Reflejo roto

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Summary

Laya, una cantante y bailarina famosa, vive una vida aparentemente perfecta: éxito en los escenarios, un esposo devoto y un hijo amado. Pero tras un parto traumático, algo dentro de ella se quiebra. Empieza a percibir distorsiones en los espejos, voces que la acusan y pensamientos que no siente propios. Lo que comienza como simples alteraciones en su percepción se convierte en una pesadilla: su mente se fragmenta, confundiendo la realidad con las alucinaciones. A medida que su cordura se disuelve, el amor que siente por su familia se transforma en miedo, ira y culpa. Laya pierde el control y comete actos irreparables, sin reconocer que el verdadero monstruo no habita en los reflejos, sino en ella misma. "Reflejo roto" es un cuento de horror psicológico y tragedia doméstica que explora la fragilidad de la mente, el desdoblamiento de la identidad y el terror de descubrir que el enemigo más peligroso está dentro de uno mismo.

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18+

Reflejo roto

Desde pequeña, los escenarios ocuparon mis sueños; ya de adulta, los hice realidad.

Mis presentaciones llenaban salas. Mis seguidores guardaban silencio atento. Mi voz, de timbre dulce, acunaba sus oídos; mis movimientos, precisos, prendían su mirada.

No sé si aquello fue talento, pero en cada sueño, cada despertar e incluso en las comidas, nuevas melodías brotaban en mi cabeza, y con ellas surgían letras que hablaban de mis sentimientos, anécdotas y conflictos; en suma, de mi vida. Así ha sido siempre.

Desde niña compuse, escribí e interpreté mis propias piezas. «Un don sin igual», «la prodigiosa bailarina», «hermosa en voz y apariencia» eran frases que solían acompañar mi nombre: Laya.

Sin embargo, creo que todo se debe más a la disciplina y, sobre todo, a la suerte. Sin los ingresos de mis canciones, no podría dedicarme a este oficio, y sin ese tiempo, jamás habría alcanzado tal nivel. No creo en dioses, pero si alguno existe, sin duda me bendijo con suerte.

Esa suerte no se limitó al trabajo: también me alcanzó en el amor. Encontré a un hombre distinto a todos, puro, sensato y noble. Era albino, lacónico en palabras, pero abundante en gestos. Al final de cada función me aguardaba con una rosa blanca y un «te amo». En casa, me recibía con la chimenea encendida y una comida caliente. Al dormir, me rodeaba con sus brazos, protegiéndome de la oscuridad, como un guardián salido de los cuentos de hadas. Y lo más importante: sus atenciones no se limitaban solo a mí; con mi hermana pequeña mostraba siempre un cuidado fraternal y paciente.

Cuando nació mi hijo —rostro redondo, mejillas rosadas, cabello que mezclaba blancos y negros, herencia de ambos padres— sentí una felicidad que dolía. Pero esa alegría no borraba el sufrimiento. Durante el parto grité sin contención, mientras mis entrañas tiraban como si quisieran desgarrarse. Mi cuerpo quedó empapado de sangre y sudor. Entregué todo para que él viniera al mundo, hasta que, por fin, en el último empujón, escuché su llanto vigoroso.

Cómo amé ese llanto y cómo amé seguir oyéndolo, aun cuando el sudor se volvió hielo sobre mi piel; cuando el mundo a mi alrededor comenzó a ralentizarse; cuando mi vista se tornó borrosa y mis párpados, pesados, suplicaban reposo. Y mis oídos, como si una pared desgajara los sonidos, dejaron pasar apenas el latido de mi pecho: primero rápido, luego cada vez más lento… hasta cesar por un instante. Y entonces, todo se ennegreció.

El médico aseguró que rocé la muerte ese día. A decir verdad, creo que crucé ese umbral. Porque desde entonces, algo en mí cambió.

