerpos. Lo tomé de las caderas, gruñendo al liberar mi esencia; el semen de Jimin se derramó entre sus piernas tras su liberación, cayendo rendido en mis brazos.
—Quiero recuperar el tiempo perdido, mi amor —mencionó jugueteando.
—Recuperaremos lo que tú desees, eres libre de pedirme lo que quieras, mi dulce ángel.
Giró su cuerpo sobre el mío, descansando la cabeza en el hueco de mi cuello. El cálido aliento que salía de sus labios hacía cosquillear mi piel, erizándola en el proceso, y yo no podía sentirme más feliz. De pronto, sentí el cambio en su acompasada respiración, así como su corazón golpeaba su pecho desbocado, así que lo acaricié con lentitud y, para darle confianza, le pregunté con la voz más tranquila que podía.
—Sabes que puedes preguntarme o decirme lo que sea, ¿verdad?
Creí que me respondería con un simple “lo sé“, sin esperar lo que venía después.
—Ahora que el armisticio entre el norte y el sur ha sido firmado, decidí darme de baja de la milicia, así que no regresaré tras los tres meses de licencia. Además, utilicé la mayoría de mis ahorros para adquirir un Absolute Navetta 73 y quiero que vengas conmigo a navegar por el océano.
—¿Por ello no estabas...? La sorpresa invadió mi rostro sin saber qué decir, algo que tal vez mi pareja malinterpretó, por lo que se apartó de mí. Mirándome de forma seria, me dijo:
—Sí, quería darte una sorpresa, pero por lo que veo, tú también me crees un desertor.
En cuanto noté que comenzó a vestirse, me levanté tomándolo del brazo.
—No, Jimin, espera...
—¿Esperar, para qué, Jungkook? ¿Vendrás conmigo, sí o no?
—Yo... bueno... esta es la forma de vida que decidimos: proteger a los desvalidos.
—Lo has dicho bien, nos enlistamos para hacer un cambio, proteger, no para matar niños, mujeres o hombres inocentes de otro país.
Agaché la mirada; comprendía perfectamente sus razones. La guerra es cruel y los soldados, por más rango que tengan, solo deben seguir órdenes de sus superiores. Cosas como priorizar el bienestar del mundo sobre tus ideales individuales son algo que se repite constantemente. Podrá parecer repulsivo, pero la guerra lo es.
Los soldados lo superamos y tratamos de cumplir nuestro deber lo mejor que podamos; al final, ver resguardada la libertad y seguridad de todos tus compatriotas y familiares vale cada esfuerzo, herida y lágrima que derramas en el campo.
—Jimin era nuestra responsabilidad. Hicimos un juramento en el que nos comprometimos a salvaguardar la integridad nacional y territorial de nuestro país, incluso si debíamos sacrificar nuestros intereses personales...
—El servicio y lealtad a la soberanía, no debes recordármelo; hice el mismo juramento que tú, pero no puedo. ¿Acaso no deberías entenderme? Las cosas horribles y repugnantes que vi en ese lugar jamás lograré sacarlas de mi mente y, a pesar de que todo aquello cesó, no puedo sentarme a esperar y ver cosas peores que eso. ¿De verdad estás de acuerdo con todo lo que pasó en ese lugar?
—Claro que no, todo lo que vivimos fue terrible, pero saber que volvería contigo me mantuvo cuerdo.
La mirada de Jimin se ablandó un poco, tocando mi mejilla con suavidad.
—Jungkook, por ti es que estoy de vuelta. La realidad es que, sin la ilusión de volver a verte, hubiera perdido la cabeza y sucumbido ante aquella marca inmensa que el temor deja en el alma, como les pasó a muchos elementos de mi escuadrón que prefirieron quitarse la vida antes que cumplir ciertas órdenes.
No dudé, atraje al más bajo a mi cuerpo en modo protector. Sentía exactamente lo mismo que él; lo había visto e incluso vivido. Derramé lágrimas de sangre en cada enfrentamiento, cada decisión tomada, cada error cometido y cada vida perdida. Estaría en mi cabeza hasta el día de mi muerte. El imaginarme que Jimin pasaba por esto me hizo sentir náuseas. Había sido tan egoísta al no pensar en que un ángel como él podría ser consumido por aquel sentimiento de repugnancia y pavor que deja la muerte en esas circunstancias.
—Perdóname, jamás debí permitirte enlistarte conmigo. Fui un completo egoísta y por mi culpa ahora...
—Kook, amor, basta ya de eso. ¿Es que tú piensas que soy un muñeco sin libre albedrío?
—No, yo jamás...
