Mercyvale

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Summary

En lo profundo del bosque de Mercyvale, la tierra respira. Hace tres días, un equipo de reconocimiento desapareció sin dejar rastro. Ahora, Daki —una exmilitar endurecida por demasiadas misiones fallidas— entra sola a esa humedad fétida donde los árboles parecen sudar sangre. Lo que empieza como una búsqueda se convierte en una pesadilla de carne podrida, ecos humanos y silencio eléctrico. No hay magia. No hay demonios. Solo un virus, y el error humano que lo liberó. En Mercyvale, la muerte no llega… se levanta.

Status
Complete
Chapters
25
Rating
n/a
Age Rating
18+

El bosque respira

El bosque de Mercyvale huele a óxido y hojas podridas. Cada paso hunde la bota en un barro negro que traga ruidos, como una boca sin dientes. Si apago la linterna, la oscuridad lo devora todo. La prendo y la humedad devora las pilas. Todo aquí mastica algo.

Me llamo Daki. Llevo una escopeta Mossberg con culata recortada, una pistola en la pierna derecha, un machete en la izquierda, y dos cuchillos que no saben bien si son herramienta o sentencia. La mochila pesa lo justo: botiquín, guantes nitrilo, cinta americana, bengalas, baterías, un rollo de plástico transparente. Mi teléfono está en modo avión, porque la señal entra y sale como un animal tímido y mentiroso; lo uso solo como mapa y cámara. A la altura del pecho, la cámara corporal parpadea un LED azul. Se lo prometí a Lena: “si no regreso, al menos que veas por dónde me tragué la tierra”.

El primer cordón sanitario quedó atrás, reventado. Cinta amarilla con letras negras: CDC, NO PASAR. Alambres desplomados como espinas vencidas. Y huellas. Botas medianas, suela de hexágonos, arrastradas hacia adentro. Tres días atrás un equipo de cuatro—un paramédico, un técnico, dos guardabosques—entró a Mercyvale para buscar a desaparecidos de un campamento. No volvieron. Nadie hace turno doble en este bosque por gusto.

Silencio. No el de la naturaleza, que siempre es un ruido vivo, sino el de una respiración contenida. Abro el mapa. A un kilómetro y medio hay una cabaña forestal usada por la maderera antes de la cuarentena. Ahí debían reportar. Ajusto la correa de la escopeta y camino.

A los diez minutos encuentro el primer mensaje. Una flecha roja pintada con spray en un tronco, apuntando a una vereda que el musgo intenta enterrar. Debajo, dos letras: “MV”. No sé si significa Mercyvale o “me voy”. Sigo.

La lluvia empieza como si alguien apretara un aerosol de agua fina. En segundos, la chaqueta cruje empapada. La visera de la gorra chupa gotas que se me van a la nariz. La humedad aquí no se contenta con mojar; fermenta. A la izquierda, entre helechos como manos, hay una mochila rota. Negro. Con parches de paramédico. La arrastro hacia mí con el machete. Dentro hay un botiquín abierto, gasas empapadas de marrón, una caja vacía de epinefrina, una jeringa trabada con barro. Un carnet plastificado: “A. Del Toro – EMS”. Lo seco contra la chaqueta. Lo guardo en el bolsillo frontal, lado corazón.

No hay cuerpos. Eso es casi peor. Cuando no hay cuerpos, el bosque los tiene.

La vereda sube y se estrecha. Los árboles se acercan entre sí como si conspiraran en voz baja. La luz se queda afuera; lo que entra es un verde enfermo. El suelo cambia de barro a raíces resbalosas. Me acuerdo de una regla: en lugares así, lo que te mata no siempre muerde; a veces te quiebra el tobillo y luego ya eres merienda.

