1
August Fisher:
Samantha Turner:
"Primer Paso de Algo"
El aula se llenó de murmullos cuando el profesor anunció las parejas para el proyecto final. August sintió que el tiempo se detenía cuando escuchó su nombre seguido del de Samantha Turner. Con un suspiro de resignación, tomó sus cosas y se acercó al escritorio donde ella estaba sentada. Sam, por su parte, mantenía la mirada fija en su cuaderno, dibujando algo en los márgenes, aparentemente indiferente a la situación, aunque la tensión en sus hombros delataba su incomodidad.
—Vaya, vaya... parece que el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido, ¿no crees, Fisher? —Sin levantar la mirada de su dibujo, un pequeño zorro que tomaba forma bajo su lápiz, Sam dejó escapar una sonrisa sarcástica.
Su cabello negro corto caía como una cortina sobre parte de su rostro, ocultando parcialmente su expresión.
—Supongo que tendré que soportar tus aires de grandeza durante dos meses enteros. Qué maravilla.. —Finalmente levantó la mirada, sus ojos verdes encontrándose con los de August.
A pesar de su comentario mordaz, había algo más en su mirada, quizás una chispa de curiosidad o tal vez el cansancio de mantener una enemistad cuyo origen ya era borroso en sus memorias.
August arrastró una silla y se sentó junto a ella, manteniendo una distancia prudente. El aula seguía bulliciosa mientras el resto de los estudiantes se reagrupaban con sus respectivas parejas, algunos felices, otros resignados como él. Observó de reojo el dibujo que Sam estaba haciendo, sorprendido porque realmente se veía talentosa.
—¿Qué miras, Fisher? ¿Nunca habías visto a alguien dibujar o es que estás buscando algo para críticar?
Ella cerró rápidamente su cuaderno, colocando una mano protectora sobre la tapa. La actitud defensiva era su escudo habitual, especialmente contra él.
—Mira, hagamos esto lo menos doloroso posible. —Empezó diciendo la pelinegra —Dividimos el trabajo, cada quien hace su parte, y nos comunicamos lo estrictamente necesario. Sin dramas, sin charlas incómodas, sin... lo que sea que haya pasado entre nosotros.
August seguía pensativo, realmente la observaba con detenimiento y eso empezaba a incomodar a la chica.
Sam sacó una hoja limpia y comenzó a anotar ideas para el proyecto. El profesor había asignado un tema sobre el impacto de los medios sociales en la formación de la identidad adolescente. Irónicamente, un tema que tocaba de cerca la experiencia de ambos.
—¿Alguna brillante idea para empezar, señor popularidad? —Soltó ella de repente, realmente le fastidiaba que él ni siquiera pudiera responder con un monosílabo y por eso quería molestarlo más —Supongo que tú debes saber bastante sobre ese tema, ¿no?
Había un dejo de amargura en su voz, como si estuviera haciendo referencia a algo específico que ambos conocían pero nunca habían discutido abiertamente. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el lápiz mientras esperaba una respuesta.
Sam se tensó visiblemente ante el continuo silencio de August. Cuando finalmente levantó la vista, se encontró con esa sonrisa de medio lado que tanto le irritaba. Esa sonrisa que parecía decir que él sabía algo que ella no, que se divertía con su frustración. La observaba con una tranquilidad que conseguía exasperarla más.
—¿Terminaste tu monólogo, Turner? Es fascinante cómo puedes mantener una discusión completa tú solita. Un verdadero talento. —Por fin, fue la voz varonil de Gus la cual se escuchó.
Su tono era ligero, casi juguetón, sin la hostilidad que caracterizaba sus intercambios habituales. Se reclinó en la silla, manteniendo esa expresión relajada que contrastaba con la tensión evidente de Sam.
—Y sobre el proyecto... —Agregó el chico —Sí, podría decir que sé un par de cosas sobre imágenes sociales. Aunque creo que tú también tienes experiencia en ese campo, ¿no? Al menos eso dicen los rumores.
Un destello de algo (¿culpa, quizás?) cruzó brevemente la mirada del castaño, pero su expresión burlona se mantuvo. Sus palabras rozaban peligrosamente el tema que había iniciado su enemistad años atrás, pero su tono no era entero malicioso, más bien sonaba como alguien que tantea un terreno peligroso.
