Capítulo 1: El comienzo de una aventura
Alaric respiró hondo, el olor a podredumbre y piedra mojada le llenaba los pulmones. Su capucha de cuero protegía de la lluvia sus apagados mechones dorados.
Dravemont era exactamente como lo había imaginado, el tipo de lugar donde los sueños venían a morir, los cazadores de reliquias venían a encontrar cadáveres interesantes y algo de valor.
Llevaba tres días siguiendo a la chica desde los mercados negros. Demasiado joven para ser tan buena, y demasiado tranquila para estar viva en este horrible oficio. Pero ahí estaba, inmóvil frente a la iglesia en ruinas, sus manos enguantadas trazaban patrones en el aire, como si estuviera leyendo un texto invisible.
—Bonito lugar para perderse... —dijo Alaric, saliendo de las sombras.
Ella no se sobresaltó. Sus ojos, del color del acero bajo la lluvia, lo evaluaron en un instante.
—Y tú pareces bastante encontrado para alguien que busca perderse.
—Busco a un colega. Kael —Alaric hizo girar una moneda antigua entre sus dedos—. Dicen que vino aquí hace un mes. Y que encontró algo valioso.
—Kael está muerto. —La voz de ella era plana, como el filo de un cuchillo bien afilado— Lo vi morir.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier pregunta. Alaric analizó el rostro de la chica buscando mentiras, encontrando solo el cansancio de una persona que ha visto al abismo.
—Que lastima.— soltó una pequeña risa—. Entonces dime, ¿fue cosa tuya..?
—Si fuera cosa mía, tú no estarías aquí para preguntarlo. —Señaló la iglesia con un leve movimiento de cabeza—. Fue eso. Lo que habita ahí dentro. Se lo llevó gritando.
—¿Y tú solo observaste?
—Observar está subvalorado en nuestro oficio. —Abrió su bolsa lo justo para mostrar un fragmento de cristal que parecía absorber la luz—. Kael y yo competíamos por esta Luminaria. Él llegó primero. Yo llegé a tiempo para ver el final, tristemente aún quedan muchos tesoros adentro, pero no pienso arriesgarme ni por la criatura, ni por las trampas que dejó tu amigo...—
Alaric reconoció el cristal. Los textos antiguos hablaban de las Luminarias como faros contra la oscuridad.
—Así que eres Eirin —dijo— Kael mencionó tu nombre en su último mensaje. Dijo que eras interesante...
—Kael era un sentimental. Creía que nuestro oficio se trataba de preservar historia. —Eirin guardó el fragmento— Vaya idiota.
—Hey, más respeto a mi compañero— dijo alaric con una sonrisa torcida.
—Según tú ¿De qué se trata entonces?—
—De sobrevivir. —
Alaric no respondió, también pensaba como ella.
Por primera vez, algo parecido a una emoción cruzó su rostro—. Lo que mató a Kael no fue una bestia. Fue un síntoma de algo mayor. Y ahora ese algo sabe que hay más cazadores en su territorio.
Alaric miró hacia la iglesia. Las sombras parecían moverse de forma extraña, como si respirasen.
—Y bueno... ¿Propones una alianza?
—Propongo un mal necesario, tú conoces las trampas de Kael. Yo conozco lo que habita ahí. —Eirin ajustó los guantes—
Encontramos lo que sea que tenga a este pueblo encogido de miedo, nos lo repartimos, y cada uno por su lado, bien?
—Las reglas del submundo —asintió Alaric.
—Las únicas reglas que importan.
Cruzaron el umbral de la iglesia juntos, dos depredadores en territorio ajeno. El aire dentro era espeso, cargado con el olor a tierra revuelta y algo metálico, como sangre vieja.
—Kael siempre usaba el mismo tipo de trampas —susurró Alaric, señalando las losas del suelo—Cuidado con la tercera losa a la izquierda.
—Las trampas son lo de menos —Eirin señaló las paredes, donde la piedra parecía latir suavemente— Es el lugar mismo el que está vivo.
Avanzaron hacia el altar, cada paso midiendo al otro con el rabillo del ojo. Dos extraños unidos por la codicia y la desconfianza, entrando en la boca del lobo porque el olor a tesoro era más fuerte que el instinto de supervivencia.
Alaric sonrió para sus adentros. Esta era la verdadera naturaleza de su oficio: no la gloria de descubrir secretos antiguos, sino la adrenalina de bailar al borde del abismo con otro loco que podría empujarte en cualquier momento.
Y en la oscuridad, algo se movió—algo que olía a reliquias rotas y oportunidades...
La iglesia se los tragó.
No fue una metáfora. La oscuridad dentro era tan espesa que parecía beberse la luz de la linterna de Alaric. El aire olía a tierra revuelta y a algo metálico, como la sangre de una herida interna.
