Historias de los Abuelos III

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Summary

Desde niña, las historias de terror me han fascinado; motivo por el que, a lo largo de varios años, me he dedicado a recopilar leyendas o mitos, que pueden generar cierta sensación de incomodidad o de duda en el oyente. De este modo, en esta sección, me dedicaré a publicar, una por una, las historias que más me han mantenido pensando por las noches, algunas de mi propia autoría, otras de dominio popular.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

El coche gris

Cuando terminó la Revolución, México quedó sumido en el caos absoluto. Surgían caudillos, otros eran ejecutados contra el paredón, los políticos se disputaban el control de ciertas regiones entre ellos, admitiendo o desconociendo a tal o a cual como presidente.

Pero la población de a pie, que poco o nada tenía que ver con las revueltas, como siempre fue la que pagó los platos rotos. Pues, en medio de las tensiones militares, las calles comunes eran tierra de nadie. Un escenario perfecto para que ladrones, bandidos, secuestradores y otros criminales de baja ralea aprovecharan la confusión para cometer atrocidades incluso a plena luz del día.

En mis tiempos, como mujeres, no nos dejaban salir ni a la esquina por muchas razones: los novios se robaban a las muchachas de sus casas, o los soldados, o, lo que era peor todavía, el coche gris.

Si los hombres del pueblo o los soldados se llevaban a alguna chiquilla, bien que mal, siempre se sabía qué ocurría con ella. Normalmente se convertía en la mujer o la querida de alguien. Pero con el coche gris era diferente...

Nadie lo había visto estacionado en ninguna casa, no se conocía a su dueño, ni aparecía por ninguna parte cuando se le buscaba. En ese entonces, perseguir al coche gris era prácticamente imposible, porque solamente la gente rica tenía autos y ellos estaban muy ocupados protegiendo sus haciendas o a sus propias familias de las expropiaciones, como para interesarse por la desaparición de algunas jovencitas de los pueblos aledaños. En cuanto a los caballos, únicamente la soldadesca de alto rango podía tenerlos, porque estaban destinados para el combate.

Así, al no poder hacer nada contra los raptores del coche gris, la gente empezó a restringirle la salida a las mujeres jóvenes, solteras o casadas. A cualquier hora ocurrían los secuestros, en cuanto alguna calle se encontraba particularmente vacía. El vehículo salía de la nada y volvía a ella, luego de un par de cuadras recorridas a toda velocidad, levantando el polvo del camino con la furia de sus llantas.

Nunca volvíamos a saber nada de las muchachas que se llevaba el coche gris. La gente rumoreaba que se las llevaban lejos para que trabajaran como sirvientas o como cabareteras en otros pueblos. También se comentaba que eran tres hombres los que iban a bordo, que seguramente abusaban de las mujeres e iban a tirar sus cuerpos a donde nadie pudiera encontrarlos. La incertidumbre del destino de las jovencitas alimentaba el miedo de las personas, en especial, de los padres, que encerraban a sus hijas a piedra y lodo con tal de protegerlas del peligro.

Recuerdo bien que yo tenía unos dieciséis años cuando ocurrió el último secuestro del coche gris en mi región...

Las cosas estaban tensas en la capital a causa de los disturbios políticos, por lo que mis tíos paternos se mudaron con nosotros por un tiempo y con ellos, mis tres primos: Camila, Francisco y Sergio. Evidentemente, con quien me llevaba mejor era con Camila, que era apenas un año más chica que yo.

Su compañía me trajo gran alegría, porque, a pesar de que yo también tenía hermanos y hermanas, yo era la mayor de las mujeres, así que podía llegar a aburrirme de jugar con ellas a la comidita o con sus muñecas. Mientras que con Camila pasaba horas platicando mientras hacíamos los quehaceres de la casa; ella me contaba de cómo era la ciudad, de las calles llenas de gente, de los escaparates que exhibían vestidos hermosos, de las fuentes del centro, de la gran catedral con retablos de oro...

Yo la escuchaba maravillada, pensando en que tal vez, si un día se terminaba el asunto del coche gris, yo podría ir a visitar a mi prima para que me enseñara todo eso de lo que me hablaba. Sobre todo, porque donde yo vivía no había mucho qué ver. Solamente habíamos salido un par de veces a pasear a la plaza pública, antes de que empezaran los secuestros, lo demás era únicamente salir a comprar el mandado o a la iglesia los domingos, siempre con mi mamá o en familia.

Lo único que podía hacer, mientras tanto, era suspirar contra el cristal de la ventana viendo hacia la calle. Preguntándome quién sería la siguiente desafortunada a la que se llevarían, rogando para que no fuera nadie de mi casa.

Las cosas transcurrieron con mucha tranquilidad por un buen tiempo, hasta un día en que el pequeño Sergio, el hermano menor de mi prima, se descalabró al caer de uno de los árboles de nuestro patio, mientras jugaba con los demás niños. Mi padre y el de Camila estaban en el trabajo, mientras que nuestras madres habían salido a hacer algunas diligencias.

Era una escena terrible la que se nos presentaba, pues Sergio estaba tendido sobre el piso sin moverse y había mucha sangre en su cabeza. Teníamos que llevarlo con el médico pronto, pese a la restricción que teníamos en cuanto a salir a la calle. Era una emergencia.

