Laguna

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Summary

La tranquila vida de la Agente Samanta Rojo, destinada en Laguna del Monte, un pueblo escondido en las montañas, cambia al encontrar el cuerpo sin vida de una niña, en lo que todo apunta a un ritual. Con la ayuda de un peculiar agente se sumergirán en un oscuro caso, en un pueblo donde nada es lo que parece y nadie es quien dice ser.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Laguna

Una gota de lluvia caía a lo largo de su plumaje negro. El cuervo, levantó la cabeza y miró hacia el cielo, donde una luna redonda iluminaba la noche, sus ojos se perdieron en los miles de puntos blancos que se repartían por el firmamento antes de lanzar un graznido. El sonido, se adentró en la densa oscuridad y se perdió entre los árboles del bosque intentando huir de la carnicería que se estaba desarrollando.

Había un elemento que, a ojos de pájaro, no encajaban con el entorno. No era el hecho de clavar su pico en las cuencas oculares de un ser humano sin vida, ni tampoco la carretera mal pavimentada y sin arcén que partía el bosque en dos, lo que resultaba extraño era la marca de neumáticos sobre el pavimento y el vehículo, un Volvo S60, empotrado y convertido en un acordeón contra un árbol. En el interior había dos personas, una mujer en el asiento de copiloto, con el rostro ensangrentado y un hombre que había sido proyectado, saliendo por la luna delantera y que reposaba sobre el capó del coche, bocarriba y sirviendo de festín a una bandada de cuervos.

— ¡Hey! -el primer grito, solo hizo girar la cabeza a algunos cuervos, antes de seguir, como si nadie los hubiese interrumpido, con su banquete — ¡Largo! ¡Malditos pájaros! —fue el gesto brusco, que hizo al desenfundar la pistola, el que consiguió que todos abriesen sus alas y planeasen, varios metros, hasta posarse en ramas cercanas desde donde poder observar.

Laguna del Monte era un pueblo tranquilo en el que nunca pasaba nada, perdido en la montaña de Cáceres todo el mundo lo conocía como Laguna, a secas.

Sólo había dos agentes de la guardia civil a cargo del territorio, el número de habitantes era tan reducido que convertía la cantidad de delitos cometidos en la cifra irreal de cero en los últimos cinco años.

Por lo que, la vida de la agente Samanta Rojo y a la que todos en Laguna llamaban Sam -tenía pinta de ser algo cultural lo de reducir los nombres en aquel lugar -, se basaba en intervenir en algunas disputas locales (que si fulano se ha metido en mi finca con su valla, que si mengano me ha arañado el coche, pues zutano no me devuelve tal cosa...) y llevar a casa al borracho del pueblo para evitar que rodase por las empinadas calles. Por eso, cuando esa noche se encontraba en el puesto, con la puerta abierta y dejando que el viento de la tormenta primaveral que azotaba Laguna, se colase y moviese agradablemente las páginas de la novela que leía y con los pies sobre la mesa, lo que menos esperaba era escuchar el chirrido de unos neumáticos rasgar sobre el asfalto con el indudable golpe sordo al final que avisaba de una colisión.

Salió a toda prisa y se sorprendió del silencio. Únicamente se escuchaban las gotas de lluvia golpeando contra los canalones de las casas. El accidente había sido como un fuego artificial, rápido y mortal, que había perturbado una jornada tranquila.

Patrulló durante varios minutos, guiada por la suposición hasta que, a pocos metros de la carretera que salía del pueblo, lo vio. La imagen que encontró la visitaría en sus sueños durante varias semanas.

Sam era una policía profesional que sabia como actuar ante ese tipo de situaciones, aun así, tardó más de lo que le hubiese gustado en reaccionar. Las cuencas vacías de la persona que yacía sobre el capó, hizo que el sabor de la bilis de su vesícula se le subiese a la boca, y tuviese que derramarla en un árbol cercano. Por suerte, la lluvia mantenía el olor a raya y el aroma metálico de la sangre no se coló en sus fosas nasales, pues eso hubiese tenido un desenlace catastrófico para su estómago.

Espantó a los cuervos y corrió al resguardo de su coche patrulla donde se quitó la capucha del chubasquero y avisó a su compañero. Por primera vez en sus cinco años en Laguna, tenían dos fallecidos.