La Entrada es Solo de Ida

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Summary

En Neón Salvaje, un parque de diversiones olvidado en los bordes de la ciudad, los empleados siguen regresando cada noche aunque el mundo afuera se desmorone. No hay visitantes, solo ecos, luces de feria que parpadean por costumbre y una transmisión en vivo que nadie debería estar viendo. Lo que comienza como un turno rutinario se convierte en una función final donde las risas grabadas se mezclan con gritos reales. La Entrada es Solo de Ida es una crónica del fin del mundo contada desde el centro de un espectáculo que se niega a morir: un parque que respira, observa y repite su función, incluso después de que los vivos ya no estén.

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Neón Salvaje

El parque se llamaba Neón Salvaje cuando todavía abría sus puertas. Ahora, en la verja oxidada, la pintura descascarada solo permitía leer “Nón alva”, como un susurro maldito. Los empleados regresaban cada noche, no por nostalgia ni por sueldo —nadie les pagaba—, sino por costumbre: el hábito es una cadena que no pide permiso.

Eran cinco: Mara (jefa de operaciones), Tomás (técnico de mantenimiento), Luna (animadora y maquillista), Guille (operador de montaña rusa) y Balú (el tipo de la botarga de oso fluorescente).

Se citaban a las 9:00 p. m. con linternas y termos de café, revisaban tornillos, limpiaban vidrios opacos y encendían de vez en cuando un generador que escupía luz trémula sobre los puestos de tiro, como si un fantasma tuviera ganas de jugar. Nunca había visitantes, salvo adolescentes de TikTok buscando retos nocturnos. Y últimamente, ni eso: las noticias se habían llenado de brotes, de mordidas, de cuarentenas al otro lado del río. El parque estaba en una zona de nadie. Perfecto para desaparecer.

—Grabemos hoy —dijo Luna—. Hagamos un live. #BackstageNeón.

—¿Para quién? —gruñó Tomás, probando el peso de una llave inglesa—. Nadie mira.

—Siempre hay ojos, aunque no sean los que quieres —respondió Mara, y prendió el generador.

Las luces de la Rueda Espiral titilaron. Un carrusel sin música giró un cuarto de vuelta, impulsado por el aire. El olor a lluvia rancia se mezcló con el del azúcar quemada de algún algodón dulce olvidado. Luna preparó su aro de luz; Guille revisó la consola de la montaña rusa “Garganta de Cometa”; Balú se ajustó la botarga, amarilla con manchas antiguas, y probó una coreografía ridícula para romper la mala vibra.

A las 9:13, el primer comentario apareció en el live de Luna.

—¿Ves? —dijo ella—. “Entra sola a la casa del terror o no cuenta”. Qué creativos.

—No hagas caso —dijo Guille—. Ese lugar sí da cosa.

—Todo da cosa si lo miras mucho rato —contestó Mara—. Vamos.

La Casa del Terror era un rectángulo negro con una boca abierta por entrada. Adentro, pasillos angostos, sensores de movimiento, animatrónicos que antes saltaban con gruñidos grabados. Ahora estaban muertos, sin electricidad. O eso creían.

Luna se pintó la cara con sangre falsa de un bote caducado (olía dulce y metálico). Sostuvo el celular en alto:

—Bienvenidos a Neón Salvaje After Hours. Somos los últimos que quedamos. Si alguien quiere ver cómo se abre un parque cuando el mundo se está cerrando, quédense. #SoloIda #ZombieShift.

El chat subió: corazoncitos, risas, “fake”, “enseña algo real”, “muérdete el brazo jaja”.

Caminaron. El primer tramo olía a moho y trapo húmedo. En una esquina, un payaso animatrónico sin máscara mostraba su cráneo plástico y los cables como gusanos secos. Guille alzó la linterna y vio algo moverse al fondo, algo que no era viento.

—Ratas —dijo Tomás, sin convicción.

No eran ratas. Eran uñas raspando el piso. Después vino el sonido húmedo, como una lengua grande lamiendo cemento. Luna enfocó con el celular. El chat prendió fuego: “WTF”, “qué es eso”, “sube el brillo”.

