Chapter 1
La mansión de Argleton, levantada en mármol y piedra, parecía un gigante dormido a esas horas. Sus pasillos iluminados por lámparas de aceite guardaban un silencio solemne, roto solo por los pasos rápidos de los criados que apagaban las últimas luces del día. Para cualquiera, aquel lugar sería símbolo de riqueza y poder. Para JiHoon, sin embargo, esa noche se sentía como una prisión.
Las palabras de su padre seguían golpeando su mente, una tras otra, como martillazos.
"Un Argleton no llora. Un Argleton no se esconde tras libros. Un Argleton empuña la espada, monta a caballo y enfrenta la sangre sin temblar."
JiHoon había permanecido de pie en el salón de armas, con las manos temblorosas sobre la tela de su chaqueta, mientras el Duque de Argleton, imponente en su traje rojo con bordes dorados, lo observaba como si fuera una decepción hecha carne.
—No puedo hacerlo, padre —había murmurado él, apenas audible.
—No puedes... ¿o no quieres? —replicó el Duque, su voz grave resonando en los muros de piedra.
El menor de los Argleton sintió un nudo en la garganta. Quiso explicar que la sola visión de la sangre lo hacía enfermar, que las espadas lo aterraban desde que de niño presenció un duelo en el patio, que el relinchar de un caballo lo hacía estremecer de miedo. Pero no encontró el valor.
Y entonces la voz de su padre cayó como un hacha:
—Si tanto detestas lo que te corresponde, puedes marcharte. No necesito un hijo débil.
Hubo un silencio tan pesado que ni los retratos de los antepasados parecieron atreverse a mirarlos. Sus hermanos mayores, testigos mudos, intentaron mediar. El primogénito, serio y solemne, posó una mano sobre el hombro del Duque y murmuró algo que JiHoon no alcanzó a escuchar. Su hermana, de mirada cálida pero enfurecida, le dirigió un gesto suplicante, como rogándole que se disculpara. El tercero, siempre nervioso, tamborileaba los dedos contra su sombrero, incapaz de pronunciar palabra.
JiHoon, en cambio, solo sintió el ardor en sus ojos. Y sin decir nada, obedeció la orden más cruel: salió de la mansión.
El aire de la noche lo recibió con una bofetada fría. Caminó sin rumbo, con la capa de color oliva apretada alrededor de sus hombros. Cada paso resonaba en su cabeza como una confirmación: me echó... me echó de casa.
El pueblo estaba vivo aún a esas horas. Gente que regresaba de la taberna, vendedores recogiendo los últimos puestos, parejas caminando al ritmo de las antorchas encendidas en la plaza. JiHoon pasó entre ellos cabizbajo, agradeciendo que nadie le prestara atención. Sus zapatos, siempre relucientes, estaban ahora cubiertos de polvo, pero no le importaba. Mejor así: si lo reconocían, volverían a meterlo en la jaula dorada de la que huía.
Una parte de él esperaba que alguno de sus hermanos viniera corriendo a buscarlo. Otra, más oculta, deseaba que no lo hicieran.
Siguió caminando hasta que el bullicio quedó atrás y solo lo rodearon los sonidos del bosque. El canto de los grillos, el crujido de las ramas bajo sus botas, el murmullo lejano de agua. Se dejó guiar por ese sonido, como si la naturaleza misma le marcara un refugio.
Pronto, el bosque se abrió a un claro y allí estaba: un lago inmenso, oscuro y brillante al mismo tiempo, como si la luna lo hubiera reclamado para sí. El aire olía a humedad y a hierba fresca, un contraste brutal con el encierro sofocante de la mansión.
JiHoon se dejó caer en la orilla, sin preocuparse por la humedad que empapaba su capa. Contuvo la respiración, pero las lágrimas que llevaba reprimiendo todo el día se desbordaron sin control.
El sollozo escapó de su garganta como un secreto roto. Intentó taparse la boca con la mano, pero no sirvió de nada. El llanto lo dominó por completo, sacudiendo sus hombros, enrojeciendo sus mejillas.
Nadie lo veía. Nadie lo escuchaba. Nadie excepto el lago, que permanecía quieto, indiferente, reflejando su rostro deformado por las lágrimas.
Mientras lloraba, los recuerdos lo asaltaron. Recordó la primera vez que su padre le puso una espada de madera en las manos. Tenía apenas ocho años y ya entonces temblaba tanto que la dejó caer. Recordó la risa burlona de los sirvientes, los ojos decepcionados del Duque, la mirada protectora de su hermana que intentaba consolarlo.
Recordó también el jardín trasero, donde había aprendido a leer bajo la sombra de los sauces, escapando del entrenamiento. En los libros encontró un mundo sin espadas ni sangre, un lugar donde podía ser él mismo sin miedo. Pero su padre nunca entendió.
"No sirves para esto".
La frase lo atravesaba una y otra vez.
El joven Lord se encogió sobre sí mismo, cubriéndose con los brazos como si así pudiera protegerse de las palabras que aún dolían como golpes.
Y entonces, una voz rompió la noche.
—¿Disculpa?
JiHoon se estremeció. Alzó la cabeza con sobresalto, sus ojos húmedos buscando el origen. A pocos pasos, un hombre se recortaba contra la luz de la luna.
Su cabello oscuro caía en ondas descuidadas sobre la frente, y sus ropas eran sencillas: una camisa blanca arrugada, pantalones beige y sandalias gastadas. En una mano sostenía un balde y en la otra, una caña de pescar. Sus ojos, grandes y expresivos, lo miraban con ceño fruncido, no de enojo, sino de genuina preocupación.
—Lo siento... no quería asustarte. Te escuché llorar —dijo el extraño, con voz grave y suave a la vez.
JiHoon parpadeó, incapaz de responder. Su instinto le gritaba que lo ignorara, que huyera, que no confiara en nadie. Pero su corazón, vulnerable, suplicaba compañía.
—N-no... —balbuceó, bajando la mirada.
El pescador avanzó un poco, dejando el balde en el suelo. Se agachó para estar más a su altura, sin invadirlo.
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
JiHoon dudó. Sus labios se abrieron y cerraron varias veces. Y al final, la verdad, desnuda y simple, escapó en un murmullo:
—No lo sé.
Hasta ese momento, el rubio no se había dado cuenta de lo solo que estaba. Ni de lo mucho que anhelaba que alguien, aunque fuera un desconocido, lo mirara con ternura en lugar de con reproche.
Y en los ojos oscuros de ese hombre, por primera vez, no encontró la sombra del juicio, al contrario, descubrió en su mirar una comprensión genuina y una invitación a sacar todo lo contenido en su pecho apretado por la tristeza.