Escucho un chasquido. Me quedo inmóvil. No el mío. A diez metros, a mi mismo nivel, hay una sombra donde no debería. Apunto la linterna. Reflejan dos ojos blanquecinos. Parpadeo. No parpadea. Un ciervo. O lo que queda. El cuero pegado a las costillas, la piel colgando en girones, la mandíbula desencajada y un hilo de baba gris que cuelga hasta el musgo. El cuello tiene una herida redonda, como si alguien lo hubiera vaciado a cucharadas. Da un paso, pero no es un paso de ciervo; arrastra la pezuña y la deja caer con torpeza, como quien no recuerda su propio peso. No me huele bien; me intuye. Enfoco más la linterna. En el ojo derecho se ven filamentos, una telaraña lechosa que la pupila ya no reconoce. Virus. No comen solo personas. Todo son incubadoras.

No disparo. No gasto munición en un animal si puedo esquivarlo. Retrocedo con cuidado. El ciervo gira la cabeza con ese movimiento quebrado que tienen las cosas que ya no duelen. Abre la boca; suelta un gemido bajo, roto, que me arruga la nuca. No me sigue. Sigo yo mi camino, pero ahora el bosque tiene un zumbido bajo, un rumor que antes era silencio y ahora es espera.

En la subida siguiente veo el segundo rastro: vendas colgando de una rama, pegajosas y negras. Hay marcas de sangre en el tronco, dedos que se apretaron buscando impulso. La sangre vieja en este clima se hace viscosa, como pintura barata. Paso la mano con un guante: húmeda. No tan vieja. Murmuro para mí: “ayer, máximo antier”. Mi voz regresa más pequeña.

La cabaña aparece de golpe entre dos abetos altos como chimeneas. Techo de lámina, porche hundido, ventana con rejas. La puerta está entornada. A cada lado, dos barriles con rótulos deslavados de diésel. La lluvia pega en el techo como uñas. Me acerco con la escopeta al hombro. “Uno, dos, tres”. Empujo con el pie. La puerta se abre de par en par y el olor me golpea antes que la imagen: hierro, mierda y dulce podrido. Hay sangre, sí, pero más hay esa fragancia dulzona del músculo que ya renunció.

Paso el umbral.

La linterna barre el interior: mesa volcada, mapas pegados con cinta, un radio en el suelo, un generador en una esquina cubierto con lona, y, al fondo, una pared de corcho con fotografías: drones sobrevolando claro, una carpa verde con logo, y un parche que reconozco: MV-3.19. El código de la cepa. Lo vi en informes que nunca debieron llegar a manos que no son de gobierno. Lo llamaban virus Mercyvale. Respiratorio y hemático. Entrada por mucosas, saliva, sangre. Periodo de incubación variable—de minutos a horas. En algunos, días. En casi todos, destino final.

En el suelo, dos casquillos de 9mm. Uno gastado. Uno percutido sin detonar, abollado, como si le hubieran fallado las manos. Cerca de la ventana, una mancha alargada de sangre que sale hacia el porche y se pierde en la lluvia. La cabaña no está vacía. Está en pausa.

Cierro la puerta con el hombro, la aseguro con el pestillo y muevo el mueble frente a ella. “Perdón, quien seas. Entra por la ventana si insistes”. Dejo la mochila en la mesa, saco una bengala y la apoyo al alcance. La escopeta en la silla. El machete, a la mesa.

Me acerco al corcho. Entre las fotos hay un inventario de nombres con marcas: Del Toro (A.), Morgan (T.), Kline (R.), y “H. Gabboury” escrito con pluma azul. Junto a dos nombres, un asterisco y la palabra “MORDIDO”. Quien sea que lo escribió tenía prisa. La letra se apretó y subió. Al lado, una bolsa Ziploc con un frasco ámbar: “MV-3.19 – Buffer nasal”. Lo abro un milímetro y el olor a alcohol isopropílico me limpia la nariz como un bofetón. Vuelvo a sellar. Me guardo el frasco. Nunca sabes.