***

Para mi alivio, mi tierno hijo nació saludable: diminuto, tibio e inquieto. Cuando mi bebé reía, mi corazón se llenaba de una calidez que las palabras no alcanzaban a nombrar. Pero cuando lloraba —oh, cuando lloraba— todo a mi alrededor se desvanecía; dejaba de oír, y esos horribles alaridos me mataban, me… perdían. Por más que lo meciera, por más que le cantara, seguía llorando; no hallaba la causa. ¿Era hambre? ¿Era sueño? ¿O acaso porque lo sostenía de una sola pierna? Al final, terminé odiando ese sonido.

Mi esposo, siempre en guardia, velaba por la casa, por mi hermanita y por mí cuando el cansancio me vencía. Gracias a él, mi recuperación fue rápida y regresé al escenario antes de lo previsto. Oh, amado mío… si existe algún dios, he de rendirle gratitud eterna por haberte puesto en mi camino.

Mi regreso fue triunfal: llené la sala como antaño. Al cantar, el público se alzó en un solo coro con mis temas; regresar resultó una gloria embriagadora. Y sin embargo, bajo ese resplandor, algo extraño comenzó a gestarse.

En el camerino nada permanecía en su lugar. Mi ropa aparecía movida, manchada, a veces incluso desgarrada. El maquillaje se consumía con una rapidez inexplicable. Y el espejo… el espejo parecía haber sido manipulado. Cada vez que me ponía frente a él, el reflejo se distorsionaba: unas veces en líneas rectas, otras en espirales. Pero lo más perturbador era que, en ocasiones, no me devolvía mi propia imagen, sino el rostro de un extraño que respiraba desde el otro lado del cristal.

—Qué horrible; siempre fuiste tan amable con todos. ¿Quién querría perjudicarte?.

No lo sé, solo deseo que pare.

Mas mis ruegos no hallaron oídos. Con el tiempo me habitué; después de todo, nada escaló a mayores.

En casa todo marchó mejor. Mi niño, al crecer, dejó de llorar.

—Aunque ya no es tan pequeño ni tan tierno como era de bebé.

Cierto; ya no lo es, mas sigue siendo hermoso. Y lo más bello, es que ahora pude hablar y llamarme «mami». Esa palabra… qué dulce suena en su boca. Tan dulce que, cuando la pronuncia, parece vibrar en el aire, y sus ojos brillan tras una capa cristalina y húmeda.

No paso mucho tiempo en casa, pero creo que mi niño es muy inquieto, porque mi esposo siempre está cansado. Finge fortaleza y disimula, pero lo conozco bien, mejor que él mismo.

—Si dejas que las travesuras pasen sin consecuencia, el camino se tuerce. Un castigo a tiempo es lo que evita que se pierda; créeme, es por su bien.

Es verdad. Debo guiarlo, corregirlo y, si es necesario,castigarlo.

Un día, con ese fin, tomé a mi hijo, lo puse en mis piernas y, mientras acariciaba su cabecita, le expliqué que tenía que mostrarse más tranquilo y no causar problemas a su padre. Él entendió; no dijo palabra, pero asintió. Oh, mi buen niño, qué inteligente eres.

—O quizás solo finge escuchar para librarse de ti.

—Claro que no; mi hijo jamás me engañaría.

Mientras me hallaba con él, irrumpió mi hermanita. Llegaba agitada y un poco desesperada; explicó que la comida ya estaba lista y que, si se enfriaba, perdería el sabor. Lo entendí de inmediato: era normal, después de todo, este día era el más importante de todos, mi aniversario de bodas.

Nos reunimos alrededor de la mesa. Éramos solo cuatro, pero bastó para hacerme sentir afortunada. Entonces, mi amado esposo tomó una caja alargada, adornada con delicados detalles dorados. Sin embargo, lo verdaderamente hermoso se hallaba en su interior: una rosa blanca, única en su rareza. No estaba hecha de pétalos frágiles, sino de mármol: una flor destinada —como nuestro amor— a durar para siempre.

