Hormigas de cobre y moscas de obsidiana

Aurikar estaba de pie, descalzo, macilento y enfermizo, con las túnicas cetrinas de los devotos religiosos. Parecía que nadie le había dicho que si se quedaba ahí frente al sol lo único que conseguiría sería que lo asaltaran los ladrones furtivos o una insolación por el abrasivo sol del desierto. Inseguro, con los ojos grandes y claros algo huidizos, pasando de aquí para allá sin saber cómo proceder. Una solitaria piedrecita blanca de poco valor abandonada por los mineros daría menos pena.
Emerintha se había acercado a él, por inercia y curiosidad más que por una acción premeditada. Y cuando él la había visto, sacó los brazos de debajo de la túnica, mostrando que tenía cinco docenas de collares enroscados como enredaderas a la piel.
—¿Dónde robaste estas joyas, pequeño incordio? —le había dicho ella, de modo agrio al ver los rubíes y los zafiros de estrella, los cristales del alma y la plata rosa junto a un oro de brillo celestino— ¿Sabes cómo se paga a los ladrones en Veythar?
—¿Robar? No, señora... —meció la cabeza con suavidad y el cabello fino mostró secciones vacías donde se podía ver el cráneo pelado— los muertos me las mostraron en la vigilia. Tirakles me las puso al dormir, y al despertar estaban aquí. Tirakles dijo: “guarda lo que no te pertenece y cuando venga la mano justa, entrégalo” por eso los monjes me enviaron a venderlas, las silveninas servirán para el templo y el ajuar del dios de los prematuros.
Emerintha lo miró con diversión, pero las cadenas y collares que colgaban de sus delgaduchos brazos no eran ninguna broma. Algunos eran collares sencillos, de cordel con alguna piedra deforme como dije, pero había eslabones hechos en plata y zafiros incrustados en enredaderas de oro. Una una calavera tallada en diamante y una preciosa corona faraónica con detalles en piedra lunar.
—¿Has vendido algo hoy? —quiso saber ella, pasando una mano codiciosa por la calavera blanca.
—No más que una pulsera hace unas horas antes de probar aquí. Acabo de bajar del burro del sacerdote —señaló el niño al borrico que estaba a la sombra de un toldo, sin atadura, ni arnés ni montura alguna—, hemos recorrido todo el mercado. Debo volver para entregar las Silveninas a Tirakles antes de la hora roja.
Al anochecer, la hora roja comenzaba cuando el sol desaparecía y surgía la negrura. Era cuando Sirakán surcaba el cielo y su luz roja lo cubría todo. Los monjes de ese dios creían que la influencia del satélite carmesí provocaba los abortos espontáneos, los nacimientos prematuros, las muertes de los enfermos y la inmundicia en los consagrados al dios Tirakles.
Emerintha alzó la vista al atardecer y vio con sumo agrado que las primeras esquirlas del astro destrozado no tardarían en ascender por el cielo. Sus manos manchadas, torcidas, llenas de cicatrices y con aquel dedo faltante se hundieron entre la mercancía, escogiendo las cadenas en las que ya había puesto los ojos. Sacó de su bolsillo una silvenina por cada una, fingiendo que no estaba pagando un precio ridículamente bajo por ellas.
El niño no debía conocer los verdaderos precios de lo que el supuesto dios le había dado, porque aceptó gustoso sin sospechar.
Ella había creado un decorado de ópalos y granates engastados en una ocarina de plata, que se usaba en los canticos a Drevanor el hacedor del velo nocturno. Le había llevado dos años unir uno a uno cada piedra preciosa al metal virgen, lijar, sacar el brillo y agregar los detalles más pequeños. Le habían entregado más oro del que había visto nunca por tal creación.
Suyas eran las lágrimas de la estatua de la diosa Zaromedes, talladas en perlas del tamaño de huevos de paloma. Bajaban por el rostro de alabastro de la deidad como un rocío opalino, ideal para la responsable de las mil y una estrellas del temprano firmamento. Emerintha estaba segura de haber sido visitada por la modelo real en sueños, recompensándola con una lluvia de lágrimas como destellos sobre sus manos para que nunca le faltase el talento con las joyas.