El radio: baterías colocadas, antena extendida, un post-it pegado: “Canal 7—solo si…”. No termino de leer. Algo raspa la pared exterior. No golpe. Raspa. Como uñas que recuerdan ser uñas. Apago la linterna. La oscuridad vuelve a masticar.

No respiro por dos segundos. El raspado pasa a la ventana. Un vidrio tiembla con un sonido agudo. No toco todavía la escopeta. Camino en puntas hacia la ventana, pego la espalda a la pared y, con dos dedos, levanto un centímetro la esquina de la cortina.

Ahí está. Un rostro pálido, hinchado, con manchas violetas bajo la piel. El ojo izquierdo reventado en el ángulo externo, como una uva mordida. Los dientes descubiertos no enseñando un gesto, sino la ausencia del gesto. Tiene un hilo de baba con grumos oscuros que resbala por el vidrio. La lluvia le pega en la frente y no parpadea. La mano araña el marco con un vaivén que no se cansa. Abre la boca, y lo que sale no es un grito; es un aire podrido, un “aaah” bajo, como si la palabra que intenta decir estuviera tirada en otra parte. Miro el cuello: mordidas. Miro el hombro: desgarrado hasta el hueso. Me mira sin verme, pero su cabeza vibra con ese hambre antigua.

Me permitiría una emoción si sirviera de algo. No sirve. Bajo la cortina. Vuelvo por la escopeta.

El primer disparo en espacios cerrados te roba el oído un minuto y te devuelve el mundo envuelto en algodón. Pero aquí hay rejas, la ventana no cede. El rostro golpea el vidrio. El marco gime. No tiro a través del cristal. Sería un desperdicio. Busco el pestillo de la puerta, quito el mueble con el pie, retiro la traba y abro de golpe. La lluvia entra como una ola. El zombi—hombre, ahora masa—gira hacia mí, reacciona con el reflejo más básico: avanzar. La escopeta sube sola. Apunto alto. Disparo.

El cráneo se abre como una fruta sobremadura. Hay un chasquido húmedo, algo que salpica con densidad y golpea mi mejilla como una mano tibia. La parte frontal de la cabeza desaparece y el cuerpo queda un instante de pie, indeciso, sosteniéndose sobre pureza de hábito. Luego cae de rodillas y, al inclinarse, lo poco de materia que le queda se desliza como pudín sobre el barro. No me detengo a mirar si respira. Piso con la bota el resto de la frente—o donde estaba—y siento el crujido de las placas cediendo. La suela recoge pasta y astillas. El olor es metálico y agrio. El cuerpo se aquieta. El bosque no.

El disparo ha llamado a otros. Siempre lo hace. Los lentos no son estúpidos. Son insistentes. A lo lejos, en ese espacio donde el sonido corre, empiezan los arrastres. Un arrastre no suena como pasos. Es más bajo, más irregular, más… viscoso. Los reconozco y los cuento sin ver: tres, quizá cuatro, acercándose por el lomo de la vereda. No me alcanza la munición si gasto como en feria. Regreso adentro. Cierro. Trabo la puerta. Batería del radio: tres barras. Lo prendo, bajo volumen.

“—…—…Siete—” sugiere una voz rasposa con interferencia. Aprieto transmisión.

—Aquí Daki. Cabaña forestal, coordenadas aproximadas treinta y nueve por cuarenta y dos. Contacto hostil, uno neutralizado. Requiero actualización del equipo de cuatro.

Chisporroteo. Un golpecito de estática. Luego, una voz que podría ser un hombre mayor, podría ser una mujer con la garganta torcida.

—…Daki… ¿tu voz?… pensé… pensé que no— (ruido) —Siete. No quedan cuatro. Queda uno.

—¿Quién?

—Del Toro— (tos) —pero… Daki, no lo busques si no traes fuego.

Miro el carnet en mi bolsillo. Lo toco con el nudillo. No hay tiempo para preguntas y lloriqueos. No aquí.