El rostro de Sam se transformó en una máscara de indignación. Sus mejillas se tiñeron de rojo mientras abría la boca para responderle, pero justo en ese momento, la campana resonó por todo el salón, interrumpiendo lo que prometía ser una respuesta mordaz. August no pudo evitar sonreír con un aire victorioso, como si acabara de ganar una partida en un juego que solo ellos entendían.
—Eres un imbécil, Fisher. —Recalcó su apellido con los labios —No tienes ni puta idea de lo que hablas... ni de lo que causaste.
Su voz era apenas un susurro cargado de veneno, pero había algo más que rabia en sus palabras. Por un instante, August creyó ver dolor en esos ojos verdes que normalmente solo le mostraban desprecio. Sam recogió sus cosas apresuradamente, metiendo libros y cuadernos en su mochila con movimientos bruscos.
—Vamos, Turner, solo era una broma. No seas tan dramática —Trataba de minimizar un poco lo que acababa de causar, se sentía un imbécil pero su lado más estúpido solo le incitaba a empeorar la situación —¿O es que no puedes soportar un poco de tu propia medicina?
Su respuesta fue automática, el tono burlón salió de sus labios por pura costumbre, pero algo no se sentía bien. Sam le lanzó una última mirada cargada de algo que parecía decepción antes de abandonar el aula a paso rápido, dejándolo solo con sus pensamientos.
August se quedó inmóvil, observando la puerta por donde ella había salido. La sonrisa se desvaneció lentamente de su rostro mientras recogía sus propias cosas. Un peso incómodo se instaló en su pecho. Quizás había ido demasiado lejos. Los rumores sobre Sam habían sido crueles, y aunque él sabía que no eran ciertos, acababa de usarlos como munición en su pequeña guerra personal. Por un momento, recordó a la niña de hermoso cabello largo que vivía en la casa de al lado, con quien solía intercambiar sonrisas a través de las ventanas de sus habitaciones y señas cómplices en aventuras que solo ellos podían imaginar.
Antes de que todo cambiara.
Al salir al pasillo, vio a Sam a lo lejos, caminando sola, con los hombros caídos de una manera que nunca había notado antes. La punzada de culpabilidad se intensificó. Tenían que trabajar juntos durante dos meses, y acababa de empezar con el pie equivocado... otra vez.
August cruzó el portal de su casa con la mochila colgando pesadamente de su hombro. La culpa seguía haciendo eco en su mente, reproduciendo una y otra vez la expresión herida en los ojos de Sam. La casa estaba cálida y acogedora, un contraste con la tormenta que se agitaba en su interior. Dejó caer las llaves en el cuenco junto a la entrada y notó inmediatamente la presencia de su abuelo en la sala.
—¡Ahí está mi muchacho! Llegaste temprano hoy. —Con un abrazo amoroso, lo recibió instantáneamente el anciano— ¿Qué tal la escuela?
El rostro de su abuelo se iluminó con esa sonrisa cálida que siempre le causaba ternura a August. George Fisher, un hombre de sesenta y tantos años con canas abundantes y ojos llenos de sabiduría, dejó los papeles sobre la mesita de café y le dedicó toda su atención a su nieto.
August dejó caer su mochila y se desplomó en el sofá junto a él, pasándose una mano por el cabello con gesto de frustración.
—Ha sido un día complicado, abuelo. Me han asignado un proyecto importante con Samantha Turner.
—¿La chica de al lado? —Preguntó el hombre, recibiendo un acentimiento por parte del más joven —Vaya, pensé que ustedes dos ya no se hablaban. Martha y yo siempre nos preguntamos qué pasó entre ustedes.. —Recordaba con nostalgia —Solían ser inseparables cuando eran pequeños.
August sintió cómo el calor subía a sus mejillas. Su abuelo siempre había tenido una habilidad especial para ir directo al punto neurálgico de cualquier situación.
—Es complicado, abuelo. —Suspiró pesadamente, arrepentido —Hoy creo que me pasé de la raya con ella. Dije algo que no debí haber mencionado nunca más y... no lo sé, vi algo en su mirada. Creo que realmente la lastimé.
El hombre mayor se sintió algo mal por August, él sabía que su nieto era una buena persona y jamás querría hacerle daño a alguien a propósito.