—Desde aquel día en el tren en Busan, tomé una decisión: quería ayudar a que nadie se sintiera de esa forma temerosa, ya sea por un acosador, ladrón o el ejército bien entrenado de otro país. Anhelaba un mejor lugar para ti, para mí y para mi familia. Así que cuando tú decidiste enlistarte, pensé en hacer lo mismo porque creía firmemente que podría hacer un cambio, pero ahora, al pensarlo con la claridad de todo lo que vi y viví en ese campo de batalla, creo que puedo ayudar a la sociedad de una forma diferente. Ya no deseo continuar por ese camino de sangre y lucha desmedida. Quiero volver a empezar, Jungkook, y me gustaría que lo hiciéramos juntos.
—Amor, tú eres el único...
Mi teléfono comenzó a sonar con insistencia, interrumpiéndome. Comencé a buscarlo después de notar la insistencia de quien llamaba. En cuanto me lo llevé al oído, se escuchó la voz del general, por lo que me puse totalmente rígido. Lancé una miradita a mi novio, quien continuaba vistiéndose. Cubrí la bocina y le hablé nervioso antes de salir del camarote.
—Por favor, Jimin, no me dejes solo. Dame unos minutos y conversaremos sobre todo esto —le dije en tono suplicante. Mi idea era clara y mis sentimientos también; no quería perderlo, no había decisión que tomar, yo seguiría a Park Jimin hasta el final, en la vida y hasta en la muerte, y quería que él lo tuviera claro.
—Atiende al general Jungkook o podrías meterte en problemas.
Su voz era seria; incluso podía decir que irritada, así que, tratando de apresurarme, puse al general en espera y me vestí rápidamente. Me acerqué a darle un beso que él recibió con una media sonrisa. Salí llevándome el teléfono al oído, diciendo: —Volveré enseguida, no te vayas.
Al cerrar la puerta del camarote, la brisa marina me golpeó, haciéndome sentir un nudo en el estómago por el miedo a perder al único ser en todo el mundo que me había hecho sentir amor, uno fuerte, de esos que te elevan a lo más alto de la felicidad o que te hunden a lo más bajo del dolor. Le di una última mirada para hablarle al teléfono.
—Sí, dígame, general —su respuesta me causó escalofríos.
—Te necesito y a tu equipo, es una emergencia de vida o muerte. Hay agentes de la ONU perdidos en la zona desmilitarizada y, si no hacemos las cosas con cuidado, la guerra podría volver a estallar.
Suspiré, la idea había sido mía: entrenar a un equipo especializado en asaltos directos y operaciones ultrasecretas, así como en respuestas rápidas. Ahora no podía simplemente negarme. Miré hacia mi camarote, recordando la solicitud de deserción de Jimin. No lo dejaría solo, simplemente no podía. Amaba a mi país, mi deber, pero no podía engañarme: amaba más a Jimin; era mi vida, mi alma y mi quietud. Sin él no había nada por lo que, sin importarme, terminar en una corte marcial, respondí.
—General, deseo darme de baja como capitán activo de la marina.
—¡Qué! No puedes...
Apreté los puños. —Lo lamento, general, pero mi deber es estar con Jimin.
—¿Park? Fue una lástima perder a un elemento como él, pero fue inútil intentar detenerlo. Ninguno de sus subordinados o compañeros pudo convencerlo de quedarse, y si tú te vas...
—De verdad lo siento, general...
—¡Jungkook! Cumple con tu deber, por lo menos esta vez te necesitamos. La guerra podría volver a empezar y ni tú ni tu novio podrán vivir en paz... La voz del general tembló para culminar: —Es un asunto de rehenes y dentro de ese grupo, tres son surcoreanos: es la hija del presidente Choi y sus dos amigas. Te necesitamos...
Apreté la mandíbula; no podía negarme, pero debía decirle a Jimin que esperara un poco. Yo me iría con él, pero después de mi última misión.
—Lo haré, general, pero primero necesito terminar un asunto personal...
—No hay tiempo, una lancha ya casi llega por ti. Tu equipo está listo; solo falta su líder.
Observé la lancha acercarse rápidamente, le di una última mirada al camarote para colgar la llamada, limpié mis lágrimas y corrí para lanzarme por la borda. Aterricé en la pequeña embarcación, siendo recibido por mi equipo de élite. Lancé una plegaria pidiendo perdón al cielo y al hombre que amaba, pero no podía ignorarlo. Si la guerra volvía, mi pequeño ángel no podría tener esa paz que buscaba con tanto fervor y si eso me costaba su amor, sería un precio que estaba dispuesto a pagar por él.
Luego de reunirnos con el presidente, demostrar nuestras habilidades y armar un plan de ataque perfecto, aproximadamente en tres semanas llegamos a la zona desmilitarizada. Mi equipo y yo nos encontrábamos completamente preparados. Me toqué el corazón, recordando al hombre por el que hacía aquello, y a paso lento les solicité sus placas de identificación, una a una. Cayeron en mis manos, las metí a una bolsa y las entregué al piloto, a excepción de la mía, que había dejado en mi camarote antes de largarme sin dar alguna explicación. La culpa quería amedrentarme por haberlo dejado, pero no lo permitiría; una mente dispersa en una misión de este grado terminaría solo en dos probables desenlaces, los cuales serían: la muerte de los rehenes o la muerte del equipo completo, y eso no estaba en mis planes. Debía sobrevivir para volver con él a toda costa.