—Recibido. Canal 7, silencio hasta el próximo check.

Apago. Y entonces la ventana del oeste explota hacia adentro con un chillido de vidrio y una lluvia de astillas. Una mano gris, hinchada, entra primero, palpando el aire como si estuviera pescando calor. Detrás asoma una cara que no es cara: piel pegada a la calavera, ojos secos como semillas, la nariz reducida a dos agujeros negros. Éste no gime. Sisea. El machete ya está en mi mano.

No apunto a la frente, no por ahora: hay reja, hay travesaños. Corto abajo. Muñeca. El machete muerde carne con la resistencia elástica de un neumático viejo y luego cede; la mano cae aún crispada, dedos intentando agarrar aire. La sangre que sale no es roja brillante; es un marrón espeso, casi negro, con coágulos que se arrastran como babosas. La cosa empuja con el brazo que le queda. Meto el machete por la rendija y hago palanca en el ojo. El cartílago del párpado hace un “plop” disgustoso; avanzo, giro, escucho el “crrr” delicado de la cuenca cediendo, y empujo hacia atrás con fuerza. El cuerpo golpea la reja con un ruido que se siente en mis dientes. La hoja sale con un chorro de líquido que huele a flor podrida. El segundo ya está en la puerta.

Tres golpes y la madera se abre como pan viejo. No rompe el pestillo, rompe alrededor. La cara aparece por la grieta como una luna llena y fea. Disparo a quemarropa. La boca se deshace en un pétalo de dientes; uno vuela y me pega en el labio inferior con el rebote de una canica. Sabe a calcio y a mierda. Escupo. Recoloco la escopeta. Disparo otra vez. Esta vez apunto a la órbita. El cráneo hace un sonido hueco, de calabaza golpeada, y se desploma contra el umbral. Respiro por la boca. Mal idea. Tragarte Mercyvale es invitarlo a quedarse.

Cambio cargador. El tercero no entra aún, pero su sombra se arrastra bajo la ranura de la puerta, como humo pegajoso. Dejo la escopeta, agarro el plástico transparente de la mochila y lo desenrollo con rapidez. Lo prenso en el marco roto, lo engrapo con la grapadora de cableado que encontré en la caja de herramientas. No detiene fuerza, pero confunde. Por la reja del costado entra la mitad de un rostro con gusanos anudándose en la comisura. Mejor que no entre completo.

La lluvia ahora cae en diagonales. El techo gotea por tres puntos nuevos. El generador—¿funciona?— podría darme luz y ruido. Ruido atrae más. Luz me da ventaja. Elijo luz.

Tiro de la lona. Acomodo el generador en el centro de la cabaña, cebador, tirón. Nada. Segundo tirón. Tose y despierta con una vibración que hace temblar el suelo. La bombilla del techo, milagro de tungsteno, parpadea y brilla amarilla. Veo mejor. También me ven mejor. No me importa. Prefiero elegir dónde disparar que adivinar sombras.

En la pared de corcho hay un plano con rutas marcadas. Una ruta en rojo dice “Laboratorio móvil – Clearcut S2”. Un kilómetro y medio hacia el norte. Si el virus tuvo cuna aquí, ese tráiler la acunó. Si Del Toro sigue respirando, se arrastrará hacia allí. Si alguien dejó notas, estarán ahí. Y si hay una respuesta, aunque sea un “no hay respuesta”, estará allá. No vine a rescatar por heroína; vine a cerrar puertas.

La puerta vuelve a gemir. Un brazo entra por la grieta plástica y deja cuatro surcos sucios cuando se resbala. Hay otro en la ventana con reja, golpeando su frente contra el hierro con un ritmo que—ah—me doy cuenta—es el ritmo de mi respiración. Acelero. Él acelera. Lo bajo a cero, contengo, y el golpe cae fuera de compás. Idiotas. Pero constantes.

