Capítulo 1
—Mi vida ha sido una colección de fracasos. Todo ser humano tiene su momento canónico, inolvidable en la vida, donde sabe que la ha cagado; y para mí, ese momento se remonta a mi nacimiento. Comenzado con el parto de mi madre, que fue una cesárea, lo que significa que me trajeron a este mundo contra mi voluntad, y terminando con el divorcio de mis padres, apenas cinco días después de mi nacimiento. Si me preguntaran en la actualidad si quisiera vivir, la respuesta sería la misma que en ese momento. No. Pero nadie escucha los desvaríos de una persona loca ¿cierto?
Podía ver como Dai, mi psicóloga, escribía en su libreta, y eso nunca era una buena señal, porque sabía que a eso le seguían una serie de preguntas que cuestionarían mi existencia.
—Cuéntame más sobre el divorcio de tus padres.
—Todo lo que sé es que la causa oficial de su divorcio era diferencias irreconciliables, y la verdad es que la pelota no estaba lejos del arco. Papá es un alma libre, de esas que nunca parecen haber madurado, mientras que mamá es todo lo contrario, centrada, rígida y bastante religiosa, de las que no quieren nada fuera de orden. Su amor nació como uno de esos romances fugaces de verano donde un chico conoce a una chica y se da el amor a primera vista, solo que este amor era muy ciego, y no se dieron cuenta hasta que fue muy tarde. Pero ¡ups! el bebé, alias yo, ya venía en camino.
—¿Y cómo te sientes con respecto a su separación?
—Y la verdad es que odio a mis padres, no un odio real, sino simbólico, porque simplemente los resiento por haberme traído al mundo. Como sabes, nací con un pequeño problema: el autismo. No fui diagnosticada sino hasta los catorce años, en el momento en donde no se podía ya ocultar que era una rara, una lerda, como le encantaba llamarme a mis compañeros de la escuela, quienes son mis segundos enemigos jurados luego de mis padres.
—¿Enemigos jurados?
—Mira, no es enserio, pero pongámoslo de esta forma, si unas personas te hacen daño hasta el punto que hacen tu existencia un calvario, ¿no serían tus enemigos, así sea que la batalla solo se lleve en tu cabeza? No tenía la valentía de hacer algo para defenderme, pero ese sentimiento se quedó allí, y por eso cada vez que pienso en mi adolescencia solo la recuerdo con tristeza.
—Si, muchas veces lo que vivimos en etapas tan formativas como la adolescencia determina nuestro comportamiento hacia la adultez.
—Probablemente sí, por eso cuando entré en la universidad, estaba determinada a no repetir lo que había vivido en la escuela. Hice mucho masking para terminar dándome cuenta que no vale la pena ponerse una máscara sólo para no incomodar a las personas a tu alrededor.
—¿Qué te hizo darte cuenta de que estabas haciendo masking?
—El desgaste físico y emocional, al llegar a casa solo quería sentarme a dormir o a llorar, y así vivía mis días. Me preguntaba en ese momento, si así iba a ser toda mi vida de adulto, y si siquiera valía la pena intentarlo, pero al final del día, sí lo hacía.
—¿Que te hizo pensar que sí lo valía?
—Todo cobró sentido cuando encontré mi pasión en la vida: las letras. Tanto era el amor, que no me detuve en la universidad hasta obtener mi Máster en lingüística. Pero luego se convirtió en un problema.
—¿Problema?
—Sí, morirse de hambre, porque todo lo relacionado a las letras equivale a morir de hambre en un mundo donde el arte y la literatura solo son para privilegiados.
Y es así como a mis veintiocho años terminé trabajando en la tercera cosa que más odio: tratar con clientes, en la tienda de papá, Playroom 636.
