Prologo
A los diez años, con las rodillas raspadas y la mirada perdida en el techo de mi habitación, me asaltó una pregunta que se anidó en mi mente como un pájaro oscuro: ¿Cómo sería el mundo sin mí? La idea, lejos de desvanecerse, se convirtió en un eco persistente, una sombra que me seguía a todas partes. A los trece, esa sombra cobró forma y me encontré imaginando mi propio funeral. No era una fantasía lúgubre, sino un desesperado intento de medir mi existencia en lágrimas. Contaba en silencio los rostros presentes, preguntándome cuáles de ellos sentirían el peso de mi ausencia, quiénes serían capaces de derramar un dolor verdadero por mí.
¿Conocen esa sensación de ser un extranjero en su propia piel? Ese sentimiento de observar el mundo a través de un cristal, viendo a los demás reír, conectarse, pertenecer, mientras uno permanece al otro lado, invisible. Es un frío que no se quita con ningún abrigo, la certeza de no encajar en ningún lugar.
Mi abuela solía decir que la vida era un tejido tapizado con hilos de luz y de sombra; experiencias nuevas, momentos de sol y de tormenta. Durante mi adolescencia, en mi afán por pertenecer, me aferré a los hilos equivocados. Confié en quienes aplaudían una versión de mí que no existía y, en el proceso, le di la espalda a los pocos que veían mi verdadero rostro. Quise encajar con tanta fuerza que me rompí por dentro, deseando ser alguien que, en el fondo, ni yo misma reconocía.
Las paredes de casa se convirtieron en el escenario de batallas silenciosas con mi madre. Un abismo de incomprensión se abría entre nosotras, tan profundo que nuestras palabras no lograban cruzarlo. Recuerdo la tensión en el aire, tan densa que casi podía cortarse, y yo preguntándome en silencio por qué le resultaba tan difícil ver que no necesitaba sus juicios, que solo anhelaba un abrazo. Un simple abrazo que me anclara a la tierra, un susurro que me prometiera que todo pasaría, que debía ser fuerte.
Necesitaba palabras de aliento que ahuyentaran a los demonios que danzaban en mi cabeza… pero esas palabras nunca llegaron. El silencio fue su única respuesta.
En esos días, mi único anhelo era crecer, huir. Soñaba con una vida sencilla, una vida de adulta donde la angustia de revisar un teléfono vacío el día de tu cumpleaños fuera una anécdota lejana. Creía, con la fe ciega de la inocencia, que al ser mayor esas cosas simplemente dejaban de importar.
Hasta que, finalmente, crecí. Y luego, él llegó permitiendome descubrir que la soledad no entiende de edades.