Empapo un trapo con alcohol del botiquín, le prendo fuego con la bengala y lo aviento hacia el marco plástico. El plástico es traicionero: primero se encoge como piel en heridas viejas, luego arde. El brazo que estaba intentando entrar se quema con la tranquilidad de quien ya no siente. Huele a cerdo en feria. El zombi no retira el brazo; lo empuja más. La piel se agrieta, la grasa chisporrotea, el humo es blanco y aceitoso. Me doy tres segundos de asco y regreso al machete. Cuando el brazo cae por fin, carbonizado hasta el codo, el resto del cuerpo se derrumba y arrastra a otro que venía detrás.

No voy a aguantar peleando casa por casa en un bosque. Mercyvale tiene demasiadas bocas. Salir ahora, con lluvia, con dos tiros menos, no es listo; quedarse hasta que venga un enjambre, tampoco. Necesito un corredor. Limpio la salida posterior.

Atrás hay una puertecita para el depósito. Traba oxidada. La pateo—una, dos veces—y cede. Afuera, el bosque no es menos bosque. El claro detrás huele a diésel y hongos. A la derecha, una hilera de tambores oxidados. A la izquierda, una pila de tablones y una carretilla invertida. Hay huellas en el fango—botas, pequeñas, y otras arrastradas. Las arrastradas hacen líneas con zigzag, como lomos de lombriz. Las pequeñas pisan sobre ellas. No me gusta esa historia.

Cierro la puerta tras de mí, aseguro con una barra. Me agacho. Camino en cuclillas detrás de los tambores, cruzo hacia el borde del claro. Pienso en el plano: norte, un kilómetro y medio. Tráiler laboratorio. No me separo de la línea de árboles; la lluvia oculta y también delata: deja una cola en cada cosa que se mueve. Miro hacia mi espalda constantemente, no por paranoia: por hábito.

A los cien metros, el bosque cambia de voz. Menos hojas grandes, más troncos apretados. El suelo quiere ser ciénaga. Los pies se hunden y sacan sonido de succión. Óxido y moho luchan por el trono del olor. Oigo un golpecito hueco, rítmico. “Toc—toc—toc.” Me pego a un tronco, apago la linterna, dejo que el ojo pierda y luego recupere. A diez metros, una cosa golpea otra cosa. Cuando la veo, las tripas se me ponen frías como el agua de pozo.

Es un guardabosques. O fue. El sombrero en el suelo, la camisa verde gris convertida en segunda piel. Está de pie, pero solo porque un tronco lo sostiene. Falta desde la pelvis hacia abajo: en el suelo hay una pila despareja de vértebras, cadera, fémures roídos. Del torso cuelgan tripas que el barro intenta beber. Con las manos—o lo que queda—golpea un tronco con un palo, igual que si estuviera llamando a alguien a comer. “Toc—toc—toc.” Hay moscas, claro, pero hay algo más: alrededor, cinco o seis, quietos, mirando hacia él, como niños esperando permiso. Todavía no me han olido. O me huelen y no les importa, porque el ritmo es más importante. Los miro. Ojos nublados, bocas abiertas, cuerpos con la historia de sus muertes escrita en pedazos: una mujer con una clavícula asomada como gajo, un chico joven con la oreja arrancada y la lengua negra sobresaliendo, un viejo con un clavito de metal cruzando la mejilla—tal vez lo intentaron contener aquí, tal vez el bosque cobró impuestos.

No tengo que pasar por en medio. Podría rodear por el este. Pero el guardabosques que golpea el tronco es una alarma. Si lo dejo, otros vendrán al ritmo. Si lo apago, quizá gano minutos. Respiro y elijo.