—¿Sabes? Tu abuela y yo nos conocimos en el instituto también —Empezó comentando con una sonrisa melancólica —No me creerías si te dijera que pasamos un año entero sin hablarnos por un malentendido tonto. A veces, el orgullo nos cuesta más de lo que vale, hijo.
El anciano se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Sus ojos, tan parecidos a los de August, reflejaban la misma sinceridad que había caracterizado toda su vida.
—Disculparse no es una derrota, Gus. Y mucho menos debe darte vergüenza —Lo miraba con suavidad, quería transmitirle un poco de valor para que se atreviera a seguir su corazón —Somos humanos, siempre nos vamos a equivocar y tendremos que corregir nuestros errores tarde o temprano.. Y por lo que recuerdo de la pequeña Sam, es una chica maravillosa que merece la pena.
August miró hacia la ventana, en dirección a la casa vecina. La habitación de Sam estaba a oscuras, pero el recuerdo de las noches en que intercambiaban mensajes escritos en aviones de papel regresó a él con una claridad dolorosa.
—No sé si me perdonará, abuelo. —Por un instante, sintió que deseaba volver en el tiempo a esos días —Han pasado años y nunca hemos hablado realmente sobre lo que sucedió.
Su abuelo sonrió con ternura.
—Entonces quizás ya es hora, ¿no crees? Este proyecto podría ser una oportunidad, no una condena.
En ese momento, el sonido de un coche estacionando llamó su atención. Por la ventana, August vio a Sam bajando de un Uber, con aspecto cansado. Llevaba varias bolsas en las manos, probablemente había pasado la tarde en algún centro comercial, escapando también de la tensión del día. Sus miradas se cruzaron brevemente a través de la distancia, y ella apartó la vista rápidamente, acelerando sus pasos hacia la puerta de su casa.
Quizás, era el momento perfecto para resolver este asunto..
Sam asomó la cabeza por la ventana de su habitación. Su cabello oscuro caía en cascada a ambos lados de su rostro, enmarcando sus ojos verdes que ahora brillaban con irritación. Al ver a August parado frente a su puerta, su expresión cambió de sorpresa a fastidio en un instante.
—¿Qué diablos quieres, Fisher? —Gritó la chica sin ningún pudor —¿No tuviste suficiente con insultarme hoy en clase?
August pasó una mano por su cabello, visiblemente nervioso pero decidido. El crepúsculo bañaba el vecindario en tonos dorados, creando un escenario casi poético para lo que esperaba fuera un nuevo comienzo de su amistad.
—Mira, Sam, sólo quería disculparme por lo de hoy. —Al fin lo dijo, e inmediatamente se sintió como si se quitara un peso de encima —Me pasé de la raya y no estuvo bien. Esos rumores... siempre he sabido que no son ciertos y aun así los usé contra ti.
Algo en la expresión de Sam se suavizó ligeramente. Entrecerró los ojos, estudiándolo como si intentara descifrar si había alguna trampa oculta en sus palabras. Después de un momento, suspiró profundamente.
—Podría arrojarte un balde de agua fría solo por el placer de verte empapado.. —Una sonrisa malevola se dibujó en su rostro de solo imaginarlo —Pero supongo que puedo escucharte. Dame un minuto.
Sam desapareció de la ventana. August esperó, balanceándose sobre sus talones y sintiendo su corazón acelerar a mil. Estaba ensayando mentalmente las palabras que había estado guardando durante años, cuando el sonido de la puerta principal abriéndose captó su atención.
Sam apareció en el umbral, brazos cruzados, su postura defensiva pero su mirada curiosa.
—Entonces... ¿una disculpa? Eso es nuevo viniendo de ti.
La pelinegro se miraba las uñas de las manos con una media sonrisa burlona, sintiéndose poderosa en su posición.
—Sí, bueno, supongo que hay una primera vez para todo. —A él le causó risa su actuación, definitivamente esa chica era todo un personaje. De inmediato volvió a su estado serio, debía enfocarse y no dejaba de mirarla —Sam, lo que pasó en la escuela hoy fue solo la punta del iceberg. Creo que te debo una disculpa mucho más grande por estos años. Sobre lo que pasó en primer año...