Un niño con la camiseta del parque, deshilachada, temblaba de rodillas, escarbando con las manos en la grieta del mosaico. Tenía las pupilas encogidas y un hilo de baba espesa que le colgaba de la comisura. Cuando levantó la cara, todos vieron la dentadura: faltaban los incisivos; las encías abiertas parecían petunias carnívoras.

—Ese es el sobrino del de seguridad —dijo Mara, sin aire—. Se perdió hace dos semanas.

—No… —dijo Tomás—. Eso ya no es nadie.

El niño avanzó en cuatro miembros, rápido. No era una carrera humana; era una diagonal torcida, un movimiento de insecto dentro de un cuerpo que no le pertenece. Guille se interpuso con la linterna y el cráneo del niño impactó contra el vidrio del faro. El golpe sonó hueco, y del hueco salió un chorro: no sangre fina, sino una gelatina oscura con grumos pálidos, como arroz cocido pegado a una sopa de petróleo. El olor les dio de lleno: fermento de carne en refrigerador cortado con amoníaco.

—Atrás —ordenó Mara.

El niño se levantó con un crujido de tendones. Abrió la boca sin dientes suficientes y masticó el aire. El sonido fue peor que cualquier gruñido. Salió corriendo y se estampó otra vez, y otra, hasta que la frente se le convirtió en una masa de piel arrugada y hueso astillado. Guille, sin querer, dejó de sostener la linterna. Tomás no lo pensó: le cayó con la llave inglesa en la sien. Se sintió el crack. El niño titubeó, y el segundo golpe fue de bruces, quebrando pómulo y desplazando un ojo, que rodó abajo y se quedó colgando de un nervio, balanceándose como péndulo.

Luna bajó el celular. El chat estalló: “Fake fake fake”, “más luz”, “dale otra”, “qué asco, no pares”.

—Corta —dijo Guille.

—No cortes —dijo Luna, y sus manos temblaban—. Si es real, alguien tiene que verlo.

El tercer golpe hundió la llave en el cráneo. Hubo un suspiro húmedo y el cuerpo se apagó, derramando esa sopa orgánica que empapó las suelas. Los cinco retrocedieron. Nadie habló.

Afuera, el viento rozó la lona de una carpa; pareció un aplauso lento.

Las noticias ya lo habían dicho sin voz: “no salgan”, “eviten contacto”, “mordidas transmiten”. Pero nada de eso importaba encerrados en una geografía personal: cada rincón de Neón Salvaje les pertenecía, como las cicatrices. Cuando el mundo se desarma, uno vuelve a su cuarto.

—Hay más —dijo Mara, mirando el rastro de arrastre que se perdía hacia el pasillo de Espejos Migrantes.

La atracción de los espejos había sido la favorita de Luna. Sabía todos los recodos. Ahora el piso estaba húmedo, como si alguien hubiera regado con un caldo tibio. Los espejos devolvían cincuenta versiones de su miedo.

—Bienvenidos a la sala que te deforma por fuera para revelarte por dentro —dijo Luna al live, por reflejo profesional. El chat: “entra sola”, “que baile el oso”, “quiero sangre”.

Balú hizo sonar su botarga: la espuma vieja chilló. Detrás del visor, sudaba.

—No sé si esto es buena idea.

No lo era. Una figura se perfiló a la izquierda: una mujer con uniforme de vendedora, la placa torcida: NADIA. Manchada hasta los codos. De pie, ladeada como muñeca rota. Cuando caminó, el tobillo derecho colgaba hacia afuera, sostenido por tendones tirantes, y la punta del pie raspaba el suelo, dejando un surco que ya olía a pantano. Levantó los ojos hacia ellos, lechosos, y sonrió con una parte de la boca: el otro lado estaba cosido por hebras de chicle derretido y piel reseca.

—Nadia… —dijo Guille, un susurro—.