Playroom 636 es todo lo contrario a mí, papá es un loco por los juegos y puzzles, un intrincado mundo donde todo tiene un truco para resolver. Es un mundo que no entendía porque pensaba que todo era una pérdida de tiempo ¿Quién en su sano juicio pasa tanto tiempo jugando juegos? Pues claramente los nerds, y yo soy una nerd, pero de libros. Para mí, siquiera resolver un cubo de Rubik es una pesadilla. Ahora, imaginarme haciendo puzzles gigantes y más complejos me da urticaria, y si a la situación le sumamos convivir a diario con personas que los aman, es una pesadilla hecha realidad.
—Pero puedo ver que dices todo eso con una sonrisa en la cara.
—Porque es algo que papá y yo compartimos, aunque mi gusto por los puzzles no sea igual a el de él, porque tolero muy mal la frustración, sé que lo hace por amor y porque quiere pasar tiempo de calidad conmigo. Para él es un deleite tenerme trabajando cerca, donde sé que secretamente se siente en paz porque nadie se metería conmigo estando él allí.
—Entonces no lo odias.
—Claro que no, moriría por ese hombre, no ha hecho nada más que estar siempre allí para mí, solo tengo un pequeño resentimiento porque la vida no es como esperaba, al parecer en mi caso, nací en el modo difícil de la vida teniendo autismo, y vivo con la constante culpa de ser una carga.
—¿Por qué crees que eres una carga?
—Porque a mis 28 años me siento como una fracasada, siento que no he logrado nada importante y que papá debe cargar conmigo a rastras. Vivo a un solo paso de una crisis existencial todos los días. Solo tengo algo que me impulsa a seguir todos los días.
—¿Qué es ese algo?
—Papá y Playroom 636 —le digo con una media sonrisa.
—¿Cómo te sientes sobre ellos?
—Agradecida, porque no sé qué haría si no los tuviera.
—¿Por qué otras cosas te sientes agradecida?.
—Ninguna que pudiera recordar —creo que el agradecimiento no es lo mío.
—Me gustaría que trabajáramos en esto para la próxima cita.
—Sí claro ¿qué tengo que hacer?
—Vamos a hacer una lista sobre las cosas que agradeces…
♠️🎱🎲♦️🎰
—Dasha, amor, llegaste temprano —me dice papá cuando paso por la puerta.
Hoy era el día en que a papá le tocaba abrir la tienda, y podía darme el lujo de llegar más tarde e ir al psicólogo. La terapia era algo catártico, o salía tranquila y despejada de ella, o sentía como si me hubieran metido en una lavadora centrifuga, de lo revuelta que podían terminar mis emociones. Y esta vez fue la segunda.
Apenas comenzaba el día y ya estaba cansada.
—Hola papá, sí, la sesión terminó hoy temprano.
La sonrisa de papá es deslumbrante y su calor me llena. No importa que la use todos los días, a cada hora, minuto y segundo, aún sigue teniendo ese efecto en mí. Es imposible que una persona sea siempre feliz, pero él lo era. En sus juegos encontró lo que los japoneses llaman “ikigai”, su propósito de vida. Tampoco ayudaba que él mismo fuera un terapeuta que tras unos años de ejercer, decidiera que ese no era su camino y terminara abriendo Playroom 636.
En mi caso, yo solo me contento con tenerlo a él, mi ancla, ya que solo somos él y yo contra el mundo. No es que no tengamos familia, porque tanto la familia de mamá como papá es bien extensa, sino que es la única persona por la que no me siento juzgada.
A él no le importa mi obsesión con el color verde o que en casa deba tener las cosas en un orden en específico. No le molesta que no sea la persona más amorosa y dice que, aunque yo no quiera, siempre va tener abrazos para dar por los dos, cosa que hace mínimo 6 veces al día.
Entiende mi mala relación con mamá por nunca haber sido la hija perfecta que tenía en mente; mi problema para cercarme a la gente y lo que probablemente sea mi mayor miedo: sentirme perdida, no poder controlar nada de lo que pasa, o como le tengo pavor al futuro.
A pesar de ser tan diferente a mí, es mi mejor amigo y peor enemigo en una sola persona: me ama, pero siempre me obliga a hacer cosas nuevas para salir de mi capullo, como él lo llama.