—No toques las malditas paredes —advirtió Eirin, su voz un susurro tenso—. Están... respirando.
Alaric no necesitó que se lo repitiera. Bajo sus pies, el suelo era como carne enferma. Cada paso sentía como profanar algo que debería permanecer muerto.
—¿Qué demonios buscaba Kael aquí?—
—Lo mismo que todos nosotros —respondió Eirin, pasando los dedos sobre una grieta pulida en la piedra—. Una ventaja. Las Luminarias de este templo parecen no solo ser reliquias. Sino que funcionan como una llave o brújulas. Él creía que podía usarla para mapear otras heridas como esta.
—¿Heridas?
—En el mundo. Sitios donde la realidad se está pudriendo. Donde las cosas se filtran. —Se detuvo, girándose hacia él—. ¿Nunca te has preguntado por qué algunos lugares inspiran leyendas de mierda que nunca mueren? No son imaginación. Son filtraciones...
Un crujido húmedo resonó en las profundidades, seguido por un sonido que no pertenecía a ningún animal: un lamento desgarrado, como el llanto de un recién nacido mezclado con el chirrido de metal retorcido.
—Eso —murmuró Eirin—. Eso es un síntoma de las heridas...
Alaric tenía el Arco de Lumenis en las manos antes de darse cuenta. El dolor familiar en su hombro era un recordatorio constante de su oficio.
—¿Y cómo carajos se cura un síntoma?
—No se cura. Se contiene. O se huye. —Ella señaló hacia adelante—. El altar. Otra Luminaria está ahí. Kael la activó antes de que... sucediera lo inevitable.
Avanzaron. La cosa en la oscuridad se movía, un revolverse de masas informes y sonidos imposibles. No era una bestia a la que pudieran enfrentar. Era el mismo ambiente envenenándose.
La Luminaria yacía en el altar, pero no era el cristal brillante que Alaric esperaba. Era un amasijo opaco y corrupto, con venas negras palpitando bajo su superficie. Parecía un órgano enfermo extirpado de algo colossal.
—¡Está echada a perder!—
—Está infectada —corrigió Eirin—. Con el dolor de este lugar. —Extendió una mano, sin tocarla—. Kael intentó usarla para sanar la herida. En su lugar, se fundió con ella.
El sonido se intensificó, aplastante. Las sombras en las paredes se alargaron, tomando formas de garras y fauces.
—¡Tenemos que salir de esta mierda! —gritó Alaric sobre el estruendo.
—¡No sin la maldita muestra! —gritó ella a su vez. Con un movimiento brutal, arrancó un fragmento del borde de la Luminaria. El cristal sangró una luz negra y espesa.
La iglesia rugió.
El suelo se abrió bajo ellos. No era un hoyo, era una boca. De la grieta emergió la fuente del lamento: una masa cegadora de dolor puro, sin forma ni sentido, hambrienta de la paz que nunca tendría.
—¡CORRE! —rugió Alaric, empujando a Eirin hacia la entrada.
Fue una huida ciega, una estampida a través de un vientre convulso. La cosa los persiguió, no con pasos, sino alargando la oscuridad a su alrededor, tratando de absorberlos.
Alaric giró y disparó. La flecha de luz del Arco de Lumenis se hundió en la masa y fue apagada instantáneamente, como un fósforo en un océano.
—¡Es inútil! —chilló Eirin—. ¡No es una cosa, es todo este maldito lugar enfurecido!
Salieron a la noche justo cuando la puerta de la iglesia se colapsaba tras ellos, escupiendo astillas y polvo. Cayeron al barro, jadeando. El lamento persistió unos segundos más y luego se desvaneció, dejando un silencio cargado de odio.
Eirin se incorporó, temblorosa. En su mano, el fragmento de Luminaria palpitaba suavemente con una luz enfermiza.
—¿Y bien? —incorporándose—. ¿Valió la pena esta mierda?
Ella mostró el cristal corrupto.
—Esto no es un tesoro. Es un diagnóstico. Prueba que la infección se está propagando. Kael no fue asesinado. Fue... consumido. Asimilado por la herida, algo parecido a una corrupción.
—¿Y eso es mejor..?
—Es peor. —Eirin guardó el fragmento—. Significa que la realidad aquí no solo está rota. Está gangrenada. Y nosotros acabamos de pincharla.
Se pusieron de pie, mirando la iglesia que ahora parecía respirar lentamente, satisfecha.
—Las reglas del submundo —dijo Alaric, recordando—. Si uno muere, el otro se queda con todo.
—Todavía no estamos muertos —replicó Eirin, y comenzó a caminar cojeando, alejándose del pueblo—. Solo estamos marcados...
Alaric la siguió, su espalda continuaba erizada. No era el final. Era el primer movimiento en una guerra que ni siquiera sabían que estaban librando.
Y la segunda regla, la de sobrevivir, de repente parecía mucho más complicada.