Ella fue su compañera de turno en la temporada de verano. Se había quedado a dormir una noche, y al otro día ya no estaba. Nadie preguntó demasiado.

—No te acerques —dijo Mara.

Nadia abrió los brazos como para un abrazo. Las uñas eran astillas negras. Cuando habló, no fue voz: fue expulsión. Del fondo de la garganta salió una lengua de carne que no era lengua: eran cintas de esófago deshilachado empapadas en mucosidad. Se pegó al brazo de Tomás con un sonido de ventosa y tiró.

Tomás gritó. La suciedad y el pegamento que recubrían la cinta se adhirieron a la piel, y cuando Nadia arrancó, se llevó tiras de piel, dejando al descubierto un paisaje de rojo fresco, brillante, con puntitos blancos de grasa. La sangre salió con la presión de un aspersor; salpicó espejos. Los reflejos multiplicaron el rojo en un mosaico enfermo.

—¡Quítamela! —chilló Tomás.

Mara se lanzó con una barra de seguridad y le pegó a Nadia en el cuello. Se sintió la tracción: el hueso resistió un segundo y luego se partió con el sonido de una rama verde. La cabeza de Nadia se inclinó hacia la espalda, su tráquea quedó abierta como una flor. De la apertura brotó un chorro denso, no exactamente sangre; tenía grumos beige y fibras, como papilla de carne mezclada con el batido de una licuadora rota. Aun decapitada, Nadia avanzó. Su cuerpo encontró a Tomás por el olor, y mordió. No con dientes: con las mandíbulas laterales de un animal raro, nacidas de una fractura antigua. El sonido fue de maní quebrado.

Tomás cayó. Mordía el aire como el niño. Luna sostenía el celular hipnotizada; el chat explotaba: “no es real”, “reportado”, “esto está editado”, “di la palabra ‘papaya’ si estás en peligro”.

Mara empujó el cuerpo de Nadia con la barra, lo clavó contra un espejo que estalló y siguió empujando hasta que la columna cedió y el torso se deslizó en dos. Una amalgama de órganos —blandos, pesados, brillantes— cayó al piso en un plof acuoso. El olor fue tan fuerte que a Luna se le volteó el estómago y vomitó en el piso: un chorro agrio sobre la mezcla tibia.

Entonces Tomás se sentó de golpe. Sus ojos tenían esa película opaca de leche vieja. Los dientes chocaron, buscando el ruido de sangre. Mara dudó: un latido. Tomás la reconoció y, justo por eso, la atacó con más hambre.

Ella eligió rápido: tomó la barra y la metió de lado, atravesándole el ojo hasta la base. Lo sostuvo ahí, sintiendo el temblor del tallo de acero vibrando contra el hueso. Tomás tuvo un último estertor; algo burbujeó en su garganta, una espuma con manchas negras, y se quedó quieto.

Guille jadeaba con las manos en las rodillas. Balú lloraba dentro de la botarga; el sonido era un eco gordo.

—Nos vamos —dijo Mara—. A la Garganta. Si el generador aguanta, podemos encender el sistema de seguridad y cerrar los accesos.

—Mara… —dijo Luna, pálida—. El live…

—Apágalo.

—No puedo. Tiene cien mil espectadores.

La cifra los golpeó más que cualquier cosa. Cien mil desconocidos devorando su miedo en tiempo real como si fuera contenido.

—Que miren —dijo Mara—. Si nadie más vendrá, al menos que miren.

Cruzaron por el puente que llevaba al corazón del parque. La Garganta de Cometa, una estructura de acero azul eléctrico, atravesaba el cielo sin cielo (nubes compactas, luna en pausa). El tren de la montaña rusa dormía varado a mitad del primer lift. Guille conocía cada diente de esa cadena. El generador, en una caseta debajo, tosió cuando Mara lo alimentó con combustible.

—¿Se puede cerrar todo? —preguntó Luna.

—Puedo activar el modo demo —dijo Guille—. Hará un recorrido, frenará en estación, puertas cerradas… Es lo que hay.

