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Park Jimin era un nombre temido en los salones de juntas de Seúl. CEO de una de las firmas financieras más influyentes, su traje a medida, su porte frío y su voz de hielo eran suficientes para hacer temblar a ejecutivos curtidos.
Pero tenía un oscuro secreto, nadie imaginaba que, bajo esa fachada impecable, ardía una necesidad secreta: ser dominado.
No por cualquiera.
Solo por alguien que pudiera quebrar su mente entrenada para controlar.
Esa noche, el club Euphoria vibraba con la música sutil del área VIP, mezclada con murmullos, cuero y deseo. Jimin entró con su abrigo oscuro, gafas caras y un nerviosismo contenido en los músculos tensos de su mandíbula.
Buscaba al mejor.
Había escuchado sobre él en foros exclusivos. El Amo Kook. Alguien que dominaba más allá del cuerpo: que te desarmaba desde adentro. Dicen que nadie salía igual de su cuarto rojo.
—Busco al Amo Kook —le dijo al barman con tono neutro.
El hombre, lo miró un momento y luego asintió con la cabeza hacia el fondo del área VIP.
—Mesa del fondo. Con los otros Doms.
Jimin caminó, sintiendo las miradas pesadas de varios Doms y subs sobre su espalda. En la mesa había una mezcla interesante: Namjoon, imponente y con aire de autoridad; Eunwoo, pulido y elegante; Mingyu, provocador en cuero negro. Todos dominantes famosos en el mundo del BDSM.
Y entre ellos, un tipo con jeans rotos, camiseta negra, tatuajes visibles en el brazo derecho, cabello por los hombros y una sonrisa demasiado amplia. Parecía fuera de lugar.
Jimin se acercó a Namjoon.
—¿Eres el Amo Kook?
Namjoon soltó una carcajada baja y negó con la cabeza.
—No. El Amo Kook está ahí —señaló con la cabeza al chico de jeans—. Jeon Jungkook.
Jimin alzó una ceja, escéptico.
—¿Él?
—Sí. Aunque no lo parezca. Te sugiero no subestimarlo —agregó con tono serio.
Jimin lo miró de nuevo. Jungkook había captado la conversación, sus ojos oscuros brillaban con interés perverso. Se levantó y caminó hacia él con la confianza de quien sabe que siempre obtiene lo que quiere.
—¿Vienes buscando algo? —preguntó Jungkook, deteniéndose frente a él.
—Vine a hablar con el Amo Kook.
—¿Y en qué calidad te presentas?
Jimin tragó saliva. Ese tono... fue como un clic en su mente. El cambio fue automático. Inclinó la cabeza, abrió ligeramente las piernas y colocó las manos detrás de la espalda.
—En calidad de sumiso interesado en ser dominado, Amo.
—Así está mejor —Jungkook sonrió con una sensualidad felina—. Sígueme. A pesar de su aspecto desenfadado y jovial, era extremadamente atractivo y sexy, exudaba sensualidad. De amplia espalda y fornidos brazos, piernas largas y un pequeño y redondeado trasero.
El cuarto rojo privado del club era amplio, sobrio, iluminado por luces tenues. Un trono de cuero negro dominaba el centro. Paredes con grilletes, mesas con instrumentos de placer y castigo, una jaula, una cruz de San Andrés, y una cama redonda con sábanas de raso negro.
Jungkook caminó hasta una mesa, sirvió whisky para ambos. Se sentó con las piernas abiertas, mostrando los muslos marcados bajo los jeans desgastados, y su paquete de considerable tamaño, lo miró con intensidad hambrienta.
—Preséntate y dime cuál es tu demanda.
—Soy Park Jkmin, tengo 30 años y quiero sesiones con el mejor. Me han dicho que eres tú —empezó, con voz medida—. No quiero ser dominante. Nunca lo he sido. En mi vida diaria mando sobre todos. Pero en la cama... no puedo soltar el control. Necesito a alguien que lo arranque de mí.
—¿Y vienes a exigirme atención sin respetar mi posición? —interrumpió Jungkook con una ceja alzada—. Me desestimaste hace cinco minutos. ¿Crees que me interesa alguien que juzga sin conocer?
Jimin abrió la boca, pero no pudo responder.
—Te doy una sola oportunidad, Park. Pero tendrás que ganártela. Quiero 15 nalgadas por tu falta de respeto. Cada dos... jugaré contigo. Y al final, decidiré si mereces algo más, si así lo decido solo te correrás cuando yo lo ordene.
—Acepto, Amo —respondió Jimin, el corazón golpeándole el pecho.
