Capítulo 1: La llegada de Grymor Anto
Hace muchos años, en un país olvidado por la historia, oculto entre montañas envueltas en niebla perenne y bosques que parecían susurrar secretos antiguos, existió una avenida extraña, cuya mera mención causaba escalofríos: la Avenida Freya. Aquel lugar no figuraba en mapas, ni era reconocido por gobierno alguno, pero su leyenda era conocida por quienes habitaban los límites de ese paraje.
La avenida estaba formada por adoquines tan viejos que el tiempo los había desgastado hasta parecer huesos rotos. Sus farolas herrumbrosas se inclinaban como si escucharan el suelo, y las casas cercanas estaban deshabitadas desde hacía generaciones. Sin embargo, cada noche, como una maldición perpetua, un eco desgarrador se deslizaba por entre los muros y callejones de Freya. Era el llanto de una mujer, un sollozo profundo y doliente que, según los testimonios, podía quebrar el alma incluso del más firme. No había testigo que no describiera una sensación de angustia inexplicable, como si el lamento trajera consigo la memoria de una tragedia sin nombre.
Los habitantes de la aldea de Halleridge, habían aprendido a vivir con ese tormento nocturno, cerrando puertas y ventanas, rezando con fervor, y cubriendo sus oídos con algodón empapado en cera. Pero con el paso del tiempo, el llanto pareció intensificarse. Empezó a escucharse antes de que cayera el sol y no se detenía hasta entrada la madrugada. Las cosechas comenzaron a marchitarse, los animales huían sin motivo, y algunos aldeanos despertaban con moretones o arañazos sin explicación. La gente, asustada, concluyó que aquello ya no era un simple espanto.
Desesperados, decidieron acudir a alguien que había enfrentado horrores semejantes: Grymor Anto, un exorcista errante conocido en regiones remotas por sus métodos poco ortodoxos pero infalibles. Algunos decían que no era del todo humano. Otros, que había hecho un pacto con fuerzas antiguas para combatir lo que la iglesia no podía.
Grymor no era un hombre común. Su silueta imponía respeto. Caminaba con paso firme, como si cada pisada marcara un ritmo ancestral. Su rostro estaba endurecido por años de enfrentamientos con lo invisible, y sus ojos, hundidos bajo unas cejas espesas, parecían ver más allá de este mundo. Llevaba una vieja maleta de cuero cuarteado, repleta de objetos extraños: campanas oxidadas que solo resonaban con la presencia del mal, crucifijos con incrustaciones de obsidiana, frascos con cenizas de santos olvidados, espejos oscuros que reflejaban más de lo visible, y cuadernos cubiertos con cuero humano, llenos de conjuros escritos en idiomas muertos.
Vestido con un abrigo largo y raído que olía a humo, cera y tierra mojada, llegó una tarde nublada a Halleridge. Una brisa fría lo recibió, como si el viento mismo reconociera su presencia. Llevaba consigo una carta arrugada, escrita con tinta temblorosa y sellada con cera roja, que narraba los horrores de la avenida maldita.
—¿La avenida Freya?— preguntó con voz grave a uno de los aldeanos reunidos en la plaza. —Muéstrenme el camino antes de que caiga la noche.
El silencio fue absoluto. Nadie osó responder. Solo un niño, con el valor de la ignorancia en su mirada, se ofreció a llevarlo hasta el cruce donde los adoquines ennegrecidos marcaban el límite con el olvido. Al llegar, el chico dio un paso atrás y regresó corriendo. Grymor, sin dudarlo, cruzó el umbral.
A medida que avanzaba, la atmósfera se volvía más densa. El aire parecía espeso, casi líquido. No había sonidos de animales, ni hojas que se movieran con el viento. Solo un silencio ominoso, expectante. El exorcista llegó hasta el centro de la avenida, el corazón oscuro del misterio. Allí, colocó una vela en el suelo, dibujó un círculo de protección con sal negra y se sentó en el centro, aguardando con los ojos cerrados.
La noche cayó como una tela pesada sobre el mundo. Las sombras se alargaron como dedos, y las farolas, dormidas por décadas, comenzaron a encenderse una a una, parpadeando con luz mortecina.
Entonces, lo escuchó.
El llanto.
Era un sollozo antiguo, como si la tierra misma se lamentara por una tragedia de la que nadie quería hablar. Un dolor tan profundo que vibraba en los huesos. Sonaba como si viniera de todas partes y de ninguna. El viento, que había estado ausente, sopló repentinamente, gimiendo entre las paredes.
Grymor comenzó a murmurar palabras en una lengua perdida, palabras que solo debían pronunciarse en noches sin luna. Su cuerpo se estremeció cuando un roce helado pasó por su cuello, y por primera vez en muchos años, sintió una punzada de miedo. Un miedo real, profundo, ancestral.
La noche apenas comenzaba...