—Hasta que se rompa.

—¡No! Esta durará para siempre.

***

Los años siguientes resultaron complicados. En casa todo reinaba la calma, pero en el trabajo surgieron cambios decisivos. Mis presentaciones, que antes se celebraban por la mañana y reunían a familias enteras, pasaron a realizarse de noche; y el público perdió entonces su carácter familiar. Quizás aquello no me habría inquietado, de no ser porque lo verdaderamente doloroso era ver que ahora apenas lograba llenar la mitad de la sala.

—Es por la nueva. Ella acapara toda la atención. Es su culpa.

—¿La nueva? ¿Te refieres a esa bailarina rubia? Pero… aún es muy joven. Es talentosa, sí, pero no es conocida. ¿Cómo podría ella desplazarme?

—Tonta, ¿no lo ves? Se acuesta con el dueño.

—¡Basta! El dueño no podría hacer eso. Ella es casi una niña… podría ser su hija.

—¿Ves? Por eso te desplazan: eres ingenua. Si quieres volver a ser relevante, deshazte de ella o acuéstate tú con el dueño.

—No haré ninguna de esas cosas. Y no hablaré más del asunto.

En casa, mi esposo me recibió como siempre, aunque lo noté extraño: nervioso, titubeante, con una gota de sudor deslizándose por su sien.

—Mira, está nervioso. Te oculta algo. Debe estar engañándote con otra.

—¡Deja de decir tonterías! Él es incapaz de eso.

Sí, él es incapaz. Yo soy su mayor amor, me adora incluso más que a su propia vida.

—El amor no existe.

En el comedor el silencio pesó. El ambiente se tensó; miradas se esquivaron y las palabras, escasas, quedaron suspendidas.

—Te lo dije: te ocultan algo. Debes investigar.

No pude arrancar esa idea de la cabeza. Así que, aprovechando que todos estaban ocupados, comencé a registrar cada rincón de la casa. Si me ocultaban algo, estaba decidida a descubrir qué era.

No encontré nada, hasta que mi hijo se acercó con los ojos enrojecidos y la voz rota.

—Fui yo. Lo siento, mamá. Perdóname —repitió, mientras abría sus manos. En ellas reposaba la rosa de mármol hecha pedazos..

Recogí los fragmentos y los pegué contra el pecho. El tacto frío del mármol me hizo sentir que el tiempo se estiraba, que la sangre ardía como lava y que las lágrimas brotaban en torrente hasta dejarme la respiración entrecortada. ¿Cómo no hundirse, si la cosa que encarnaba nuestro amor —la que creí inmortal— había sido hecha trizas?

—No castigaste a ese crío malcriado, y esto fue lo que pasó. Te lo mereces, por ser una mala madre.

—Tienes razón. No lo castigué en su momento; es mi culpa. Pero no está todo perdido: aún es un niño, aún puedo corregirlo.

Me dirigí a su habitación; él me siguió detrás. Al entrar, comencé a romper sus cosas: cuanto le pertenecía, cuanto significaba para él, pasó por mis manos. Sus juguetes quedaron hechos añicos, su ropa hecha jirones; todo cuanto encontré lo hice trizas. Pensé que así aprendería el dolor de perder lo que ama. Mas pareció no importarle, porque no me detuvo, ni me gritó que parara, ni siquiera escuché sus sollozos.

De pronto, bajo la cómoda, distinguí a su mascota: un cachorro blanco, diminuto —tan pequeño que no lo había visto hasta el final. Lo alcé del lomo. En ese instante mi hijo se precipitó hacia mí; tan imprevista fue su reacción que sus pies fallaron y tropezó. Entre gimoteos, gateó hasta apoyar sus manos temblorosas y frías sobre el brazo que sujetaba al animal. Entonces comprendí: no le dolían las cosas materiales, le dolía ese ser vivo. Por eso, para enseñarle el valor de la pérdida, debía hacérselo experimentar —y lo haría mediante el sacrificio de aquello que más atesoraba.

