Cuando las estrellas me encuentren

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Summary

Me llamo Billy Rogers y a mis 29 años lo he perdido todo. En mi barrio soy el apestado, el que nunca cumplió las expectativas, el que fue juzgado por todos y apoyado por casi nadie. Mi familia me dio la espalda, mis amigos desaparecieron y mi vida se resume en una nevera vacía y la caridad de quienes aún se apiadan de mí. He aprendido a vivir sin sueños, sin fuerzas y sin emociones... hasta que apareció Josh Gordon, un prestigioso abogado de treinta y ocho años que me hizo creer que todavía podía sentir. Que todavía había esperanzas para recuperar a todos y cada uno de mis latidos. Pero cuando decidí marcharme para empezar de nuevo, una nueva vida en otro lugar, el destino me jugó su carta más cruel; después de eso, ya nada volvió a ser igual. Este es el inicio de una historia que cuenta como tocar fondo es apenas el inicio. Una conmovedora historia sobre exclusión, rechazo, vulnerabilidad y amor.

Genre
Romance
Author
Aslan
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Mi nombre es Billy Rogers y vivo en el 68 de Wilkinson Street, en Worcester, Massachusetts. Una casa pequeña, ajada por el tiempo, que parece resistir a duras penas el paso de los años, igual que yo. Aquí nací, crecí, me fui, volví y me rompí. Cada mañana despierto con la misma sensación: la de estar atrapado en un ciclo que parece no avanzar y del que no sé si podré salir algún día.

El sol atraviesa a duras penas las cortinas azules y descoloridas de mi habitación. El cuarto tiene un aire cansado, como si llevara siglos aguantando batallas y derrotas en silencio. El marco de la cama de madera blanca, que alguna vez tuvo un brillo especial, ahora está marcado por grietas y polvo. El espejo, colgado en la pared, refleja más sombras que claridad, viva imagen de cómo me siento. Todo en mi interior parece tan apagado y tan roto como yo.

A mis pies, Brayson, mi inseparable golden retriever, duerme plácidamente. Su respiración acompasada, es lo único que me recuerda que todavía hay algo de calma y paz en el mundo. Tiene el pelo dorado y algo enredado, pero sus ojos —cuando los abre— brillan con una lealtad que no he visto en nadie más a lo largo de mi vida. Estiro mi mano y acaricio suavemente su lomo. Él mueve la cola sin abrir mucho los ojos, como si supiera que todavía es demasiado pronto para empezar el día.

Brayson llegó a mi vida hace quince años; cabía en una sola mano, la de mamá, que me lo regaló en mi cumpleaños; fue entonces cuando de verdad conocí el amor. Mirarle a la cara y empezar a quererlo en segundos, eso fue lo que ocurrió.

Siempre ha sido muy inteligente, a duras penas se salía del sitio que habíamos puesto para él y orinaba fuera. Como si supiese que hacerlo en donde dormía estaba mal.

Me levanto despacio, con la pesadez de quien carga no solo con el sueño, sino con toda una vida entera. Esa en la que perdí el control hacía mucho tiempo. El suelo cruje bajo mis pies mientras avanzo hacia la puerta. Bajo las escaleras con la familiaridad de la rutina, hasta llegar a la cocina.

El aroma que me recibe no es el de un desayuno abundante. Aquí nunca lo es. En la encimera de granito oscuro, mamá prepara dos tazas de café aguado y rebana un trozo de pan duro que sobró de la noche anterior.

La cocina, con sus gabinetes de madera clara y los electrodomésticos que han visto días mejores, parece más grande de lo que en realidad es; la luz que entra por la ventana le da un aire acogedor, pese a los veintiocho años que hace que se construyó la casa.

—Buenos días, Billy —dice mi madre sin apartar la vista del pan.

—Buenos días.

Nos sentamos en silencio. En la mesa hay dos platos de tostadas y un poco de mantequilla que ya empieza a endurecerse. Sobrevivimos gracias a lo que las amigas de mi madre nos dan para comer, sobras del día anterior y frutas, o galletas, o algo de verdura.

Brayson se acomoda a mis pies, con la mirada fija en mi mano, esperando paciente. Yo mastico despacio, como si pudiera prolongar la comida con cada bocado. Mi madre sorbe su café, con ese gesto cansado que le marca las arrugas más de lo que parece.

Mamá, de cincuenta y seis años, siempre había sido una mujer luchadora. Una mujer que había vivido con su familia en su contra. Beth se había pasado la vida intentando contentar a todos y al final eso fue lo que la cambió; pasó de preocuparse por todos a preocuparse por sí misma y nadie más. Puede que debido a eso yo pagase las consecuencias, porque a veces me daba la sensación de que no era una prioridad para mi madre.

—¿Dormiste bien? —pregunta intentando sonar animada.

—Lo suficiente.

—Eso es bueno. Hoy hace sol; deberías darle a Brayson una vuelta más larga; le gusta correr por el parque.

—Ya lo sé, mamá.

El silencio regresa. Nos acostumbramos a que las palabras sean pocas, quizá porque no queremos darle más peso a la realidad de lo que ya lo tiene. Cuando termino mi tostada, dejo el último trozo para Brayson, que se lo come con un entusiasmo que me arranca una sonrisa breve y apagada.



En el recibidor la luz es más tenue.

La pintura de las paredes está descascarada en algunas esquinas, y en el suelo de madera se reflejan las marcas y las grietas del paso de los años. Cojo el arnés rojo de mi perro, colgado en un perchero tambaleante, y lo ajusto con cuidado sobre su lomo.

Él mueve la cola con impaciencia, listo para salir.

Antes de abrir la puerta, meto la mano en el bolsillo de mi chaqueta de entretiempo y saco mis auriculares de cable. Los desenredo con paciencia —los nudos parecen parte de mi esencia— y los conecto al teléfono.

La pantalla está agrietada, pero funciona para lo básico.

Busco entre mis descargas una canción que, de alguna manera, siempre consigue que me sienta acompañado. Las primeras notas de Fix You de Coldplay invaden mis odios mientras ajusto el volumen.

El aire fresco de la mañana me recibe como un golpe seco en aquel diecinueve de septiembre. Worcester despierta despacio, con sus calles largas y sus casas de ladrillo alineadas como soldados en una batalla de guerra. Arrastro los pies por el asfalto de Wilkinson Street, observando el pavimento y las hierbas que crecen en los alrededores. El barrio tiene la misma expresión de siempre: se respira vida, historias que gritan que quieren seguir latiendo en corazones de quienes las han vivido, mientras que yo sigo igual, inmutable.

Mientras avanzo, las letras de la canción me atraviesan como una daga: Lights will guide you home... y pienso en lo irónico que resulta.

Aquí no hay luces que guíen, más bien balas que destruyen; las noches son iluminadas por unas cuantas farolas que parpadean en la noche y un futuro que nunca parece llegar. Mientras que yo sigo adelante, como un autómata, sin sentir nada, ya que hace mucho tiempo que me rendí.