—Que haga su función —dijo Mara.

Balú se sentó en un banco pegado con chicles petrificados. Se quitó la cabeza de oso y la dejó a su lado. Tenía el cabello pegado al cráneo, la cara macerada por el sudor.

—Yo una vez dormí aquí dentro —dijo, tocando la botarga—. Te oyes respirar como si fueras otro.

Luna levantó el celular otra vez. Mostró la silueta del tren colgado, la cadena arrastrando, los soportes como costillas gigantes. Los comentarios corrían: “sube”, “haz el reto”, “si te subes, dono”.

—Ahí están —susurró Guille.

En los pasillos de espera, entre las barras de acero y los letreros apagados de “NO SUELTES TU CABEZA” (chiste interno del parque), se movían. Humanos sin prisa de humanos. Los zombies de la ciudad, atraídos por el ruido, por la luz, por el olor a colección de cuerpos. El primero que salió a la luz tenía el traje de un oficinista empapado y las manos colgando como péndulos. La carne del antebrazo estaba corrida hasta la muñeca, haciendo un guante de piel invertido. Caminaba silbando sin saber, porque el aire atravesaba un agujero en su laringe vieja. Detrás, una mujer con vestido de lentejuelas, pegadas a costras, las pestañas de mentira colgando como musgos.

—Cierren las compuertas —ordenó Mara.

Guille tecleó. La consola pitó con buen carácter. La línea de torniquetes se trabó. Por un instante, funcionó. Los muertos juntaron las manos contra el vidrio de seguridad y lo golpearon sin estrategia, como si quisieran aplaudir con el mundo.

—No basta —dijo Guille—. Los laterales están abiertos. Si corro el tren, puedo bloquear la curva 3 con el coche varado y crear un cuello de botella.

—Hazlo.

El motor eléctrico chilló con un gemido. La cadena comenzó a moverse: un traqueteo que se volvió ritmo. El tren subió tres metros, y luego se detuvo como si algo lo hubiera agarrado del tobillo.

Guille frunció el ceño, golpeó el panel.

—No… no tiene caso. La cadena está masticada.

—¿Masticada? —dijo Luna, sin comprender.

Guille apuntó con la linterna. En la base del lift, sobre la rueda guía, había dientes incrustados. No de engranes. Dientes humanos, encajados en los eslabones. Las encías pegadas eran ya gelatina marrón, y del metal colgaban flecos de lengua seca. Alguien se había tirado a comer la cadena. O muchos. Y algo de eso la corrompió: cada vuelta tenía pedazos de carne prensada como embutido.

—Se oxida más rápido con… eso —murmuró Guille—. Está muerta.

Como respuesta, la horda encontró el lateral. El primer oficinista intentó pasar y quedó atascado entre barrotes; sus costillas crujieron y luego cedieron, abriéndose como tijeras. La mujer de lentejuelas saltó por encima de él con una agilidad nueva; su talón se despegó del pie y quedó colgando por un cable de tendones, pero no pareció importarle. Detrás venían más y más: un hombre en bata, cabello pegado de sangre seca; una adolescente con una mochila que todavía goteaba algo oscuro; un anciano arrastrando la pierna como si fuera un saco lleno de peces muertos.

—A la estación —dijo Mara—. Ahora.

Entraron en la cabina de control. Tenía una pared de vidrio que daba a la plataforma donde la gente se subía al tren. La pared tenía marcas de manos. Algunas eran viejas, de grasa. Otras, frescas, de sanguaza brillante con grumos que se deslizaban lento, como caracoles sin caparazón.

—¿Se puede bloquear por dentro? —preguntó Luna.

—Se puede cerrar, no bloquear —dijo Guille—. Y el vidrio está…

Una fisura recorrió la superficie. El ruido fue de hielo quebrándose en una tina.

Mara miró alrededor. Vio la almohadilla de freno del tren, la palanca de emergencia, el gancho que usaban para arrastrar vagones.