Presioné con ambas manos el cuello del cachorro y lo lancé contra el suelo con toda la fuerza que me permitían mis brazos.

El animal quedó inmóvil y su sangre puso sobre su pelaje con un abrigo carmesí. Mi hijo lo recogió con movimientos delicados y pausados, hasta tenerlo en su abrazo, y las lágrimas cayeron al fin. Yo los vi desde la distancia, incapaz de moverme.

Permanecimos así hasta que sus sollozos parecieron agotarlo. Entonces levantó la cabeza. En su rostro se dibujó algo que nunca había visto: una expresión que nadie me había dedicado jamás. Al principio no supe identificar el sentimiento, pero las punzadas en el corazón y en la conciencia me lo aclararon: era miedo.

Mi hijo, mi propio hijo, mi amado hijo, me tenía miedo.

Cuando di un paso hacia él, retrocedió bruscamente; a cuatro patas buscó la salida y, sin voltear la cabeza, me dejó sola en aquella habitación desolada y destrozada.

Pero, ¿qué ha pasado? ¿De qué huye?

—Es un ingrato; casi moriste al parirlo y así te paga. Ve y corrijelo, ve y golpéalo.

—¿Castigarlo? ¿Golpearlo? Pero es mi hijo.

—Un hijo no trataría así a su madre; ese no es un hijo, es una bestia. Castígalo.

¿Bestia? No, es mi tierno hijo.

—Castígalo, castígalo, castígalo.

—Basta; él es mi amado ni—

Espera.

—Estoy sola ahora. ¿Quién eres? ¿Quién me habla?

—...

—¿Por qué ya no respondes? ¿Fuiste tú? ¿La que me hizo herir a mi niño? ¡¿Fuiste tú?¡!

—No. Esa fuiste tú.

—Yo no haría eso. Son todo lo que tengo, lo que más me importa. Nunca podría dañarlos.

—Mira el reflejo de la ventana.

Al volver la vista, vi rostros distintos. ¿Acaso la ventana también había sido manipulada, como el espejo del camerino?

—Enfoca bien.

Entrecerré los ojos. El rostro comenzó a distorsionarse, pero no aparté la mirada. Tras un rato, la faz volvió a formarse. Esta vez era mi rostro, el verdadero, el que recordaba. Al parecer, la ventana se había “recompuesto”.

—¿Recompuesto? No. Ni la ventana ni el espejo estuvieron mal nunca. Siempre fuiste tú. Quien lastimó a tu hijo fuiste tú. Quien aterroriza a tu familia, eres tú.

—¿Aterrorizar…? ¿Familia?

—¿Aún no lo entiendes? Mira tu brazo: gotea sangre. Intenta adivinar… ¿a quién pertenece?

Quedé confusa mirando esa sangre roja y brillante, del mismo color que el abrigo del cachorro. De pronto la sangre empezó a deformarse, oscilando entre negro y rojo vivo. Al marearme alcé la mirada y me topé de nuevo con el reflejo en la ventana.

Si antes sentí angustia, ahora el horror lo superaba todo. El sudor frío se intensificó, como si me hundiera en aguas heladas. Lo que vi era una sonrisa amplia, sanguinaria, grotesca. Lo que vi… era a mí misma.

***

Esa noche hablé con mi esposo y con mi hermanita; a mi hijo no lo pude ver: él no quería y yo no debía. Por primera vez tomé conciencia de esta condición, de este cambio —el cual, según sus versiones, llevaba años ocurriendo—. Fue paulatino, invisible para mí, mas ellos sí lo notaban. Tenía episodios en los que perdía el contacto con la realidad: mi ánimo variaba de forma brusca, decía ver cosas que no existían y respondía a comentarios que nadie había hecho. Pero nunca traspasé el límite de hacer daño; o, mejor dicho, nunca me dejaron hacerlo.