Primero que nada, nos aseguramos de que Sergio todavía respirara. Así era, muy despacio, casi imperceptible, pero seguía con vida, aunque sus ojos no se abrían. Pudimos haber ido Camila, Francisco y yo, el problema era que nadie lo suficientemente mayor se quedara con los demás para cuidarlos. Por lo que decidimos dejar a Francisco a cargo, mientras nosotras nos llevábamos a Sergio.

Por seguridad, tomé un garrote que mi madre guardaba en la cocina, simplemente como una prevención por aquello del coche gris. Cosa que no esperaba que sucediera, porque se escuchaba suficiente movimiento afuera como para poder salir en un viaje rápido hasta la clínica. Si nuestras madres volvían a casa antes que nosotras, Francisco les diría dónde encontrarnos, así, volveríamos todas juntas, lo que haría menos riesgoso el regreso.

Así, Camila tomó a Sergio, llevándolo sobre su espalda, inconsciente. Mientras que yo iba a su lado, cuidándonos a todos, blandiendo el garrote a la altura de la cintura.

Mis oídos estaban atentos a cualquier sonido que pudiera parecerse al de un motor en marcha. Mis ojos se dirigían hacia todas partes, vigilando con gran atención que ningún auto pudiera salir por sorpresa de las calles por las que íbamos pasando. Lo que nos permitió llegar sin mucho problema a la mitad del camino de la clínica. Yo iba un poco más tranquila, debido a que no se escuchaba el menor ruido por la calle.

Hasta que caí en cuenta de que eso era exactamente lo más peligroso del asunto. Nada se oía ya, porque por esa zona no había más personas caminando. Miré directamente a Camila, que también pareció notar el cambio y le dije que debíamos ir más rápido, porque no había nadie que nos pudiera ayudar cerca.

Entonces, empezamos a caminar cada vez más rápido, hasta que casi íbamos corriendo. Nos faltaban unas tres cuadras para llegar a nuestro destino, incluso alcanzábamos a ver un par de enfermeros, fumando más allá de la puerta principal.

Pero la sangre se me heló en las venas al escuchar que un coche venía detrás de nosotras a toda velocidad. La verdad, ni siquiera me atreví a voltear, como si supiera de antemano de qué se trataba. Por lo que, llena de terror, agarré a Camila del brazo, arrastrándola conmigo para que pudiéramos escapar. Desafortunadamente, el peso de Sergio sobre su espalda no le permitía moverse más rápido.

Lo siguiente que puedo recordar de ese día ocurrió antes de que pudiera entender siquiera lo que estaba pasando...

Una sombra gris pasó junto a nosotras y un brazo enfundado en un saco negro salió por la ventanilla, agarrando a Camila de su blusa, provocando que se tropezara, dejando caer al pobre de Sergio sobre la acera.

Por supuesto, me preocupó ver a mi primo herido en el suelo, con sus pequeños ojos entrecerrados, quejándose de dolor. Sin embargo, sentí más miedo de perder a Camila, por lo que yo la tomé fuertemente de la muñeca, mientras levantaba el garrote para obligar al hombre a soltarla, golpeando con todas mis fuerzas.

El palo se rompió cuando, sin quererlo, le pegué al coche en vez de a la persona que trataba de secuestrar a Camila. La puerta se abrió velozmente y desde adentro del auto, al menos dos hombres jalaban a mi prima hacia el interior, pero yo no estaba dispuesta a dejarla ir tan fácilmente.

Cuando la gente, a lo lejos, empezó a dar voces pidiendo ayuda o saliendo de sus casas para auxiliarnos a Camila y a mí, el coche aceleró inmediatamente la marcha. Me arrastró algunos metros junto con mi prima, raspándome las piernas desde los tobillos hasta las rodillas con las piedras del camino.

Solamente el dolor de las quemaduras en carne viva junto con la velocidad a la que iba el auto me hizo a soltar a Camila, que gritaba entre sollozos desesperados para que no se la llevaran. Aún puedo recordar sus ojos enrojecidos, llenos de miedo, estirando una mano hacia mí... como si yo pudiera hacer algo por ella.

Los vecinos del lugar, como siempre, apenas pudieron seguir al automóvil unas pocas calles en su trayecto. Mientras que yo quedé tirada de bruces en el suelo, chillando a causa de mis heridas y de la aflicción que me provocaba no haber podido salvar a mi prima. Las personas se acercaron corriendo a mí, llevándome junto con Sergio a la clínica para que nos curaran a ambos.

Cuando mis padres llegaron a buscarme, acompañados de mis tíos, ni siquiera pude decirles bien lo que había pasado. El nudo en mi garganta no me permitía decir una sola palabra. Lo único que hice fue abrazar a mi mamá, llorando a gritos hasta que los sollozos me convulsionaban todo el cuerpo con fuerza.

Mis tíos nunca me culparon por lo que le pasó a Camila. Al contrario, me dieron las gracias por haber socorrido a Sergio. Pero yo no he dejado de sentir que, si hubiera reaccionado diferente, tal vez si hubiera volteado, hubiera podido evitar que raptaran a mi prima...

Treinta años después, sólo puedo seguirme haciendo la misma pregunta que nos hacemos todos los que perdimos a alguna familiar a causa del coche gris. ¿Qué habrá sido de ella?