CAPÍTULO N: CENIZA DE UN JURAMENTO.
—¡FUEGO Y VACÍO!
Juntos en la oscuridad.
¡FUEGO Y VACÍO!
Nada los podrá parar.
Entre demonios y sombras,
Se alza su verdad.
¡HERMANOS DE SANGRE Y ALMA,
La humanidad van a salvar.
Cuando el príncipe del infierno asciende al mundo de los humanos con la misión de plantar una semilla, lo hace y comienza a investigarlo para descubrir quién es su líder y conocer su armamento. Pero todo cambia cuando la conoce. Desde ese momento, deja atrás su misión.
Los meses pasan. El príncipe de los demonios, junto a su esposa, Catalina Prince, vive una vida tranquila. Y con el tiempo, con diez minutos de diferencia nacen los gemelos.
Nerion y Draeven duermen plácidamente en sus cunas. Sus cabellos blancos resaltan al igual que sus ojos.
—¡Suéltame! —grita Nerion, molesto.
Draeven le tira del cabello con fuerza. Nerion responde pisándole el pie, logrando que su hermano lo suelte. Pero Nerion no se queda atrás; Draeven apenas tiene tiempo de reaccionar antes de que su hermano se le lance encima. El golpe es fuerte, pero Draeven no duda y, con rabia, muerde la mano de su gemelo.
—¡Oigan ustedes, dejen de pelear! —exclama Catalina, acercándose apresurada.
Los separa con firmeza y los observa con preocupación. Draeven, enojado, se muerde la pierna con frustración. Catalina frunce el ceño y le toma la mano para detenerlo.
—Draeven, no te muerdas la pierna. Ahora, díganme, ¿qué sucedió?
—¡Draeven rompió mi peluche! Le arrancó la cabeza.
—¡Yo lo tenía primero! —protesta Draeven con el ceño fruncido.
—¡Eres un mentiroso! ¡Tú llegaste e intentaste quitármelo! ¡Te odio! —grita Nerion, con los ojos llenos de lágrimas.
Sin esperar respuesta, sale corriendo hacia su habitación y azota la puerta. Catalina suspira, preocupada.
Nerion está sentado en el suelo de su habitación, sosteniendo el avión de juguete de su hermano menor. Lo hace volar en círculos con la mirada fija en él, intentando ignorar la punzada de enojo que aún siente. De repente, la puerta se abre. Nerion ni siquiera se molesta en girarse.
—Mamá dijo que no nos odiemos —dice Draeven en voz baja.
No obtiene respuesta. Hay un pesado silencio en la habitación. Draeven suspira y camina hacia su hermano. En sus manos sostiene el peluche que habían peleado. Ahora tiene la cabeza unida.
—Mamá dijo que te lo entregara y te pidiera disculpa… Perdón por querer quitártelo —admite, con la mirada baja.
Nerion observa el peluche. Lo toma con suavidad y lo abraza con fuerza. Es un regalo de su padre, el último recuerdo que le dejó antes de marcharse.
Por unos segundos, ninguno de los dos dice nada. Draeven se sienta junto a él y toma el avión de juguete. Juega en silencio mientras Nerion sostiene su peluche. Poco a poco, la tensión se disipa.
Desde la puerta, Catalina los observa en silencio, con una sonrisa de alivio en el rostro.
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Nerion se despierta a mitad de la noche con una fuerte sed. Su garganta arde y siente un vacío extraño en el pecho. Se incorpora en la cama, aún medio dormido, y extiende la mano para mover a su hermano.
—¿Qué pasa, Nerion? —pregunta Draeven con voz somnolienta, restregándose los ojos.
—Acompáñame a buscar agua… Tengo sed…—dice Nerion en un susurro tembloroso, con el rostro pálido por el miedo.
Ambos hermanos se levantan y, con pasos cautelosos, bajan las escaleras en dirección a la cocina. El crujido de la madera bajo sus pies resuena en el silencio de la casa. Al llegar, se detienen en seco: la nevera está abierta de par en par, iluminando la penumbra con su luz fría y fantasmal.
Draeven frunce el ceño, inquieto. Algo no está bien.
—Quédate aquí —le ordena con voz baja, intentando sonar valiente.
Se acerca lentamente a la nevera y la cierra con cuidado. Justo cuando se gira hacia un lado, lo ve. Un rostro horrendo, deformado, cubierto de sombras. Un monstruo. Draeven se queda paralizado, incapaz de gritar o moverse. La criatura saca una lengua viscosa y, con una lentitud perturbadora, la pasa por el rostro del niño. El contacto es repugnante, helado. Draeven reacciona y sale corriendo, pero un zarpazo le rasga la espalda. Cae al suelo, que está cubierto de un charco de sangre, y grita de dolor.
—¡Hermano! —exclama Nerion, su voz temblorosa llena de angustia.
Corre hacia Draeven, lo toma con desesperación y trata de huir. El monstruo los persigue, desplazándose por el muro con movimientos antinaturales, hasta situarse justo frente de ellos. Draeven, con la espalda ensangrentada y el rostro tenso de dolor, se interpone entre la criatura y su hermano mayor.
—Inútiles humanos… Se hacen llamar hijos de Nea—dice el monstruo con una risa siniestra y retorcida.
De pronto, una bufanda oscura cubre el rostro del monstruo y este es empujado hacia atrás. Catalina está en su espalda, firme y decidida, con los ojos encendidos de furia.
—¡Corran! —grita a sus hijos, sin apartar la vista de la criatura.
Los niños obedecen, pero Nerion vacila. Quiere quedarse, proteger a su madre… No puede dejarla sola. Aun así, Draeven lo arrastra con fuerza, con lágrimas en los ojos.
El monstruo se abalanza contra Catalina y la golpea brutalmente contra la pared. La agarra de la cintura y, con una fuerza bestial, la estrella una y otra vez hasta que su cuerpo desaparece en un destello oscuro.
La criatura se lanza tras los niños con una velocidad sobrehumana. Los pequeños logran encerrarse en una habitación, jadeando y cubiertos de sudor frío. Nerion intenta abrir la puerta, pero Draeven no lo deja.
—¡Por favor, hermano! ¡Nuestra madre necesita ayuda! —suplica entre lágrimas, desesperado.
—¡Shh! —le susurra Draeven, cubriéndole la boca con suavidad pero con firmeza.
Ambos contienen la respiración. El monstruo está justo del otro lado de la puerta. Sus pisadas resuenan con un eco escalofriante.
Entonces, un silbido agudo corta el silencio. El monstruo se detiene… y se va. El silencio vuelve, opresivo. Los niños no se atreven a moverse. Se quedan acurrucados uno junto al otro, temblando, hasta que por fin amanece.
Cuando el primer rayo de sol entra por la ventana, Nerion corre en busca de su madre. Pero no la encuentra. Solo hay manchas de sangre, paredes rotas y un vacío insoportable. Sus piernas flaquean y se deja caer, sollozando con el corazón hecho pedazos.
Draeven adolorido se acerca con cuidado, con el rostro bañado en lágrimas, intentando consolarlo. Pero Nerion, ciego de dolor y rabia, lo empuja con fuerza. Draeven cae al suelo, desconcertado, y escucha el grito desgarrador de su hermano.
—¡¡¡Eres un cobarde!!! ¡¡Ya no te quiero!! ¡¡Te odio!!
Sin mirar atrás, Nerion se aleja, dejando tras de sí solo silencio y dolor. Draeven se queda en el suelo, su cuerpo herido y su corazón roto.
—No me odies, hermano… —susurra, apenas audible, con la voz quebrada por la tristeza.








