Chapter 0: Rio de los lamentos
Estaba sentado, al lado del río, escuchando el murmullo constante del agua. A veces, pareciera como si las personas se lamentaban a distancia... Tal vez de sus pecados, pero de todos modos, aunque me llamen loco, los oigo gritar de sufrimiento como una condena eterna. Acerqué mi oreja hacia la dirección del agua para escuchar más atentamente. De repente, la voz del sirviente me sacó de mi ensimismamiento.
— Señorito Dorian, sus padres lo llaman a cenar. — suspire... asentí con la cabeza levemente, dejando la mirada abajo; me puse de pie y caminé hacia la mansión.
Mi padre me esperaba en la puerta, extendiendo una mano sobre mi.
— Ven aquí Dorian, yo y tu madre queremos jugar contigo.
me acarició la cabeza, pero sabía que no era un simple gestó de cariño. Con ellos me sentía como un objeto, no como una persona...
mientras caminaba de la mano con mi padre, entramos a una habitación, de ahí, oscuridad…
Apenas abrí mis ojos, y la realidad me golpeó como un cubo de agua fría.
Fue un sueño... al menos eso quiero pensar. suspire y mire la alarma, 6 en punto.
— Bueno... veo que es hora de abrir la pastelería.
Me dirigí al baño, me bañe, puse mi uniforme, tome mi bolso y salí de mi casa. El aire fresco de la mañana me ayudó a despejarme. al llegar a la pastelería vi que Charlotte ya estaba acomodando las cosas.
— Buenos días Dori, espero que te encuentres con ánimos para trabajar, hoy tenemos muchos postres que hacer. — dijo entusiasmada.
—Espero que no sean pedidos del Sr. Roman, ese tipo es muy quisquilloso con sus cupcakes.
De pronto, la campana de la puerta de la pastelería sonó y un señor mayor entró a la pastelería.
se acercó al mostrador con una sonrisa y dijo con una voz suave pero algo rasposa;
— Buenos días jóvenes, espero que se encuentren excelentes esta mañana.
— Buenos días señor, ¿qué podemos ofrecerle? — dijo Charlotte con el entusiasmo que siempre le caracteriza.
El señor nos sonrió y dijo;
—Me gustaría un paquete de cupcakes, de chocolate por favor.
Charlotte se acercó al mostrador con una sonrisa y con su voz suave pero imperativa dijo;
— ¡Claro! Una caja de cupcakes para el señor en camino, ¡serían 12 jades!
El señor apenas asintió con la cabeza antes de dirigirse a una de las tantas mesas de la pastelería. Su andar era silencioso, elegante… demasiado para alguien que aparentaba solo esperar un pedido.
Éramos solo dos en el local. En cuanto Charlotte me dio la orden, corrí hacia la cocina y comencé a preparar los cupcakes de chocolate. Medí cada gramo con precisión, cuidé la textura, mezclé con paciencia. Sí, lo admito: soy perfeccionista… solo un poco.
Cuando los primeros cupcakes salieron del horno, Charlotte —con la agilidad propia de quien parecía tener manos tan hábiles como garras— comenzó a decorarlos y colocarlos en la caja que ya había preparado. El tiempo se deslizó lento. Una hora entera pasó, y el señor seguía allí, sentado en absoluto silencio. Apenas se movía: solo lo necesario para cambiar de postura o dirigirse al baño.
Cuando terminamos, empaqué todo en una bolsa de papel adornada con nuestro logo: unos ojos rosados de lobezno domesticado que brillaban sobre el fondo claro. Ese detalle era lo que caracterizaba a la pastelería.
Me acerqué al mostrador y, con voz firme pero amable —después de todo, era un cliente— lo llamé:
—¡Señor! Su pedido está listo.
En cuanto escuchó mi voz, el hombre se levantó con rapidez. Su aspecto era peculiar: cabello negro salpicado de canas que contaban historias, cuerpo alto y delgado, piel tan pálida que parecía casi brillar bajo las luces.