August estaba ganando impulso, finalmente encontrando el valor para abordar el malentendido que había envenenado su relación durante tanto tiempo. Pero de repente, la expresión de Sam cambió. Sus ojos se enfocaron en algo —o alguien— detrás de él. August se giró para ver qué había captado su atención.
Un hombre alto se acercaba con paso despreocupado. Tenía que estar cerca de los veinticinco años, con cabello oscuro que caía por debajo de sus hombros y un cigarro entre los labios. Vestía una chaqueta de cuero gastada sobre una camiseta de alguna banda de rock y emanaba un aire de confianza desenfadada. Sus ojos se posaron primero en Sam, con una sonrisa que parecía reservada solo para ella, antes de evaluar a August con una mirada fría y calculadora.
—Hey, preciosa. Tuve que venir a tu casa ya que no contestabas el teléfono. —Soltó el recién llegado mientras se acercaba a la joven.
La tensión en el aire cambió instantáneamente. Sam pareció incómoda, atrapada entre ambos hombres y la conversación interrumpida. August sintió cómo el momento de vulnerabilidad se desvanecía rápidamente.
—Jay... no te esperaba hoy. —Habló ella apenas imperceptible.
Jay se acercó a Sam, rodeando posesivamente su cintura con un brazo mientras daba una calada al cigarrillo. Exhaló el humo lentamente, mirando a August con una expresión entre curiosa y desafiante.
—¿Y quién es este niño? ¿Un compañero de tu clase?
La forma en que pronunció 'niño' fue deliberadamente condescendiente. August sintió que su rostro se calentaba y quería partirle la sonrisa pretenciosa en ese instante, pero mantuvo la compostura, consciente de que este seguramente era el novio mayor universitario del que había oído hablar.
—Es August, mi vecino. —Mencionó la chica algo nerviosa —Estamos haciendo un proyecto juntos para la escuela.
Sam respondió con rapidez, evitando mencionar la tensión previa o el intento de disculpa. Sus ojos enviaron un mensaje silencioso a August, una mezcla de disculpa y advertencia. Jay dio otra calada a su cigarrillo, evaluando a August con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Un proyecto, ¿eh? Espero que no te esté causando problemas, Sam. —Ahora solo se dirigía hacia ella, ignorando al castaño que se encontraba frente a ellos entrecerrando los ojos —Sabes cómo son estos chicos de secundaria, todos hormonas y nada de cerebro.
August apretó la mandíbula, sintiendo cómo el momento de reconciliación se evaporaba frente a él. Sam pareció incómoda con el comentario, pero no contradijo a Jay.
—Solo vine a hablar sobre el proyecto. —Mantuvo toda la calma que pudo, intentando no cerrar sus puños en la cara del imbécil novio de Sam —Creo que ya terminamos por hoy. Te veo mañana en clase, Turner.
August volvió deliberadamente al apellido, levantando un muro entre ellos. Por un instante, le pareció ver decepción en los ojos de Sam, pero quizás solo fue un truco de la luz del atardecer. Jay sonrió con satisfacción, como si acabara de ganar una competencia que August ni siquiera sabía que estaban teniendo.
—Sí, mañana hablaremos. —Se despidió de él antes de que la tensión aumentara —Gracias por... pasarte por aquí.
Había algo en su tono, una nota de pesar que solo August pareció captar. Jay ya estaba conduciendo a Sam hacia el interior de la casa, su brazo firmemente alrededor de su cintura. Antes de entrar, Sam miró por encima de su hombro, sus ojos encontrándose brevemente con los de August, comunicando algo que las palabras no podían expresar.
—Un placer conocerte, niño. —Se escuchó decir a Jay antes de empujar la puerta, sonriendo con petulancia —No te preocupes, cuidaré muy bien de tu compañera de proyecto.
La puerta se cerró, dejando a August solo en el crepúsculo. Permaneció allí un momento, procesando lo ocurrido, antes de dar media vuelta y regresar a su casa. La oportunidad de aclarar años de malentendidos se había esfumado, pero algo le decía que no sería la última vez.
Mientras caminaba, miró hacia la ventana de Sam en el segundo piso, suspirando con pesadez, recordando esos tiempos más simples cuando eran solo dos niños compartiendo secretos a través del espacio entre sus casas.