—Ayúdame a acomodar los nuevos juegos de mesa en los estantes.
—Voy —le respondo desde la trastienda mientras acomodo mis cosas.
Papá conocía mí obsesión con mantener todo en orden y sabía que eso también se aplicaba a la tienda, no solo tengo que organizarlo por categorías, sino por colores, y eso de alguna forma llevó a la tienda a parecerse a un arcoíris si la veías desde la calle. La gente no sabía si éramos una tienda de juegos o vendíamos cosas para el próximo pride. Pero el punto era que no le molestaba ni lo más mínimo.
Luego de organizar todo, nuestro día transcurre tranquilo, papá atendiendo a los clientes mientras yo estoy detrás de la caja registradora. Hoy es viernes, y eso solo significaba una cosa, viene mi némesis, Quinn. Uno de esos amigos que hizo papá en convenciones de juegos. Y es que Quinn es diseñador de juegos de escape rooms, básicamente, el sueño húmedo de papá.
A sus 31 años se había convertido en director general de diseño y según Quinn, necesitaba toda la inspiración pudiera capturar, por eso siempre venía con papá a “iluminarse” con sus conocimientos. La verdad es que yo creía que no tenía nada mejor que hacer que venir a fastidiarnos.
La pregunta de cómo se convirtió en mi némesis es muy fácil, a Quinn le gustaba hablar.
Y mucho.
Conmigo.
Yo, una persona que prácticamente no entendía la mitad de lo que hablaban él y papá, y que era más taciturna con los extraños que una tumba. No es que no hablara, yo hablaba y mucho, pero solo cuando me sentía en confianza; y cuando hablaba con él no podía evitar ponerme nerviosa, así que había resumido mis interacciones a simplemente hablar lo necesario.
Y es que era la primera persona que realmente me parecía guapa. Alto, con tez ridículamente blanca, siempre vistiendo de negro, que evidentemente era su color y con una personalidad sumamente atrayente. Según lo que había podido saber de él a través de papá era que aparte de su evidente belleza, su apellido era Sun. Su papá era un chino que visitó América por trabajo y conoció a su mamá, una florista con mucho éxito, en un evento de trabajo.
Quinn había terminado por decantarse en la universidad por informática, y siendo tan brillante como era, antes de salir de la universidad ya tenía un trabajo diseñando videojuegos.
Papá y Quinn se llevaban terriblemente bien porque ambos tenían esa personalidad carismática al tratar con las personas e inteligencia para entender todos los juegos que jugaban.
Poco a poco había empezado a entenderlos a ellos y a sus juegos, que significaban lo mismo que las letras para mí, mi rincón seguro. Solo me daba un poco de envidia cómo habían logrado convertir su pasión en un trabajo, mientras yo tenía un título universitario inútil, solo porque quería perseguir mis sueños.
Quinn llega puntual a las 7pm a la tienda, luciendo como siempre su característica ropa negra y su cadencia al caminar. Papá y él se saludan como dos viejas amigas reuniéndose después de mucho tiempo, nadie creería que solo llevan una semana sin verse.
—Dasha ¿Qué tal tu día? —Quinn tiene una sonrisa en el rostro mientras se recuesta en el mostrador.
—Igual que siempre —le respondo evitando mirar su cara. No entiendo como todos mis años de terapia ayudándome a lidiar con gente, se volvían nada ante él. Pero Quinn no se detiene, no le importa tener en su mayoría monólogos al hablar conmigo.
—¿Cómo te sientes?
No se me pasa desapercibido que Quinn siempre me pregunte cómo me siento y no cómo estoy. Creo que es de las pocas personas que se interesan en realidad por conocer qué me pasa por la cabeza, y por eso solo puedo regresar su gesto con la verdad.
—Bien, aunque un poco cansada, esta mañana tuve terapia, y eso siempre remueve cosas dentro de mí —jamás me daría pena admitir que voy a terapia, desde los 14 años, cuando dejé de vivir con mamá, voy a ella regularmente y se ha convertido en parte importante de mi vida. Los traumas no se curan sólos.