—¡Ooh! Qué lindo empaque —dijo con una voz suave, casi musical—. Supuse que la señorita que me atendió iba a cobrarme.
—Ella está ocupada con otros pedidos —respondí con cortesía—. Me pidió que le entregara el suyo.
Entonces lo vi fruncir el ceño. Su rostro, antes sereno, se tensó en un gesto de disgusto que me hizo dudar. ¿Qué hice mal? ¿Le molestó algo de mi atención? ¿O era otra cosa? Sacudí las dudas: no podía dejar que me distrajeran.
—12 jades —murmuró con un tono repentinamente serio, sacando su cartera. Me entregó los billetes con movimientos lentos, medidos.
—Perfecto —respondí, depositando el dinero en la registradora.
Estaba por entregarle el ticket cuando, de pronto, desapareció. No se fue caminando ni abrió la puerta. Simplemente se desvaneció, como si su cuerpo se hubiera fundido con la neblina misma.
Me quedé con el rostro cargado de intriga, el ticket aún en mi mano. Finalmente lo dejé en la caja, por si aquel extraño hombre regresaba a reclamarlo. Respire profundo y, como siempre, volví a mi trabajo.
Las horas escurrían como arena mientras yo seguía trabajando sin descanso; el aroma dulce del horno inundaba el ambiente: desde pasteles esponjosos hasta galletas crujientes, todo salía perfecto, casi como si mis manos fueran autómatas. Y, sin embargo, de pronto, como en un simple parpadeo, el cielo se había teñido de un negro profundo: ya era de noche.
Pronto llegó la hora de cerrar, y justo en ese instante, apareció él. Pero había algo diferente… una sensación extraña que me golpeó al verlo. Parecía más joven, como si el tiempo le hubiera hecho un favor.
Mis ojos lo estudiaron: cabello negro, tan oscuro como la noche; y esos ojos… rojo carmesí, profundos, que parecían mirar más allá de la carne. Se acercó al mostrador con pasos firmes, y sin apartar su mirada de la mía, habló.
—Buena noche, jovencito… ¿Todavía están laborando?
—Buenas noches… sí, claro, ¿se le ofrece algo? —respondí, intentando sonar relajado.
El hombre mantuvo su mirada fija en mí, silencioso, hasta que noté que Charlotte, como siempre diligente, acomodaba unas cajas detrás de mí. Fue entonces cuando lo vi… cómo la miraba. No era curiosidad. No… era esa mirada de depredador que calcula la distancia antes de lanzarse sobre su presa.
—Señor… ¿Se encuentra bien? —pregunté, tratando de que desviara la atención hacia mí.
—Ah… lo lamento —respondió con una sonrisa extraña—. Me quedé atrapado en mis pensamientos. No quiero molestarlos más.
La conversación terminó, pero la sensación de peligro se quedó clavada en mi pecho. Algo en mi interior me gritaba que ese hombre no era alguien en quien confiar… y aún así, me obligué a pensar que quizá todo era producto de mi imaginación.
Cuando terminamos de acomodar las cajas que habían llegado tarde y dejamos el lugar limpio, por fin cerramos la tienda. Sentí un alivio inmenso; estaba agotado, y para ser honesto, harto de encuentros raros. Pero, por más que lo intentara, la imagen de ese hombre seguía en mi mente, inamovible.
—¡Listo! Hora de irnos, Dori —dijo Charlotte mientras dejaba su mandil sobre la mesa y se colocaba la chamarra.
—Por fin… —suspiré, mientras ponía mi bolso—. Este día fue eterno, y todo por culpa del pedido de Rouge.
—Ni me lo recuerdes… —bufó— Esa decoración fue una tortura.
Salimos juntos a la noche fría de otoño, el viento mordiendo suavemente la piel. Caminamos una cuadra antes de despedirnos, como siempre: un abrazo cálido de Charlotte, y luego cada uno tomó un rumbo distinto.
