EL AIRE DE EREDHON
El aire de Eredhon era respirable, sí, pero hostil. Áspero, impregnado de polvo y humedad metálica. Cada bocanada dejaba en la garganta una película amarga, como si se bebiera agua estancada.
Naresh les entregó unos objetos imposibles de catalogar. No parecían creados por manos humanas, sino engendrados por algo vivo y antiguo: máscaras palpitantes.
Andrea y Paula recibieron cada una la suya. A simple vista eran fragmentos de mineral pulido, pero en cuanto los acercaron al rostro, las piezas se activaron, desplegando fibras traslúcidas que se ajustaron solas a la piel. No había correas ni filtros visibles: eran criaturas ligeras que parecían comprender el acto de respirar.
Al inhalar, el aire entró frío y limpio, con un tenue aroma a resina fresca. Al exhalar, las fibras cambiaban de color, como si respondieran al cuerpo: un resplandor verde en Andrea, azul en Paula. Brillos efímeros que se disolvían en el ambiente, como si las máscaras se alimentaran de su aliento para transformarlo en un pulso propio.
Con esa protección avanzaron junto a Naresh.
El paisaje los recibió como una herida abierta: llanuras negras surcadas por grietas interminables, torres de roca que semejaban órganos petrificados, y, a lo lejos, esqueletos de ciudades que alguna vez habían albergado vida.
Sobre sus cabezas, el cielo se abría en un resplandor doble. A un extremo brillaba Asvar, el sol rojo, fatigado pero aún cálido, tiñendo la tierra de un tono semejante a brasas apagadas. Era el Respiro, el único momento en que se podía caminar sin morir.
Andrea se detuvo al encontrar un árbol extraño. Su corteza de obsidiana brillaba como vidrio negro, y de sus ramas colgaban filamentos quebradizos, transparentes, que parecían fibras de cristal. Levantó la mano para tocarlos, pero Naresh la apartó con brusquedad.
—¡No lo hagas! —su voz retumbó más fuerte de lo esperado—. Se llaman Avarn. Son hermosos, lo sé… pero sus filamentos guardan la luz de Asvar y el frío de Lureth.
Cuando llega la Fractura, se rompen en espinas que vuelan con el viento. Si se clavan en la piel… si alcanzan los pulmones… cada respiración se vuelve un corte. Como tragar vidrio.
Andrea retrocedió con un estremecimiento. Paula, más atenta a los detalles, reparó en que insectos dorados revoloteaban alrededor del árbol. Eran pequeños, luminosos, con un resplandor rojizo en su interior, como faroles vivientes.
—Esos escarabajos no son un buen signo —advirtió Naresh, mirando el cielo con ansiedad—. Anuncian el final del Respiro. Debemos apresurarnos. Aquí no hay refugios, y si nos sorprende el Corte, estaremos muertas.
Aceleraron el paso, avanzando entre la roca quebradiza, hasta que frente a ellas apareció algo inesperado: un pueblo.
Las casas parecían fusionadas con la tierra. Estaban unidas por túneles que corrían bajo la superficie, y cada ventana tenía un sistema de persianas distinto, uno para cada fase del cielo. Las puertas no se abrían hacia dentro ni hacia fuera: se deslizaban verticalmente como los párpados de un ojo.
Incluso las raíces bajo el suelo reaccionaban, iluminándose tenuemente al percibir movimiento humano, como si las viviendas mismas respiraran con sus habitantes.
En lo alto, cada casa tenía un techo capaz de abrirse, para contemplar —o vigilar— el cielo cambiante de Eredhon.