—Te entiendo, cuando yo iba, sentía que el peso del mundo se quitaba de mis hombros al mismo tiempo que tenía un huracán por dentro.
—¿Quinn, fuiste a terapia? —no pude ocultar mi sorpresa.
—Si, por ciertas razones terminé yendo, y aquí estoy. Creo que alguna vez en la vida todos deberían experimentar lo que es tener la ayuda cuando más lo necesitas.
—¿Todo bien? —mi curiosidad me gana.
—Si, todo bien, no hay nada de qué preocuparse, lo que no te mata te hace más fuerte y definitivamente ahora estoy mucho mejor que en ese momento.
—Lo que no te mata te trauma —digo con una pequeña sonrisa—. Recuerdo que en mis momentos más traumáticos me escondía detrás de los libros, todavía tengo la costumbre de hacerlo.
—Y yo en los juegos, recuerdo estar en la universidad, cada vez más y más obsesionado con diseñar juegos, básicamente escapaba de un mundo para entrar en otro. Hablando de juegos, tengo algo que me gustaría mostrarte, en el trabajo estamos diseñando una sala especial basada en novelas de wuxia, y estamos buscando a jugadores beta para probarla, sé que son tus favoritas ¿Te gustaría intentarlo?
—¡Dios mío! Sí, me encantaría, pero… ¿Cómo sabes que son mis favoritas?
Su sonrisa titubea un poco.
—Daniel, él me contó que tienes una pequeña obsesión con ellas desde hace varios años.
Vendida. Vendida por mi propio padre. Todo Jesucristo conoce a su Judas y Daniel Lara, alias papá, me había traicionado.
Ya las chicas de hoy en día no pueden mantener su obsesión con hombres chinos de pelo largo y potencialmente gays en paz.
Quinn saca su teléfono para mostrarme el juego, pero, justo en ese momento se oye un estallido afuera. Los tres nos miramos a las caras, sorprendidos y salimos de la tienda a ver de dónde provenía el ruido. Pero no había nada raro.
Bueno, si te parece normal que los autos estén parados en medio de la calle y no haya ni un alma a los alrededores. Esta era una hora concurrida, ya que las personas iban camino a casa luego del trabajo, y si tenías en cuenta que la única luz existente era la de la luna que apenas lograba iluminar algo de los alrededores. Tenías una escena tétrica.
—No puedo ver de dónde vino el estallido —dice papá preocupado.
—Yo tampoco— exclama Quinn.
—Ehhh, chicos…¿Vamos a obviar que no hay nadie en la calle?
—Claro que no cielo, gracias por mencionarlo —dice papá, siempre manteniendo la calma— Vengan, vamos a acercarnos a los autos a ver que paso.
Lo primero y más evidente es que no había energía eléctrica, tanto la luz del alumbrado, como del semáforo estaba apagada.
—Creo que ha explotado un generador de luz y por eso hubo un apagón —dice Quinn acercándose a la ventanilla del auto más cercano.
—No creo que haya sido solo eso, ¿A dónde se fue todo el mundo?
El tráfico se había quedado estático, como si alguien hubiera tomado una foto y ésta hubiera congelado el tiempo. Al mirar por las ventanillas, todo parecía normal, de hecho, los artículos que mostraban que el carro tenía dueño estaban allí, carteras, sillas para niños y hasta compras recién hechas. Pero lo más extraño sucedía cuando te acercabas a los autos y tocabas el capó, estaban fríos, como si nunca los hubieran utilizado, algo sin sentido, pues sólo hacía segundos que estaban pasando por allí.
—Esto no tiene lógica, los autos están fríos —dice papá confundido—. Vamos a darle una vuelta a la manzana, necesitamos encontrar a alguien, y ver de dónde vino el estallido, tuvo que ser en algún lugar cercano.
—Mi teléfono está muerto, no puedo encender la linterna —le digo a los chicos mientras caminábamos por las calles.
—El mío también está muerto —comenta papá.