La misión fue dura, así como en exceso peligrosa; parecía una estratagema bien elaborada por parte del norte para romper el armisticio. Fuimos cuidadosos, rápidos y letales como siempre. Mis decisiones siempre eran acertadas; tenía una mente aguda y bélica, de modo que a cada paso de la misión íbamos ganando terreno para culminar con el rescate de los rehenes. A pesar de la molestia que atormentaba mi cabeza y corazón al imaginar la sorpresa y dolor de mi novio al notar mi ausencia.
Al final, y después de bastante tiempo, dimos con el lugar donde mantenían privados de la libertad a los rehenes y eliminamos a la banda de criminales que ejecutó aquel plan orquestado previamente por los norcoreanos, a quienes fuimos obligados a dejar escapar para evitar la tragedia de una nueva reyerta con el norte. Terminé con algunas heridas de importancia media, pero estaba vivo, firme y con la mente en una sola dirección: Jimin. Habían pasado meses desde aquel día en que abandoné al amor de mi vida y lo cambié por el deber de darle una vida libre, plena y feliz.
Firmé mi baja de las fuerzas armadas. A pesar de la insistencia del general y el presidente, me mantuve firme en la convicción de retirarme. Por seguridad, pasé una semana en total aislamiento; luego fui liberado como un civil. Lo primero que hice fue buscar al hombre por quien luché todo este tiempo. Llamé a cada amigo en común y recibí la misma información: se fue, desapareció hace meses y no se sabe dónde está.
Al no localizarlo, me dirigí a nuestro antiguo hogar por si podía encontrar alguna pista de su paradero. El departamento se encontraba como lo recordaba antes de partir a la guerra, a excepción del enorme vacío que se sentía en el aire. Sábanas blancas cubrían los muebles, las fotografías estaban boca abajo y el retrato gigante que nos hicimos el día de nuestro alistamiento estaba totalmente partido por la mitad, ofreciendo una vista completamente desolada y triste que era el reflejo de mi corazón y mi alma.
Caí de rodillas frente a aquella fotografía que parecía gritarme a la cara, y dejé correr mis lágrimas y el dolor de haberlo abandonado, aunque fuera necesario. No sé cuánto tiempo pasó; los recuerdos de nuestra vida en aquel lugar aparecieron frente a mí. Cada momento feliz o íntimo era un fantasma que apuñalaba mi corazón con el filo desalmado de la realidad. Aquello parecía envolverme y apuñalarme una y otra vez. Me sentía hipnotizado, sin el poder suficiente para salir de aquel pantano de tormento; sus aguas despiadadas me hundían a cada segundo, hasta llegar a nuestro reencuentro. Las memorias de aquella madrugada eran las peores; mi mente repetía una y otra vez: “Lo abandonaste, lo dejaste completamente solo y sin una maldita explicación”. Cada palabra era una filosa aguja clavada en mi corazón.
Suspiré, no podía vivir sin él, pero tampoco era justo arruinarle la felicidad, aparecerme así tan de repente, ¿si me había olvidado o si...? La imagen de Jimin riendo junto a otro hombre arremetió contra mí; era demasiado ególatra pensar que él me estaría esperando... Por un momento, pensé en encerrarme ahí entre los recuerdos y ahogarme en alcohol hasta que mi corazón dejara de sangrar y tal vez de latir.
—¡No! —grité, con el dolor desgarrando mi garganta. No podía simplemente poner a Jimin en un nivel tan bajo; su amor valía mucho más que mi vida, así que no podía solo resignarme a perderlo, no sin luchar. Así que limpié mis lágrimas, me levanté y busqué en mis bolsillos mi teléfono. Había alguien que me ayudaría; me lo debía. Lo busqué en mi agenda; estaba marcado con un simple número 69, el número de la habitación donde el enemigo lo torturó durante un día completo y de donde yo lo rescaté.
Al primer timbrazo, la voz del mayor se escuchó en la línea. —Capitán Jeon, ¿a qué debo esta horrible coincidencia?
Sonreí sin ganas y le respondí con la voz entrecortada. —¿Horrible? Pensé que te alegraría saber que tu salvador sigue con vida, Seok-Jin.
—¿Realmente lo sigues? Tu voz me dice todo lo contrario.
Él tenía razón; en ese instante me sentía muerto en vida ante la zozobra de no conocer el paradero de mi novio. Esquivé la pregunta y fui al grano. —Eres el mejor espía a distancia del país y puedo afirmar que del mundo. Jin, necesito tu ayuda.
El silencio en la línea era incómodo, lo que abatía aún más mi corazón. Conocía la respuesta, pero no quería aceptarla.