—Plan —dijo—. Hacemos ruido, atraemos a todos al andén. Balú, te pones la cabeza y bailas en el home. Guille, arrastras el primer vagón un metro; cuando estén ahí, sueltas. Si se suben, los calzamos y los molemos con el control de prueba.

—Eso no es para personas.

—No son personas —dijo Mara, y en su voz había una lámina fría.

Balú tragó. Se puso la cabeza de oso. El visor se empañó de inmediato. Caminó tambaleando como en sus shows de cumpleaños. Se paró donde el tren solía recibir a los niños. Abrió los brazos.

—Hola, amiguitos… —dijo, y su voz sonó tiznada por la esponja.

Los muertos vinieron. No corrieron: se arrastraron en tropezones de coreografía mala. Pero vinieron todos. El andén se llenó de tobillos blandos, pantorrillas moradas, bocas empeñadas en abrirse más de lo anatómico hasta hacer goteros de sangre por las comisuras. Uno se resbaló con un charco y cayó; su brazo se quebró al revés y la ulna salió por la piel con un silbido de aire entrando al hueso. Siguió avanzando clavando el hueso como pica.

—Ahora —dijo Mara.

Guille tiró de la palanca. El vagón gemía, pero cedió. Avanzó un metro. Los primeros muertos subieron sin saber subir, raspándose las ingles con los bordes. Balú bailó. Se tropezó. Uno de los muertos aferró la botarga por la cintura y arrancó espuma con la fuerza de un perro. La botarga se rompió por la espalda en una boca nueva. Balú corrió hacia Mara, con el forro enredándose en las piernas.

—¡Ahora! —gritó Mara.

Guille soltó. El vagón retrocedió con la gravedad y encajó de golpe en su sitio, atrapando torsos como si fueran maletas. Sonó una lotería de huesos. De las bocas salieron viscosidades en abanico: rojo oscuro con cintas de cosas que parecían lombrices pálidas. Un cráneo quedó aplastado en el borde, y la masa de cerebro se deslizó como mantequilla sobre el metal caliente del freno.

—Otra vez —dijo Mara.

Guille repitió: arrastrar, soltar, moler. El vagón trabajó como prensa. La plataforma se volvió un charco que subía por los zapatos. La cabina vibraba con el ritmo de la máquina y la resistencia de la carne. Olía a moneda chupada y a pollo viejo. Luna lloraba en silencio; el celular seguía en su mano.

El chat: “Efectos top”, “quiero tutorial”, “dónde queda ese parque”, “esto es arte”, “no es real”, “no me lo creo”, “muerdan al oso”.

El oso cayó. Su cabeza rodó y quedó mirando con sus ojos plásticos llenos de grasa derramada. La boca en sonrisa era ahora una media luna empapada. Balú debajo chilló con un hilo de voz.

—Ay… ayúdenme…

Mara dudó el tiempo de un parpadeo. Luego bajó al andén con la barra y la clavó en el húmero del muerto que lo sujetaba. No fue suficiente. Otro muerto la mordió de pasada en el muslo, un pellizco que levantó piel y carne como cucharada y dejó blanco el fémur. Mara gritó y le estrelló la barra en la cara; la nariz del muerto se hundió en su rostro como si fuera masa, y la paleta dental saltó al suelo y quedó patinando en sangre.

—¡Mara! —Luna corrió hacia ella—.

—Atrás, Luna. Atrás.

No hubo atrás. El vidrio de la cabina tuvo su último quejido y reventó, tirando confeti de astillas sobre Guille, que se cubrió la cara. Entraron decenas. Se hizo tarde para planes.

La horda los envolvió con un hambre ordenada. Esto no era cine; no había cortes. Era una labor industrial con bocas y manos por herramientas. Un muerto le metió la mano en la garganta a Balú, no para asfixiarlo, sino como quien agarra algo en una bolsa para sacarlo. Sacó músculos. Sonaron cuerdas reventándose. Balú apenas fue una serie de exhalaciones, luego silencio.