Me acerco por detrás. El barro quiere gritar con mis pasos. Los zombis alrededor se balancean como juncos. El viejo gira la cabeza como si un resorte lo forzara en un ángulo exacto. Saco el cuchillo corto. No uso escopeta aquí. Me pongo detrás del guardabosques, lo abrazo como a un amigo y le meto el filo por debajo de la oreja, hacia arriba. La base del cráneo es como una bisagra de cuero y hueso; hay que encontrar el hueco y empujar con decisión. El cuchillo entra, la mano que golpea se detiene a mitad de “toc”, y el cuerpo aún quiere terminar el gesto pero el mensaje se corta. Lo dejo caer hacia adelante y el palo cae con él.

Uno de los que esperaba reacciona tarde, como si el mundo estuviera en delay. Avanza hacia mí con ese trote de pies arrastrados. Le meto el machete lateralmente en la sien; no atraviesa como mantequilla—nunca atraviesa como mantequilla—, tienes que morder, menear, oír el chirrido del filo contra hueso y empujar. Cuando entra, sientes un vacío extraño y luego un temblor, como si algo dentro quisiera apretar la hoja. Lo saco de un tirón y el zombi cae torcido, boca abajo, tragando barro que ya no le importa.

Otro me agarra la muñeca con dedos duros. Huele a sopa vieja. Giro, dejo que me tome, y con la mano libre le clavo el cuchillo por debajo del pómulo, hacia la base del cráneo. Los dedos aprietan con la fuerza de alguien que recuerda cómo amar y cómo estrangular. Siento mis propios huesos crujir bajo su grip. Aprieto más. Hay un chasquido dentro, un pequeño último “pop”. Me suelta. Lo empujo con el antebrazo y cae sentado, mirando hacia arriba como si estuviera esperando que llueva hacia adentro.

Cuando el cuarto se me viene con los brazos abiertos, ya no guardo silencios. Levanto la escopeta y le desarmo la frente. El disparo hace que dos aves en algún lugar maldigan. También hace que el bosque se despierte otra vez.

“Corta y corre”, me digo. Recojo mi cuchillo del barro, lo limpio en su ropa. Camino rápido, semiagachada, hacia el norte. Siento el latido en la lengua. Mi aliento levanta vapor que la lluvia golpea y trae de vuelta a mi cara. Mercyvale no está vivo, pero todo aquí quiere algo. Y eso basta.

El claro del “S2” existe. Lo delataron primero los troncos cortados a la altura de la cintura—cortes limpios, máquinas que una vez cantaron aquí—y luego las marcas de llanta profunda que se hunden y se congelaron en barro. El tráiler laboratorio se alza detrás de una malla ciclónica que el moho ha pintado de verde pálido. Tiene el logo semiborrado de una farmacéutica que juró en un comunicado “no tener operaciones en el área”. La escalera metálica sube a una puerta con combinación de cuatro ruedas. Un candado invencible si tienes tiempo. Yo tengo diez segundos y una palanca de hierro.

Uno. Dos. Tres golpes. El candado cede y los números salen disparados como dientes flojos. Abro. Adentro huele a frío que se apagó, a gel antibacterial y a miedo profesional. Bancos de trabajo con tubos, microscopio, un congelador con candado abierto y tres cajas con etiquetas: “SUERO – PRUEBA”, “MV-3.19 – MUESTRAS”, “BIOSEG—”. La tercera está rota. Hay marcas de manos en la tapa. Pequeñas. Las huellas corren hacia la puerta y desaparecen en el marco. Trago saliva que sabe a metal.

—Del Toro— digo en voz baja. —Si estás aquí…

No termino. Hay un golpe suave en la pared del fondo. Como si adentro del tráiler hubiera otro tráiler más pequeño y dentro alguien llamara con los nudillos.

—¿Quién? —pregunto, porque todavía pertenezco a una especie que pregunta antes de rematar.

Un lamento. Una sílaba y media alguien intenta decir. Abro el compartimiento de muestras. Una luz LED fría ilumina racks con tubos, algunos con líquido color té, otros con sangre que no es sangre ya, un par con coágulos que parecen medusas dormidas. Al fondo, una caja plástica de perro transportadora, como si hubieran traído animales. O personas pequeñas. Hay una manta encima. Se mueve.