—Jungkook, tengo una hija y un esposo maravilloso. Incluso me atrevería a decir que soy muy feliz. Después de toda aquella aflicción, me casé con un gran hombre; es el líder de la KCIA. Se nos permitió adoptar, él siempre nos cuida y no puedo volver...
—No te pido que dejes tu vida, solo necesito información.
—Jungkook, no puedo poner a Ji-Ae y Namjoon en peligro por alguna misión del equipo especial que creaste. Te debo mucho, lo sé, pero simplemente no puedo volver y tú sabes perfectamente por qué.
Las lágrimas volvieron a inundar mis ojos y mi voz se volvió suplicante. —Jin, de verdad te necesito, Jimin, él...
—¡¿Qué?! No, Jungkook, no me digas que lo tienen...
—¡No, no, no! Me niego a pensar eso. Él se dio de baja hace meses de la milicia y yo lo hice hace una semana; no debería haber represalias. Así que no necesito tu ayuda para ninguna misión, solo necesito saber dónde está él...
Un largo suspiro se escuchó al otro lado de la línea, seguido de la voz dulce de Jin. —Cariño, sigue practicando, ahora vuelvo. Sus pasos eran ligeros, luego el clic de un cerrojo, seguido del rápido tecleo de los largos dedos de Seok. —Jeon, debo decir que eres un hijo de puta...
—Lo sé... —le respondí con la voz quebrada.
—Pero te entiendo y lo agradezco. Si no hubieras ido a esa misión, ahora el país entero estaría sumido en caos y muerte. Solo por ello te ayudaré, pero es la última vez; si vuelves a dejarlo de esa manera, no importará cuánto llores o supliques, yo mismo me encargaré de que jamás lo encuentres, Jeon.
—Nunca volverá a pasar, Jin. Él es mi vida, pase lo que pase; aunque el mundo entero lo necesite, lo haremos juntos o pereceremos juntos, cruzados de brazos.
—Así se habla, Jeon. Te envío la información que recopilé de sus viajes y donde, según el registro de la matrícula de la embarcación, debería cumplir con una inspección próximamente, así que la revisión se adelantará y lo obligaremos a desembarcar en Taipéi. Le daré el tiempo suficiente para que puedas llegar y preparar una grandiosa disculpa, Jeon, porque si no, yo mismo iré y te golpearé, ¿comprendes?
—Jin, esto que estás haciendo por mí no podré pagártelo nunca, gracias.
—Sean felices, con eso me bastará y tal vez podamos reunirnos después con los chicos. Tengo entendido que Yoongi, Hoseok y Taehyung disfrutan de una vida tranquila en la Riviera Ligure. Ya era hora de que tú hicieras lo mismo, lo mereces, Jungkook, y Jimin también.
—Gracias, Jin.
Después de mis últimas palabras, colgó. La información llegó a mi teléfono y un video que dudé en abrir, pues suponía que era. Con las manos temblorosas comencé la reproducción; la cubierta del buque destructor donde mi batallón viajaba apareció. Mi cuerpo corrió con decisión, saltando al vacío y desapareciendo por la borda. Algunos minutos más tarde, Jimin salió completamente vestido, dio una mirada y rodeó la cubierta, clavando su mirada en la inmensidad del océano por demasiado tiempo, sin moverse. Solo podía ver su espalda mirando a un punto fijo de la madrugada. Cuando el sol comenzó a clarear, él giró sobre sus talones y dio una mirada a la cámara en la base del mástil. Sus ojos reflejaban angustia y desolación; estaban rojos por las lágrimas que aún se derramaban lentamente, dejando una marca en sus rechonchas mejillas. Caminó con tranquilidad, dando otra mirada al buque para descender por la rampa.
—Perdóname, mi amor, nunca quise lastimarte de esa forma. Mi voz era apagada, casi lastimera; en el video se podía palpar el dolor de Jimin en ese momento y saber el instante exacto en que su corazón se rompió en mil pedazos al notar mi ausencia. Apreté el teléfono en mis manos con furia, me miré al espejo de pared; los círculos violáceos que adornaban mis ojos y mi piel cetrina me hacían ver cansado, apagado, casi enfermo. Limpié mis ojos con las mangas de mi camisa, guardé el teléfono y salí de ahí rumbo al aeropuerto.
Esperé aproximadamente cinco horas para poder abordar, más las casi tres horas de vuelo. Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Taoyuan, eran casi las dos de la madrugada. Tomé un taxi para dirigirme al Bali District, donde debía hospedarme; lo escogí por estar cerca del puerto Padangbai, donde Jimin sería llamado. Había pensado en lo que dijo Jin sobre preparar para él una gran sorpresa o bienvenida, pero realmente necesitaba la sinceridad de la verdad, por lo que cargaba el único regalo de una de las mujeres que más había amado en el mundo, mi abuela. Si Jimin me aceptaba, no habría algo más especial que eso.
