LA ÚLTIMA LUZ DE KHAR-NOX

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Summary

En el oscuro planeta Khar-Nox, cubierto por una bruma púrpura, la joven Serenna de la casa de Val-Xur nace bajo un eclipse triple, marcándola como impura. Criada en un monasterio en ruinas, descubre que su verdadero destino es rebelarse contra el opresivo régimen de la Inquisición. Tras un intento de ejecución, donde el Fulgor Negro, una radiación corruptora, no la destruye, Serenna se eleva con alas invisibles, desafiando las creencias de su mundo.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Khar-Nox era un planeta que ya no recordaba el brillo del sol. Desde hacía siglos, sus cielos estaban cubiertos por una bruma púrpura que se agitaba como un mar sobre las torres negras de las ciudades-catedrales. Las campanas de hierro de la Santa Legión repicaban cada mañana, no para anunciar un nuevo día, sino para recordar que el tiempo estaba detenido en penitencia. El Fulgor Negro —esa radiación sagrada que corrompía carne y espíritu— reinaba sobre todas las cosas, y solo la doctrina inquisitorial del Códice de Rao mantenía el orden: pensar libre era traición, volar era herejía, la ciencia era fuego prohibido. Serenna de la casa de Val-Xur nació bajo un eclipse triple. Ese presagio marcó a su linaje como impuro, y a ella como condenada. Su infancia transcurrió en las ruinas de un monasterio caído, donde los muros susurraban plegarias oxidadas y las máquinas muertas eran tratadas como reliquias. Desde niña escuchaba una voz en sueños, un murmullo metálico que atravesaba su sangre y le recordaba que su destino no era obedecer, sino arder. A los diecisiete, los auriarcas la arrastraron a una ejecución ritual. La multitud, encapuchada, esperaba verla consumirse en la hoguera. Pero cuando la lanzaron al fuego, ocurrió lo imposible: el Fulgor Negro no la destruyó. En lugar de eso, envolvió sus huesos como un manto y le regaló alas invisibles. Serenna se elevó, flotando sobre el círculo de inquisidores atónitos. Había hecho lo prohibido. Había volado.

El alto auríarca Kaele-Thome, señor de la Inquisición, juró capturarla. Envió tras ella a la Hermandad de la Lanza Celeste, guerreros con armaduras bendecidas en llamas de odio. Pero Serenna ya había escapado hacia las tierras muertas, donde encontró a los exiliados: tribus astrales que aún veneraban las estrellas, mutantes albinos que la llamaban “Luz Profetizada” y herejes que en sus pensamientos y forma de vida mantenían viva la chispa de la ciencia prohibida. Entre ellos conoció a Myr Drannix, una ingeniera perseguida, quien le mostró un secreto oculto por siglos: el planeta estaba muriendo. El Núcleo de Khar-Nox despertaba, y solo una portadora de fuego puro podría fundirse con él para salvar a este mundo. En lo profundo de una cripta luminosa, descansaba la armadura viviente de los antiguos: forjada con fragmentos de una estrella aprisionada, cubierta de símbolos en espiral que ardían al contacto con su piel. Allí hallo a Eolox, que tenía conciencia, y la recibió no como dueña, sino como hija. Con ella, Serenna aprendió a resistir la radiación, a convocar escudos de antimateria, a incendiar la oscuridad misma. Cada vuelo suyo se convirtió en acto de rebelión. La respuesta de la Inquisición fue devastadora. Kaele-Thome declaró la extirpación total. Los Leviatanes Canónicos —máquinas colosales con forma de dragones— cayeron sobre las aldeas, arrasando ciudades enteras en nombre del orden sagrado. El cielo se volvió un campo de fuego donde llovían plegarias. Sin embargo, la rebelión había comenzado. Herejes, nobles caídos y autómatas iluminados por la chispa del Núcleo se unieron bajo la luz de Serenna. Por primera vez en siglos, alguien se atrevía a desafiar el dogma.

Entonces, la batalla se libró en Ythral, la catedral cuyas torres tocaban las nubes púrpuras. Allí, bajo vitrales que ardían como ojos rotos, Serenna enfrentó al propio Kaele-Thome. El inquisidor reveló su verdad: él también era portador de la luz, pero la había corrompido. Había robado fragmentos del Núcleo para prolongar su vida y soñar con convertirse en un dios eterno. En su pecho brillaba una llama oscura, un reflejo enfermo del fuego de Serenna. El combate fue más que físico: fue un choque de voluntades. Sus armaduras resonaban como campanas, y cada golpe era un eco que partía las columnas del templo. Finalmente, cuando Kaele-Thome la hirió de muerte, Eolox se fusionó con ella, desatando un estallido solar que atravesó las murallas y resquebrajó el cielo púrpura. El planeta comenzó a colapsar. Serenna comprendió su destino. Elevándose entre ruinas y llamas, penetró en el corazón del Núcleo. Allí, en la oscuridad más profunda, entregó su alma y su cuerpo. No murió: se transmutó. Se convirtió en el fuego mismo que sostenía la materia de Khar-Nox, guiando su núcleo hacia una nueva órbita, una nueva estrella.

Siglos después, los descendientes de los exiliados orbitaban un sol rojo, al que llamaron Serayen. Decían que en el corazón de esa estrella vivía aún la conciencia de una joven que había ardido contra la tiranía. Los niños nacían con marcas solares en la piel, y cada amanecer era recibido con un credo sencillo, legado de la última luz:

“No quemaremos la ciencia. Encenderemos el alma con ella”.