Prólogo
Cuando era niña siempre soñaba con el fin del mundo.
Recuerdo despertarme en medio de la noche con la nuca pegajosa por el sudor y la garganta en carne viva por gritar como si la vida se me fuese en ello.
Siempre veía todo y a todos siendo consumidos por las llamas del mismísimo infierno.
Han habido muchas historias diferentes sobre cómo terminará todo. Cada cazador que pasaba por mi casa cuando Mila y yo éramos niñas tenía una versión distinta; eso porque cada uno se especializaba en un fragmento específico del folklore. Por ejemplo, algunos decían que primero se escucharían las trompetas y que los ángeles descenderían y todo desaparecería en un simple pestañeo, sin dolor ni angustia.
Por otro lado, otros —los más pesimistas, solían decir que la Tierra se abriría, y que el fuego iba a alzarse y consumirlo todo en un océano infinito de sufrimiento.
Esa era la versión que siempre le provocaba pesadillas a mi hermana, incluso cuando ella era la mayor de las dos y la que se suponía que debía ser más valiente. A mí nunca me asustaron esas historias, claro, pero supongo que eso no representa nada cuando se pone en una balanza con todo lo demás que no debía asustarme.
Nuestro padre siempre decía que era normal, que de la misma forma en que fuimos creados una vez todo llegaría a su final eventualmente. Nadie sería capaz de detener el Apocalipsis cuando el momento llegara, pero en los hombros de algunos de nosotros caía la responsabilidad de retrasar tanto dolor como fuese posible mientras llegaba nuestra hora.
Mi familia salvó a más personas de las que soy capaz de contar. Éramos tan buenos que nuestro apellido destacaba siempre entre el resto de cazadores. Sin embargo, todo se volvió nada cuando mi madre y Mila fueron a investigar un caso en el oeste de Virginia y ya no regresaron.
Con ellas se fue el alma de lo que en algún momento fue la familia más hermosa y unida que podría existir. Cuando no regresaron las cosas entre mi padre y yo dejaron de funcionar de la misma forma. Supongo que ambos sentíamos culpa por lo que había pasado, y al mismo tiempo culpábamos al otro por no haberlas acompañado.
Quizás ser más hubiese evitado lo que pasó. Quizás los dos teníamos algo de razón al pensarlo.
Cuando era niña siempre soñaba con el fin del mundo.
Pasaron tres años en los que no me acerqué a un arma, en los que me juré que los días de cazar, de luchar, habían terminado.
En tres años no hablé directamente con mi padre ni una sola vez.
Tres años transcurrieron exactamente antes de que me diera cuenta de que, en realidad, no había terminado.
En tres años las cosas iban casi normales.
Entonces, el cielo se abrió.