Al llegar al hotel, me registré, me duché y traté de conciliar el sueño, aunque las imágenes de todo lo vivido siempre acompañaban mi mente. Como bien había dicho mi novio, era algo que parecía tatuado en hierro en la memoria: los gritos, el llanto, la sangre; todo era tan surrealista que daba miedo. Me levanté para mirar por la ventana, pensando en la sonrisa de Jimin, aferrándome a su recuerdo para no perder la sensatez y caer en la locura y el remordimiento completamente.
Esperé día y noche a que la notificación de su arribo llegara, y los días pasaron demasiado lento, hasta que por fin la notificación llegó. Jin me envió el día y la hora exacta en que Jimin debía presentarse ante las autoridades marítimas de Padangbai. Estuve allí desde las cuatro de la mañana; no podía dormir, ni comer o beber nada. Tampoco quería perderlo por llegar tarde; si descubría el engaño, tal vez desaparecería para siempre.
Observé el Absolute Navetta 73 acercarse al puerto, dirigiéndose lejos de todo, atracando hasta el final del puerto. Tomé el todoterreno que renté y me dirigí a toda velocidad hacia el final del puerto, aparcando lo más cerca de Jimin, pero no al grado de anunciar mi llegada. Me coloqué los binoculares nuevamente y lo vi salir a dar un vistazo al lugar. Mi corazón comenzó a martillear en mi pecho, haciéndome sentir náuseas. Aún era muy temprano; el lugar parecía estar dormido.
Mis ojos picaron al ver a Jimin, que parecía haber adelgazado en este tiempo, para después observar el costado derecho del yate. Con letras negras, el nombre de la hermosa y lujosa embarcación era: Jeon. Sin dudarlo más, eché a correr, salté al lower deck recubierto de madera clara, me deslicé por las escaleras del lado izquierdo, subiendo rápidamente hasta la cubierta superior, donde se encontraba un enorme sofá lateral, una mesa y sillas junto a una cantina repleta de alcohol. Al fondo, una terraza en popa con muebles modulares; a simple vista, el lugar era lujoso. Me giré, pensando en que, por la hora, mi pequeño castaño se encontraría en el dormitorio de la cubierta inferior o tal vez desayunando en la cubierta principal. Desde ahí, esperaría a que saliera para poder abordarlo. Mis manos sudaban y mi corazón continuaba su disparatado trote.
Escuché pasos lentos detrás de mí sintiendo la dureza del cañón de un arma en la nuca. Por instinto, me llevé la mano a la cintura, encontrándola vacía. Cerré los ojos tratando de relajarme y saqué el aire retenido. Lo más lógico era que aquella persona fuese Jimin, pero si no lo era, estaba seguro de que podía desarmarlo con facilidad.
Comprobé mi teoría al escuchar su armónico timbre de voz y su cálida respiración golpear mi nuca.
—¿Qué haces aquí, Jeon?
—Baja el arma y podremos hablar, mi amor —escuché cómo retiró el seguro del arma y tragué saliva.
—Dame una sola razón para no volarte la cabeza, Jungkook.
—Podría darte varias, si me permitieras explicarte.
Escuché el seguro volver a su sitio para dejar de sentir la dureza del metal en mi cabeza. Luego como Jimin exhaló, podía percibir el nerviosismo en su respiración, lo que hizo saltar mi corazón con esperanza al girarme para por fin verlo, me quedé perplejo. Su mirada era gélida y su voz me clavó una estaca directo al pecho.
—No preguntaré cómo me encontraste, pues estoy casi seguro de que la inspección sorpresa tiene el nombre de Seok-Jin, pero ya no importa. Es mejor que te vayas; no hay nada para ti en este lugar, Jeon.
Sentí que Jimin metía la mano en mi pecho y me arrancaba el corazón de un tajo; aun con todo ese dolor latiendo en cada parte de mi ser, respondí: —Si lo hay, estás tú aquí y yo pertenezco a tu lado, porque te amo.
Sus ojos se volvieron cristalinos por las lágrimas retenidas; y, a pesar de esa muestra de dolor, su postura no cambió y comenzó a reírse.
—¿Pertenecer a mi lado? Sí, claro, Jeon, pero sabes que es lo divertido de tu lógica... —comenzó a caminar de un lado a otro, moviendo las manos mientras continuaba riéndose—. Veamos, ¿abandonarme en el destructor después de pedirte que pasaras tu vida a mi lado...?
—Puedo explicarlo, yo...
—No espera, ¿qué tan valorado debo sentirme, si no solo te largaste sin darme una explicación, sino que desapareciste del mapa por meses, Jungkook, y ahora simplemente armas un ardid para emboscarme y decirme que me amas? Por favor, ¿cuán estúpido crees que soy?
—Cariño, no es así, solo quiero una oportunidad de explicarme.
—Y yo quiero que te vayas de aquí y te alejes de mí para siempre. Mírame, te he olvidado, estoy tranquilo y feliz con la vida que elegí para mí, y tú ya no estás invitado a ella.