Fue ella, Emerintha la prodigiosa, y no otra la que puso los ornamentos de oro bruñido sobre la espada del faraón de Misraim para el día de su coronación. Dos años y medio preparando las raíces doradas que crecían en la hoja refulgente, tres meses para darle todo el brillo que quería y doce días aplicando una y otra vez las capas de chapa de oro a la empuñadura. La misma espada que el gran señor del imperio portaba todos los días frente al reino entero.
Había perdido un dedo al buscar que el corte en una amatista fuera pulcro y prolijo, y descubrió que no había mejor liquido para lijar y abrillantar que la sangre misma. Había sacrificado mucho, más de lo que nunca podría admitir, en su día a día trabajando en su taller.
Su puesto en el mercado de Veythar le había traído por ciclos enteros maravillas sin igual, experiencias que se contarían en las generaciones posteriores y una reputación que perduraría escrita en piedras preciosas. Aún recordaba cuando de joven había tenido un puesto clandestino en los barrios bajos de El Abismo, donde cambiaba trozos de plata en bruto a cambio de panes para los cerdos de piel porosa que se criaban para tiro de carretas.
Recordaba su primer collar creado a base de eslabones maltrechos de hierro fundido, con pequeñas esferas de cornalina y fluorita pálida con las que casi se acabó los ojos frente a un candil. Había tallado y tallado las piedras con restos de roca gris y negra alrededor, hasta darles una forma ligeramente esferoide, suficiente para ser colocadas en los marcos de metal. Se lo habían robado poco después, pero ese había sido el primer gran paso como orfebre.
Su Per-hedj, “Casa de la plata”, llegó a superar con creces las del resto de los mercaderes en Nekareth, capital del imperio de Misraim. En el dintel de la puerta principal, sobre la piedra angular de trecientos kilos se hallaban engastado el sello del emperador, respaldando con guardias fuera la seguridad del edificio. Sus mejores creaciones pasaban a la corona del faraón, a sus armas de guerra y a cualquier ostentoso capricho que su corazón pudiera desear.
—El faraón de todo Misraim, el único con el don de la creación —decían muchos de los sirvientes al ver llegar a Emerintha al palacio con otra grandeza más de su orfebrería— y aún así depende de una mortal para que lo provea de las joyas.
La alquimia podía llegar a representar el don de los dioses, materializando al poseedor todo el poder que quisiera, como era el caso del gran Acaerón. En ese tiempo él era el sumo alquímico de Misraim.
Los que tenían esa facultad podían crear todo cuanto sus mentes quisieran así como destruirlo, cambiarlo y hacerlo desaparecer, pero el faraón buscaba siempre la imaginación de Emerintha. Nadie más podía tocar sus joyas ni sus grabados, ni las estatuas o las grandes creaciones de su palacio, ni los altares a sus dioses o los pequeños o grandes grabados en sus armas, más que ella.
Hasta que apareció Aurikar.
El chico era un joven novicio de los templos a Tirakles, el dios de las muertes prematuras y el vino hecho de sangre liviana al que se le rezaba por una vida larga y tiernas sorpresas. La primera vez que Emerintha lo vio, ella contaba los sesenta y dos ciclos y él apenas los trece. Era un mocetón escuálido y desnutrido por los ayunos y privaciones de los clérigos, con la piel amarillenta y los ojos aún más claros, como pedazos mal pulidos de ónice amarillo. Traía siempre anotaciones e caracteres rúnicos en los brazos, que repetía en voz baja y atropellada, siguiendo las vertebras caladas de cera de abeja de una columna de víbora, que llevaba siempre en el bolsillo derecho. A veces, entre oración y oración, soltaba una risa seca y extraña, como un silbido.
Se había parado frente a la calle de Óstraca, en el mismo mercado Veythar donde Emerintha inició su larga vida como orfebre. Ella lo había observado desde el otro lado de la calzada, desde el puesto de los cueros, mientras intercambiaba dos Silveninas, monedas de vidrio bajo imperiales, por tres tiras de cuero fino para pulir.