—Desnúdate y ponte en posición. Brazos adelante, trasero alto.
Jimin obedeció. Cada prenda que dejaba atrás caía como un muro roto. Al quedar completamente expuesto, sintió el temblor en sus piernas. Se colocó sobre la banca acolchada. La anticipación era casi dolorosa.
¡Clap!
La primera nalgada lo sacudió como un latigazo eléctrico.
—Uno —susurró Jungkook.
La segunda fue más fuerte.
¡Clap!
—Dos... —y entonces, una caricia descendió por sus nalgas hasta
encontrarse con la punta de su pene. El dedo índice rozó apenas la abertura sensible, provocando un gemido ahogado.
—Estás más mojado de lo que esperaba —murmuró Jungkook—. Tu cuerpo ya me pertenece, aunque no lo sepas.
Tercera. Cuarta. Más fuerte. Más calientes. El ardor mezclado con caricias húmedas, la lengua en su orificio que lo hizo gritar. Quinta. Sexta.
En la octava, Jungkook tomó su erección y la acarició con cruel precisión, dando tirones fuertes. Jimin estaba al borde del abismo. El dolor se mezclaba con placer. Su mente empezó a flotar.
Décima. Undécima. Otro gemido, otro roce. Kook escupió, la saliva caliente deslizándose hasta su agujero. Un dedo, luego dos, jugueteando en su entrada, empujando lentamente, torció los dedos de manera precisa y exacta para acariciar su próstata. Él totalmente receptivo arqueaba la espalda.
Jimin lloraba. No sabía si de dolor, de vergüenza, o de la destreza que había en cómo Jungkook lo estimulaba entre los azotes.
—Vamos ríndete, rómpete para mí. Abandónate pequeña zorra. Le dijo en satori con la voz más grave. Jimin jadeó.
En la décima quinta nalgada, Jimin gimió su rendición. La piel ardía. La mente se le deshacía. No podía pensar en nada más que cumplir lo que le ordenara. Estaba entre la consciencia y la inconsciencia.
Y Jungkook lo abrazó, arrastrándolo contra su pecho, y lo besó con furia y ternura. Luego lo masturbó con ritmo preciso, murmurando:
—Eres sumiso. Necesitas que te discipline, entregame el control y yo te llevaré más allá de las estrellas. Vamos perrito correte AHORA para mí. Dámelo todo.
Jimin se derramó en ese justo momento entre sus dedos, gimiendo y llorando, su semiinconsciencia entró en el subespacio más profundo que jamás había tocado.
Y luego, arropado en mantas suaves, con besos sobre el cuello, las mejillas y los labios, escuchó la frase que lo marcó:
—Si quieres mi collar... Ser mi sumiso exclusivo tendrás que tomarte este juego muy en serio y confiar en mí.
El aire del club era denso, cargado de deseo, tensión y el sonido grave del bajo retumbaba en las paredes negras. Jimin salió del cuarto rojo con las piernas algo inestables, aún no había aterrizado del todo, se sentía flotando en una nube, la piel encendida y el pecho golpeando con una mezcla de adrenalina y algo más profundo que no quería nombrar. Kook lo seguía con paso firme, relajado, con las manos en los bolsillos de sus jeans rotos, observando cada centímetro de él como si ya le perteneciera. Deleitándose con el respingón trasero balanceándose cuando caminaba.
—Ven mañana sábado noche a mi apartamento—dijo el Dom sin siquiera mirar atrás—. No me gusta compartir. Si lo vas a intentar conmigo, te ganarás la exclusividad y si eres una buena mascota te daré como premio la mía y serás el único para mí, de momento yo seré el único para tí. No tendrás sexo con nadie más, tampoco te tocarás sin mi permiso.
Jimin se detuvo. ¿Exclusividad? Apenas se habían conocido esa noche, y ya Kook lo reclamaba con esa naturalidad peligrosa. Pero la forma en que su cuerpo vibraba solo con escuchar su voz profunda no le dejó espacio para el orgullo.
—Dame la dirección —murmuró. Seré solo tuyo si me lo permites.
Kook se giró, con una sonrisa torcida.
—Buena elección, mascota.
El apartamento de Kook era tan oscuro como su reputación. Lo dirigió a través del salón y del pasillo a una gran sala acondicionada para sus juegos perversos y de dominación. Las luces tenues resaltaban la sobriedad del mármol negro y las estructuras metálicas. En una esquina, una gran cruz de San Andrés brillaba apenas. Jimin se quedó de pie en la entrada, nervioso por primera vez en años.