Mis ojos se enrojecieron y un nudo se instaló en mi garganta; me negaba a aceptar que lo había perdido, por lo que hablé con voz vacilante, mi seguridad se derrumbaba poco a poco. —¿Hablas en serio?
Noté la reacción del hombre que amaba; sus ojos se abrieron y su labio inferior tembló, aunque se recuperó en un segundo para echarme en cara su decisión. —Estoy seguro, quiero que te vayas, Jeon, y no me busques otra vez.
No soporté más y dejé correr el agua de mis ojos, asintiendo conmocionado. Mi alma parecía abandonar mi cuerpo. Jimin dio un paso hacia mí, mordiéndose el labio, pero titubeó, deteniéndose y cruzándose de brazos, lo que terminó de enviar al carajo mis esperanzas.
Me di la vuelta para bajar las escaleras, deteniéndome por un segundo para volver a hablar; no podía irme sin antes disculparme por lo que hice. —Me iré como es tu deseo. Solo quiero que sepas que no fue mi intención herirte, tampoco irme sin decir nada y abandonarte en nuestra primera noche juntos. Comprendo que puede sonar como excusa, por eso no diré nada más que lamento tanto lo que hice y espero que algún día puedas perdonarme.
—Ya... ya... ¡Ejem! ¡Ejem! Ya te he perdonado, Jeon, de verdad.
Se aclaró la garganta para evitar que su voz siguiera quebrándose, así que impulsivamente di la vuelta y lo tomé de los hombros sin usar demasiada fuerza, mirándolo a los ojos, sin importar que mis lágrimas ya bañaban mi rostro por completo.
—Dime que has dejado de amarme, que deseas que me largue y no vuelva jamás.
Desvió la mirada apretando los labios y con la voz totalmente rota se escuchó como un susurro.
—Ya lo dije...
—No es cierto, dime que me has dejado de amar, que me has olvidado y me iré para siempre de tu vida.
Su palma se estampó en mi rostro y sus ojos ya habían comenzado a soltar lágrimas, cuando gritó.
—Eres cruel e injusto, Jungkook, ¿cómo es posible que me pidas algo así, cuando sabes perfectamente mis sentimientos y aun así me dejaste como a cualquier cosa?
—Lo hice por ti, por tu ferviente deseo de por fin vivir en paz.
—¿Ah, sí? ¿Fue más fácil dejarme que dejar al ejército? Pudiste decirme que no, yo lo hubiera entendido, hubiéramos buscado la forma de continuar una vida juntos, aunque tú decidieras seguir tu carrera militar, pero no, para ti fue más fácil largarte, dejarme solo sufriendo, preguntándome qué demonios hice mal y ahora tan fácilmente deseas volver, ¿acaso me crees un hombre tan mediocre?
—Jamás hubiera elegido la milicia por sobre estar contigo. Sin ti, mi vida no sirve para nada, me convertiría en un simple ente sin vida o corazón. Si llegara a perderte, y por eso respeté tu decisión de dejar de servir al país, así que tuve que irme para luchar por esa libertad que tanto aprecias, Jimin. No permitiría que el norte se saliera con la suya y trajera la guerra a tu vida otra vez, no lo soportarías, cariño, y yo tampoco soportaría verte en esa situación.
—¿¡Qué!?
—Aquella llamada que recibí del general fue por la iniciativa que realicé cuando estuve en el frente: un grupo de élite que se especializara en asaltos directos en territorio enemigo, así como en reconocimiento de terreno hostil, incursiones de alto grado, emboscadas y operaciones de rescate. El entrenamiento fue riguroso, desde conocimiento táctico, de todo tipo de armamentos, hasta diferentes artes marciales. Puedo jactarme de que creé uno de los mejores equipos especiales. Por ello, cuando el general solicitó mi apoyo, al principio me negué, pero cuando supe que, si la misión fallaba, el armisticio también lo haría, decidí hacerlo costara lo que costara; tú merecías tu libertad, aun a costa de mi propia vida.
Las lágrimas de Jimin continuaron cayendo, haciendo que mi alma se resquebrajara un poco más con cada gota salada. Coloqué mi mano sobre su hermoso rostro para luego arrodillarme.
—Jungkook, no...
—Sí, sé que para cualquiera merezco tu odio y desprecio, pero te juro que jamás quise que esto pasara. No niego que me tomaste por sorpresa aquella noche y, al principio, no concebí la idea de alejarme del ejército, pero no me tomó ni diez minutos comprender que no hay nada después de ti y que lo que más deseo es pasar la eternidad tomado de tu mano. Por favor, Jimin, el único hombre al que puedo amar, te pido que me perdones y me des una segunda oportunidad. Te juro que seré digno de ella.
Para mi sorpresa, los delgados brazos de mi hermoso novio me rodearon. Sentí la humedad de sus labios posarse sobre los míos, seguido de un fuerte abrazo. —Jungkook, mi amor, el que debe pedir perdón soy yo, por desconfiar de ti, cuando parte de mí sabía que jamás huirías como un cobarde y que, si tuviste que desaparecer debía haber una razón de peso. Lamento todo esto.