A Luna la arrinconaron contra la consola. La cámara del celular la mostró desde abajo, con el aro de luz haciendo un halo triste. Alguien la tomó por el cabello y le arrancó un mechón con cuero cabelludo. El borde de la herida se curvó hacia afuera y quedó pegado al pelo que colgaba como un mop. Ella pataleó, arañó ojos, escupió. El chat: “no” “sí” “fake” “fake” “FAKE”.

—Mírame —dijo Luna a la cámara—. Mírame.

Uno le metió los dedos en la boca y le rasgó por las comisuras hasta las orejas. La sonrisa forzada le abrió la cara como un sobre. El primer muerto que llegó a la base de la lengua mordió con fuerza y se llevó la punta. La lengua sonó como bife en la parrilla. Luna intentó decir “Mara”, pero solo echó aire y sangre en espuma. Cayó haciendo un ruido como cuando tiras una mochila pesada.

Guille, a golpes, se hizo un claro. Estampó la cabeza de un muerto contra la palanca de emergencia, que se activó sola. El vagón, sostenido por el freno, saltó un poco y le mordió la cadera. Guille quedó pinzado. Los muertos le comieron a la altura del ombligo con disciplina: primero piel, luego fascia como empaques de plástico, después peritoneo, que se rompió con un sonido de papel mojado. De ahí salieron los intestinos con su brillo nacarado. Lo halaron suave como cuerda. Guille rió por un instante —un reflejo nervioso— y empezó a llorar cuando vio que su cuerpo se estaba desenrollando como tela.

—No, por favor… —dijo.

Nadie negocia con una máquina.

Mara tenía la pierna abierta en flor y se apoyaba en la barra como muleta. Vio a Luna caer. Vio a Guille ser cuerda. Vio a Balú convertido en pieza. Vio a Tomás dos veces muerto. Y supo que no quedaría nadie. A veces la jefa solo sirve para apagar la luz.

Corrió hacia la consola principal, arrastrando la pierna buena como si fuera ajena. Llegó al panel del generador. Podía subir la tensión y quemar todo el sistema. El parque moriría por fin de algo que no fueran dientes.

Una mano mordió su espalda baja. No dientes: mano. Los dedos entraron por debajo del músculo y encontraron el riñón por tacto. Lo apretaron como fruta madura y lo arrancaron. Mara vio negro por un segundo y siguió. Con la otra mano, alcanzó la perilla principal. La giró. El generador, lejos, aulló como un perro pateado. La tensión subió. La Rueda Espiral prendió todas sus luces. El carrusel muerto tocó tres notas de una canción y se incendió de inmediato por un corto.

Los muertos no se detuvieron. Ninguna luz apaga el hambre.

Mara se pegó al panel para sostenerse. Por accidente —o por destino— su mejilla presionó el botón de demo de la Garganta. Los rodillos del freno empezaron a girar. El tren, aunque preso, tembló. La vibración masticó lo que quedaba de Guille y atomizó su sangre en una llovizna que pintó de rojo el vidrio quebrado en brillos.

Mara reía y lloraba al mismo tiempo.

—Esto es… —tosió—. Esto es el show.

Un muerto se acercó con el uniforme de seguridad del parque. Tenía el radio colgando, que soltaba un ruido blanco. Bajo el casco, la cara era una masa redondeada: había sido comida por adentro. Aun así, el cuerpo sabía caminar. Levantó el radio a la altura de la boca inexistente y emitió un silbido largo. La horda respondió con un ajuste: se acomodaron alrededor de Mara, no encima. Esperaron como público a que la máquina hiciera el resto. Eso fue lo último que la jefa de operaciones supo: que los muertos entienden de cues.

El panel explotó. No una bola de fuego grandiosa. Una salpicadura de chispas, un trueno contenido, y el tiempo se partió en lucecitas y un olor a plástico frito. Para Mara, significó un agujero de silencio en el que cayó con gusto. Quiso pensar en su madre, pero pensó en la llave del casillero. Luego ya no pensó.