Kook retrocedió hasta la entrada desde el fondo, con los tatuajes expuestos, el cabello algo húmedo y el torso adornado solo por una fina cadena de plata y una camiseta de tirantes, se había quitado la sudadera.
—Desnúdate.
Jimin tragó saliva. Estaba acostumbrado a dar órdenes, no a recibirlas. Pero lo hizo. Se quitó la ropa lentamente hasta quedar completamente expuesto bajo la mirada devoradora del Dom.
Kook lo hizo arrodillarse y sentarse sobre sus pies. Lo rodeó en silencio, lo estudió como un escultor analiza su obra para empezar a moldear.
—Antes de que firmemos nada, necesito explorar tus límites —dijo, su voz grave y serena como una sentencia.
Lo llevó al centro de la habitación, donde había una estructura de madera con cuerdas y anillas de cuero. Ató sus muñecas arriba de su cabeza, dejando su cuerpo estirado y vulnerable.
—Dime tus palabras seguras.
—Rojo para parar. Amarillo para disminuir. Verde para seguir.
El amo asintió, acariciando su espalda desnuda con una vara delgada de bambú. Luego le dió un azote en las nalgas. Jimin grito ante el escozor estirandose hacia delante y poniéndose de puntillas.
Kook le volvió a acariciar la espalda, se agachó y beso y lamió la raya roja, después de nuevo otro azote y así siguió hasta cinco.
Las lágrimas de Jimin caían por sus mejillas.
—Vamos a divertirnos entonces. Empecemos.
La primera doma fue con cera caliente. Jimin contuvo el aliento cuando las gotas candentes cayeron sobre sus omóplatos. JK alternaba el quemazón con caricias suaves y besos en la nuca, modulando el ritmo hasta que el cuerpo de Jimin se curvaba suplicando más. Dejo caer cera sobre los pezones, en el abdomen, en su pubis, en la parte interior de los muslos. Jimin reaccionaba dando tirones de las cadenas que sujetaban sus manos. Cada gota era una tortura y un placer, no sabía si jadear o llorar.
—Eres hermoso cuando sueltas el control —murmuró contra su piel. Sólo siente, cielo.
La segunda fue con pinzas en los pezones. JK las colocó con precisión quirúrgica y luego le vendó los ojos, intensificando cada sensación. Lo dejaba allí, jadeando, con el corazón palpitando en la boca, hasta que sentía sus labios cálidos mordiéndole suavemente el muslo, o sentía un tirón de la cadena que unía las pinzas sintiendo un fuerte pellizco, después llegaba la hábil lengua de Kook lamiendo su saco. Jimin para ese momento era un desastre.
La tercera incluía un consolador atado a una silla previamente lubricado. Kook le colocó un anillo en la base del pene para impedir que se corriera, después lo desató e hizo que lo montara mientras él lo observaba desde un sillón con un vaso de whisky en la mano, controlando su ritmo, guiando su cuerpo con una sola palabra: “más”. Jimin ya no podía más llenaba la habitación de gemidos y jadeos y le suplicaba al amo que le permitiera correrse.
—Poo..por favor, por favor permíteme el orgasmo, amo Kook.
—¿Creías que podías dominar todo, incluso tu placer? —preguntó—. Estás hecho para obedecer, Park.
Finalmente, se acercó a él y mientras se penetraba con el consolador, le quitó el anillo y empezó a lamerle el pene de arriba hacia abajo, paseó la lengua alrededor de la corona, introdujo la lengua en la uretra, apretando sus testículos, hundió un dedo en el perineo y antes de meterse la polla de Jimin hasta la garganta le ordeno que le diera todo su semen. Jimin tiro la cabeza hacía atrás cabalgó más rápido y se corrió con un grito gutural. El amo se bebió toda su semilla. Estaba temblando, eufórico, por el placer de liberarse, estaba sin aliento, aún con réplicas.
Kook lo envolvió en una manta, lo levantó en brazos y lo llevó a una habitación distinta, con una cama enorme y sábanas suaves de seda.
—Buen chico. Has hecho todo tan bien.
Lo acurrucó contra su pecho, besándole el cabello, mientras el corazón de Jimin aún galopaba como un caballo desbocado.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Jimin en voz baja.
—Porque desde que entraste al club, supe que eras mío —confesó el amo besando su frente—. No quiero solo tu cuerpo. Quiero tu entrega completa. Tu alma. Tu amor. Tu rendición. Y seras mío por completo.
Jimin lo miró a los ojos por primera vez siendo él mismo, sin la máscara que utilizaba todo el día.
Y supo que el amo Kook ya había ganado y él empezaba a rendirse.