—No, Jimin, él se equivocó, fui yo, pero he regresado y jamás me volveré a ir. Si me aceptas, te juro que tendrían que arrancarme de tu lado para lograr separarnos.
Aquella sonrisa que tanto amaba apareció en sus labios, haciendo desaparecer sus pequeños ojos miel. —Te amo, Jungkook, bienvenido a casa.
Nuestros labios se encontraron en un cálido y amoroso beso, luego pasó lentamente a uno tempestuoso e intenso, que lograba transmitir el amor que nos profesábamos, así como cuánto habíamos añorado al otro. La falta de oxígeno nos hizo separarnos jadeantes; ambos soltamos una grácil risa. Mi novio se levantó señalando el enorme yate.
—Bienvenido a casa, espero que te guste.
—Cariño, es perfecto, al igual que tú. Lo único que deseo es estar contigo; el lugar no me interesa.
—¿De verdad te quedarás aquí conmigo?
—Lo haré, mi amor.
Jimin saltó con felicidad, limpiándose las lágrimas. —Estar aquí es dejar de sentir esa presión, amor; el agua es en extremo relajante incluso en las tempestades, es liberador.
—Lo sé, pasamos mucho tiempo en el agua juntos, o lo has olvidado.
—No lo haría, mi amor.
—Jimin... Mi novio me miró extrañado al notar que continuaba de rodillas. Tanteé mis bolsillos, sacando la pequeña y plana caja de jade. Al abrirla, el anillo de mi abuela descansaba ahí; el diamante azul en forma de corazón brillaba, entre ese aro de pequeños diamantes y tres diamantes más a cada lado que parecían simular algún tipo de alas. Los ojos ámbar de mi novio volvieron a aguarse y, con la voz más solemne, le hablé.
—Jimin, mi pequeño y dulce amor, te pido que compartas tu vida entera conmigo.
—Jungkook, no puedo aceptar el anillo de tu abuela, eso sería...
—¿No deseas convertirte en mi esposo?
—Claro que lo deseo, y con o sin anillo, me casaré contigo. Pero sé cuánto valoras aquel regalo tan especial.
Me levanté, saqué el anillo dejando la caja sobre el sofá, tomé su mano y lo deslicé en su dedo, donde esperaba que se quedara de por vida. Le di un beso rápido en sus dulces labios, para luego mirarlo directamente a los ojos.
—Por ese motivo es que deseo que tú lo tengas, porque eres mi más grande tesoro, Jimin.
—Te amo, Jeon Jungkook, más que a mi propia vida. Gracias por volver a mí.
Ambos nos enzarzamos en un beso, tan acompasado, amoroso y a la vez candente que podría ser capturado para una obra de arte. Después de un tiempo, Jimin se separó, señalando la playa.
—No sé si fueron los meses de soledad en el mar, pero detesto a los mirones, así que nos vamos de aquí, cariño.
—Dejé mis cosas en el hotel.
Mi ahora prometido hizo un puchero. —Volveremos por ellas más tarde; por ahora, necesito tenerte solo para mí.
Le sonreí guiñándole un ojo, para luego dirigirme al puesto de mando que se elevaba sobre el salón. Era moderno y elegante, con un asiento de mando doble que permitía una mayor movilidad para cualquier maniobra de navegación. Dejé escapar una ligera carcajada para gritarle a mi prometido.
—Puedo apostar a que elegiste este hermoso yate por su centro de mando.
—Por supuesto, es bastante útil durante las operaciones de maniobra.
Le di una sonrisa coqueta y, después de retirar las anclas, comencé moviendo el yate con lentitud para luego aumentar la velocidad paulatinamente, dirigiéndome al oeste hacia la Isla de Yonaguni. Exactamente a la mitad del camino, me detuve, soltando ambas anclas para una mayor estabilidad. Me deslicé del asiento para volver junto a mi novio, que se encontraba en la zona adicional de la proa, que contaba con algunos sofás y una plataforma para tomar el sol. Daba una imagen tan apacible que parecía un pequeño ángel.
—¿No es hermoso y pacífico? Podría quedarme aquí de por vida.
Me senté junto a él; ya se encontraba en traje de baño, por lo que tomé el bloqueador solar de la mesita larga de madera y comencé a aplicarlo sobre su cuerpo.
—Si eso quieres, nos quedaremos para siempre, mi amor, o podríamos sumarnos a una de esas nuevas casas de lujo flotantes en la Riviera de Liguria. Se hará lo que quieras.
—¿Así, lo que yo quiera? —me respondió, jugueteando con los botones de mi camisa azul de lino.
—Había olvidado lo atractivo que te ves con este tipo de tela.
Me empujó al sillón para comenzar a gatear como un pequeño felino que disfrutaba de cazar a su presa, y con sus dientes, uno a uno fue desabotonando la camisa, para después llegar al pantalón y replicar su acción.