No sé qué me está pasando; no sé si siquiera podré curarme, volver a ser la misma de antes. Hay, sin embargo, una certeza: mi hijo no debe sufrir por mi causa. Por eso hice jurar a mi esposo que, si volviera a repetir algo parecido, si volvía a hacer algo parecido —si llegaba a querer herir a mi niño—, él debía detenerme con todas sus fuerzas, por mí, por el resultado de nuestro sincero amor.

A mi hermana le hice jurar que, el día en que yo ya no estuviera —en mente o en cuerpo—, protegería al mi hijo; que lo cuidaría y lo querría como yo lo hago.

Oh, dioses: si hay alguno —uno solo— que pueda escucharme, por favor, no dejes que cambie; no permitas que abandone a mi familia.

—¿Dioses? Ridícula. Si existe alguno, te abandonó hace años —susurró una voz fría.

Los episodios en que me perdía aumentaron. De hecho, empeoraron: a veces, cuando me iba a dormir, me despertaba dos días después —no, lo correcto es decir que retomaba el mando de mí dos días después—. Siempre con rasguños, incluso moretones. Empecé a atarme a la cama por miedo.

Con el tiempo descubrí un método para no perder el control. Era poco eficaz, lo sabía, pero después de dejar el trabajo se convirtió en lo único que más me mantenía cuerda. Ese método era cantar, en re menor y a tempo lento, con una letra que, en su conjunto, mecía el aire con dulzura, como si aún estuviera sobre los escenarios.

—Dijiste que era tu sueño; te jactabas de tener un gran talento. ¿Y ahora lo dejas? Ni siquiera vales lo que perdiste —dijeron, con crueldad.

—¿De qué serviría ir? Solo causaría problemas a otros; los haría sufrir.

—Oh, ya entiendo. Te engañas creyendo que eres considerada con ellos… Pero ¿no ves que tu familia respira aliviada solo cuando no te tienen encima? Cuando te largas al trabajo, al menos les das un descanso. Y si con unas horas ya están mejor, imagínate lo felices que serían si no volvieras nunca.

Es verdad: estarían mejor. Todo es culpa mía. Aun cuando lo se, no quiero que me dejen. Sin ellos, ¿qué sería de mí? ¿Cómo viviría sin oír ese «te amo» que me regalan? ¿Cómo soportar el frío sin sus abrazos cálidos? ¿Soy acaso egoísta?

—Sabes la respuesta.

Sí. Lo sé. Lo sé muy bien.

—Ridícula.

Pasaron los días.

—Farsante.

Pasaron las semanas.

—Hipócrita.

Pasaron los…

—Asesina.

Cuando recuperé el control, lo primero que vi fue el rostro de mi esposo. Estaba quebrado; no en lo físico, no: era algo más profundo. Las venas azules de su frente palpitaban descontrolados; sus dientes apretados temblaban bajo la tensión. Sus ojos, horrorizados y vidriosos, alimentaban una fuente de lágrimas que caían sobre mi rostro. Eran cálidas.

Giré la cabeza y, a mi alrededor, vi a mi niño tirado, yacía inmóvil, con un charco de sangre bajo él que nacía de las dos puñaladas en su pecho. Quise acercarme, pero el agarre que mi esposo ejercía en mi cuello lo hacía imposible; ni siquiera podía respirar. Sólo conseguí extender un brazo para tocarlo por última vez. Entonces lo vi: el cuchillo ensangrentado, que aún sostenía en mi mano.

—Fuiste tú.

No hace falta que lo digas. Lo sé. Fui yo.

Oh, dioses, merezco ser condenada a una agonía eterna; mas, por todo lo bueno que he hecho, solo pido una cosa: por favor… salven a mi amor.

Por favor.

Salven...

...

—Fuiste tú.