Después de su primer encuentro, Aurikar siguió apareciendo más seguido, solo que cada vez traía artículos más extraños. Una tarde, lo vio con una desmadejada manta de lino viejo, bordado en preciosos fractales de hilos dorados. Es fácil comprender que su creación no había interesado a nadie más que para burlarse de él.
—¿Cómo piensas vender ese trapo, insensato? —decían entre risas los que lo veían— ¿con eso limpias el suelo del templo?
—Es el lino con el que me cubro al dormir —les respondía él, sin perder su mirada tranquila y levemente ausente—, Tirakles me mostró las puntas de cada estrella mientras soñaba, me enseñó que estaban hechas de mil pequeños fragmentos que estaban hechos de miles de formas más pequeñas pero iguales a las mayores. No había fin en las formas y estas seguían hasta el infinito... Por la mañana, estas figuras aparecieron tejidas en mi cobija.
En sus palabras había gran devoción y pasión, más de lo que se esperaría de un pequeño rapaz mal nutrido. La gente se burlaba de él, ni siquiera los soldados le prestaban atención a sus creaciones porque eran absurdas. Pero no para Emerintha, ella pagó dos Silveninas por esta rareza, el oro aunque estuviera en un trapo inmundo, seguía siendo oro. Siempre se podía fundir para usar.
Ver al muchachito enfermizo sonriente con sus dos monedas de vidrio le parecía a la orfebre una diversión bastante nueva. Aprovecharse del fenómeno le tenía sin cuidado, pero el hecho de que el niño trajese cada nuevo día otra tontería nueva aparecida aparentemente de la nada le dejaba pensativa. Al principio había creído que se estaba enfrentando a algún ladrón del templo, en cuyo caso le hacía un favor al desaparecer la evidencia, aunque pagase mal ese crimen. Luego se dio cuenta de que las cosas raras que el chiquillo traía no podían ser obras de ninguna mano humana.
De las cadenas y pulseras con dijes pasó a las manzanas engastadas con hormigas y moscas de cobre y obsidiana. Los ojos eran perlas azules o rubíes porosos. Si no supiera que era imposible, hubiera dicho que el niño había convertido a los insectos reales en las joyas. Si se contemplaba la escena completa, daba la impresión de estar viendo una fruta abandonada a medio comer que era aprovechada por los insectos.
La manzana seguía siendo de verdad, medio seca por el calor del desierto, ensartada con las figuritas de oro y piedra.
—Eran insectos reales —explicó el niño, alzando sus ojos pesarosos a la mujer madura—. El trabajo en el templo no me permitió acabar mi comida y al volver por la noche, los insectos la habían empezado por mi. El sacerdote me regañó mandándome a acostar por desperdiciar la comida y mientras dormía, maldije las moscas y las hormigas y las vi paralizarse sobre la fruta. Al despertar, seguían allí.
Emerintha apartó la manzana de su regazo, con un escalofrío. Aquello no era obra de ningún orfebre, ni de ningún ladrón. No podía ser sino el trabajo de un alquímico.
Al mirar al pequeño Aurikar recoger la manzana rota y las figuritas que se le habían desprendido de la carne ennegrecida de la fruta, la orfebre se sintió muy vieja. Aún recordaba la coronación del faraón Acaerón, a quien ella había vestido de joyas y magnificencias. El joven estaba en una flor de la vida, contaba treinta ciclos cuando su alquimia se manifestó por completo y fue descubierto en la provincia cercana al río de los canarios.
El pequeño novicio aún no sabía que las cosas que aparecían frente a él no eran sino obra de su propio poder. Ningún dios intervenía en el don de la alquimia, solo el mismo portador que se hacía acreedor del poder de controlarlos a todos en el reino de Misraim.
Emerintha llevaba algo así como cincuenta y dos ciclos como orfebre cuando decidió tomar a Aurikar por aprendiz.