Pasó su lengua por mi marcado abdomen, sacando un suspiro de mis labios, besó mi pecho y mis pezones, que para ese entonces ya se encontraban duros, al igual que mi pene, que Jimin comenzó a atender con las manos para luego llevárselo a la boca, lo que me hizo echar la cabeza hacia atrás por las sensaciones tan placenteras que recibía de parte de mi prometido.
—¿Me extrañaste?
—No sabes cuánto... —dije con la voz cargada de excitación.
—Estás tan sensible, mi amor... Me respondió con esa dulce voz que parecía derramar miel sobre mí. Tras continuar con su increíble felación y antes de hacerme venir, se apartó para besarme en los labios, riéndose un poco, —aún no, quiero que ambos lo hagamos a la misma vez...
Se retiró el apretado bañador negro, dejando libre su propia erección. Se giró, colocando sus manos sobre el sofá, dejando a la vista su rosada y palpitante entrada. Me levanté para acercarme a él y comenzar a besar su entrada, humedeciéndola con mi lengua e ingresando un dedo en su interior, moviéndolo de un lado a otro y repitiendo la acción con varios dígitos más, hasta que tenía a Jimin restregándose sobre mi mano, moviéndose a un ritmo constante mientras soltaba algunos gemidos de placer. Por lo que retiré mis dedos, reemplazándolos con mi erección, empujando contra su trasero con fuerza, haciéndolo gritar excitado.
—Jungkook, no sé cómo pude vivir sin ti por tanto tiempo...
—Te compensaré, mi amor, ya lo verás —le dije, empujando en él y tocando su punto dulce mientras con mi mano libre bombeaba su propia erección.
Ambos gemíamos y gruñíamos, soltando algunas palabras de deseo y amor. Mi prometido pedía por más, por lo que lo levanté, cargándolo para sentarme en el sofá y penetrarlo con mayor intensidad una y otra vez, como si no pesara nada. Lo subía y lo bajaba en mi erección, haciéndolo retorcerse gustoso de aquella sensación de deseo y pasión.
Por cada estocada sentíamos cómo nuestros cuerpos se contraían buscando la liberación de tan ansiado regocijo; cada fibra de nuestro cuerpo se mantenía en un estado de enajenación completa. Jimin enterró sus uñas en mis brazos, lo que me anunciaba que estaba a punto de correrse, así que lo hice saltar aún más fuerte sobre mí, haciendo que mi orgasmo estallara de una forma brusca. Lo abracé de la cintura, enterrándome en él en algunas ocasiones más, hasta que mi semen lo llenó en su totalidad.
—Guao, eso fue... —traté de hablar con la respiración tan agitada que lo único que logré fue dejar un beso en su espalda
—Increíble, mi amor, y quiero más...
Jimin comenzó a besarme sin bajarse de mi regazo, con lentitud, mordiendo mi cuello, mientras acariciaba mi cabello con esa constante parsimonia que siempre parecía emanar, esperando que ambos nos recuperáramos para poder continuar. La realidad era que ambos habíamos pasado demasiado tiempo esperando este momento, por lo que nuestros cuerpos respondían al roce entre nuestra piel y esa cercanía nos hacía arder completamente entre la fogosidad de las llamas.
Continuamos haciendo el amor, entregándonos el uno al otro totalmente y sin reparos, rodeados por la infinidad del mar, plenos y absolutamente felices, a sabiendas del misterio que traía el comienzo de esa aventura que iniciaríamos juntos. Un nuevo amanecer llegaría y, junto con la claridad del sol, las infinitas posibilidades de lo que podíamos llegar a hacer apoyándonos y acompañándonos mutuamente día a día.
Meses más tarde, Jungkook abrazaba a Jimin por la cintura, ambos admirando la caída del atardecer, el sol escondiéndose en el horizonte como coqueteando con el mar. Sus ojos brillaban; su amor y felicidad eran evidentes a kilómetros. Todo parecía perfecto en aquel paraíso que habían declarado como suyo. Navegando sin rumbo fijo, juntos, el anillo en la mano del más bajo parecía deslumbrar al mismo cielo, al igual que el que descansaba en la mano del azabache. Ambos permanecían en silencio, dejando que sus cuerpos expresaran sus mutuos sentimientos y entregándose al gran amor que seguía tan vivo como cuando se conocieron.
La vida que eligieron apenas comenzaba y ellos lo sabían, aunque para sus familias había sido una completa locura lo que hicieron: dejar sus carreras y su vida entera de pronto por navegar sin rumbo a lo desconocido era impensable. Así que intentaron convencerlos de volver, encontrándose con la actitud férrea de ambos, que defendieron su postura tomando la decisión de seguir adelante, formando su propio camino lejos de todo y de todos, viviendo su propia vida, aventurándose incluso a lo inexplorado, pero siempre tomados de la mano.