Sin embargo, no pude avanzar mucho antes de que mi mente comenzara a atormentarme. La imagen de ese hombre, su presencia oscura, sus ojos rojos… todo rondaba en mi cabeza como un eco que no desaparecía. Pensé en hacerle una videollamada a Charlotte, preguntarle si había llegado bien… pero no lo hice. Y en vez de ir a casa, di media vuelta, siguiendo sus pasos a la distancia, queriendo asegurarme de que estuviera a salvo.
Fue entonces cuando lo vi.
El hombre estaba ahí, apoyado con calma en un poste de luz, justo en el camino por donde Charlotte debía pasar. Mi corazón dio un brinco. Corrí hacia ella, pero él fue más rápido.
Lo escuché preguntar con voz suave dónde quedaba la casa de “Lourdes”. Charlotte, siempre tan cortés, le respondió que no conocía a nadie con ese nombre.
—¿De verdad no la conoces? —insistió él, con un tono que me erizó la piel.
—Lo lamento, pero no… —respondió Charlotte, ya queriendo alejarse.
Entonces la agarró del brazo. Con fuerza.
—Vamos, linda… solo dime dónde está —dijo, apretando más, como si con eso pudiera sacar la verdad.
—Ya le dije que… Oh no…
Fue en ese instante cuando ambos lo entendimos. Ese hombre no era normal. Ese hombre… era un vampiro.
Corrí con todas mis fuerzas y lo empujé antes de que pudiera hacerle daño, pero en mi intento, él cayó sobre Charlotte, dándole aún más ventaja para inmovilizarla.
Pero si algo tenía Charlotte, era el “don” de un lobo. Rápida, fuerte, feroz. Usó su agilidad para apartarlo de un movimiento y ponerse a salvo.
El vampiro cayó al piso, pero no permaneció ahí mucho tiempo. Con la velocidad de un animal salvaje, se lanzó contra mí. Apenas tuve tiempo de reaccionar, y con lo primero que tuve a la mano —mi bolso— le golpeé en el rostro. Cayó, furioso.
—¡Vete! —le grité a Charlotte, con una voz fría y firme que no admitía réplicas.
—Pero…
—¡QUE TE VAYAS!
Ella me miró por última vez antes de correr, quizá a buscar ayuda… o quizá para salvar su propia vida.
Y yo me quedé ahí. Solo. Con el vampiro mirándome con esos ojos hambrientos, como si quisiera devorarme entero.
El aire se volvió espeso. El viento del otoño, que hasta hacía unos segundos era suave, ahora parecía una rafaga de advertencias.
El vampiro sonrió. No una sonrisa cualquiera: era la sonrisa de alguien que había vivido siglos cazando, alimentándose, destrozando vidas… y que ahora había encontrado un nuevo juguete en mí.
—Vaya… —dijo, su voz era un arrullo maldito, tan seductor como peligroso— Qué sorpresa tan deliciosa...
Apreté la mandíbula. Recordé mis memorias de cuando era cazador, hacía años que había dejado ese mundo atrás. Había jurado no volver a ensuciarme las manos de sangre a menos que fuera estrictamente necesario. Pero ahora… ahora había alguien que dependía de mí. Charlotte.
Y eso era suficiente para romper mi retiro.
El vampiro avanzó con una velocidad antinatural. Apenas lo vi moverse, apenas tuve tiempo de reaccionar. Instintivamente giré el cuerpo, esquivando por unos centímetros sus garras. Se clavaron en el poste de luz donde antes estaba mi cabeza, arrancando un chirrido metálico que me hizo estremecer.
Con el mismo impulso, saqué de mi bolso el viejo cuchillo de plata que siempre llevaba, un recuerdo de mis días como cazador. No era gran cosa comparado con las armas que usaba en el pasado, pero bastaría. Tenía que bastar.
El vampiro me vio y rió.
—Oh, tienes colmillos… pero no sabes con quién bailas esta noche...
