ACTO 1 TENTACIÓN
Todo comenzó con un asesinato en la sección de Thriller de la biblioteca.
La pobre Mary fue la primera en escuchar el disparo y la que encontró el cadáver tirado sobre la estantería, con su sangre manchando toda la colección de Clive Barker y parte de sus sesos salpicados sobre la señal de «Se ruega silencio».
Yo llegué después desde el depósito, subiendo a toda prisa las escaleras en dirección a los agudos chillidos de Mary. Junto a la bibliotecaria, había ya un importante grupo de personas, pero ninguna de ellas parecía ser la culpable del asesinato.
El detective Jones y el agente Kellan se aseguraron de ello, preguntando por cuartadas a todos los presentes mientras los forenses se llevaban el cadáver, y, los paramédicos, a una Mary en shock.
―¿Y dónde estaba usted, señor…?
―Rossi. Noah Rossi.
El agente Kellan se rascó el final de su espeso bigote con la tapa del bolígrafo y produjo un murmullo interesado.
―Huh. ¿Es usted italoamericano, señor Rossi?
―Sí, supongo que sí. Mis abuelos llegaron desde Sicilia.
―Sicilia, el centro del crimen organizado ―recalcó, echándome una seria mirada con sus ojos de un precioso azul polvoriento.
Era casi una pena que un hombre tan atractivo fuera tan estúpido al mismo tiempo.
―Si está dando a entender que yo tengo algún tipo de conexión con la mafia y que he planeado el asesinato, puedo asegurarle que se equivoca por completo, agente.
―¿Y dónde estaba usted cuando se oyó el disparo? ―preguntó, devolviendo toda su atención a la libretilla de mano en la que parecía estar apuntándolo todo.
―En el depósito.
―¿Tiene pruebas de ello?
―Hay una cámara en la entrada, así que supongo que sí.
―¿Hay cámaras?
―¿No es su trabajo saber eso?
―No, yo soy agente de policía, no guardia de seguridad, señor Rossi ―respondió, echándome otra de esas miradas serias.
Apreté los dientes y me tragué la respuesta, prefiriendo terminar con aquello lo antes posible. Llevaba hora y media allí esperando, encargándome de todo y atendiendo a la policía. Estaba cansado, abrumado y nervioso; así que lo último que necesitaba era soportar a un gilipollas que se creía muy listo solo porque parecía un modelo de fitness con uniforme de policía.
No podía entender cómo le habían dado un arma a ese hombre. ¿No hacían test psicológicos o algo?
―¿Tiene más preguntas, agente Kellan? ―le pregunté mientras me cruzaba de brazos.
―¿Cuánto lleva trabajando en la biblioteca?
―Medio año.
―¿Medio año? Nunca le había visto por aquí.
―¿Viene mucho a la biblioteca?
―No ―se rio un poco, como si fuera obvio que tenía cosas mucho más interesantes que hacer que eso, como, por ejemplo, pincharse testosterona―. Lo mío no son los libros.
―Entonces, no es extraño que no me haya visto antes. ¿No cree?
Al agente no le gustó mi actitud y lo demostró dando un par de toques en la libreta con el bolígrafo antes de echarme una mirada de arriba abajo.
―Pembroke no es una ciudad tan grande ―me dijo.
―No, supongo que no ―suspiré, decidiendo darle la razón de los tontos.
―¿Y desde dónde se ha mudado exactamente?
―Chicago.
―Eso queda muy lejos de aquí, señor Rossi. ¿Qué le ha llevado a aceptar un empleo de ayudante de bibliot…?
―No soy ayudante. Soy bibliotecario ―le corregí―. Y no veo qué importancia podría tener de dónde vengo.
El agente volvió a rascarse el bigote con el final del bolígrafo y a quedarse un par de segundos en silencio.
―Quizá sea usted cómplice de un crimen pasional ―me dijo―. Una amante que le convenciera para asesinar a una rival…
En ese momento resoplé y, de la forma más inoportuna, empecé a reírme por lo bajo. Algo que nunca es sensato hacer delante de los hombres acostumbrados a que siempre les traten como a reyes.
―Perdón ―me disculpé, cubriéndome los labios por un momento―. Ehm… No. Ningún crimen pasional. De hecho, soy gay.
―¿Cree que los homosexuales no comenten crímenes, señor Rossi? ―preguntó, arqueando su ceja rubia de forma exagerada a la vez que ladeaba el rostro.
No sé si estaba intentando parecer serio e intimidante con aquello, pero solo resultó de lo más cómico.
―Dios mío ―murmuré, soportando otra carcajada―. Lo siento ―repetí―. No quería reírme.
―¿Le parece divertido que hayan asesinado a una persona, señor Rossi.
―No, por supuesto que no.
―¿Y qué le parece tan divertido, entonces? ―preguntó, repitiendo esa expresión tan exagerada, pero añadiendo un movimiento de cabeza a mayores y un―: ¿Huhh?
―¿Lo está haciendo a propósito? ―tuve que preguntarle, incapaz de dejar de sonreír y reírme por lo bajo.
Aquello era de lo más surrealista. Habían disparado a un hombre en la sección de Thriller y, ahora, el personaje del «chico sexy» en una serie policiaca de comedia, me estaba haciendo la entrevista.
―Kellan ―nos interrumpieron el detective Jones, acercándose con mala cara y expresión cansada―. ¿Has tomado todos los testimonios?
―Estaba en ello, detective ―respondió el agente, mostrándole la libreta.
―¿Has apuntado los nombres?
―Sí, detective.
―Bien, pues deja que se marchen. ¿Usted es el bibliotecario? ―me preguntó de pronto.
―Sí ―asentí.
―Puede marcharse también, si quiere.
―Tengo que cerrar la biblioteca.
―Podemos hacerlo nosotros, dele las llaves a Kellan.
El policía extendió su enorme mano al momento, dejando entrever el comienzo de un tatuaje entre su muñeca y el borde de la camisa.
―Necesito las llaves para abrir mañana ―le dije al detective.
―Mañana no va a abrir la biblioteca, señor Rossi ―respondió él―. Esto es ahora la escena de un crimen.
Por alguna razón, se me había olvidado aquel pequeño detalle. Cerrando un momento los ojos y agitando ligeramente la cabeza, respondí:
―Sí, por supuesto. Tiene razón ―y, sin más, le entregué las llaves al agente Kellan.
―Vaya a descansar, señor Rossi ―me dijo el detective.
―Sí, gracias. Eso intentaré ―murmuré, empezando a darme la vuelta.
―Y tenga cuidado ―añadió el detective―. No sabemos la clase de psicópata que anda por ahí suelto.
Asentí con la cabeza y sentí un escalofrío por todo el cuerpo.
En eso el detective se equivocaba, yo sí sabía la clase de psicópata que había suelto por la ciudad.
Escondido en las sombras.
Espiándome.
«Dime que no has sido tú, por favor», le escribí a toda prisa nada más salir de allí.
«¿Lo qué?», respondió al momento.
Tomé una profunda bocanada y la solté lentamente, sintiendo un alivio instantáneo. Entonces, mi móvil vibró con una nueva notificación.
«Ah, el asesinato, ¿dices?»
«No es momento de jugar», le advertí.
«Pero el juego solo acaba de empezar, Noah ;)»