—El mío no enciende, pero no tiene sentido, tenía batería cuando estaba a punto de mostrarte el juego —me dice Quinn.
—Perfecto ahora no solo no tenemos luz, la gente desapareció y no tenemos como comunicarnos con nadie —estaba harta de que todo fuera de mal en peor. Podía sentir como poco a poco la ansiedad se cocinaba dentro de mi.
—Vamos con cuidado, tiene que haber alguien en algún lugar, y tal vez encontremos algún sitio con energía.
El problema es que no importa cuantas calles hubiésemos transitado, no había indicio de luz y menos la presencia de alguna persona a parte de nosotros. La falla de energía era en sí misma un hito irónico, pero que no encendieran los generadores de emergencia era la cereza del pastel.
Derrotados regresamos a la tienda. No importa como se mirara la situación cada vez daba más miedo, no solo era la atmósfera aterradora que daba el apagón, sino el desconcierto de no saber qué pasaba.
—Regresemos a la tienda, creo que debemos esperar a que alguien aparezca, tal vez los electricistas vengan a arreglar lo que sea que ocasionó este corte de energía —sigue papá.
Cuando estás sin luz, el tiempo pasa muy lento, en medio de la espera, quisimos encender luces recargables, pero tampoco funcionaban. Solo una pequeña lámpara de aceite decorativa sirvió como fuente de luz. Mientras tanto nos pusimos a jugar “Guerra” con las cartas, donde obviamente iba perdiendo. Pasó un largo rato y nadie llegó, ni siquiera una persona había pasado en frente de la tienda. Todo estaba estático.
—Creo que deberíamos cerrar la tienda papá —me acerco a él—. No me siento cómoda con esta oscuridad y silencio, es muy desconcertante.
—Sí cielo, vayamos a casa ¿Quinn te gustaría unirte a nosotros para la cena?
—Para mí sería un placer.
—Listo, entonces cerremos y nos vamos —papá se levanta para terminar de arreglar las cosas y salir.
Afuera las cosas seguían iguales. A pesar de ser una zona comercial, cerca había edificios residenciales, pero tampoco parecía que alguien los habitara, en un segundo, la gente hizo ¡Puff! Para no regresar durante horas.
—Se que estamos cerca de su casa, pero vamos en mi coche —menciona Quinn después de cerrar la tienda.
Intenta quitar el seguro al auto, pero nada sucede. Abre la puerta con la llave, enciende el auto y todo sigue igual.
Papá y Quinn intentaron hacer por todos los medios que el auto encendiera, abrieron el capó, movieron cosas, las cuales Dios sabrá como se llaman, porque ni siquiera sabía conducir y mucho menos entendía la mecánica. No importaba cuánto movieran cosas, el auto no encendía.
—¿Qué tal si primero vamos a comer y luego resolvemos lo del auto? No podemos hacer que encienda, ni llamar a una grúa, ni contactarnos con nadie —dice papá.
—Claro no hay problema— exclama Quinn con serenidad.
Para mí siempre va a ser un enigma como Quinn es tan centrado y tranquilo para resolver sus problemas. Mientras yo era un chihuahua con esteroides que vivía temblando del estrés cada que algo nuevo o inesperado surgía en mi vida.
Llegar a casa no fue un problema, ya que solo estábamos a unas cuadras, el problema estaba en subir nueve pisos para llegar a ella. Allí todo seguía igual de desconcertante, el encargado del edificio que siempre nos recibía con una sonrisa, no estaba por ningún lado, tocamos las puertas de los apartamentos y tampoco salía nadie. Si esto no era una película de terror, no sabría que lo era.
—Todo sigue tétricamente tranquilo —señalo, cuando llegamos a nuestro piso
—Si, yo también pienso lo mismo —repite Quinn detrás de mí.
—Llegamos —indica papá mientras abre la puerta. Y allí es donde el terror en mí se desata.
No solo las personas habían desaparecido, todos los aparatos fallaron y no había electricidad, sino que por las ventanas panorámicas del apartamento se veía como toda la ciudad estaba apagada. Muerta.