Se lanzó de nuevo. Esta vez lo recibí con el cuchillo en alto. Un giro, un corte preciso hacia su costado… pero era demasiado rápido. Esquivó el ataque y me golpeó con una fuerza brutal en el pecho. Sentí las costillas crujir. Me estrellé contra el suelo, el aire escapando de mis pulmones en un jadeo.
—Que lindo… —susurró él, como si saboreara mi sufrimiento— Puedo oler tu sangre. Tan… antigua. Tan familiar.
Me puse de pie tambaleándome. El filo del cuchillo brilló bajo la luz del poste. No podía mostrar debilidad. Si lo hacía, estaba muerto.
El vampiro sonrió de nuevo y vino directo hacia mí. Esta vez no lo esquivé. Me lancé hacia él con un rugido que salió desde lo más profundo de mis entrañas. Nuestros cuerpos chocaron con violencia. Su puño me alcanzó en el rostro; sentí el sabor metálico de la sangre llenándome la boca.
Pero mi cuchillo encontró su blanco.
Lo clavé justo debajo de sus costillas, en un ángulo que sabía era letal para su especie.
El vampiro me miró con ojos desorbitados, y su furia se multiplicó. No cayó. No todavía. Me agarró por el cuello y me levantó del suelo como si no pesara nada. Mi cuchillo seguía enterrado en él, pero sus garras, esas garras malditas, comenzaron a hundirse en mi piel.
Sentí la sangre resbalando por mi cuello, caliente, pegajosa.
—Te voy a destrozar… —gruñó con una voz que parecía salir de las entrañas de la tierra.
Entonces el vampiro cayó de rodillas, el cuchillo de plata brillando aún bajo la luz del poste. Su cuerpo convulsionaba con espasmos violentos, como si algo dentro de él se resistiera a morir. La sangre no era roja… no. Era de un negro denso, casi aceitoso, que brotaba en chorros gruesos, manchando el pavimento con un brillo oscuro que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.
Entonces tomé rápidamente el mango del cuchillo con ambas manos, girándolo con fuerza. El sonido fue espantoso: un crujido húmedo, un desgarro de carne y hueso que parecía multiplicarse en el eco de la noche. El vampiro arqueó la espalda, la mandíbula desencajada en un grito que cortaba el aire, un grito que no parecía humano.
La hoja ardía. Podía verse cómo el metal de plata chisporroteaba al contacto con su carne, como si la estuviera quemando desde dentro. Pequeños hilos de humo subían del corte, llevando consigo ese olor a hierro, carne quemada y muerte que se pegaba en la garganta.
—M-miserable…— logró balbucear el monstruo, escupiendo sangre negra que manchaba sus colmillos largos y amarillentos.
Sus ojos, antes rojos como carbones encendidos, comenzaron a apagarse, tornándose de un gris opaco, muerto.
Y entonces el silencio.
El viento seguía soplando, pero en mi cabeza solo había un zumbido. Me quedé mirando el cuerpo del vampiro, apenas respirando, sintiendo cómo cada músculo me ardía.
Di un paso atrás… y mis piernas simplemente no respondieron.
La adrenalina se desvanecía, y con ella llegó el dolor. Un dolor insoportable. Sentía las costillas destrozadas, el cuello ardiendo donde sus garras me habían cortado, la sangre empapando mi camisa. Me llevé una mano al costado y sentí la humedad: estaba sangrando demasiado.
Las luces de la calle parecían más lejanas ahora, como si alguien hubiera bajado la intensidad.
Me arrodillé, apenas logrando mantenerme consciente. En la distancia, me pareció escuchar la voz de Charlotte, gritando mi nombre, pero todo sonaba lejano, borroso, como si estuviera bajo el agua.
Miré el cuerpo inmóvil del vampiro y esbocé una sonrisa débil, amarga.
—Al menos… uno menos… —murmuré con voz ronca.
El dolor aumentó. La sangre seguía corriendo. Mis fuerzas se desvanecían.
La oscuridad vino a mí como un viejo amigo… y no luché contra ella.