A medianoche, el live seguía encendido, pegado al piso, mostrando lo que quedaba de andén: un estanque rojo con islas de carne que parecían medusas muertas. La cámara había girado a su antojo y mostraba de vez en cuando el techo con alas de polvo, y de reojo, la G enorme de la Garganta, iluminada y luego en sombra y luego iluminada otra vez, como si alguien jugara a morir y resucitar con el interruptor del mundo.

El chat se vació. Quedaron bots mandando descuentos de criptos y un par de comentaristas llamados @NoMeLaCreo y @EstoEsCine que discutían entre sí.

En algún lugar, la Rueda Espiral giró medio giro con un quejido. El carrusel quemado seguía soltando humo. Las luces de neón parpadeaban en secuencia como notas de canción, y de pronto, todo el parque se alineó en una coreografía improbable: un bucle que había estado grabado en la memoria de su sistema. Un show corto para nadie: encender, pausar, encender, pausar.

Los muertos, satisfechos por un rato, se sentaron en los bancos, en los escalones, en el piso. Miraron hacia las luces con esa mirada vacía que parece meditación. Uno jugueteó con la cabeza del oso, empujándola con el pie, y cuando la sonrisa plástica le devolvió la sonrisa, rio con una risa corta y seca, como el estallido de una nuez.

A las 3:00, los vivos de siempre (dos carroñeros de barrio, una chica que venía a buscar pilas, un vagabundo con gorra) entraron por una brecha en la reja. Vieron luces, escucharon música. Creyeron que el parque había vuelto. Es la trampa más vieja: una luz encendida atrae a los insectos.

A las 3:04, ya eran parte del andén, de la sopa, de los tendones colgantes, de la economía interna del lugar.

A las 3:10, uno de ellos —el vagabundo— aún latía cuando lo usaron para tapar un hueco bajo el vagón.

A las 3:11, el live cortó por falta de batería.

Cuando amaneció, el parque parecía un pastel que alguien dejó afuera durante una tormenta: glaseado de barro y mermelada oscura chorreando por las barandas. Moscas en procesión ordenada cubrían superficies como purpurina negra. En el cielo, un dron entró en cuadro: un chico del barrio lo manejaba desde el puente para subir el video a su canal. El dron bajó y bajó y bajó, curioso. A ras del andén, captó la coreografía final:

Los cinco empleados estaban allí, cada uno en su estación de siempre, conservados a su manera.

Tomás, a un lado de los espejos, con la llave todavía clavada en el ojo como si fuera una broma privada.

Luna, contra la consola, con la sonrisa cosida por la fuerza de lo sucedido, la pantalla del celular negra pero con huellas dactilares congeladas en sangre.

Guille, reducido a una cintura ancha de carne prensada entre metales, como si la máquina lo hubiera querido guardar.

Balú, o lo que quedaba de él, enredado en su botarga abierta como capullo desgarrado, con las manos aún en posición de baile.

Mara, junto al panel, carbonizada por la explosión pequeña, con la mano extendida hacia el interruptor de DEMO.

Y alrededor, el público: una ronda de muertos sentados, mirando el centro, en calma.

El dron tembló; el chico rio detrás de la pantalla porque el viento falso del parque lo sacudió. No era viento. Era la Rueda Espiral prendiendo el último bucle del día. Una nota de carrusel rozó el aire. Los muertos se levantaron al unísono: cue perfecto. Levantaron la cara hacia el dron, como si fuera una estrella invitada. Uno saltó y lo agarró de un mordisco, molió una hélice con los dientes, y el dron cayó.

El chico alcanzó a ver, en la transmisión que parpadeaba, la sonrisa fija de la botarga de oso mirando a la cámara desde el piso. Luego todo fue nieve y silencio.

Neón Salvaje siguió encendiendo y apagando luces todo el día, de la misma manera en que el mundo, por costumbre, siguió girando.

Al anochecer, el parque respiró otra vez: las luces parpadearon, el generador tosió, la Rueda giró medio giro… y el show comenzó de nuevo. Porque aquí, la entrada es solo de ida, y el espectáculo, como el hambre, no termina.