Me acerco despacio, escopeta a la altura de cadera. El movimiento es rítmico, leve. Levanto la manta con la punta del machete. Adentro, una niña de unos doce, trece, con la piel pegada al cráneo y el pelo hecho nudos húmedos, me mira con ojos grandes, opacos, como canicas empañadas. Abre la boca. Las encías están moradas. Me extiende la mano, lenta, torpe. Su muñeca tiene una pulsera con letras: “NOA”. Puedo oír mi pulso tirando golpes en la garganta.

—No— digo, aunque no sé a quién. La parte de mí que cuenta munición hace el cálculo sin avisarme: me quedan tres tiros en la escopeta, nueve en la pistola, un machete con filo, dos cuchillos. La parte de mí que firmó una promesa recuerda la cámara en el pecho. “Si no regreso, que al menos veas por dónde”.

Noa suelta un sonido que parece mío cuando me despierto de pesadillas: una aspiración rota. No alza la mano como quien pide ayuda. La alza como quien pide comida. Y por primera vez en días siento el nudo en el estómago que no es hambre, es otra cosa. No fe. No compasión. Es una rabia vieja que aprendí en otros bosques: no estaba bien que esto pasara. No aquí. No en ningún lugar. No a una niña con pulsera de plástico.

Me agacho, bajo la escopeta. La niña me huele. La nariz tiembla como nariz de animal que recuerda que olía. Se acerca al borde de la transportadora. La barrita de metal cruje. Los dedos de Noa tocan el aire cerca de mi muñeca donde el guante no cubre del todo. Esa piel que queda libre—la que guardo para sentir que sigo siendo algo—quema cuando el aire frío la roza. No dejo que me toque.

—Lo siento —le digo, y la voz me sale seca, sin barniz. —No fui yo quien te trajo aquí. Pero sí soy yo quien te va a parar.

Su boca abre, una vez, dos. La lengua, hinchada, apenas asoma como una babosa. Baja la mano. Me mira como miran los que ya no están but se niegan a tumbarse. Agarro el machete con las dos manos. La hoja tiembla lo que le permito.

—Cierra los ojos —miento.

Los míos sí. Golpe limpio, arriba y adentro, base del cráneo. La transportadora vibra. Un hilo oscuro le sale por la nariz como tinta. El cuerpo golpea el plástico dos veces más con un espasmo que es eléctrico, no vida. Luego se queda. Saco el machete despacio. Lo limpio en la manta. Acomodo la pulsera sobre la muñeca de Noa, porque mi abuela decía que los muertos ven si los ves. No sé si los zombis ven. Sé que yo sí.

Entonces el tráiler entero tiembla con un golpe que no viene de adentro. Viene de afuera. Como si un árbol hubiera decidido que ahora atacan ellos. Me asomo a la rendija de la puerta. La malla ciclónica se hunde hacia adentro como red tirada por gigantes. Y por entre los huecos, arrastrándose como una mancha de aceite con dedos, viene una docena. Lentos, sí. Pero muchos. Y detrás de ellos, entre los troncos, una figura que no arrastra pies—camina. Cojea, pero camina. Lleva una chamarra de paramédico rota y una placa que el barro quiso tragar pero dejó medio afuera. A. Del Toro.

—Del Toro —digo en voz queda, como si nombrarlo cambiara su marcha.

Él levanta la cabeza. Me huele, me pesa, me suma. Y sonríe con esa sonrisa que a veces les queda, la de cuando los músculos se petrifican en sarcasmo. No corre. No necesita. Tiene un bosque que lo empuja.

Cargo la escopeta. Empujo el pestillo de la puerta del tráiler. El metal canta. La lluvia entra con ganas. Y Mercyvale, por fin, respira hondo.