1
Soy Andrea, una joven de diecisiete años, Siempre me he esforzado por ser el orgullo de mi madre, pero para ella solo existe mi hermano. Según su mentalidad, las mujeres solo somos adornos para los hombres; nuestro deber es apoyarlos y quedarnos en casa, Pero yo decidí no ser el adorno de nadie. Hace una semana empaqué mis cosas y me mudé de casa.
Desde entonces, busco sin descanso un trabajo de medio tiempo para poder sostenerme sola.
—Buenas tardes, señorita. Puede pasar a la entrevista —me dice la recepcionista, sacándome de mis pensamientos.
—Muchas gracias.
Camino con los nervios a flor de piel. Toco dos veces la puerta de madera.
—Siga.
Entro al lugar. No estoy segura de si es la oficina del presidente o algo por el estilo, solo sé que es un sitio sumamente elegante y bien decorado, Un hombre impecable me observa desde su escritorio.
—¿Usted es quien viene para la entrevista? —pregunta con voz firme.
—Sí, señor.
—Mucho gusto. Yo seré quien la entreviste. Tome asiento y dígame: ¿por qué quiere trabajar en esta empresa?, ¿cuáles son sus expectativas y qué propósito tiene?
Después de una larga sesión de preguntas y respuestas, me dan la respuesta de siempre: "La empresa se estará comunicando con usted".
Regreso a mi pequeño hogar sintiendo el peso del día. Estoy tan cansada que solo quiero dormir. Me doy una ducha rápida para quitarme el estrés y me acuesto en la cama, frustrada.
«¡Malditos capitalistas! Si no tienes palancas o alguien que te apoye, te vas al carajo», pienso antes de quedarme dormida.
Al día siguiente, asisto a mis clases de la universidad de manera normal. Tengo planeado salir a repartir más hojas de vida apenas terminen las lecciones. Lo menos que necesito es perder la esperanza, y lo que menos deseo en este mundo es tener que regresar arrastrándome a la casa de mi madre.
De repente, el celular vibra sobre la mesa. Un mensaje de texto ilumina la pantalla:
📳 Señorita Andrea, nuestra empresa tiene el placer de notificarle que ha sido seleccionada para trabajar en nuestra compañía. La esperamos hoy a la 1:00 p. m.
No puedo creerlo. ¡Es un mensaje de la empresa a la que fui ayer y ya me están notificando que tengo el empleo! Un grito de emoción se me escapa del pecho, pero mi amiga Luz me hace volver a la realidad de un codazo.
—Amiga, puedes celebrar en otro momento lo que sea que estés celebrando —me susurra, señalando al frente—. El profesor te está fulminando con la mirada.
—Lo siento, profesor. Puede continuar —me disculpo, sintiendo las mejillas calientes.
Me siento de nuevo, pero la mente ya no la tengo en la clase. No veo la hora de que el reloj marque la salida.
La hora acordada llega y ahí estoy yo, parada en mi nuevo trabajo. Traté de venir lo más presentada posible con la poca ropa buena que tengo. Doy dos suaves golpes en la puerta de la oficina principal.
—Toc, toc... Buenas tardes, señor. Soy su nueva asistente.
El hombre levanta la mirada del computador, tan imponente como el día anterior.
—Buenas tardes, señorita; Estos son los documentos con los que debe ponerse al día —dice, señalando una enorme pila sobre el escritorio.
—Sí, señor.
«¡No he terminado de llegar y ya tengo que ponerme al día con esta montaña de papeles!», me quejo mentalmente, tomando la carpeta. Me doy la vuelta para ir a mi puesto, pero su voz me detiene.
—Espere.
—Dígame, señor. ¿Necesita algo más?
—Hoy hay una cena muy importante y necesito que vaya como mi acompañante. Tome esto —me dice, extendiéndome una tarjeta—. Es para que compre un vestido que sea presentable.
El orgullo se me sube a la cabeza en un segundo. ¿Presentable?
—Disculpe, ¿está diciendo que no me veo presentable? Yo vine aquí a trabajar, no a recibir su caridad.
Ni siquiera alcanzo a terminar de hablar cuando sus ojos oscuros se clavan fijos en los míos. No puedo negarlo: con solo mirarme de esa forma, me siento completamente intimidada por su imponente presencia.









Ay por Dios que belleza de hombre