Capítulo 1: El Encuentro Inesperado.
El Encuentro Inesperado: Lyle Loud el Femboy patético
En la bulliciosa ciudad de Royal Woods, donde la familia Loud era conocida por su caos interminable, vivía Lyle Loud, uno de los tantos hijos de la segunda generación Loud, que siempre había sido diferente. A sus 14 años, Lyle había abrazado su identidad como femboy: falda plisada rosa, blusa ajustada con encaje, medias hasta los muslos y un maquillaje sutil que acentuaba sus rasgos delicados. Su cabello rubio pálido, casi albino, heredado de la familia, caía en ondas suaves sobre sus hombros. Pero debajo de esa apariencia coqueta, Lyle era un alma patética, insegura, siempre buscando validación en los lugares equivocados. Trabajaba de medio tiempo en una cafetería local, sirviendo lattes con una sonrisa tímida, pero en sus noches solitarias, fantaseaba con ser dominado, humillado, usado como un objeto.
Una noche, después de cerrar la cafetería, Lyle decidió caminar por el parque oscuro, un lugar donde sabía que se reunían tipos rudos en busca de aventuras. Llevaba puesto su atuendo favorito: una falda corta que apenas cubría su trasero redondo y suave, y una tanga rosa que se ajustaba a su pequeño pene, el cual él mismo consideraba insignificante. Su corazón latía con una mezcla de miedo y excitación. "Soy tan patético", murmuraba para sí mismo, "necesito que alguien me ponga en mi lugar".
De repente, una figura imponente emergio de las sombras. Era Marcus, un hombre negro alto y musculoso, con piel oscura como el ébano, de 20 años, con sus brazos tatuados y una presencia que exudaba dominio puro. Vestía jeans ajustados que delineaban su bulto impresionante y una camiseta negra que se pegaba a su torso definido. Marcus era un tipo de la calle, acostumbrado a tomar lo que quería, y esa noche, sus ojos se posaron en Lyle como un depredador en su presa.
—¿Qué hace un maricón como tú solo por aquí? —gruñó Marcus con una voz profunda y ronca, acercándose con pasos lentos y seguros.
Lyle se congeló, sus mejillas enrojeciendo bajo el maquillaje. Su pene se contrajo en la tanga, una oleada de vergüenza y deseo recorriéndole el cuerpo.
—Y-yo... solo paseaba —balbuceó Lyle, su voz aguda y temblorosa, mirando al suelo.
Marcus se rio, una carcajada cruel que resonó en la noche. Se acercó más, su mano grande y áspera agarrando la barbilla de Lyle, obligándolo a mirar hacia arriba. Los ojos de Marcus eran oscuros, llenos de desprecio y lujuria.
—Mírate, putita blanca. Vestido como una zorra barata, rogando por atención. Eres patético, ¿lo sabes? Un femboy debilucho que no sirve para nada más que para ser follado.
Lyle jadeó, su cuerpo traicionándolo al sentir una erección creciente. Las palabras de Marcus lo herían, pero al mismo tiempo lo encendían como nunca. "Sí, soy patético", pensó, mordiéndose el labio.
Marcus no esperó respuesta. Empujó a Lyle contra un árbol cercano, el tronco áspero raspando la espalda del femboy a través de la blusa fina. Con una mano, levantó la falda de Lyle, exponiendo su tanga rosa empapada de precum.
—Mira esto —se burló Marcus, pellizcando el pequeño bulto de Lyle—. ¿Esto es lo que llamas polla? Es ridículo. No me extraña que vistas como una niña; no eres hombre suficiente para nada.
Lyle gimió, sus caderas moviéndose involuntariamente contra la mano de Marcus. El denigrante toque lo hacía sentir pequeño, insignificante, y eso lo excitaba más. —P-por favor... —suplicó, su voz entrecortada.
—¿Por favor qué, perra? —Marcus deslizó sus dedos bajo la tanga, tirando de ella hacia un lado para exponer el ano rosado y depilado de Lyle. Con la otra mano, desabrochó sus jeans, liberando su enorme polla negra, venosa y gruesa, midiendo al menos 25 centímetros de largo. La cabeza brillaba con precum, y Lyle no pudo evitar lamerse los labios al verla.
—Dime lo patético que eres —ordenó Marcus, frotando la punta de su polla contra el agujero de Lyle, lubricándolo con su propio fluido.
—S-soy patético... un femboy inútil... solo sirvo para ser tu puta —confesó Lyle, las lágrimas de humillación mezclándose con el placer en sus ojos. Su ano se contraía ansioso, rogando por ser invadido.
Marcus se rio de nuevo, empujando su polla dentro de Lyle de un solo golpe brutal. El femboy gritó, el dolor inicial convirtiéndose en un éxtasis abrumador mientras esa enorme verga negra lo estiraba al límite. Sentía cada vena pulsando contra sus paredes internas, llenándolo por completo como nada lo había hecho antes.
—Joder, qué apretado estás, maricón blanco. Eres solo un agujero para negros como yo. ¿Te gusta eso? ¿Te gusta ser denigrado mientras te follo como a una perra en celo?
Lyle asentía frenéticamente, sus manos aferrándose a los hombros de Marcus. Cada embestida era profunda y salvaje, el sonido de carne contra carne resonando en el parque vacío. La polla de Marcus golpeaba su próstata con precisión, enviando ondas de placer que hacían que el pequeño pene de Lyle goteara sin control.
—S-sí... me encanta... soy tu patético femboy... úsame... —gemía Lyle, sus ojos rodando hacia atrás mientras el denigrante lenguaje de Marcus lo empujaba al borde.
Marcus aceleró el ritmo, sus manos grandes agarrando las nalgas de Lyle, separándolas para penetrar más profundo. —Eres una vergüenza para tu raza, vestida así, rogando por polla negra. Nadie te querría de otra forma. Solo sirves para esto: ser follado y humillado.
Cada palabra era como un latigazo que avivaba el fuego en Lyle. Disfrutaba la degradación, la forma en que Marcus lo trataba como basura lo hacía sentir vivo, deseado en su miseria. Su cuerpo se convulsionaba, acercándose al orgasmo sin ni siquiera tocarse. Marcus lo notó y se burló más.
—Vas a correrte solo con mi polla, ¿verdad? Sin tocar esa cosita ridícula tuya. Eso demuestra lo puta que eres.
Con un último empujón violento, Marcus se hundió hasta la base, su polla palpitando mientras Lyle explotaba en un orgasmo intenso. Chorros de semen blanco salpicaron la falda de Lyle, su ano apretándose alrededor de la verga invasora. Marcus gruñó, llenando el interior de Lyle con su semen caliente y espeso, marcándolo como su propiedad.
—Bien, perra. Ahora eres mío —dijo Marcus, retirándose lentamente, dejando que el semen gotee por las piernas de Lyle.
Lyle se deslizó al suelo, exhausto y satisfecho, una sonrisa tonta en su rostro manchado de lágrimas. Era patético, sí, pero en ese momento, no deseaba ser nada más. Marcus se alejó riendo, dejando a Lyle en la oscuridad, anhelando el próximo encuentro.

Fin.